Contra todos mis pronósticos -y contra todos mis intentos de sabotaje- la relación entre Jorge y Rosa ha prosperado casi en un noviazgo saludable, el primero del que tengo noticias, desde que se divorció de Teresa.
Pablo, por su parte -lo sé, está completamente chiflado- insiste en casarse en septiembre con su colega, la abogada de mi ex. Pese a que francamente me preocupa la relación, lo veo a Pablito tan embobado, tan feliz, reiniciando su vida de pareja con tanto entusiasmo, que no puedo más que alegrarme, pese a mis reservas.
Entre tanto, Nacho y Marcos continúan una relación hermosa. De hecho -me pregunto si será alguna clase de componente discriminatorio- Marcos es la única pareja de alguno de nosotros que ha sido admitido, eventualmente, al santuario de nuestra mesa de poker. Otros que también hablan de boda.
Guillermo, a instancia de toda la barra, finalmente se atrevió a invitar a salir a Marina. En esta etapa de la relación, aún no se puede ni remotamente hablar de amor o de proyectos. Pero sí de que se están frecuentando, conociéndose y fifándose sin mayor compromiso, lo cual ha mejorado el estado de ánimo general de Guille en un 200%.
¡Hasta Valeria y Marcelo vienen durando juntos! ¡Hasta Natalia me habló de un nene del jardín al que llama "mi novio"!
Mili y yo, a pesar de todos los traspiés recientes -mayoritariamente económicos- seguimos juntos y muy enamorados.
En fin, todo parece indicar que es temporada de amores. De juntarse. De vivirse.
¿Será este el final feliz que todos estábamos esperando?
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221 - Houston, we have a problem
Mili no consigue trabajo. Compramos el Clarín todos los días. Se suscribió a todos los sitios de internet especializados en esto. Llenamos fichas en bolsas de trabajo de todos los tamaños, formas y colores.
Pero no consigue. Tiene tres o cuatro entrevistas por semana -mayoritariamente call centers y puestos de secretaria- pero es todo histeriqueo de recursos humanos. Muchas de las compañías locales dedicadas a outsourcing están en pleno proceso de achique, afectadas aún por la crisis norteamericana (donde están gran parte de sus clientes) y ya no se reclutan los ejércitos de telemarketers que solían contratarse hace tan sólo un año.
El mercado laboral porteño se cae a pedazos. Odio tener que admitirlo, pero durante el gobierno pasado del Pingüino K, era razonablemente fácil conseguir empleo en esta ciudad. No, buenos empleos no, pero al menos un trabajo que sirviera para mantener la nariz apenas por encima de la línea de indigencia. Laburos precarios, pero al menos algo.
Hoy ya no. Para cada puesto de telefonista en un call center pedorro hay cien candidatas. Demasiada competencia en un mercado contraído y Mili, con los clasificados en la cartera, que sigue dando vueltas sin conseguir nada.
Hace unas semanas, consiguió trabajo como asistente en un estudio contable en el microcentro. La frase de bienvenida de su flamante jefe fue: "la chica que estaba antes, al menos estaba buena". Duró cuatro días. En el día número tres el contador le dijo que era fea y tenía mal gusto para vestir. El cuarto día le pagó el escasísimo tiempo que pasó en la oficina y la dejó nuevamente en la calle. Y llorando. Pablo se encargó de que yo no vaya a buscar al tipo con un bate de baseball y de darle intervención al INADI en el tema. Igual, nada cambia: Mili sigue sin trabajo.
En un intento más o menos desesperado por poner las cosas en orden, le he empezado a encargar a mi novia algunas tareas menores que tienen que ver con mi trabajo independiente: hacer cobranzas y depósitos, procesar algún material, mantenerme los papeles ordenados. Le pago lo que puedo, que no es mucho, pero al menos la mantiene relativamente entretenida mientras continúa su gira por las entrevistas inconducentes, con los clasificados marcados con resaltador violeta.
Pero lo más problemático de todo esto es que el trabajo -en realidad, su falta- se ha empezado a infiltrar en nuestra relación. Es una chica independiente, que sabe valerse por sí misma, y no le gusta un carajo la idea de ser una mantenida. Ni siquiera en un caso como este, que podría catalogar como una "emergencia" sin dudarlo un segundo.
Hemos tenido un par de discusiones bastante agrias al respecto.
- Y bueno, Mili -le he llegado a decir, tratando absurdamente de convencerla, o más bien de intimidarla- es esto o volverte a Mar del Plata.
- Y bueno, Esteban - me contestó - por ahí debería volverme.
Encima, las confrontaciones permanentes con Carolina no ayudan en lo más mínimo.
Pero no consigue. Tiene tres o cuatro entrevistas por semana -mayoritariamente call centers y puestos de secretaria- pero es todo histeriqueo de recursos humanos. Muchas de las compañías locales dedicadas a outsourcing están en pleno proceso de achique, afectadas aún por la crisis norteamericana (donde están gran parte de sus clientes) y ya no se reclutan los ejércitos de telemarketers que solían contratarse hace tan sólo un año.
El mercado laboral porteño se cae a pedazos. Odio tener que admitirlo, pero durante el gobierno pasado del Pingüino K, era razonablemente fácil conseguir empleo en esta ciudad. No, buenos empleos no, pero al menos un trabajo que sirviera para mantener la nariz apenas por encima de la línea de indigencia. Laburos precarios, pero al menos algo.
Hoy ya no. Para cada puesto de telefonista en un call center pedorro hay cien candidatas. Demasiada competencia en un mercado contraído y Mili, con los clasificados en la cartera, que sigue dando vueltas sin conseguir nada.
Hace unas semanas, consiguió trabajo como asistente en un estudio contable en el microcentro. La frase de bienvenida de su flamante jefe fue: "la chica que estaba antes, al menos estaba buena". Duró cuatro días. En el día número tres el contador le dijo que era fea y tenía mal gusto para vestir. El cuarto día le pagó el escasísimo tiempo que pasó en la oficina y la dejó nuevamente en la calle. Y llorando. Pablo se encargó de que yo no vaya a buscar al tipo con un bate de baseball y de darle intervención al INADI en el tema. Igual, nada cambia: Mili sigue sin trabajo.
En un intento más o menos desesperado por poner las cosas en orden, le he empezado a encargar a mi novia algunas tareas menores que tienen que ver con mi trabajo independiente: hacer cobranzas y depósitos, procesar algún material, mantenerme los papeles ordenados. Le pago lo que puedo, que no es mucho, pero al menos la mantiene relativamente entretenida mientras continúa su gira por las entrevistas inconducentes, con los clasificados marcados con resaltador violeta.
Pero lo más problemático de todo esto es que el trabajo -en realidad, su falta- se ha empezado a infiltrar en nuestra relación. Es una chica independiente, que sabe valerse por sí misma, y no le gusta un carajo la idea de ser una mantenida. Ni siquiera en un caso como este, que podría catalogar como una "emergencia" sin dudarlo un segundo.
Hemos tenido un par de discusiones bastante agrias al respecto.
- Y bueno, Mili -le he llegado a decir, tratando absurdamente de convencerla, o más bien de intimidarla- es esto o volverte a Mar del Plata.
- Y bueno, Esteban - me contestó - por ahí debería volverme.
Encima, las confrontaciones permanentes con Carolina no ayudan en lo más mínimo.
Expediente:
Carolina (la del medio),
Mili,
Pablo (mi abogado)
218 - Teoría y práctica de los cuernos
Los hombres que engañan a sus mujeres se dividen en dos categorías: los que lo hacen por placer -por diversión, por sexo, por adicción a la adrenalina- y los que lo hacen porque se han enamorado de otra mujer.
Jorge fue, durante toda su vida de casado, un especímen de la primera categoría: el aventurero, el pirata. Estos tipos de infieles, sin son inteligentes, jamás son descubiertos. Porque sus relaciones son eventuales y descartables; y en cuanto se vuelven riesgosas, las desechan. Porque aman a su familia -dentro de sus propios patrones psicológicos- y no van a poner en riesgo las estructuras. Los piratas no suelen dejar a sus mujeres, salvo honrosas excepciones, como fue el caso de Jorge, cuya relación se desgastó al punto de ignorarse mutuamente. Sin embargo, se retiró de su hogar conyugal con el gesto triunfal de jamás haber sido pescado en un revés.
Pablo, en cambio, pertenece al segundo grupo. Mi abogado empezó volteándose a su secretaria por gusto y se terminó enamorando de su amante. Luego, la relación no prosperó, pero fue la puerta de salida de su matrimonio. Porque el tipo que se enamora de su amante, tarde o temprano es descubierto por su esposa. Pese a que suena caprichoso, esto tiene una razón de ser. Porque el hombre que se ha enamorado de otra, traicionado por su subconciente, siempre deja pistas. Busca que lo descubran y que le den una monumental patada en el culo.
Hay que tener muchos huevos para sacarse el anillo y decirle a la esposa "me enamoré de otra". En cambio, provocar una ruptura -permitiendo que el otro descubra el engaño- es mucho más fácil. Es, en el fondo, un gran acto de cobardía, pero ciertamente más fácil. Y aquí no hay inteligencia que valga. Por astuto que sea el hombre, por exquisitas que sean sus coartadas, el maldito subconciente no perdona y siempre dejará algún cabo suelto.
Por eso, el tramposo ha de ser humilde, nunca confiarse demasiado y cuidar al máximo los detalles. Pero el tipo enamorado de otra, lo que necesita es el valor para hacerse hombre, ponerse los pantalones y dejar de engañar.
Sobre todo, a sí mismo.
Jorge fue, durante toda su vida de casado, un especímen de la primera categoría: el aventurero, el pirata. Estos tipos de infieles, sin son inteligentes, jamás son descubiertos. Porque sus relaciones son eventuales y descartables; y en cuanto se vuelven riesgosas, las desechan. Porque aman a su familia -dentro de sus propios patrones psicológicos- y no van a poner en riesgo las estructuras. Los piratas no suelen dejar a sus mujeres, salvo honrosas excepciones, como fue el caso de Jorge, cuya relación se desgastó al punto de ignorarse mutuamente. Sin embargo, se retiró de su hogar conyugal con el gesto triunfal de jamás haber sido pescado en un revés.
Pablo, en cambio, pertenece al segundo grupo. Mi abogado empezó volteándose a su secretaria por gusto y se terminó enamorando de su amante. Luego, la relación no prosperó, pero fue la puerta de salida de su matrimonio. Porque el tipo que se enamora de su amante, tarde o temprano es descubierto por su esposa. Pese a que suena caprichoso, esto tiene una razón de ser. Porque el hombre que se ha enamorado de otra, traicionado por su subconciente, siempre deja pistas. Busca que lo descubran y que le den una monumental patada en el culo.
Hay que tener muchos huevos para sacarse el anillo y decirle a la esposa "me enamoré de otra". En cambio, provocar una ruptura -permitiendo que el otro descubra el engaño- es mucho más fácil. Es, en el fondo, un gran acto de cobardía, pero ciertamente más fácil. Y aquí no hay inteligencia que valga. Por astuto que sea el hombre, por exquisitas que sean sus coartadas, el maldito subconciente no perdona y siempre dejará algún cabo suelto.
Por eso, el tramposo ha de ser humilde, nunca confiarse demasiado y cuidar al máximo los detalles. Pero el tipo enamorado de otra, lo que necesita es el valor para hacerse hombre, ponerse los pantalones y dejar de engañar.
Sobre todo, a sí mismo.
Expediente:
Jorge (mi amigo),
Pablo (mi abogado),
Volver a vivir
212 - Pleased to meet you
- La verdad, nunca me hubiera esperado esto de vos - dijo Carolina, con su cara de orto característica.
- ¿Qué cosa, hija?
- Que tuvieras novia.
- Disculpame, pero... ¿Qué pretendías? ¿Que me quede solo para el resto de mi vida?
- Y, sí.
Mi hija la del medio no respondió de la manera más favorable del mundo al hecho de que decidiera llevarlos a todos a comer pizza y aprovechara la ocasión para presentarles a Mili. Aunque, debo admitirlo, de alguna manera me lo esperaba. Carolina tiene con Valeria una de las relaciones madre-hija más espantosas que he visto en mi vida pero, sin embargo, se aferra con uñas y dientes a las estructuras. Sé que, en el fondo, ella preferiría, como decía mi abuela, "mal casados, pero casados". Sé también que el tema es "carne de diván", como diría Pablito y me intriga muchísimo -porque Caro es hermética al respecto- cómo será su relación con Marcelo, si es que ha logrado desarrollar algún tipo de relación.
Martín tampoco me sorprendió demasiado. Reaccionó a una frase tan espectacular como "chicos, les presento a mi Novia", con un "ah, hola" y una cierta apatía preadolescente. Tincho vive en su mundo y, me da la impresión, su gran objetivo en la vida es que lo dejen hacer la suya y no lo jodan. Supongo que el mayor no va a representar un problema, siempre y cuando se mantengan ciertas distancias prudentes, pero tampoco espero una gran cooperación de su parte.
La que no deja de fascinarme es Natalia. La enana miró toda la escena con gran curiosidad y comió pizza como una desaforada -es una de sus debilidades- aguardando el momento preciso para hablar conmigo a solas.
Amontonados en el monoambiente, esperó a que sus hermanos se fueran a la cama para acorralarme en la cocina y darme su veredicto:
- ¿Te puedo dezid un zecdeto, papá? - preguntó con una sonrisa.
- Sí, mi amor, decime - le respondí acercando la oreja.
- Mili ez re-limda.
- ¿Qué cosa, hija?
- Que tuvieras novia.
- Disculpame, pero... ¿Qué pretendías? ¿Que me quede solo para el resto de mi vida?
- Y, sí.
Mi hija la del medio no respondió de la manera más favorable del mundo al hecho de que decidiera llevarlos a todos a comer pizza y aprovechara la ocasión para presentarles a Mili. Aunque, debo admitirlo, de alguna manera me lo esperaba. Carolina tiene con Valeria una de las relaciones madre-hija más espantosas que he visto en mi vida pero, sin embargo, se aferra con uñas y dientes a las estructuras. Sé que, en el fondo, ella preferiría, como decía mi abuela, "mal casados, pero casados". Sé también que el tema es "carne de diván", como diría Pablito y me intriga muchísimo -porque Caro es hermética al respecto- cómo será su relación con Marcelo, si es que ha logrado desarrollar algún tipo de relación.
Martín tampoco me sorprendió demasiado. Reaccionó a una frase tan espectacular como "chicos, les presento a mi Novia", con un "ah, hola" y una cierta apatía preadolescente. Tincho vive en su mundo y, me da la impresión, su gran objetivo en la vida es que lo dejen hacer la suya y no lo jodan. Supongo que el mayor no va a representar un problema, siempre y cuando se mantengan ciertas distancias prudentes, pero tampoco espero una gran cooperación de su parte.
La que no deja de fascinarme es Natalia. La enana miró toda la escena con gran curiosidad y comió pizza como una desaforada -es una de sus debilidades- aguardando el momento preciso para hablar conmigo a solas.
Amontonados en el monoambiente, esperó a que sus hermanos se fueran a la cama para acorralarme en la cocina y darme su veredicto:
- ¿Te puedo dezid un zecdeto, papá? - preguntó con una sonrisa.
- Sí, mi amor, decime - le respondí acercando la oreja.
- Mili ez re-limda.
207 - Love and marriage
"El matrimonio es esa relación de dos en la cual una persona tiene siempre razón y la otra es el marido" (Pablo)
Expediente:
Pablo (mi abogado),
Textuales
172 - Lomo
Conocí a la abogada de mi ex. Le perdono a Pablito la mala praxis.
Expediente:
Pablo (mi abogado)
150 - Ahora sí que estamos hasta las tetas
"Estoy saliendo con la abogada de tu ex" (Pablo)
Expediente:
Pablo (mi abogado),
Textuales
133 - Fin de semana ¿salvaje?
Lo teníamos todo planeado. Guille había conseguido un departamento prestado en Mar del Plata, un penthouse sobre la Avenida Colón que supo ser un lujo de reyes en los alocados años '70. Jorge decía que conocía unas chicas "ligeras de cascos", en sus propios términos, y bien dispuestas para recibir al turista; y Pablo aportaba su 4x4 para que todos nos dirigiéramos cómodamente a la ciudad de los Havanettes en busca de un fin de semana de desenfreno.
Había ahorrado unas monedas para este viaje, como para poder comer todos los días, aportar para ponerle nafta a la camioneta y, de paso, tirar alguna ficha en el casino. Teníamos la fecha sincronizada a la perfección para que estuviera fuera de mi régimen de visita y todo parecía marchar sobre ruedas, las enormes ruedas de la Cherokee que nos llevaría a Mar del Plata a gastarnos los ahorros y, eventualmente, tener algo de sexo.
Hasta que apareció Valeria.
- Hay que pagar YA el adelanto del campamento de invierno de las Chicas Guía para tu hija Carolina - aulló.
- ¡Pero estamos en febrero! - protesté.
- Pero el adelanto hay que pagarlo AHORA, si no, no le guardan la vacante.
- OK ¿Cuánto es?
- 300 pesos
- Bien, te doy el 50% de adelanto, 150...
- No, no, no, queriiido -odio cuando dice "queriiido"- el campamento vale 600 mangos, 300 es el 50% del adelanto.
- ¿Pero están todos locos? - perdí el control- ¿A dónde los llevan de campamento? ¿Al puto Sheraton? ¡Por esa guita me voy un fin de semana a Mar del Plata con tres trolas! ¡Ni en pedo pongo toda esa plata!
- OK
- ¿OK? - me extrañó que Valeria respondiera tan calmada.
- Sí, OK, dale... Seguí dándole motivos a tu hija para que te odie. Sabés que no quiere ni hablarte porque te llevaste a su perro, ni te quieras imaginar cómo se va a poner cuando se entere que no va de campamento con las Guías porque su padre se anda patinando la guita en atorrantas.
Por supuesto, Pablo, Jorge y Guillermo se fueron a Mar del Plata sin mí.
Había ahorrado unas monedas para este viaje, como para poder comer todos los días, aportar para ponerle nafta a la camioneta y, de paso, tirar alguna ficha en el casino. Teníamos la fecha sincronizada a la perfección para que estuviera fuera de mi régimen de visita y todo parecía marchar sobre ruedas, las enormes ruedas de la Cherokee que nos llevaría a Mar del Plata a gastarnos los ahorros y, eventualmente, tener algo de sexo.
Hasta que apareció Valeria.
- Hay que pagar YA el adelanto del campamento de invierno de las Chicas Guía para tu hija Carolina - aulló.
- ¡Pero estamos en febrero! - protesté.
- Pero el adelanto hay que pagarlo AHORA, si no, no le guardan la vacante.
- OK ¿Cuánto es?
- 300 pesos
- Bien, te doy el 50% de adelanto, 150...
- No, no, no, queriiido -odio cuando dice "queriiido"- el campamento vale 600 mangos, 300 es el 50% del adelanto.
- ¿Pero están todos locos? - perdí el control- ¿A dónde los llevan de campamento? ¿Al puto Sheraton? ¡Por esa guita me voy un fin de semana a Mar del Plata con tres trolas! ¡Ni en pedo pongo toda esa plata!
- OK
- ¿OK? - me extrañó que Valeria respondiera tan calmada.
- Sí, OK, dale... Seguí dándole motivos a tu hija para que te odie. Sabés que no quiere ni hablarte porque te llevaste a su perro, ni te quieras imaginar cómo se va a poner cuando se entere que no va de campamento con las Guías porque su padre se anda patinando la guita en atorrantas.
Por supuesto, Pablo, Jorge y Guillermo se fueron a Mar del Plata sin mí.
094 - Noche... ¿Buena?
La Noche Buena fue uno de los eventos más bizarros que viví en los últimos tiempos. Por razones que aún no he logrado explicarme a mí mismo, accedí a la invitación de Valeria de pasar la fiesta con sus parientes. "Todo sea por estar con los chicos", me dije. Que fue lo que, a fin de cuentas, terminé haciendo: estar con mis hijos.
La familia de mi ex tiene un concepto un tanto particular con respecto al asado. Como son muchos, no sólo necesitan mantener los costos razonablemente bajos, sino que, además, tienen que preparar un asado de modo que sea sencillo para el asador cuando los comensales son más de medio centenar. Así, cuando en mi cultura, el asado incluye al menos dos cortes de carne -mínimamente, asado y vacío- y al menos cuatro tipos de achuras -chorizo, morcilla, salchicha parrillera y molleja, entre mis favoritas-, además de alguna provoletita, en la de esta gente el asado se reduce a algo casi minimalista.
Cuando voy al supermercado a abastecerme de materia prima para un asado, compro una bandejita de chorizos. Ellos van al mayorista y compran un gancho. Completito, con todos sus cincuenta chorizos. Por supuesto que, en estas tan magnas cantidades, poner en la parrilla más de un tipo de achura se vuelve una tarea compleja, por lo que sólo compran chorizos. Lo mismo sucede con la carne, un sólo corte para todo el mundo, estandarización a pleno. Los combos favoritos son costillar y chorizos o, directamente, lo que ellos llaman el "asado redondo": chorizos y hamburguesas.
La Noche Buena era una noche especial, por lo que al menos me ahorraron la amargura del "asado redondo". Compraron un gancho, como siempre, y varias piezas de vacío enteras, que regaron con vino en damajuanas, debidamente trasvasado a unas simpáticas botas.
Armaron una mesa larga, con caballetes y tablones, en el patio. Comí en silencio, sentado en un rincón, tratando de evitar la charla cargosa de un par de tías gordas y la polémica futbolera de los machotes recios de mi ex familia política. A mi lado, haciéndome la más grata compañía, mi hija Carolina desplegaba una cara de ojete tan contundente como la mía. Comí como el orto y me aburrí soberanamente.
A eso de las once de la noche, Natalia se quedó dormida en mis brazos. Resultó la excusa perfecta usarla como un escudo que me protegiera de Virginia, que superada por el efecto devastador de la bota, estaba completamente decidida a abrazarme y explicarme, con su fétido aliento a tinto barato demasiado cerca de mi cara, cuánto me quería.
Me refugié en el interior de la casa, desparramé a Natu en un sillón del living y prendí la tele. Cartoon Network, la única forma de sobrevivir a esa atrocidad de fiesta. Un minuto después, descubrí a Carolina sentada al lado mío, mirando a Tom & Jerry.
A la medianoche, el estruendo de gritos, botellas de Ananá Fizz descorchado y petardos estallando nos sobresaltó ligeramente.
- Feliz Navidad, pa - dijo Caro
- Feliz Navidad, hijita - contesté, al tiempo que me inclinaba para besarle la cabeza.
Y seguimos ambos mirando al gato y al ratón corretearse por la casa.
Por alguna razón, esta gente intuyó que la pasé fantásticamente, porque repitieron la invitación para año nuevo. Decliné amablemente, alegando "otros compromisos".
En la parrilla, agonizan los restos de vacío, asado, colita de cuadril, pollo, chorizo, morcilla, molleja, chinchulín, salchicha parrillera, tripa gorda y provoleta, sobre una brasas que apenas se atreven a arder. En la mesa, Jorge pelea contra una botella de Chandon mientras Pablo abre un Mantecol enorme, Guille rompe nueces con un martillo y Nacho inmortaliza la escena con su sempiterna cámara de video.
Y yo los dejo por hoy, deseándoles un 2011 glorioso, y me voy a brindar.
La familia de mi ex tiene un concepto un tanto particular con respecto al asado. Como son muchos, no sólo necesitan mantener los costos razonablemente bajos, sino que, además, tienen que preparar un asado de modo que sea sencillo para el asador cuando los comensales son más de medio centenar. Así, cuando en mi cultura, el asado incluye al menos dos cortes de carne -mínimamente, asado y vacío- y al menos cuatro tipos de achuras -chorizo, morcilla, salchicha parrillera y molleja, entre mis favoritas-, además de alguna provoletita, en la de esta gente el asado se reduce a algo casi minimalista.
Cuando voy al supermercado a abastecerme de materia prima para un asado, compro una bandejita de chorizos. Ellos van al mayorista y compran un gancho. Completito, con todos sus cincuenta chorizos. Por supuesto que, en estas tan magnas cantidades, poner en la parrilla más de un tipo de achura se vuelve una tarea compleja, por lo que sólo compran chorizos. Lo mismo sucede con la carne, un sólo corte para todo el mundo, estandarización a pleno. Los combos favoritos son costillar y chorizos o, directamente, lo que ellos llaman el "asado redondo": chorizos y hamburguesas.
La Noche Buena era una noche especial, por lo que al menos me ahorraron la amargura del "asado redondo". Compraron un gancho, como siempre, y varias piezas de vacío enteras, que regaron con vino en damajuanas, debidamente trasvasado a unas simpáticas botas.
Armaron una mesa larga, con caballetes y tablones, en el patio. Comí en silencio, sentado en un rincón, tratando de evitar la charla cargosa de un par de tías gordas y la polémica futbolera de los machotes recios de mi ex familia política. A mi lado, haciéndome la más grata compañía, mi hija Carolina desplegaba una cara de ojete tan contundente como la mía. Comí como el orto y me aburrí soberanamente.
A eso de las once de la noche, Natalia se quedó dormida en mis brazos. Resultó la excusa perfecta usarla como un escudo que me protegiera de Virginia, que superada por el efecto devastador de la bota, estaba completamente decidida a abrazarme y explicarme, con su fétido aliento a tinto barato demasiado cerca de mi cara, cuánto me quería.
Me refugié en el interior de la casa, desparramé a Natu en un sillón del living y prendí la tele. Cartoon Network, la única forma de sobrevivir a esa atrocidad de fiesta. Un minuto después, descubrí a Carolina sentada al lado mío, mirando a Tom & Jerry.
A la medianoche, el estruendo de gritos, botellas de Ananá Fizz descorchado y petardos estallando nos sobresaltó ligeramente.
- Feliz Navidad, pa - dijo Caro
- Feliz Navidad, hijita - contesté, al tiempo que me inclinaba para besarle la cabeza.
Y seguimos ambos mirando al gato y al ratón corretearse por la casa.
Por alguna razón, esta gente intuyó que la pasé fantásticamente, porque repitieron la invitación para año nuevo. Decliné amablemente, alegando "otros compromisos".
En la parrilla, agonizan los restos de vacío, asado, colita de cuadril, pollo, chorizo, morcilla, molleja, chinchulín, salchicha parrillera, tripa gorda y provoleta, sobre una brasas que apenas se atreven a arder. En la mesa, Jorge pelea contra una botella de Chandon mientras Pablo abre un Mantecol enorme, Guille rompe nueces con un martillo y Nacho inmortaliza la escena con su sempiterna cámara de video.
Y yo los dejo por hoy, deseándoles un 2011 glorioso, y me voy a brindar.
079 - Crueldades
Hubo un tiempo difícil en que Valeria me tenía a los chicos prácticamente secuestrados. Cualquier excusa era buena, cualquier enojo era suficiente para esgrimir el grito de guerra: "a tus hijos no los ves". Pablo, mi abogado, me había aconsejado que fuera a buscarlos siempre según el régimen de visitas estipulado por el juzgado y que, si no me los entregaba, que llamara al 911 y pidiera la intervención de la fuerza del orden público.
Me parecía escandaloso caer a buscar a mis hijos con un patrullero. No por cómo pudiera afectar a mi exposa -o a su imagen ante el barrio- sino por los chicos. Así me tuvo varios meses, usando esta arma para demostrar poder y granjearse pequeñas concesiones.
Hasta que un día, mi amigo Nacho me dio una idea tan cruel como efectiva, y a la vez mucho más discreta que aparecerme escoltado por señores de uniforme.
Era sábado. Eran las siete de la tarde. Y yo debería haber retirado a los chicos a las seis, pero estaba en mi departamento, tirado en la cama, viendo una película.
El llamado telefónico enardecido de Valeria no se hizo esperar:
- ¿Se puede saber a qué puta hora pensás pasar a buscar a tus hijos, pedazo de imbécil?
- No voy a ir.
- ¿¿¿Cómo que no vas a venir???
- No, no voy a ir, no quiero verlos - respondí monocorde y tratando de mantener una calma que no tenía.
- ¿Pero a vos se te escapó la tortuga, chiquito? ¿Cómo que no querés verlos? ¡Es tu obligación!
- Disculpame que te corrija la aberración jurídica - intervine - pero según la sentencia de divorcio, vos tenés la tenencia de los chicos y yo tengo un régimen de visitas. Por lo tanto, VOS tenés la obligación de vivir con ellos y yo tengo el DERECHO a verlos, pero nada me obliga.
- ¿Pero vos sos loco o comiste pintura? ¡Vení a buscar a tus hijos YA!
- Mirá... últimamente, me has hecho la vida tan difícil con el tema de dejarme ver a los chicos, que perdí la motivación, perdí las ganas de pasar tiempo con ellos. Porque, si cada vez que me los llevo, voy a tener una pelotera con vos, prefiero no verlos.
Corté el teléfono abruptamente y no volví a atender, pese a que me llamó ocho veces en cinco minutos. Acababa de hacer algo tan terrible como necesario y no podía permitirme el lujo de ceder. Estaba triste, pero era necesario.
Sólo me sacó de mi tristeza un mensaje de texto de Martín:
"Mamá está cancelando su cita de esta noche. Felicitaciones, viejo ;)"
Me parecía escandaloso caer a buscar a mis hijos con un patrullero. No por cómo pudiera afectar a mi exposa -o a su imagen ante el barrio- sino por los chicos. Así me tuvo varios meses, usando esta arma para demostrar poder y granjearse pequeñas concesiones.
Hasta que un día, mi amigo Nacho me dio una idea tan cruel como efectiva, y a la vez mucho más discreta que aparecerme escoltado por señores de uniforme.
Era sábado. Eran las siete de la tarde. Y yo debería haber retirado a los chicos a las seis, pero estaba en mi departamento, tirado en la cama, viendo una película.
El llamado telefónico enardecido de Valeria no se hizo esperar:
- ¿Se puede saber a qué puta hora pensás pasar a buscar a tus hijos, pedazo de imbécil?
- No voy a ir.
- ¿¿¿Cómo que no vas a venir???
- No, no voy a ir, no quiero verlos - respondí monocorde y tratando de mantener una calma que no tenía.
- ¿Pero a vos se te escapó la tortuga, chiquito? ¿Cómo que no querés verlos? ¡Es tu obligación!
- Disculpame que te corrija la aberración jurídica - intervine - pero según la sentencia de divorcio, vos tenés la tenencia de los chicos y yo tengo un régimen de visitas. Por lo tanto, VOS tenés la obligación de vivir con ellos y yo tengo el DERECHO a verlos, pero nada me obliga.
- ¿Pero vos sos loco o comiste pintura? ¡Vení a buscar a tus hijos YA!
- Mirá... últimamente, me has hecho la vida tan difícil con el tema de dejarme ver a los chicos, que perdí la motivación, perdí las ganas de pasar tiempo con ellos. Porque, si cada vez que me los llevo, voy a tener una pelotera con vos, prefiero no verlos.
Corté el teléfono abruptamente y no volví a atender, pese a que me llamó ocho veces en cinco minutos. Acababa de hacer algo tan terrible como necesario y no podía permitirme el lujo de ceder. Estaba triste, pero era necesario.
Sólo me sacó de mi tristeza un mensaje de texto de Martín:
"Mamá está cancelando su cita de esta noche. Felicitaciones, viejo ;)"
070 - Los auténticos decadentes
Jugamos al poker una vez cada dos semanas. Jorge, Pablo, Guillermo, Nacho y yo. Cinco perfiles distintos, cinco realidades, cinco mundos y -sin embargo- dos conexiones, dos pasiones, muy fuertes: el poker y las mujeres.
Jorge es el típico divorciado feliz. Tras descubrir que su matrimonio había sido el gran error de su vida, decidió no volver a atarse. Las chicas respetables se sienten algo intimidadas por la pata de palo, el garfio, el parche en el ojo y el lorito parado en el hombro. Pero, sin embargo, es de nosotros el que tiene sexo con más frecuencia. Pablo, en cambio, tiene una visión completamente distinta de su propio fracaso matrimonial: en el fondo es un romántico que crée en el destino y añora a la mujer de sus sueños que, de un momento a otro, habrá de llegar a su vida para curarle las heridas de una ex psicótica y tramposa.
Guille fue cornudo y no es joda reponerse de eso. Hizo una valija y dejó a su mujer el día que la encontró en la cama con otro tipo. Pero, evidentemente, la amaba seriamente -de una forma en que yo nunca pude amar a Valeria- porque aún hoy, casi cinco años después, sigue tan destrozado como el primer día. No volvió a formar pareja estable y creo que, en el fondo, sueña con que alguna vez su ex se arrastrará a sus pies rogando perdón y pidiéndole que "todo vuelva a ser como antes". Algo que, sabemos, jamás sucederá.
El único que no acarrea un fracaso en sus espaldas es Ignacio. Sólo que Nachito es gay. Pero aún no lo sabe. De todos modos, a juzgar por estas amistades enfermizas que frecuenta, no me cabe la menor duda que, el día que finalmente decida salir del closet, no dudará en encontrar un caballero que le despedace el corazón.
Muchas veces los miro como de lejos. Con sus cigarrillos en la boca y sus cartas en la mano. Despotricando contra sus respectivas ex parejas, o contra las actuales, o contra las futuras."Mis amigos son unos atorrantes", suelo pensar, citando a Serrat.
Pero muchas veces me pregunto si esta patológica capacidad de fracasar en el amor -además de la timba- no será lo único que tenemos en común.
Y, créanme, me preocupa.
Jorge es el típico divorciado feliz. Tras descubrir que su matrimonio había sido el gran error de su vida, decidió no volver a atarse. Las chicas respetables se sienten algo intimidadas por la pata de palo, el garfio, el parche en el ojo y el lorito parado en el hombro. Pero, sin embargo, es de nosotros el que tiene sexo con más frecuencia. Pablo, en cambio, tiene una visión completamente distinta de su propio fracaso matrimonial: en el fondo es un romántico que crée en el destino y añora a la mujer de sus sueños que, de un momento a otro, habrá de llegar a su vida para curarle las heridas de una ex psicótica y tramposa.
Guille fue cornudo y no es joda reponerse de eso. Hizo una valija y dejó a su mujer el día que la encontró en la cama con otro tipo. Pero, evidentemente, la amaba seriamente -de una forma en que yo nunca pude amar a Valeria- porque aún hoy, casi cinco años después, sigue tan destrozado como el primer día. No volvió a formar pareja estable y creo que, en el fondo, sueña con que alguna vez su ex se arrastrará a sus pies rogando perdón y pidiéndole que "todo vuelva a ser como antes". Algo que, sabemos, jamás sucederá.
El único que no acarrea un fracaso en sus espaldas es Ignacio. Sólo que Nachito es gay. Pero aún no lo sabe. De todos modos, a juzgar por estas amistades enfermizas que frecuenta, no me cabe la menor duda que, el día que finalmente decida salir del closet, no dudará en encontrar un caballero que le despedace el corazón.
Muchas veces los miro como de lejos. Con sus cigarrillos en la boca y sus cartas en la mano. Despotricando contra sus respectivas ex parejas, o contra las actuales, o contra las futuras."Mis amigos son unos atorrantes", suelo pensar, citando a Serrat.
Pero muchas veces me pregunto si esta patológica capacidad de fracasar en el amor -además de la timba- no será lo único que tenemos en común.
Y, créanme, me preocupa.
062 - Hasta las recontra remanos
"Conocí personalmente a la abogada de Valeria. Está MUY buena. Demasiado buena. Increíblemente buena. Absurdamente buena. Más buena que mirar Fórmula 1 en calzones el domingo a la mañana. Más buena que el Stacker Cuádruple de Burger King. Más buena que el cine de Tarantino. Más buena que 'Abbey Road'. Más buena que 'El Aleph'... Creo que me enamoré, boludo"
(Pablo, mi abogado, en un flagrante intento de provocarme un infarto masivo)
(Pablo, mi abogado, en un flagrante intento de provocarme un infarto masivo)
Expediente:
Pablo (mi abogado),
Textuales
045 - Hasta las manos
"Che... la guglié a la abogada de tu ex. Es grossa. Tengo miedo" (Dr. Pablo, mi abogado)
Expediente:
Pablo (mi abogado),
Textuales
019 - Palabra de mi abogado
"Yo creía que mi ex estaba loca. Hasta que conocí a la tuya" (Dr. Pablo, mi abogado)
Expediente:
Pablo (mi abogado),
Textuales
010 - Sauron y yo
Me llevé al perro. Sí, ese fue el consejo de mi abogado, que no le dejara a Valeria ni un centavo más. Que me llevara al maldito perro.
- ¡Pero vivo en un monoambiente, Pablo! - le grité, desesperado, por teléfono.
- No importa, llevátelo -se puso firme, pero manteniendo una calma de la que yo soy incapaz- Si hoy le das plata para mantener al perro, mañana te va a pedir para el hamster de la nena y pasado para la antirrábica de la tortuga.
El diálogo con Valeria no fue exactamente amable. Comenzó con cuestionamientos un tanto indigeribles, que incluían mi tiempo para sacarlo a caminar, si lo bañaría con frecuencia, si lo seguiría llevando periódicamente al veterinario y -el que más gracias me causó- si su pobre "bebé" sería capaz de vivir sin ella. "Pobrecito, se va a morir de tristeza", comenzó a sollozar al otro lado del teléfono.
Fui inflexible, como me enseño mi abogadito. "Quiere la plata", decía Pablo. Y yo no estaba dispuesto a darle el gusto. O la guita.
Así que, un martes a la noche, pasé a llevarme a Sauron, con todo su equipamiento: su bebedero automático, su plato para el alimento balanceado (de acero inoxidable, porque los de plástico los despedaza), su correa y el collar de ahorque con púas, la única forma de sacar a pasear a esa bestia musculosa sin que te revolée por el aire. Valeria lloraba. Naty lloraba, porque lloraba la madre. Carolina, la del medio, me miraba desde la ventana con su habitual e indescifrable cara de orto. El único cómplice, el único que sonreía ante la victoria paterna -o al menos eso supongo- era Martincito. Qué grande, el pendejo.
Supongo que mucho no le debe haber costado al pichicho adaptarse a mi modesto hábitat. Digo, porque lo primero que hizo fue mear al pie de mi escritorio. Y lo segundo fue pegar un salto alegre y desparramarse todo arriba de mi cama.
A las once de la noche decidí irme a dormir. Sauron continuaba en mi cama. Lo invité amablemente a bajarse, pero me respondió mostrándome su poderosa dentadura de rottweiler endemoniado en todo su esplendor. Me puse firme, levanté el tono de la voz y lo amenacé con la mano en alto. Sólo logré que gruñera más fuerte y mostrara más dientes.
Así que terminé buscando la bolsa de dormir.
- ¡Pero vivo en un monoambiente, Pablo! - le grité, desesperado, por teléfono.
- No importa, llevátelo -se puso firme, pero manteniendo una calma de la que yo soy incapaz- Si hoy le das plata para mantener al perro, mañana te va a pedir para el hamster de la nena y pasado para la antirrábica de la tortuga.
El diálogo con Valeria no fue exactamente amable. Comenzó con cuestionamientos un tanto indigeribles, que incluían mi tiempo para sacarlo a caminar, si lo bañaría con frecuencia, si lo seguiría llevando periódicamente al veterinario y -el que más gracias me causó- si su pobre "bebé" sería capaz de vivir sin ella. "Pobrecito, se va a morir de tristeza", comenzó a sollozar al otro lado del teléfono.
Fui inflexible, como me enseño mi abogadito. "Quiere la plata", decía Pablo. Y yo no estaba dispuesto a darle el gusto. O la guita.
Así que, un martes a la noche, pasé a llevarme a Sauron, con todo su equipamiento: su bebedero automático, su plato para el alimento balanceado (de acero inoxidable, porque los de plástico los despedaza), su correa y el collar de ahorque con púas, la única forma de sacar a pasear a esa bestia musculosa sin que te revolée por el aire. Valeria lloraba. Naty lloraba, porque lloraba la madre. Carolina, la del medio, me miraba desde la ventana con su habitual e indescifrable cara de orto. El único cómplice, el único que sonreía ante la victoria paterna -o al menos eso supongo- era Martincito. Qué grande, el pendejo.
Supongo que mucho no le debe haber costado al pichicho adaptarse a mi modesto hábitat. Digo, porque lo primero que hizo fue mear al pie de mi escritorio. Y lo segundo fue pegar un salto alegre y desparramarse todo arriba de mi cama.
A las once de la noche decidí irme a dormir. Sauron continuaba en mi cama. Lo invité amablemente a bajarse, pero me respondió mostrándome su poderosa dentadura de rottweiler endemoniado en todo su esplendor. Me puse firme, levanté el tono de la voz y lo amenacé con la mano en alto. Sólo logré que gruñera más fuerte y mostrara más dientes.
Así que terminé buscando la bolsa de dormir.
009 - Supermucama 86
Durante el primer año de separación, Valeria y yo hicimos -lo juro, pero no me crean mucho- todos los esfuerzos posibles para zanjar nuestras diferencias y volver a estar juntos. Obviamente, nada funcionó del todo. Y Rosa, la mucama compartida, no fue de gran ayuda.
Digamos que, básicamente, mi mucama se volvió un buche de mi ex. Quizás yo sea demasiado piadoso y crea que lo hizo sin mala voluntad, simplemente porque su crianza y su nivel sociocultural no le permiten distinguir entre la discreción y el chisme, entre la confianza y el puterío.
"Vos no querés volver conmigo", me encaró Valeria una tarde de domingo por teléfono. Y, si bien debo admitir que, a esa altura, yo ya había dejado de quererla hacía rato, no había abandonado la lucha aún; mucho menos oficialmente. Pregunté qué le hacía pensar eso y la respuesta me dejó helado: "Rosa se cansa de sacar botellas vacías de tu casa... además, dice que hay profilácticos en tu mesa de luz y que ha pelos de mujer del desagüe de tu ducha".
Obviamente me quedé helado. En esa instancia de mi separación, si bien había vuelto a disfrutar en muchos aspectos de mi soltería, aún conservaba un estúpido celibato, anclado en la improbable chance de volver a estar juntos. Admito haber comprado los profilácticos, como una manera de estar listo para cualquier contingencia. Absolutamente me hago cargo de un consumo un tanto desmedido de alcohol, en el que fui secundado y apoyado por Pablo y Jorge.
Pero lo de los pelos en la ducha me tuvo varios días pensando, hasta que recordé que, un martes a la noche, después de un fútbol 5 con amigos, mi abogado se había bañado en mi casa. Para los que no lo conocen, Pablo es un tipo altísimo, de voz aguardentosa, cuya melena ligeramente canosa -al mejor estilo Pablo Echarri- chorrea hasta los hombros. Tranquilamente podría ser cofundido con un pelo de mujer.
Explicar todo esto fue completamente inutil. Pero el hecho de que mi ex no me creyera una palabra me fue útil: entendí que ya no tenía ningún sentido buscar ninguna reconciliación.
"La próxima vez que Rosa encuentre algo en la ducha", me dije a mi mismo, aleccionándome frente al espejo, "que venga de la cabeza de una mina".
Y la mucama, por supuesto, me estaba debiendo una buena explicación.
Digamos que, básicamente, mi mucama se volvió un buche de mi ex. Quizás yo sea demasiado piadoso y crea que lo hizo sin mala voluntad, simplemente porque su crianza y su nivel sociocultural no le permiten distinguir entre la discreción y el chisme, entre la confianza y el puterío.
"Vos no querés volver conmigo", me encaró Valeria una tarde de domingo por teléfono. Y, si bien debo admitir que, a esa altura, yo ya había dejado de quererla hacía rato, no había abandonado la lucha aún; mucho menos oficialmente. Pregunté qué le hacía pensar eso y la respuesta me dejó helado: "Rosa se cansa de sacar botellas vacías de tu casa... además, dice que hay profilácticos en tu mesa de luz y que ha pelos de mujer del desagüe de tu ducha".
Obviamente me quedé helado. En esa instancia de mi separación, si bien había vuelto a disfrutar en muchos aspectos de mi soltería, aún conservaba un estúpido celibato, anclado en la improbable chance de volver a estar juntos. Admito haber comprado los profilácticos, como una manera de estar listo para cualquier contingencia. Absolutamente me hago cargo de un consumo un tanto desmedido de alcohol, en el que fui secundado y apoyado por Pablo y Jorge.
Pero lo de los pelos en la ducha me tuvo varios días pensando, hasta que recordé que, un martes a la noche, después de un fútbol 5 con amigos, mi abogado se había bañado en mi casa. Para los que no lo conocen, Pablo es un tipo altísimo, de voz aguardentosa, cuya melena ligeramente canosa -al mejor estilo Pablo Echarri- chorrea hasta los hombros. Tranquilamente podría ser cofundido con un pelo de mujer.
Explicar todo esto fue completamente inutil. Pero el hecho de que mi ex no me creyera una palabra me fue útil: entendí que ya no tenía ningún sentido buscar ninguna reconciliación.
"La próxima vez que Rosa encuentre algo en la ducha", me dije a mi mismo, aleccionándome frente al espejo, "que venga de la cabeza de una mina".
Y la mucama, por supuesto, me estaba debiendo una buena explicación.
003 - Charla de borrachos
CLIENTE: Me tiene podrido, la voy a mandar a matar.
ABOGADO: Sabés que conozco la gente que podría hacer eso.
CLIENTE: Sí, lo sé ¿Pero? Porque siempre tenés algun "pero".
ABOGADO: ¿Realmente querés hacerlo?
CLIENTE: Disculpame... ¿Y desde cuándo tenés moral?
ABOGADO: ¡Touche!
CLIENTE: ¿Te sirvo otro whisky?
ABOGADO: No, gracias, ya tomamos demasiado los dos... Pero... ¿Estás seguro? ¿Dejarías a tus chicos sin mamá?
CLIENTE: ¿Y qué es preferible? ¿Que se críen huérfanos o que los críe esa psicótica?
ABOGADO: Touché, touché y mil veces touché. Mejor dejemos la bebida, al menos por hoy.
ABOGADO: Sabés que conozco la gente que podría hacer eso.
CLIENTE: Sí, lo sé ¿Pero? Porque siempre tenés algun "pero".
ABOGADO: ¿Realmente querés hacerlo?
CLIENTE: Disculpame... ¿Y desde cuándo tenés moral?
ABOGADO: ¡Touche!
CLIENTE: ¿Te sirvo otro whisky?
ABOGADO: No, gracias, ya tomamos demasiado los dos... Pero... ¿Estás seguro? ¿Dejarías a tus chicos sin mamá?
CLIENTE: ¿Y qué es preferible? ¿Que se críen huérfanos o que los críe esa psicótica?
ABOGADO: Touché, touché y mil veces touché. Mejor dejemos la bebida, al menos por hoy.
Expediente:
Pablo (mi abogado),
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