Contra todos mis pronósticos -y contra todos mis intentos de sabotaje- la relación entre Jorge y Rosa ha prosperado casi en un noviazgo saludable, el primero del que tengo noticias, desde que se divorció de Teresa.
Pablo, por su parte -lo sé, está completamente chiflado- insiste en casarse en septiembre con su colega, la abogada de mi ex. Pese a que francamente me preocupa la relación, lo veo a Pablito tan embobado, tan feliz, reiniciando su vida de pareja con tanto entusiasmo, que no puedo más que alegrarme, pese a mis reservas.
Entre tanto, Nacho y Marcos continúan una relación hermosa. De hecho -me pregunto si será alguna clase de componente discriminatorio- Marcos es la única pareja de alguno de nosotros que ha sido admitido, eventualmente, al santuario de nuestra mesa de poker. Otros que también hablan de boda.
Guillermo, a instancia de toda la barra, finalmente se atrevió a invitar a salir a Marina. En esta etapa de la relación, aún no se puede ni remotamente hablar de amor o de proyectos. Pero sí de que se están frecuentando, conociéndose y fifándose sin mayor compromiso, lo cual ha mejorado el estado de ánimo general de Guille en un 200%.
¡Hasta Valeria y Marcelo vienen durando juntos! ¡Hasta Natalia me habló de un nene del jardín al que llama "mi novio"!
Mili y yo, a pesar de todos los traspiés recientes -mayoritariamente económicos- seguimos juntos y muy enamorados.
En fin, todo parece indicar que es temporada de amores. De juntarse. De vivirse.
¿Será este el final feliz que todos estábamos esperando?
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182 - El "amigo"
Este Marcos parece buen pibe. Pero si le rompe el corazón a mi amigo, va a tener que ir al dentista a que lo arreglen, porque no le dejo un solo diente en la boca.
Expediente:
Nacho (en el closet)
165 - You're cordially invited
Saqué el celular del bolsillo con la velocidad de un cowboy de película que desenfunda su Colt en pleno duelo. En una sola foto, improvisada con el teléfono, logré captar las caras de Guille y Jorge. Sus expresiones, al borde de lo atónito. Sus mandíbulas desencajadas por la sorpresa. Sus muecas de no entender. O de resistirse a entender.
Entramos a Casa Brandon y atravesamos el salón de la planta baja hacia la escalera.
El festejo era en la planta alta y no habíamos subido ni la mitad del recorrido, cuando Guille hizo su primer comentario comprometido: "che... nunca había visto tanto puto junto".
Jorge, todo un estratega, esperó a llegar arriba para evaluar la situación. En un rincón, una pareja de señoritas se besaban apasionadamente y Jorgito les clavó la mirada sin absolutamente ningún disimulo. "Qué zambullidita me pegaría ahí", babeo por un instante.
Las fiestas lulas tienen toda la onda. Será que la comunidad homosexual son un grupo de gente que ha pasado, primero que nada, una lucha para aceptarse a sí mismos -que luego se convierte, necesariamente, en una cruzada por ser aceptado por los otros- que se sienten tan increíblemente libres. Una fiesta en Casa Brandon, o en cualquier otro reducto de la ciudad en los que suelen convocarse los que decidieron vivir su sexualidad a contramano de los convecionalismos sociales, está plagada de esa música que ya no ponemos en nuestras fiestas, de tragos de colores con sombrillitas, de abrazos y amigos.
Y esta era una de esas ocasiones. Una celebración con todas las letras.
Con la mirada busqué al agasajado entre la multitud y cuando finalmente lo detecté me acerqué a saludar -vadeando entre la multitud- escoltado por mis dos homofóbicos amigos.
- ¡Hola, chicos! ¡Qué bueno que vinieron! - sonrió con los brazos muy abiertos, dispuesto a un abrazo grupal.
- Hola, hola, hola - saludamos en un coro desparejo, casi digno de Los Tres Chiflados.
- Les presento a Marcos... mi... amigo - dudó un poco, al tiempo que nos introducía con un muchacho fornido.
- Un gustazo, Marcos - le sacudí la mano enérgicamente.
- Bueno, chicos... siéntanse bien, siéntanse como en casa.
- Gracias y feliz cumple, Nachito.
Entramos a Casa Brandon y atravesamos el salón de la planta baja hacia la escalera.
El festejo era en la planta alta y no habíamos subido ni la mitad del recorrido, cuando Guille hizo su primer comentario comprometido: "che... nunca había visto tanto puto junto".
Jorge, todo un estratega, esperó a llegar arriba para evaluar la situación. En un rincón, una pareja de señoritas se besaban apasionadamente y Jorgito les clavó la mirada sin absolutamente ningún disimulo. "Qué zambullidita me pegaría ahí", babeo por un instante.
Las fiestas lulas tienen toda la onda. Será que la comunidad homosexual son un grupo de gente que ha pasado, primero que nada, una lucha para aceptarse a sí mismos -que luego se convierte, necesariamente, en una cruzada por ser aceptado por los otros- que se sienten tan increíblemente libres. Una fiesta en Casa Brandon, o en cualquier otro reducto de la ciudad en los que suelen convocarse los que decidieron vivir su sexualidad a contramano de los convecionalismos sociales, está plagada de esa música que ya no ponemos en nuestras fiestas, de tragos de colores con sombrillitas, de abrazos y amigos.
Y esta era una de esas ocasiones. Una celebración con todas las letras.
Con la mirada busqué al agasajado entre la multitud y cuando finalmente lo detecté me acerqué a saludar -vadeando entre la multitud- escoltado por mis dos homofóbicos amigos.
- ¡Hola, chicos! ¡Qué bueno que vinieron! - sonrió con los brazos muy abiertos, dispuesto a un abrazo grupal.
- Hola, hola, hola - saludamos en un coro desparejo, casi digno de Los Tres Chiflados.
- Les presento a Marcos... mi... amigo - dudó un poco, al tiempo que nos introducía con un muchacho fornido.
- Un gustazo, Marcos - le sacudí la mano enérgicamente.
- Bueno, chicos... siéntanse bien, siéntanse como en casa.
- Gracias y feliz cumple, Nachito.
Expediente:
Guille (el dolorido),
Jorge (mi amigo),
Nacho (en el closet),
Volver a vivir
145 - Exhibiciones obscenas
Nacho dice que iban a salir con Lu. Nacho dice que la pasó a buscar por su casa. Nacho dice que ella le dijo "ay, esperame que me cambio". Nacho dice que Lu se sacó la remera y debajo no tenía corpiño. Nacho dice que sí, que efectivamente, hizo eso delante de él. Nacho dice que Lu, con total naturalidad, se puso otra remera y le dijo: "bueno, vamos".
Jorge, Guille y yo nos quedamos absolutamente mudos por unos segundos, mirando a Nacho de los pies a la cabeza. Hasta que estallamos.
- ¿Pero cómo no te le tiraste encima?
- ¿No le chupaste una teta?
- ¡Pero eso es un mensaje clarísimo!
- Yo, en tu lugar, la violo ahí mismo.
- ¡Por Dios, qué gomas tiene esa mujer!
- Dale, decime que no hiciste nada y te cago a bollos.
Quién dijo qué y en qué orden es irrelevante. Éramos una turba iracunda, desbordante de testosterona, rogándole a Nuestra Señora de la Promiscuidad que Nacho hubiera reaccionado ante tamaño acto de exhibicionismo, que se hubiera hecho cargo de un acto que sobrepasaba a todas luces los límites de la insinuación.
Cuando, finalmente, algo agitados, nos callamos la boca para esperar respuestas, Nacho respiró hondo. En vez de hablar, suspiró.
Y, tras un segundo más de silencio, nos dio la estocada final:
- ¿Es que no entienden que somos amigos?
Jorge, Guille y yo nos quedamos absolutamente mudos por unos segundos, mirando a Nacho de los pies a la cabeza. Hasta que estallamos.
- ¿Pero cómo no te le tiraste encima?
- ¿No le chupaste una teta?
- ¡Pero eso es un mensaje clarísimo!
- Yo, en tu lugar, la violo ahí mismo.
- ¡Por Dios, qué gomas tiene esa mujer!
- Dale, decime que no hiciste nada y te cago a bollos.
Quién dijo qué y en qué orden es irrelevante. Éramos una turba iracunda, desbordante de testosterona, rogándole a Nuestra Señora de la Promiscuidad que Nacho hubiera reaccionado ante tamaño acto de exhibicionismo, que se hubiera hecho cargo de un acto que sobrepasaba a todas luces los límites de la insinuación.
Cuando, finalmente, algo agitados, nos callamos la boca para esperar respuestas, Nacho respiró hondo. En vez de hablar, suspiró.
Y, tras un segundo más de silencio, nos dio la estocada final:
- ¿Es que no entienden que somos amigos?
Expediente:
Guille (el dolorido),
Jorge (mi amigo),
Nacho (en el closet)
130 - Año nuevo ¿Lu-na nueva?
Eran como las tres de la mañana del 1º de enero cuando el celular de Nacho sonó y su voz se volvió melosa al punto de dar asco.
Guille, Jorge y yo, instintivamente, hicimos silencio, para escuchar lo que estaba pasando, que fue, más o menos, en estos términos:
"Sí, sí... acá, en casa de Esteban... Nah, al pedo, comiendo un pan dulce... Bueno, dale, si no tenés nada que hacer, te paso a buscar en quince... Chau, chau... besitos"
A la conversación se sucedieron palmadas en la espalda, hurras de todo calibre y alusiones al descomunal tamaño de la delantera de la damita en cuestión, que ya me había hecho cargo de describir al detalle ante mis amigotes.
Pero la gran sorpresa la tuvimos al día siguiente:
- ¿Y? ¿Qué tal anoche? - preguntó Jorge con risita cómplice.
- Todo bien - respondió Nacho.
- Aha... sí, todo bien, pero... - intervino Guille.
- Todo bien, pero nada - dijo Nacho.
- ¿Cómo que nada? - preguntamos a coro.
- Miren... la pasé a buscar, fuimos a tomar algo cerca del río, caminamos un poco y la llevé de vuelta a la casa.
- ¿Y no le tocaste un pelo? - me desesperé.
- Nooo... ¿Cómo voy a hacer eso? ¡ustedes no entienden nada! ¡Lu y yo somos amigos! ¿Entienden? A-mi-gos.
- ¡Yo me la cojo como amiga! - gritó Jorge.
- No podés, nene, no podés - intervino Guille, con cara de profunda decepción.
Por unos segundos, se hizo un silencio incómodo. Las miradas bajas, las preguntas sin respuesta, la frustración ante la "nada" que Guille describía tan orgullosamente, amparándose en una supuesta amistad.
La amistad entre el hombre y la mujer es una cosa jodida. Y yo, encima, lo digo como si acabara de descubrir la pólvora, la penicilina y la fusión en frío.
Mi amigo Fede -que Dios lo tenga en la Gloria y no se le vaya a escapar- decía que la amistad entre personas de diferente sexo sólo es posible después de haber pasado por la cama. O, al menos, de no haber pasado por la cama tras una negativa demasiado rotunda de una de las dos partes. "Cogimos, nunca vamos a funcionar como pareja, seamos amigos", decía Fede, "o su variante: no me gustás ni a palos, seamos amigos". Pero, en su universo, no era posible la amistad legítima entre macho y hembra sin una cierta tensión sexual que los empujara, tarde o temprano, al menos hacia una propuesta de actividad horizontal.
Decidí romper el hielo, quebrar ese silencio incómodo, preguntando lo que, me pareció, era una trivialidad.
- ¿Y de qué hablaron con Lu? - pregunté.
- Bueno, básicamente, de sexo.
Guille y Jorge le saltaron a la yugular, preguntando detalles a los gritos, cagándose de la risa y empujándose como adolescentes. El griterío era tal que sólo pude recabar una frase mínimamente inteligible, que volvió a llamar a nuestro viejo amigo, el silencio incómodo.
- Ella dice que está siempre lista - dijo Nacho, en un momento.
- ¿Siempre lista? - preguntó el coro.
- Sí, si hasta abrió la cartera y me mostró una caja de forros... "Ves que siempre estoy preparada para todo?", me dijo.
- ¿Y no le tocaste un pelo? - otra vez, todos juntos, como en una tragedia griega.
- No, ya les dije... sólo somos amigos.
Guille, Jorge y yo, instintivamente, hicimos silencio, para escuchar lo que estaba pasando, que fue, más o menos, en estos términos:
"Sí, sí... acá, en casa de Esteban... Nah, al pedo, comiendo un pan dulce... Bueno, dale, si no tenés nada que hacer, te paso a buscar en quince... Chau, chau... besitos"
A la conversación se sucedieron palmadas en la espalda, hurras de todo calibre y alusiones al descomunal tamaño de la delantera de la damita en cuestión, que ya me había hecho cargo de describir al detalle ante mis amigotes.
Pero la gran sorpresa la tuvimos al día siguiente:
- ¿Y? ¿Qué tal anoche? - preguntó Jorge con risita cómplice.
- Todo bien - respondió Nacho.
- Aha... sí, todo bien, pero... - intervino Guille.
- Todo bien, pero nada - dijo Nacho.
- ¿Cómo que nada? - preguntamos a coro.
- Miren... la pasé a buscar, fuimos a tomar algo cerca del río, caminamos un poco y la llevé de vuelta a la casa.
- ¿Y no le tocaste un pelo? - me desesperé.
- Nooo... ¿Cómo voy a hacer eso? ¡ustedes no entienden nada! ¡Lu y yo somos amigos! ¿Entienden? A-mi-gos.
- ¡Yo me la cojo como amiga! - gritó Jorge.
- No podés, nene, no podés - intervino Guille, con cara de profunda decepción.
Por unos segundos, se hizo un silencio incómodo. Las miradas bajas, las preguntas sin respuesta, la frustración ante la "nada" que Guille describía tan orgullosamente, amparándose en una supuesta amistad.
La amistad entre el hombre y la mujer es una cosa jodida. Y yo, encima, lo digo como si acabara de descubrir la pólvora, la penicilina y la fusión en frío.
Mi amigo Fede -que Dios lo tenga en la Gloria y no se le vaya a escapar- decía que la amistad entre personas de diferente sexo sólo es posible después de haber pasado por la cama. O, al menos, de no haber pasado por la cama tras una negativa demasiado rotunda de una de las dos partes. "Cogimos, nunca vamos a funcionar como pareja, seamos amigos", decía Fede, "o su variante: no me gustás ni a palos, seamos amigos". Pero, en su universo, no era posible la amistad legítima entre macho y hembra sin una cierta tensión sexual que los empujara, tarde o temprano, al menos hacia una propuesta de actividad horizontal.
Decidí romper el hielo, quebrar ese silencio incómodo, preguntando lo que, me pareció, era una trivialidad.
- ¿Y de qué hablaron con Lu? - pregunté.
- Bueno, básicamente, de sexo.
Guille y Jorge le saltaron a la yugular, preguntando detalles a los gritos, cagándose de la risa y empujándose como adolescentes. El griterío era tal que sólo pude recabar una frase mínimamente inteligible, que volvió a llamar a nuestro viejo amigo, el silencio incómodo.
- Ella dice que está siempre lista - dijo Nacho, en un momento.
- ¿Siempre lista? - preguntó el coro.
- Sí, si hasta abrió la cartera y me mostró una caja de forros... "Ves que siempre estoy preparada para todo?", me dijo.
- ¿Y no le tocaste un pelo? - otra vez, todos juntos, como en una tragedia griega.
- No, ya les dije... sólo somos amigos.
Expediente:
Guille (el dolorido),
Jorge (mi amigo),
Nacho (en el closet)
121 - Lu
Hacía rato que Nachito nos hablaba de Lu, sin que supiéramos del todo bien si se trataba de Lucrecia, Luciana o Luis Alberto. Pero se lo veía casi como involucrado en una relación que parecía exceder la mera amistad, por lo que -seguramente un poco por miedo- lo dejamos ser. Además, era reconfortante ver cómo se le iluminaba la mirada cada vez que mencionaba a Lu o cómo se le almibaraba la voz cada vez que un llamado de Lu al celular interrumpía nuestra partida de pocker.
Guille, ligeramente homofóbico, por mucho que se esfuerce en ocultarlo y parecer políticamente correcto, insistía por lo bajo en que, seguramente, se tratara de un fisicoculturista llamado Luciano o de un profesor de salsa llamado Luis.
Hasta que un día, quizás en una de esas situaciones a las que llamo "casualidad premeditada", pasó por casa a buscar unos libros que había prometido prestarle y "justo" estaba en el auto Lu.
Una sola cosa puedo decir al respecto: pocas veces había visto tetas así de grandes.
Guille, ligeramente homofóbico, por mucho que se esfuerce en ocultarlo y parecer políticamente correcto, insistía por lo bajo en que, seguramente, se tratara de un fisicoculturista llamado Luciano o de un profesor de salsa llamado Luis.
Hasta que un día, quizás en una de esas situaciones a las que llamo "casualidad premeditada", pasó por casa a buscar unos libros que había prometido prestarle y "justo" estaba en el auto Lu.
Una sola cosa puedo decir al respecto: pocas veces había visto tetas así de grandes.
Expediente:
Nacho (en el closet)
109 - Gastos eventuales
¿Qué diría mi mujer si se entera que gasté plata en esto? La primera vez que me hice esta pregunta, llevábamos dos años de casados. Había ido con Nacho a una de estas exposiciones de fantasía y ciencia ficción que solían ser populares en Buenos Aires hace unos años y, en uno de los stands, me había enamorado a primera vista de un muñeco de doce pulgadas del Señor Spock. Con su uniforme azul, sus orejitas puntiagudas, su phaser en la minúscula manito y el tricorder colgándole como si se tratara de una femenina cartera pasada de moda. No recuerdo el precio. Pero recuerdo los ojos de Nacho, abiertos por la sorpresa como un dos de oro, cuando el vendedor lo dijo en voz alta. Era demasiado caro.
Lo compré, preguntándome qué diría Valeria cuando le dijera que me había gastado ese dineral en un juguete. Y un juguete para mi, además.
Dejé a mi vulcano de plástico en el baúl del auto y, mientras volvía a casa, tomé una de esas decisiones que, muchos años después, sumarían argumentos cada vez que digo que, mi divorcio, era completamente predecible: decidí no decirle nada a Valeria.
El resto de ese mes no almorcé en horario de trabajo. Si hacía desaparecer todo ese dinero de casa, de una, mi exposa iba a sospechar algo. Con el tiempo, en la planilla de Excel donde llevábamos los gastos, inventé un asiento que llevaba el ridículo nombre de "gastos eventuales", donde, con discreción y cuentagotas, podía infiltrar algún dinero, podía "lavar" gastos que, si los declaraba, hubieran implicado un quilombo con Valeria.
Mi lugar de trabajo se convirtió entonces en el refugio de mi pequeña colección de fetiches. Era preferible ser objeto de burla de los colegas que víctima de un escandalete made-in-Valeryland. Con el tiempo y el advenimiento del divorcio, mis juguetes se mudaron a mi departamento de nuevo soltero. De hecho, al momento de escribir estas líneas, Spock me mira fijo, con su mirada negra de esmalte sintético. Está muy bien acompañado por un guerrero klingon que compré en una comiquería, un Batman enorme que Jorge me trajo de Miami, una alcancía con la forma de R2D2 que conseguí en un sitio de remates, un simpático Homero J. Simpson, sentado en el sillón, con el control remoto en la mano, y una media docena de naves espaciales en miniatura.
Y ya no tengo que darle explicaciones a nadie o falsear asientos contables de gastos eventuales.
Lo compré, preguntándome qué diría Valeria cuando le dijera que me había gastado ese dineral en un juguete. Y un juguete para mi, además.
Dejé a mi vulcano de plástico en el baúl del auto y, mientras volvía a casa, tomé una de esas decisiones que, muchos años después, sumarían argumentos cada vez que digo que, mi divorcio, era completamente predecible: decidí no decirle nada a Valeria.
El resto de ese mes no almorcé en horario de trabajo. Si hacía desaparecer todo ese dinero de casa, de una, mi exposa iba a sospechar algo. Con el tiempo, en la planilla de Excel donde llevábamos los gastos, inventé un asiento que llevaba el ridículo nombre de "gastos eventuales", donde, con discreción y cuentagotas, podía infiltrar algún dinero, podía "lavar" gastos que, si los declaraba, hubieran implicado un quilombo con Valeria.
Mi lugar de trabajo se convirtió entonces en el refugio de mi pequeña colección de fetiches. Era preferible ser objeto de burla de los colegas que víctima de un escandalete made-in-Valeryland. Con el tiempo y el advenimiento del divorcio, mis juguetes se mudaron a mi departamento de nuevo soltero. De hecho, al momento de escribir estas líneas, Spock me mira fijo, con su mirada negra de esmalte sintético. Está muy bien acompañado por un guerrero klingon que compré en una comiquería, un Batman enorme que Jorge me trajo de Miami, una alcancía con la forma de R2D2 que conseguí en un sitio de remates, un simpático Homero J. Simpson, sentado en el sillón, con el control remoto en la mano, y una media docena de naves espaciales en miniatura.
Y ya no tengo que darle explicaciones a nadie o falsear asientos contables de gastos eventuales.
Expediente:
Crónica de un divorcio anunciado,
Nacho (en el closet)
094 - Noche... ¿Buena?
La Noche Buena fue uno de los eventos más bizarros que viví en los últimos tiempos. Por razones que aún no he logrado explicarme a mí mismo, accedí a la invitación de Valeria de pasar la fiesta con sus parientes. "Todo sea por estar con los chicos", me dije. Que fue lo que, a fin de cuentas, terminé haciendo: estar con mis hijos.
La familia de mi ex tiene un concepto un tanto particular con respecto al asado. Como son muchos, no sólo necesitan mantener los costos razonablemente bajos, sino que, además, tienen que preparar un asado de modo que sea sencillo para el asador cuando los comensales son más de medio centenar. Así, cuando en mi cultura, el asado incluye al menos dos cortes de carne -mínimamente, asado y vacío- y al menos cuatro tipos de achuras -chorizo, morcilla, salchicha parrillera y molleja, entre mis favoritas-, además de alguna provoletita, en la de esta gente el asado se reduce a algo casi minimalista.
Cuando voy al supermercado a abastecerme de materia prima para un asado, compro una bandejita de chorizos. Ellos van al mayorista y compran un gancho. Completito, con todos sus cincuenta chorizos. Por supuesto que, en estas tan magnas cantidades, poner en la parrilla más de un tipo de achura se vuelve una tarea compleja, por lo que sólo compran chorizos. Lo mismo sucede con la carne, un sólo corte para todo el mundo, estandarización a pleno. Los combos favoritos son costillar y chorizos o, directamente, lo que ellos llaman el "asado redondo": chorizos y hamburguesas.
La Noche Buena era una noche especial, por lo que al menos me ahorraron la amargura del "asado redondo". Compraron un gancho, como siempre, y varias piezas de vacío enteras, que regaron con vino en damajuanas, debidamente trasvasado a unas simpáticas botas.
Armaron una mesa larga, con caballetes y tablones, en el patio. Comí en silencio, sentado en un rincón, tratando de evitar la charla cargosa de un par de tías gordas y la polémica futbolera de los machotes recios de mi ex familia política. A mi lado, haciéndome la más grata compañía, mi hija Carolina desplegaba una cara de ojete tan contundente como la mía. Comí como el orto y me aburrí soberanamente.
A eso de las once de la noche, Natalia se quedó dormida en mis brazos. Resultó la excusa perfecta usarla como un escudo que me protegiera de Virginia, que superada por el efecto devastador de la bota, estaba completamente decidida a abrazarme y explicarme, con su fétido aliento a tinto barato demasiado cerca de mi cara, cuánto me quería.
Me refugié en el interior de la casa, desparramé a Natu en un sillón del living y prendí la tele. Cartoon Network, la única forma de sobrevivir a esa atrocidad de fiesta. Un minuto después, descubrí a Carolina sentada al lado mío, mirando a Tom & Jerry.
A la medianoche, el estruendo de gritos, botellas de Ananá Fizz descorchado y petardos estallando nos sobresaltó ligeramente.
- Feliz Navidad, pa - dijo Caro
- Feliz Navidad, hijita - contesté, al tiempo que me inclinaba para besarle la cabeza.
Y seguimos ambos mirando al gato y al ratón corretearse por la casa.
Por alguna razón, esta gente intuyó que la pasé fantásticamente, porque repitieron la invitación para año nuevo. Decliné amablemente, alegando "otros compromisos".
En la parrilla, agonizan los restos de vacío, asado, colita de cuadril, pollo, chorizo, morcilla, molleja, chinchulín, salchicha parrillera, tripa gorda y provoleta, sobre una brasas que apenas se atreven a arder. En la mesa, Jorge pelea contra una botella de Chandon mientras Pablo abre un Mantecol enorme, Guille rompe nueces con un martillo y Nacho inmortaliza la escena con su sempiterna cámara de video.
Y yo los dejo por hoy, deseándoles un 2011 glorioso, y me voy a brindar.
La familia de mi ex tiene un concepto un tanto particular con respecto al asado. Como son muchos, no sólo necesitan mantener los costos razonablemente bajos, sino que, además, tienen que preparar un asado de modo que sea sencillo para el asador cuando los comensales son más de medio centenar. Así, cuando en mi cultura, el asado incluye al menos dos cortes de carne -mínimamente, asado y vacío- y al menos cuatro tipos de achuras -chorizo, morcilla, salchicha parrillera y molleja, entre mis favoritas-, además de alguna provoletita, en la de esta gente el asado se reduce a algo casi minimalista.
Cuando voy al supermercado a abastecerme de materia prima para un asado, compro una bandejita de chorizos. Ellos van al mayorista y compran un gancho. Completito, con todos sus cincuenta chorizos. Por supuesto que, en estas tan magnas cantidades, poner en la parrilla más de un tipo de achura se vuelve una tarea compleja, por lo que sólo compran chorizos. Lo mismo sucede con la carne, un sólo corte para todo el mundo, estandarización a pleno. Los combos favoritos son costillar y chorizos o, directamente, lo que ellos llaman el "asado redondo": chorizos y hamburguesas.
La Noche Buena era una noche especial, por lo que al menos me ahorraron la amargura del "asado redondo". Compraron un gancho, como siempre, y varias piezas de vacío enteras, que regaron con vino en damajuanas, debidamente trasvasado a unas simpáticas botas.
Armaron una mesa larga, con caballetes y tablones, en el patio. Comí en silencio, sentado en un rincón, tratando de evitar la charla cargosa de un par de tías gordas y la polémica futbolera de los machotes recios de mi ex familia política. A mi lado, haciéndome la más grata compañía, mi hija Carolina desplegaba una cara de ojete tan contundente como la mía. Comí como el orto y me aburrí soberanamente.
A eso de las once de la noche, Natalia se quedó dormida en mis brazos. Resultó la excusa perfecta usarla como un escudo que me protegiera de Virginia, que superada por el efecto devastador de la bota, estaba completamente decidida a abrazarme y explicarme, con su fétido aliento a tinto barato demasiado cerca de mi cara, cuánto me quería.
Me refugié en el interior de la casa, desparramé a Natu en un sillón del living y prendí la tele. Cartoon Network, la única forma de sobrevivir a esa atrocidad de fiesta. Un minuto después, descubrí a Carolina sentada al lado mío, mirando a Tom & Jerry.
A la medianoche, el estruendo de gritos, botellas de Ananá Fizz descorchado y petardos estallando nos sobresaltó ligeramente.
- Feliz Navidad, pa - dijo Caro
- Feliz Navidad, hijita - contesté, al tiempo que me inclinaba para besarle la cabeza.
Y seguimos ambos mirando al gato y al ratón corretearse por la casa.
Por alguna razón, esta gente intuyó que la pasé fantásticamente, porque repitieron la invitación para año nuevo. Decliné amablemente, alegando "otros compromisos".
En la parrilla, agonizan los restos de vacío, asado, colita de cuadril, pollo, chorizo, morcilla, molleja, chinchulín, salchicha parrillera, tripa gorda y provoleta, sobre una brasas que apenas se atreven a arder. En la mesa, Jorge pelea contra una botella de Chandon mientras Pablo abre un Mantecol enorme, Guille rompe nueces con un martillo y Nacho inmortaliza la escena con su sempiterna cámara de video.
Y yo los dejo por hoy, deseándoles un 2011 glorioso, y me voy a brindar.
079 - Crueldades
Hubo un tiempo difícil en que Valeria me tenía a los chicos prácticamente secuestrados. Cualquier excusa era buena, cualquier enojo era suficiente para esgrimir el grito de guerra: "a tus hijos no los ves". Pablo, mi abogado, me había aconsejado que fuera a buscarlos siempre según el régimen de visitas estipulado por el juzgado y que, si no me los entregaba, que llamara al 911 y pidiera la intervención de la fuerza del orden público.
Me parecía escandaloso caer a buscar a mis hijos con un patrullero. No por cómo pudiera afectar a mi exposa -o a su imagen ante el barrio- sino por los chicos. Así me tuvo varios meses, usando esta arma para demostrar poder y granjearse pequeñas concesiones.
Hasta que un día, mi amigo Nacho me dio una idea tan cruel como efectiva, y a la vez mucho más discreta que aparecerme escoltado por señores de uniforme.
Era sábado. Eran las siete de la tarde. Y yo debería haber retirado a los chicos a las seis, pero estaba en mi departamento, tirado en la cama, viendo una película.
El llamado telefónico enardecido de Valeria no se hizo esperar:
- ¿Se puede saber a qué puta hora pensás pasar a buscar a tus hijos, pedazo de imbécil?
- No voy a ir.
- ¿¿¿Cómo que no vas a venir???
- No, no voy a ir, no quiero verlos - respondí monocorde y tratando de mantener una calma que no tenía.
- ¿Pero a vos se te escapó la tortuga, chiquito? ¿Cómo que no querés verlos? ¡Es tu obligación!
- Disculpame que te corrija la aberración jurídica - intervine - pero según la sentencia de divorcio, vos tenés la tenencia de los chicos y yo tengo un régimen de visitas. Por lo tanto, VOS tenés la obligación de vivir con ellos y yo tengo el DERECHO a verlos, pero nada me obliga.
- ¿Pero vos sos loco o comiste pintura? ¡Vení a buscar a tus hijos YA!
- Mirá... últimamente, me has hecho la vida tan difícil con el tema de dejarme ver a los chicos, que perdí la motivación, perdí las ganas de pasar tiempo con ellos. Porque, si cada vez que me los llevo, voy a tener una pelotera con vos, prefiero no verlos.
Corté el teléfono abruptamente y no volví a atender, pese a que me llamó ocho veces en cinco minutos. Acababa de hacer algo tan terrible como necesario y no podía permitirme el lujo de ceder. Estaba triste, pero era necesario.
Sólo me sacó de mi tristeza un mensaje de texto de Martín:
"Mamá está cancelando su cita de esta noche. Felicitaciones, viejo ;)"
Me parecía escandaloso caer a buscar a mis hijos con un patrullero. No por cómo pudiera afectar a mi exposa -o a su imagen ante el barrio- sino por los chicos. Así me tuvo varios meses, usando esta arma para demostrar poder y granjearse pequeñas concesiones.
Hasta que un día, mi amigo Nacho me dio una idea tan cruel como efectiva, y a la vez mucho más discreta que aparecerme escoltado por señores de uniforme.
Era sábado. Eran las siete de la tarde. Y yo debería haber retirado a los chicos a las seis, pero estaba en mi departamento, tirado en la cama, viendo una película.
El llamado telefónico enardecido de Valeria no se hizo esperar:
- ¿Se puede saber a qué puta hora pensás pasar a buscar a tus hijos, pedazo de imbécil?
- No voy a ir.
- ¿¿¿Cómo que no vas a venir???
- No, no voy a ir, no quiero verlos - respondí monocorde y tratando de mantener una calma que no tenía.
- ¿Pero a vos se te escapó la tortuga, chiquito? ¿Cómo que no querés verlos? ¡Es tu obligación!
- Disculpame que te corrija la aberración jurídica - intervine - pero según la sentencia de divorcio, vos tenés la tenencia de los chicos y yo tengo un régimen de visitas. Por lo tanto, VOS tenés la obligación de vivir con ellos y yo tengo el DERECHO a verlos, pero nada me obliga.
- ¿Pero vos sos loco o comiste pintura? ¡Vení a buscar a tus hijos YA!
- Mirá... últimamente, me has hecho la vida tan difícil con el tema de dejarme ver a los chicos, que perdí la motivación, perdí las ganas de pasar tiempo con ellos. Porque, si cada vez que me los llevo, voy a tener una pelotera con vos, prefiero no verlos.
Corté el teléfono abruptamente y no volví a atender, pese a que me llamó ocho veces en cinco minutos. Acababa de hacer algo tan terrible como necesario y no podía permitirme el lujo de ceder. Estaba triste, pero era necesario.
Sólo me sacó de mi tristeza un mensaje de texto de Martín:
"Mamá está cancelando su cita de esta noche. Felicitaciones, viejo ;)"
070 - Los auténticos decadentes
Jugamos al poker una vez cada dos semanas. Jorge, Pablo, Guillermo, Nacho y yo. Cinco perfiles distintos, cinco realidades, cinco mundos y -sin embargo- dos conexiones, dos pasiones, muy fuertes: el poker y las mujeres.
Jorge es el típico divorciado feliz. Tras descubrir que su matrimonio había sido el gran error de su vida, decidió no volver a atarse. Las chicas respetables se sienten algo intimidadas por la pata de palo, el garfio, el parche en el ojo y el lorito parado en el hombro. Pero, sin embargo, es de nosotros el que tiene sexo con más frecuencia. Pablo, en cambio, tiene una visión completamente distinta de su propio fracaso matrimonial: en el fondo es un romántico que crée en el destino y añora a la mujer de sus sueños que, de un momento a otro, habrá de llegar a su vida para curarle las heridas de una ex psicótica y tramposa.
Guille fue cornudo y no es joda reponerse de eso. Hizo una valija y dejó a su mujer el día que la encontró en la cama con otro tipo. Pero, evidentemente, la amaba seriamente -de una forma en que yo nunca pude amar a Valeria- porque aún hoy, casi cinco años después, sigue tan destrozado como el primer día. No volvió a formar pareja estable y creo que, en el fondo, sueña con que alguna vez su ex se arrastrará a sus pies rogando perdón y pidiéndole que "todo vuelva a ser como antes". Algo que, sabemos, jamás sucederá.
El único que no acarrea un fracaso en sus espaldas es Ignacio. Sólo que Nachito es gay. Pero aún no lo sabe. De todos modos, a juzgar por estas amistades enfermizas que frecuenta, no me cabe la menor duda que, el día que finalmente decida salir del closet, no dudará en encontrar un caballero que le despedace el corazón.
Muchas veces los miro como de lejos. Con sus cigarrillos en la boca y sus cartas en la mano. Despotricando contra sus respectivas ex parejas, o contra las actuales, o contra las futuras."Mis amigos son unos atorrantes", suelo pensar, citando a Serrat.
Pero muchas veces me pregunto si esta patológica capacidad de fracasar en el amor -además de la timba- no será lo único que tenemos en común.
Y, créanme, me preocupa.
Jorge es el típico divorciado feliz. Tras descubrir que su matrimonio había sido el gran error de su vida, decidió no volver a atarse. Las chicas respetables se sienten algo intimidadas por la pata de palo, el garfio, el parche en el ojo y el lorito parado en el hombro. Pero, sin embargo, es de nosotros el que tiene sexo con más frecuencia. Pablo, en cambio, tiene una visión completamente distinta de su propio fracaso matrimonial: en el fondo es un romántico que crée en el destino y añora a la mujer de sus sueños que, de un momento a otro, habrá de llegar a su vida para curarle las heridas de una ex psicótica y tramposa.
Guille fue cornudo y no es joda reponerse de eso. Hizo una valija y dejó a su mujer el día que la encontró en la cama con otro tipo. Pero, evidentemente, la amaba seriamente -de una forma en que yo nunca pude amar a Valeria- porque aún hoy, casi cinco años después, sigue tan destrozado como el primer día. No volvió a formar pareja estable y creo que, en el fondo, sueña con que alguna vez su ex se arrastrará a sus pies rogando perdón y pidiéndole que "todo vuelva a ser como antes". Algo que, sabemos, jamás sucederá.
El único que no acarrea un fracaso en sus espaldas es Ignacio. Sólo que Nachito es gay. Pero aún no lo sabe. De todos modos, a juzgar por estas amistades enfermizas que frecuenta, no me cabe la menor duda que, el día que finalmente decida salir del closet, no dudará en encontrar un caballero que le despedace el corazón.
Muchas veces los miro como de lejos. Con sus cigarrillos en la boca y sus cartas en la mano. Despotricando contra sus respectivas ex parejas, o contra las actuales, o contra las futuras."Mis amigos son unos atorrantes", suelo pensar, citando a Serrat.
Pero muchas veces me pregunto si esta patológica capacidad de fracasar en el amor -además de la timba- no será lo único que tenemos en común.
Y, créanme, me preocupa.
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