Era la hora de siempre. Era la puerta de esa casa que alguna vez fue mía. Tenía planes. No muchos, porque era fin de mes y no tenía plata. Pero estaba soleado y hacía calorcito. Pensaba comprar unas gaseosas y algunas de esas porquerías con escasísimo valor nutritivo -que les gustan tanto a los chicos- e improvisar un pic nic en algún lugar que tuviera mucho verde. Inclusive, de tan buen humor me ponía mi idea, que hasta había pensado en pasar por el departamento a buscar a Sauron y llevarlo con nosotros.
Toqué bocina. Cinco bocinazos cortos, como siempre. Los chicos ya saben que es mi código, mi identificación, y salen disparados a mi encuentro.
Pero nadie salió.
Pasaron cinco minutos eternos hasta que volví a tocar bocina. Nada. "Quizás no me escuchan", pensé, ingenuo.
Tres cigarrillos después, me bajé del auto y toqué timbre. Insistentemente.
Valeria se tomó unos tres minutos para llegar a la puerta, toda despeinada, arropada tan solo con una bata y una cara de resaca digna de Barney.
- ¿Qué querés? - ladró.
- A mis hijos.
- ¿Eh? - puso cara de no estar del todo conectada a la realidad.
- Que vengo a buscar a los chicos, deciles que salgan.
- Ah, no - titubeó.
- ¿Cómo que no? - levanté el tono.
- No, los chicos se fueron a dormir a lo de mi hermana.
- Bueno, voy para allá - respondí, mientras empezaba a darme vuelta en dirección al auto.
- No, no vayas.
- ¿¿¿Qué???
- Que no vayas, que no están. Se los llevó a dormir a la quinta.
- ¿A la quinta? ¿En MI día de visita? - ya estaba furioso.
- Bueno, si querés, andá a buscarlos allá.
- ¡Pero eso es en Moreno!
- Bueno, no sé, hacé lo que quieras - la voz le patinó un poco y se metió adentro dando un portazo.
Clavé el dedo en el timbre nada más que para hacerla salir y darme el lujo de putearla. Ni se asomó. La llamé desde el celular, pero no respondió.
Finalmente, me subí al auto. Tomé la Panamericana a 150 kilómetros por hora. Ahora, que lo veo en perspectiva, creo que al menos dos veces estuve demasiado cerca de ponerme el coche de sombrero.
Llegué a Moreno cuando atardecía. Los chicos estaban en la pileta y Virginia tomaba sol en tetas. Me invitaron a quedarme, pero decliné con toda la diplomacia de la que fui capaz, dadas las circunstancias. Acabé por musitarle a mis hijos un lacónico "vístanse, que nos vamos" y emprendí el regreso.
- ¿Y qué vamos a hacer hoy?- preguntó Carolina, una vez en la autopista.
- No tengo idea, hija - respondí - ¿Será un poco tarde para un pic nic?
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094 - Noche... ¿Buena?
La Noche Buena fue uno de los eventos más bizarros que viví en los últimos tiempos. Por razones que aún no he logrado explicarme a mí mismo, accedí a la invitación de Valeria de pasar la fiesta con sus parientes. "Todo sea por estar con los chicos", me dije. Que fue lo que, a fin de cuentas, terminé haciendo: estar con mis hijos.
La familia de mi ex tiene un concepto un tanto particular con respecto al asado. Como son muchos, no sólo necesitan mantener los costos razonablemente bajos, sino que, además, tienen que preparar un asado de modo que sea sencillo para el asador cuando los comensales son más de medio centenar. Así, cuando en mi cultura, el asado incluye al menos dos cortes de carne -mínimamente, asado y vacío- y al menos cuatro tipos de achuras -chorizo, morcilla, salchicha parrillera y molleja, entre mis favoritas-, además de alguna provoletita, en la de esta gente el asado se reduce a algo casi minimalista.
Cuando voy al supermercado a abastecerme de materia prima para un asado, compro una bandejita de chorizos. Ellos van al mayorista y compran un gancho. Completito, con todos sus cincuenta chorizos. Por supuesto que, en estas tan magnas cantidades, poner en la parrilla más de un tipo de achura se vuelve una tarea compleja, por lo que sólo compran chorizos. Lo mismo sucede con la carne, un sólo corte para todo el mundo, estandarización a pleno. Los combos favoritos son costillar y chorizos o, directamente, lo que ellos llaman el "asado redondo": chorizos y hamburguesas.
La Noche Buena era una noche especial, por lo que al menos me ahorraron la amargura del "asado redondo". Compraron un gancho, como siempre, y varias piezas de vacío enteras, que regaron con vino en damajuanas, debidamente trasvasado a unas simpáticas botas.
Armaron una mesa larga, con caballetes y tablones, en el patio. Comí en silencio, sentado en un rincón, tratando de evitar la charla cargosa de un par de tías gordas y la polémica futbolera de los machotes recios de mi ex familia política. A mi lado, haciéndome la más grata compañía, mi hija Carolina desplegaba una cara de ojete tan contundente como la mía. Comí como el orto y me aburrí soberanamente.
A eso de las once de la noche, Natalia se quedó dormida en mis brazos. Resultó la excusa perfecta usarla como un escudo que me protegiera de Virginia, que superada por el efecto devastador de la bota, estaba completamente decidida a abrazarme y explicarme, con su fétido aliento a tinto barato demasiado cerca de mi cara, cuánto me quería.
Me refugié en el interior de la casa, desparramé a Natu en un sillón del living y prendí la tele. Cartoon Network, la única forma de sobrevivir a esa atrocidad de fiesta. Un minuto después, descubrí a Carolina sentada al lado mío, mirando a Tom & Jerry.
A la medianoche, el estruendo de gritos, botellas de Ananá Fizz descorchado y petardos estallando nos sobresaltó ligeramente.
- Feliz Navidad, pa - dijo Caro
- Feliz Navidad, hijita - contesté, al tiempo que me inclinaba para besarle la cabeza.
Y seguimos ambos mirando al gato y al ratón corretearse por la casa.
Por alguna razón, esta gente intuyó que la pasé fantásticamente, porque repitieron la invitación para año nuevo. Decliné amablemente, alegando "otros compromisos".
En la parrilla, agonizan los restos de vacío, asado, colita de cuadril, pollo, chorizo, morcilla, molleja, chinchulín, salchicha parrillera, tripa gorda y provoleta, sobre una brasas que apenas se atreven a arder. En la mesa, Jorge pelea contra una botella de Chandon mientras Pablo abre un Mantecol enorme, Guille rompe nueces con un martillo y Nacho inmortaliza la escena con su sempiterna cámara de video.
Y yo los dejo por hoy, deseándoles un 2011 glorioso, y me voy a brindar.
La familia de mi ex tiene un concepto un tanto particular con respecto al asado. Como son muchos, no sólo necesitan mantener los costos razonablemente bajos, sino que, además, tienen que preparar un asado de modo que sea sencillo para el asador cuando los comensales son más de medio centenar. Así, cuando en mi cultura, el asado incluye al menos dos cortes de carne -mínimamente, asado y vacío- y al menos cuatro tipos de achuras -chorizo, morcilla, salchicha parrillera y molleja, entre mis favoritas-, además de alguna provoletita, en la de esta gente el asado se reduce a algo casi minimalista.
Cuando voy al supermercado a abastecerme de materia prima para un asado, compro una bandejita de chorizos. Ellos van al mayorista y compran un gancho. Completito, con todos sus cincuenta chorizos. Por supuesto que, en estas tan magnas cantidades, poner en la parrilla más de un tipo de achura se vuelve una tarea compleja, por lo que sólo compran chorizos. Lo mismo sucede con la carne, un sólo corte para todo el mundo, estandarización a pleno. Los combos favoritos son costillar y chorizos o, directamente, lo que ellos llaman el "asado redondo": chorizos y hamburguesas.
La Noche Buena era una noche especial, por lo que al menos me ahorraron la amargura del "asado redondo". Compraron un gancho, como siempre, y varias piezas de vacío enteras, que regaron con vino en damajuanas, debidamente trasvasado a unas simpáticas botas.
Armaron una mesa larga, con caballetes y tablones, en el patio. Comí en silencio, sentado en un rincón, tratando de evitar la charla cargosa de un par de tías gordas y la polémica futbolera de los machotes recios de mi ex familia política. A mi lado, haciéndome la más grata compañía, mi hija Carolina desplegaba una cara de ojete tan contundente como la mía. Comí como el orto y me aburrí soberanamente.
A eso de las once de la noche, Natalia se quedó dormida en mis brazos. Resultó la excusa perfecta usarla como un escudo que me protegiera de Virginia, que superada por el efecto devastador de la bota, estaba completamente decidida a abrazarme y explicarme, con su fétido aliento a tinto barato demasiado cerca de mi cara, cuánto me quería.
Me refugié en el interior de la casa, desparramé a Natu en un sillón del living y prendí la tele. Cartoon Network, la única forma de sobrevivir a esa atrocidad de fiesta. Un minuto después, descubrí a Carolina sentada al lado mío, mirando a Tom & Jerry.
A la medianoche, el estruendo de gritos, botellas de Ananá Fizz descorchado y petardos estallando nos sobresaltó ligeramente.
- Feliz Navidad, pa - dijo Caro
- Feliz Navidad, hijita - contesté, al tiempo que me inclinaba para besarle la cabeza.
Y seguimos ambos mirando al gato y al ratón corretearse por la casa.
Por alguna razón, esta gente intuyó que la pasé fantásticamente, porque repitieron la invitación para año nuevo. Decliné amablemente, alegando "otros compromisos".
En la parrilla, agonizan los restos de vacío, asado, colita de cuadril, pollo, chorizo, morcilla, molleja, chinchulín, salchicha parrillera, tripa gorda y provoleta, sobre una brasas que apenas se atreven a arder. En la mesa, Jorge pelea contra una botella de Chandon mientras Pablo abre un Mantecol enorme, Guille rompe nueces con un martillo y Nacho inmortaliza la escena con su sempiterna cámara de video.
Y yo los dejo por hoy, deseándoles un 2011 glorioso, y me voy a brindar.
085 - La Virginia, café, café
- Acabemos con esta farsa - me dijo Virginia, mi ex cuñada, desde el otro lado de la mesa de un bar, mientras revolvía un café con leche.
- ¿De qué estás hablando, nena? - me sorprendí.
- Me calentás, te caliento, lo sabemos ¿Qué esperamos?
- Eh... Hoy no... Estoy... indispuesta - le dije, mientras me levantaba de la mesa y, virtualmente, corría hacia la puerta, dejándola ahí, sentada, mirándome con cara de asombro y sin haber pagado mi café con crema y mis dos medialunas de manteca.
La duda es si realmente querrá algo conmigo, si lo estará haciendo como una clase de absurdo espionaje en nombre de Valeria o si estará tan neurótica como para hacer esto para lastimar a su hermana.
- ¿De qué estás hablando, nena? - me sorprendí.
- Me calentás, te caliento, lo sabemos ¿Qué esperamos?
- Eh... Hoy no... Estoy... indispuesta - le dije, mientras me levantaba de la mesa y, virtualmente, corría hacia la puerta, dejándola ahí, sentada, mirándome con cara de asombro y sin haber pagado mi café con crema y mis dos medialunas de manteca.
La duda es si realmente querrá algo conmigo, si lo estará haciendo como una clase de absurdo espionaje en nombre de Valeria o si estará tan neurótica como para hacer esto para lastimar a su hermana.
Expediente:
Textuales,
Virginia (mi ex cuñada)
080 - Home for Christmas?
No sé qué hacer. Valeria me propuso pasar la Nochebuena en casa de su abuela, con todos los parientes catalanes.
Ventaja: Pasar la Nochebuena con los chicos (y que, de paso, se diviertan con sus primos, en vez de embolarse conmigo en el monoambiente).
Desventaja: Valeria.
Doble desventaja: Virginia, completamente borracha.
Aún tengo unos días para pensarlo, pero ni idea de cómo resolver este intríngulis.
Ventaja: Pasar la Nochebuena con los chicos (y que, de paso, se diviertan con sus primos, en vez de embolarse conmigo en el monoambiente).
Desventaja: Valeria.
Doble desventaja: Virginia, completamente borracha.
Aún tengo unos días para pensarlo, pero ni idea de cómo resolver este intríngulis.
Expediente:
Régimen de visitas,
Valeria (mi ex),
Virginia (mi ex cuñada)
078 - El encuentro
Me crucé por la calle con Virginia, la hermana de Valeria. Mi ex cuñada. Veníamos por veredas opuestas, así que no la vi. Pero ella se encargó de llamar mi atención a los gritos en pleno microcentro. Cruzó la calle gambeteando un colectivo de una forma casi suicida y me abrazó al grito de "cómoestástantotiempooo".
La saludé con la mayor cortesía que mi apuro me permitió y, dado que no había tenido tiempo de contarle qué era de mi vida, insistió en que nos juntáramos "cualquier día de estos, a tomar un cafecito, y nos ponemos al día", dijo sin dejar nunca de sonreír.
Me dejó una tarjeta personal, recalcando al menos tres veces que ahí figuraban su email y celular actualizados, que la contactara cuando quisiera.
Se despidió con una frase de lo más extraña:
"Estás lindo, guachito, ahora que ya no somos parientes..."
La saludé con la mayor cortesía que mi apuro me permitió y, dado que no había tenido tiempo de contarle qué era de mi vida, insistió en que nos juntáramos "cualquier día de estos, a tomar un cafecito, y nos ponemos al día", dijo sin dejar nunca de sonreír.
Me dejó una tarjeta personal, recalcando al menos tres veces que ahí figuraban su email y celular actualizados, que la contactara cuando quisiera.
Se despidió con una frase de lo más extraña:
"Estás lindo, guachito, ahora que ya no somos parientes..."
Expediente:
Virginia (mi ex cuñada)
022 - Debe ser genético
Algo debe haber en los genes de la familia de Valeria. Porque nuestro divorcio no fue un hecho aislado, sino parte de un "divorce spree" que, en el lapso de cuatro o cinco años, diezmó al temido clan, rebajándolos de la categoría de familia numerosa -Campanelli style- a la de familia atomizada disfuncional.
El primer valiente en animarse a darle un voleo en el orto a su mujer fue Victor, primo de mi ex. Buen muchacho, laburante, pero medio chiflado; se había casado con una chica del interior que creía que, al venirse a Buenos Aires y engancharse un "príncipe azul", todos sus problemas serían solucionados como por arte de magia. Lo que la mozuela -Zulema, si no me falla la memoria- no tuvo en cuenta fue que, en la clase media porteña, macho y hembra tiene que salir a cazar a la par para poder darle sustento a los cachorros. Eso de "vos no trabajes, cuidá a los chicos" es cosa de nuestros abuelos (sí, ya ni siquiera de nuestros padres). Para peor, cuenta la leyenda, la dama -devenida con los años en madre de cuatro varoncitos- vivía reprochándole al pobre Victor que no ganaba lo suficiente como para alimentar, vestir, educar y entretender a toda la prole.
Y así como yo he repetido mil veces "hablalo con mi abogado", el no llegó a repetir mil veces "salí a laburar vos también". En la repetición 428 se cansó, hizo un bolso y se fue sin dar mayores explicaciones.
Dicen que lo vieron por Puerto Madryn, piloteando una de esas lanchas que llevan a los turistas alemanes a ver a las ballenas de cerca.
El divorcio de Héctor, casado con Virginia, la hermana mayor de Valeria, fue también, en cierta retorcida manera, por motivos económicos. Habían llegado a detestarse tanto que no tenían sexo ni siquiera para molestarse mutuamente cuando el otro se sentía mal. Hasta que un día, el loco descubrió que gastarse medio sueldo en prostitutas era mucho más divertido y mucho menos problemático que aguantar a la neurótica de mi ex cuñada.
El siguiente fui yo y pasaron un par de años largos hasta que, un buen día, recibí un llamado del Tío Nestor, el hermanito menor de mi difunta ex suegra (*):
NESTOR: ¿Quehashé, loco, tanto tiempo?
YO: Todo bien ¿Y vos, qué contás?
NESTOR: Que me sheparé de la Irma ¿Vihte?
YO: Uh... (silencio incómodo)... qué cagada.
NESTOR: Nah, ninguna cagada, ta' todo más que bien.
YO: Eh... qué bueno... o qué cagada... o lo que sea... en fin ¿En qué te puedo ayudar?
NESTOR: Che, yo te había prestado hace unos años una valija grandota ¿Teacordás? La Vale dice que esha no la tiene, que cuando te fuiste, te la shevaste vo' ¿La tené?
YO: Sí, Nestitor, toda tuya, venila a buscar cuando quieras ¿Te vas de viaje?
NESTOR: Seh, me voy a vivir con Victor a Puerto Madryn.
El primer valiente en animarse a darle un voleo en el orto a su mujer fue Victor, primo de mi ex. Buen muchacho, laburante, pero medio chiflado; se había casado con una chica del interior que creía que, al venirse a Buenos Aires y engancharse un "príncipe azul", todos sus problemas serían solucionados como por arte de magia. Lo que la mozuela -Zulema, si no me falla la memoria- no tuvo en cuenta fue que, en la clase media porteña, macho y hembra tiene que salir a cazar a la par para poder darle sustento a los cachorros. Eso de "vos no trabajes, cuidá a los chicos" es cosa de nuestros abuelos (sí, ya ni siquiera de nuestros padres). Para peor, cuenta la leyenda, la dama -devenida con los años en madre de cuatro varoncitos- vivía reprochándole al pobre Victor que no ganaba lo suficiente como para alimentar, vestir, educar y entretender a toda la prole.
Y así como yo he repetido mil veces "hablalo con mi abogado", el no llegó a repetir mil veces "salí a laburar vos también". En la repetición 428 se cansó, hizo un bolso y se fue sin dar mayores explicaciones.
Dicen que lo vieron por Puerto Madryn, piloteando una de esas lanchas que llevan a los turistas alemanes a ver a las ballenas de cerca.
El divorcio de Héctor, casado con Virginia, la hermana mayor de Valeria, fue también, en cierta retorcida manera, por motivos económicos. Habían llegado a detestarse tanto que no tenían sexo ni siquiera para molestarse mutuamente cuando el otro se sentía mal. Hasta que un día, el loco descubrió que gastarse medio sueldo en prostitutas era mucho más divertido y mucho menos problemático que aguantar a la neurótica de mi ex cuñada.
El siguiente fui yo y pasaron un par de años largos hasta que, un buen día, recibí un llamado del Tío Nestor, el hermanito menor de mi difunta ex suegra (*):
NESTOR: ¿Quehashé, loco, tanto tiempo?
YO: Todo bien ¿Y vos, qué contás?
NESTOR: Que me sheparé de la Irma ¿Vihte?
YO: Uh... (silencio incómodo)... qué cagada.
NESTOR: Nah, ninguna cagada, ta' todo más que bien.
YO: Eh... qué bueno... o qué cagada... o lo que sea... en fin ¿En qué te puedo ayudar?
NESTOR: Che, yo te había prestado hace unos años una valija grandota ¿Teacordás? La Vale dice que esha no la tiene, que cuando te fuiste, te la shevaste vo' ¿La tené?
YO: Sí, Nestitor, toda tuya, venila a buscar cuando quieras ¿Te vas de viaje?
NESTOR: Seh, me voy a vivir con Victor a Puerto Madryn.
(*) eso fue confuso... ex suegra, no ex difunta... no resucitó... creo
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