238 - Carta abierta

Mili, mi amor:

Sé que estás ahí, sé que estás leyendo. Me he pasado los últimos dos días enviándote emails y mensajes de texto. Te dejé una veintena de mensajes en el contestador de ese teléfono que ya no antendés cuando ves que soy yo.

Desde que te conocí, hemos vivido. Las buenas y las malas. Redescubrimos la pasión, sanamos heridas viejas, fuimos un equipo maravilloso. Superamos juntos y abrazados la angustia de la distancia, del desempleo, de los pequeños y grandes sabotajes de mi familia. Fueron más espinas que rosas, lo sé. Pero te amé desde el primer abrazo y me has hecho tanta falta que no puedo poner en palabras este vacío que dejaste.

No tengo soluciones. Sólo tengo más problemas. No puedo jurarte que todo va a estar bien, ni que vas a conseguir trabajo, ni que vas a adaptarte a esta ciudad, ni que te vas a llevar bien con Carolina, ni que Valeria vaya a deponer algún día su postura hostil de hacerme la vida miserable.

Cuando todo esto empezó, te dije que iba a ser una montaña rusa, que nos esperaba un viaje de mierda. Pero, desde el primer día, tuve la certeza de que, si nos aferrábamos con uñas y dientes a este amor, podríamos solucionar lo solucionable y sobrellevar todo el resto.

Ahora, que te fuiste, sigo teniendo exactamente las mismas certezas. Sigo creyendo en este nosotros que construimos con tanto esfuerzo. Sigo sintiendo que sos el gran amor de mi vida y que, juntos, PODEMOS.

No tengo todas las respuestas, no tengo un gran plan maestro. Pero lo que sí tengo para vos es una pregunta:

¿TE CASARÍAS CONMIGO?

237 - She's leaving home

"Wednesday morning at five o'clock as the day begins
Quietly turning the bedroom door
Leaving the note that she hoped would say more"

(Lennon-McCartney)


Mili se fue. Volví de trabajar y ya no estaba. No sólo su cuerpo. Tampoco estaba su valija. Ni su cepillo de dientes en mi baño. Ni su botella de Fanta en la heladera. Ni su perfume en el aire. Ni su alma llenando cada rincón de este departamento que ya no es un hogar.

Mili se fue a escondidas, mientras yo no la veía. Se fue a traición, casi como por la puerta de atrás. No quiso enfrentarme. No quiso correr el riesgo de que un "te amo" dicho a tiempo, de que un abrazo en el momento exacto la hiciera cambiar de opinión.

Mili dejó un legado, dejó un testamento, garabateado en una hoja de cuaderno sobre mi almohada:

"Te amo con toda mi alma, pero no puedo vivir a tu sombra. No tengo trabajo, tu hija me detesta, extraño a mi familia. Buenos Aires no me quiere y no puedo seguir. Viajar juntos fue maravilloso, pero acá me bajo. Fuiste lo mejor que me pasó en la vida. Besos en el alma. Mili"

236 - Seasons of love

Contra todos mis pronósticos -y contra todos mis intentos de sabotaje- la relación entre Jorge y Rosa ha prosperado casi en un noviazgo saludable, el primero del que tengo noticias, desde que se divorció de Teresa.

Pablo, por su parte -lo sé, está completamente chiflado- insiste en casarse en septiembre con su colega, la abogada de mi ex. Pese a que francamente me preocupa la relación, lo veo a Pablito tan embobado, tan feliz, reiniciando su vida de pareja con tanto entusiasmo, que no puedo más que alegrarme, pese a mis reservas.

Entre tanto, Nacho y Marcos continúan una relación hermosa. De hecho -me pregunto si será alguna clase de componente discriminatorio- Marcos es la única pareja de alguno de nosotros que ha sido admitido, eventualmente, al santuario de nuestra mesa de poker.

Guillermo, a instancia de toda la barra, finalmente se atrevió a invitar a salir a Marina. En esta etapa de la relación, aún no se puede ni remotamente hablar de amor o de proyectos. Pero sí de que se están frecuentando, conociéndose y fifándose sin mayor compromiso, lo cual ha mejorado el estado de ánimo general de Guille en un 200%.

¡Hasta Valeria y Marcelo vienen durando juntos! ¡Hasta Natalia me habló de un nene del jardín al que llama "mi novio"!

Mili y yo, a pesar de todos los traspiés recientes -mayoritariamente económicos- seguimos juntos y muy enamorados.

En fin, todo parece indicar que es temporada de amores. De juntarse. De vivirse.

¿Será este el final feliz que todos estábamos esperando?

235 - E.R.

Tengo una atracción especial por las guardias de los hospitales y los quirófanos. Siempre, de una u otra manera, acabo con alguno de mis hijos en alguna de estas macabras circunstacias.

Cuando Martín tuvo amigdalitis y hubo que operarlo -debería tener unos seis años- en la clínica nos explicaron que sólo uno de los padres podía entrar al quirófano con el chico. Con Valeria, con quien ya en esa época empezábamos a competir de manera infame y a disputarnos el amor de nuestro hijo mayor como si se tratara de un coto de caza, decidimos que lo más justo sería que Tincho mismo decidiera.

Me eligió a mí y terminé con una bata descartable azul, cofia y barbijo, sosteniéndole una mascarilla de goma enorme que le administraría la anestesia.

Al poco tiempo de habernos separado, una tarde que los chicos estaban conmigo, Carolina se tropezó -nunca supe por qué- y fue a dar al piso, aterrizando sobre la pera. El tajo se solucionaba fácilmente con tres puntos de sutura, de las manos expertas del cirujano plástico de guardia. Pero hasta que la tranquilicé, le limpié la herida, cargué los tres chicos en el auto y llegué a la guardia más cercana, había dejado un reguero de sangre que parecía una película de Wes Craven o "un comercial de plasma", como hubiera dicho Boogie el Aceitoso.

Al día siguiente, cuando fui a dejar a los chicos con su madre, le relaté los pormenores del incidente y cómo se había solucionado. Le expliqué con lujo de detalles cómo limpiar y cuidar la herida y le dejé los datos del cirujano, para que la llevara, tres días después, a sacarse los puntos. Hasta le devolví el vestido que Caro llevaba puesto en el momento del incidente, lavado y todo. Esa tarde, me fui de lo de Valeria con una cierta y egocéntrica sensación de orgullo: el pobre padre soltero había lidiado con una emergencia médica que involucraba litros de sangre, exitosamente y sin ayuda de nadie.

Ayer a la tarde estábamos con Mili, tirados en la cama, viendo "Bee movie" por vez número mil, cuando sonó el celular. Detuve la película y atendí a Valeria, esperando la andanada de reproches e insultos usuales.

- Si no es una emergencia, llamame más tarde - le dije.
- Es una emergencia - lloraba mi exposa al otro lado del teléfono - Natalia rompió una botella sin querer y se cortó las manos con los vidrios.
- Ok, tranquilizate y decime a dónde estás.
- En la guardia de la Clínica Santo Cesario.
- ¿Ya la están atendiendo?
- Sí, le tienen que dar un punto en cada mano, pobrecita, mi chiquita.
- Bueno, pero ya está todo bajo control.
- Sí, pero...
- ¿Sí, pero qué, Valeria?
- Que ya que me abandonaste, ya que me dejaste sola en la vida, lo menos que podrías hacer es venir acá y hacerte cargo.

Corté el teléfono, apagué el televisor y me puse las zapatillas. Le expliqué a Mili brevemente la situación y, antes de irme, se me ocurrió dejarle la anécdota, de regalo.

- ¿Sabés lo que me dijo mi ex?
- ¿Qué te dijo?
- "Ya que me abandonaste, ya que me dejaste sola en la vida, lo menos que podrías hacer es venir acá y hacerte cargo" - cité con tono melodramático digno de una telenovela de Migré.
- Ah... ya me parecía.
- ¿Qué cosa te parecía, amor?
- Ya me preguntaba en qué momento esto iba a pasar a ser culpa tuya.

234 - Momento Kodak

El piso helado del departamento. Una caja de cartón que alguna vez perteneció a un ventilador de segunda marca made in Taiwan, reconvertido en pequeñísima mesa. Tacitas de juguete, de muchos colores. Una teterita plástica desvencijada, con una marca de un colmillo de Sauron. Un paquete de galletitas Manon desgarrado, desparramando su contenido sobre la improvisada mesa, entre tazas, platos y cucharas. Servilletas de papel cortadas a mano, que parecen más bien haber sido cortadas con los dientes.

A la cabecera de la mesa, preside esta tarde en que "estamos invitados a tomar el te", ni más ni menos que el mismísimo Ozo. A su lado, Naty sirve una infusión imaginaria en cada una de las tazas. Bebe ella y le da de tomar a su Ozo. Come una galletita y la acerca también a la boca del muñeco, llenándolo de migas.

Al otro lado de la mesa, Mili toma con las puntas de dos dedos una minúscula tacita violeta y se la lleva a la boca.

"Está muy rico, Natu", le dice, "gracias por invitarme a tomar el té con vos y Ozo".

233 - Teléfonos cortazarianos

La experiencia me enseñó a no tropezar dos veces con la pétrea llamada telefónica de Valeria en el momento más inoportuno. Así, bendito sea el identificador de llamadas, dejé de atenderla en momentos en los que estuviera ocupado en cosas mucho más interesantes que hablar con ella, incluyendo trabajo, juegos on line y sexo. Sobre todo sexo.

En calzones y bastante agotado por una sesión de a dos más que generosa, noté en mi celular nueve llamadas perdidas de mi exposa. Me intrigó. Y, debo admitirlo, me preocupó un poco tanta insistencia, así que devolví el llamado.

- Tenía una tonelada de llamadas perdidas tuyas ¿Pasó algo?
- No, nada. Era sólo para preguntarte si el sábado que viene podías llevar a Caro a un cumpleaños, que yo no puedo - dijo.
- ¿Y para eso tantos llamados, tanta insistencia? ¡No era nada urgente!
- No, esta vez no. Pero vos, si yo te llamo, tenés que atenderme igual, pase lo que pase, caiga quien caiga ¿Y si era algo urgente? ¿Y si la vida de alguno de tus hijos estaba en peligro y vos no atendías? ¿Eh? ¿Eh?

Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad. Pero no porque guardara todos mis sueños en castillos de cristal, sino porque la telefonía celular a duras penas existía y estaba reservada exclusivamente para los más adinerados. Desde que el zapatófono se ha vuelto accesible al público masivo -incluyéndome- somos esclavos de este artefacto maravilloso y siniestro a la vez, que nos conecta con el mundo todo el tiempo y nos vuelve localizables todo el tiempo también.

La privacidad murió en los circuitos de un Nokia 1100, la posibilidad de huir de todo y estar incontactable desapareció en la antena plegable de un Tango 300. Hoy, ya no podemos darnos el lujo de no estar.

Julio Cortázar dice, en un cuento genial que aparece en "Historias de Cronopios y de Famas", que somos esclavos del reloj. Pero eso fue porque Cortázar murió en 1984, cuando la telefonía móvil apenas empezaba en el mundo civilizado y a duras penas amagaba con llegar al país.

Si el maestro hubiera vivido en nuestros tiempos, quizás su retrato del comportamiento obsesivo hubiera lucido más o menos así:

Preámbulo a las instrucciones para cargar un teléfono celular

Piensa en esto: cuando te regalan un teléfono celular te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el teléfono, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, finlandés con cámara de 5 megapixels; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te colgarás del cinturón y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su fundita como un bracito desesperado colgándose de tu cintura. Te regalan la necesidad de cargar, la obligación de cargarlo para que siga siendo un celular; te regalan la obsesión de fijarte a cada rato si tiene señal, si te llegó un mensaje de texto o si te has quedado sin crédito. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu celular con los demás celulares. No te regalan un celular, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del telefonito.


Nota al pie: El celular, además, eliminó la tensión dramática provocada
por la incomunicación en la narración de grandes historias. Pero, de eso,
el maestro Hernán Casciari habló mucho mejor de lo que yo podría hacerlo.

232 - Inquilinos

- Me mudo, papá -me dijo Carolina, muy seria, por teléfono.
- ¿Eh? -definitivamente me había agarrado con la guardia baja.
- Ayer se mudó Marcelo acá y no me lo banco, papá, me voy a vivir con vos.
- Bueno, dale -respondí, disfrutando del pequeño triunfo.
- ¿Me venís a buscar?
- Dale... En un rato voy. Dame un rato, que hago un par de llamados -quería hablar con mi abogado, por supuesto- y mientras, le pido a Mili que te haga lugar en el placard.
- ¡Ah, no! -exclamó mi hija.
- ¿No qué?
- Que con Mili no.
- ¿Que con Mili no qué cosa, hija? ¡No te entiendo!
- Que yo me quiero ir a vivir con vos, no con esa. Ni loca.
- ¿Y qué pretendés que haga, Caro? Por ahora, Milagros vive acá. Y punto.
- Sacátela de encima, no la quiero ver nunca más, papá.
- Mirá, hija... Eso no va a suceder. Soy grande y tomo mis propias decisiones. En todo caso, decile a tu madre que...

Nunca terminé la frase.

Me cortó.

231 - Home

Cuando recién me separé, me fui a vivir a lo de Jorge. De repente, me había quedado sin techo y volver vencido a la casita de mis viejos, como en el tango, me apuñalaba ligeramente el ego.

No debo haber estado en el departamento de mi amigo más de una semana, hasta que empecé a sentirme ligeramente incómodo, como un intruso, como un disruptor de las rutinas del dueño de casa. Aunque Jorge no me lo dijera, yo sabía que era una molestia armar el futón en el living todas las noches para que yo durmiera. Y aunque no fuera una molestia, yo me sentía molesto, causando tanto disturbio en el pacífico piso de soltero de George.

Sin embargo, no puedo negarlo, fue una semana divertida, casi alocada. Salimos casi todas las noches y nos hemos quedado charlando y escuchando música -a un volumen que provocó las quejas de los vecinos en más de una ocasión- hasta cualquier hora. Cocinamos comidas hipersaturadas de colesterol, grasas y otros componentes igualmente tóxicos. Comimos helado como si nos recuperáramos de una amigdalitis y nos tomamos absolutamente todo lo que encontramos. Saqueamos la humilde bodega de Jorge y, cuando se acabó, compramos más y seguimos bebiendo. Tengo recuerdos algo difusos de esa semana, probablemente consecuencia de un estado de intoxicación etílica casi permanente. Pero sin embargo, los recuerdo con una sonrisa.

Hasta que finalmente, un buen día, junté mis cosas y me fui a lo de mi vieja. "Fue un gustazo, querido", me despidió Jorge con una palmada en la espalda, y volví a instalarme en el cuarto que solía compartir con mi hermano en la infancia.

Volver al nido puede ser una experiencia tan reconfortante como deprimente. Mi vieja me mimó como si volviera del frente de combate. En los primeros tiempos, no faltaron jamás en la heladera mis marcas favoritas y se me otorgó en forma instantánea el dominio del control remoto. Volví a tener ropa limpia, planchada y perfumada sin mayores esfuerzos y alguien que atendiera el teléfono y dijera que "no, Esteban no se encuentra" cuando no me daba la gana atender.

Sin embargo, algunas cosas no me terminaban de convencer. Volver a recibir quejas y órdenes de mamá cuando uno ya ha pasado la barrera de las tres décadas es triste y conflictivo. De hecho, creo que la demostración más clara del patetismo de la situación la tuve un día que interrumpí una sesión de chat con una dama que era candidata firme a un revolcón diciéndole "che... te dejo un rato, que me llama mi mamá a comer".

Pero la gran ficha me la hizo caer mi hijo Martín, una tarde, que me hizo el planteo de que, cuando estaba conmigo, no tenía un hogar a dónde ir.

"Somos un club de fútbol que se fue a la quiebra", le expliqué, tratando de buscar una metáfora que pudiera entender, "Imagina, por ejemplo, que Boca se funde y vende la Bombonera para poner un shopping, el Alto La Boca. Los jugadores siguen entrenando en un lugar alquilado y el equipo sigo en el campeonato, pero siempre en cancha visitante. Y, ante todo y lo más importante, la hinchada sigue ahí, apoyando incondicionalmente a su club".

Tincho parecía no entender, así que avancé brutalmente con la moraleja de mi historia.

"Si Boca se funde y vende la Bombonera, se queda sin sede, pero la institución está más viva que nunca. Un hogar vas a tener siempre, lo que te está faltando es sólo una casa".

La hinchada nunca dejó de alentar. Poco tiempo después alquilé el departamento. Martín lo llama, cariñosamente, La Bombonera.

230 - Ringside

Mili y Carolina pelearon otra vez. Por la temperatura de la comida. Carolina protestó porque, según ella, estaba fría. Y Mili, con toda la paciencia del mundo, le ofreció calentársela inmediatamente.

- Así no puede ser -gritó mi hija- La comida tiene que llegar caliente a la mesa.
- ¿Por qué me tratás así, Carolina? -a Mili se le habían puesto los ojos vidriosos.
- ¡Porque sí, porque me da la gana!
- Mirá, nena... -había empezado a responder, cuando la interrumpí.
- Chicas, por favor, no se peleen - dije tímido.
- ¡Vos no te metas! -me gritó Caro.
- Y vos tenele un poco de respeto a los adultos, maleducada -chilló Mili, aún más fuerte y ya con lágrimas en los ojos.

Carolina se paró violentamente de la mesa. Me paré al mismo tiempo. Antes de que pudiera atinar a decir nada, corrió y se tiró de cabeza en mi cama, boca abajo, llorando ruidosamente. No tuve oportunidad de darme la vuelta para hablar con Milagros, que ya estaba en camino hacia el baño. Cerró la puerta con un estruendo, pero desde afuera también podía oírla llorar.

Me quedé parado, congelado, en mitad del departamento, alternando la mirada entre la espalda de mi hija sobre la cama y la puerta cerrada del baño.

"Papá", dijo Natalia, en medio de esa situación, tirándome de los pantalones para llamarme la atención, "me padeze que alguiem nezezita un Ozo... ¡Pedo no zé quién!".

229 - Montaña rusa

No ha dejado de amenazarme con hacer una valija y mandarse a mudar. De cierta psicótica manera, supongo que es sólo un amague de mi novia sufriente de desarraigo, que es como los suicidas que, casualmente, siempre fallan o son descubiertos a tiempo. Esos tipos que, en el fondo, no buscan quitarse la vida, sino llamar lo suficiente la atención.

El cuerpo humano es frágil. Matarse es, por ende, muy sencillo. Puede hacerse con elementos caseros y sin mayores esfuerzos. El que no lo logra es porque no quiere. "Me vuelvo a Mar del Plata" es una frase que, en los últimos tiempos, aparece demasiado seguido y, como en la fábula de Pedro y el lobo, empiezo a no creérmela, a que no quiera irse, porque sería tan sencillo como matarse. Así, la picana constante es sólo una forma de pedir auxilio sobre las cosas que la preocupan.

El problema es que la repetición interminable y la presión que ejerce me están empezando a romper las pelotas.

Tengo una vida complicada. Demasiado laburo, hijos demandantes, exposa en un cuestionable estado de salud mental y mil mambos más. Todos los días de mi vida consisten en, de una u otra manera, atajar penales, resolver entuertos, acomodar cosas, siempre tratando de hacer equilibrio para que nada se caiga.

Mili es, en cambio, una de las pocas cosas estables, constantes. Desde que descubrimos que nos amamos, ese amor se ha convertido en algo tan absoluto que no se cuestiona.

Por eso, cada vez que amenaza con irse, me desestabiliza. Porque la mera posibilidad de que se vaya me quita la única pata en la que se apoya mi propia cordura.

No puedo vivir en permanente estado de amenaza, en una montaña rusa donde nunca se sabe hacia qué lado es la próxima curva o la siguiente caída estrepitosa. Pero no tengo ni idea de cómo solucionarle estos problemas, para evitar que un buen día pase de las palabras a los hechos y se suba a un bondi.

228 - Mi hijo, el microondas

“Metete la casa en el orto”, le dije a Valeria el día que nos separamos, “y yo pago la vaselina”. Si había algo en lo que no tenía interés cuando me separé -que me valdría las puteadas de mi abogado y de lo que me arrepentiría varias veces, tiempo después- era en conservar la casa o venderla para obtener mi parte. De hecho, era tal la ansiedad por huir de las garras de mi exposa, que no tuve problemas en dejar atrás todo lujo, en proponerle que se metiera bien en el culo no sólo la casa, sino también todo lo que tenía adentro, incluyendo muebles y electrónicos.

Sólo hice tres excepciones a esta regla. Conservé mi auto y mi computadora, por una mera necesidad laboral. Y le pedí el microondas.

No puedo vivir sin microondas. Un minuto para la taza del te o del café instantáneo. Tres minutos para recalentar unas empanadas sobrantes. Cinco minutos para los restos mortales de un pollo al spiedo de la rotisería del barrio. Programa especial para descongelar esa bandeja de carne picada que ha tomado la textura de un adoquín. Un toquecito de diez o veinte segundos para que las facturas de ayer parezcan recién sacadas del horno. El microondas es magia blanca, con bandeja giratoria y timer. Si tomara mate, creo que lo metería adentro también.

- Pero yo le caliento la leche a los chicos todas las mañanas antes de ir a la escuela - protestó Valeria.
- Y yo caliento... ¡Todo! ¡La vida! Puedo sobrevivir sin la tele, sin el reproductor de DVD, sin el equipo de audio, sin el lavarropas, sin el secarropas, sin el secador de pelo, sin el Epilady. ¡Hasta podría sobrevivir sin heladera, si me lo propongo! Pero por favor, Valeria, no me dejes sin microondas porque me cortás las piernas, las manos y la lengua.
- De ninguna manera - se obstinó.
- Me llevo el microondas. Quedate con todo el resto, pero el microondas se va conmigo.
- Ni se te ocurra, porque llamo a la policía y digo que me robaste.
- ¿Ah, sí? ¡Hablalo con mi abogado!

Cuando le hice el planteo a Pablo, por supuesto, me sacó cagando. “¿Tanto quilombo por un microondas de mierda?”, se me cagó de la risa, “¡Comprate otro, no seas rata!”.

Me compré otro. Más grande. Más lindo. Plateado. Con un manual de instrucciones gordo como "La guerra y la paz". Doce cuotas con tarjeta. Magia caliente.

227 - Toda una declaración

- ¡No quiero ser más una mantenida! -me gritó Mili.
- ¡Pero no tenemos opción! -grité más fuerte.
- Sí, tenemos opción - por un segundo pareció tranquilizarse.
- ¿Cuál?
- ¡Me voy! -chilló, sacada-
- ¿Eh?
- Que-me-voy, nene -silabeó– Me voy a Mar-del-Pla-ta
- Por favor, no. No lo hagas, Mili.
- No me puedo quedar, no puedo vivir toda la vida de prestado. ¿Dónde queda mi dignidad?
- No te podés ir -susurré conteniendo una lágrima.
- ¿Cómo que no? Mirá cómo me voy -empezó a tirar ropa desordenadamente dentro de una mochila.
- No te podés ir –repetí.
- ¿Y por qué no?
- Porque te amo.

Ni en el espacio profundo hay un silencio como el que se hizo en ese segundo, en el exacto momento en que su mirada desesperada chocó con la mía que, camino de la furia, escupía “te amo” por primera vez. El tiempo se volvió inesperadamente blando y la abracé.

Nos quedamos en silencio, sintiendo el ritmo de la respiración del otro, tan cerca. No la iba a soltar. La tenía abrazada y, a la vez, la tenía presa. Mientras no se saliera de mis brazos, no podía subirse a un micro de regreso a casa.

Empujando con los codos, se separó de mi cuerpo ligeramente para poder mirarme a los ojos.

“Yo también te amo”, dijo.

Y, en cuanto la solté, empezó a sacar nuevamente su ropa de adentro de la mochila.

226 - Hacia un sano ejercicio de la abuelitud

Por alguna razón que no logro comprender, las familias de las mujeres tienden a ser absorbentes y acaparadoras. En la generalidad de los casos -lo que no significa que no haya excepciones- cuando un hombre se casa es automáticamente "adoptado" por la familia de su esposa, quienes obtienen automáticamente mayor atención y tiempo dedicado.

Por supuesto -como un perejil- en su momento me dejé llevar por la manada, yo también caí en el clásico "síndrome de adopción". La consecuencia más inmediata de esto fue que mis hijos tuvieran muy poco contacto con su abuela paterna.

Hasta que un buen día, me separé. Económicamente jodido y sobrecargado de trabajo, tuve que echar mano de toda la ayuda posible y, en consecuencia, un par de veces a la semana, mi mamá acabó por cuidar de mis hijos.

Mamá está agotada. Claro, no tiene práctica, hace mucho que no cuida chicos. Pero, sin embargo, está feliz en su agotamiento. Feliz de disfrutar las risas y los juegos, los llantos y las meriendas con Nesquick, las horas de irse a dormir y los desayunos.

Por primera vez, la vieja está haciendo un sano ejercicio de su abuelitud.

Y la está pasando bomba.

225 - Caramelos

"Tu hija me odia", me escupió Mili, al borde del llanto. Carolina es terca, es dura, por momentos es errática e imprevisible. Pero, si conozco a mi hija, no creo que sea capaz de odiar. Tiene una tonelada de conflictos. Consigo misma, con su identidad, con su rol, con su madre y conmigo. Pero Carolina no odia. Es sólo una nena de nueve años que perdió la estructura de una familia sin comerla ni beberla y, pobrecita, hace lo mejor que puede para mantenerse a flote.

Mili, por su parte -y por momentos juro que la entiendo y todo- también tiene sus problemas. Está en una ciudad ajena, en una casa ajena, durmiendo en una cama ajena y abriendo una heladera ajena. Imagino por momentos que debe sentirse en una especie de limbo urbano: ni el infierno del hogar paterno ni el paraíso del hogar conyugal. Algo en el medio a lo que, justamente, le falta eso, el hogar.

Caro es cabrona y con Mili se ha ensañado gravemente. Mili, por su parte, está enojada con el mundo, con la vida, con el destino y con los putos dioses del olimpo porque no todo está saliendo exactamente como lo habíamos planeado.

- Tu hija me odia - me repitió.
- No te odia, sólo es una nena conflictuada - repuse.
- Pero no tiene derecho a tratarme como me trata.
- Tenés razón. Pero, en última instancia, vos sos el adulto. Sos vos la que se la tiene que bancar, hasta que ella madure y entienda.
- ¡Andá a cagar!
- Hoy estás hecha un caramelito - traté de aflojar la tensión con un chiste.
- Ay, qué tierno - el tono cínico de Mili se distinguía desde catorce kilómetros de distancia.
- Por supuesto que sos un caramelito, mi amor... ¡Un Suchard!
- Todo para decirme que soy un sorete
- No, sorete no. Ácida, como los caramelos Suchard. Si te hubiera querido decir “mierda”, te habría dicho: "estás hecha un caramelito... un Media Hora”
- Jurame que dejaron de fabricarlos - se distendió mi pequeña marplatense.
- No, aún existen. Y no me digas que los caramelos Media Hora no tienen gusto a mierda.
- ¿A qué mente siniestra se le ocurrieron? ¿Qué tipo de papilas gustativas tiene el consumidor de caramelos Media Hora? ¿Quién les hace el marketing? ¿Cómo vendés un Media Hora? "El caramelo más hediondo del mercado ¡Probalo!"

Y, por un rato, la tremenda amargura de ver enfrentadas a dos mujeres que amo, se evaporó.

224 - Anuncio formal

Pablo dice que se casa.

223 - Meant to be

Esteban: Che... ¿Y cómo vas con Rosa?
Jorge: Misteriosamente bien. Somos la peor pareja del mundo, hacemos todo mal, no tenemos nada que ver el uno con el otro... ¡Pero nos queremos y tenemos una cama espectacular!
Esteban: Y... suele suceder, cuando no tenés nada que perder, tenés todo por ganar, entonces, te empezás a comportar con naturalidad y -a la larga- las cosas funcionan.
Jorge: ¿Y vos? ¿Cómo vas con tu marplatense?
Esteban: Igual que vos con mi ex mucama: estamos tan mal que estamos bien. Son tantas las cosas que no funcionan que es evidente que somos el uno para el otro.
Jorge: ¡Exacto! ¡Es buenísimo! ¡Qué disfuncionales que somos!

222 - A rodar la vida

"Tercer mundo" y "El amor después del amor", discos consecutivos de Fito Páez, fueron la banda de sonido de mis años de estudiante secundario. Cuando estaba por casarme, mi hermana estaba muy enganchada con Fito y me mangueaba esos dos CDs en forma permanente.

Un día, a Valeria -que aún era mi novia, en ese entonces- se le ocurrió la siguiente idea descabellada:

"Podrías regalarle esos dos CDs a tu hermana, cuando te vayas de tu casa, que a ella le gusta mucho más que a vos"

Francamente, lo primero que me pasó por la cabeza fue un: "¿Y vos qué mierda sabés qué signfican esos discos para mí?". Pero como, en esa época, discutía bastante menos, le di los dos discos a mi hermana. Hice felices a dos mujeres en un sólo acto. Y me arrepentí, porque eran mis discos, que los había comprado con el esfuerzo con el que compra las cosas cualquier adolescente carente de ingresos -o con changas pedorras- y realmente me gustaban, además de traerme muy buenos recuerdos.

No me arrepiento de habérselos dado a mi hermana. Me arrepiento de por qué lo hice. Bajo un condicionamiento infundado y estúpido. Por darle el gusto al otro, ignorando lo que yo sentía.

Hoy, eMule mediante, "recuperé" mis discos de Fito. Los chicos estaban en casa y, como si fuera una vieja propaganda de gaseosa, cocinamos fideos bailando al ritmo de "A rodar la vida".

221 - Houston, we have a problem

Mili no consigue trabajo. Compramos el Clarín todos los días. Se suscribió a todos los sitios de internet especializados en esto. Llenamos fichas en bolsas de trabajo de todos los tamaños, formas y colores.

Pero no consigue. Tiene tres o cuatro entrevistas por semana -mayoritariamente call centers y puestos de secretaria- pero es todo histeriqueo de recursos humanos. Muchas de las compañías locales dedicadas a outsourcing están en pleno proceso de achique, afectadas aún por la crisis norteamericana (donde están gran parte de sus clientes) y ya no se reclutan los ejércitos de telemarketers que solían contratarse hace tan sólo un año.

El mercado laboral porteño se cae a pedazos. Odio tener que admitirlo, pero durante el gobierno pasado del Pingüino K, era razonablemente fácil conseguir empleo en esta ciudad. No, buenos empleos no, pero al menos un trabajo que sirviera para mantener la nariz apenas por encima de la línea de indigencia. Laburos precarios, pero al menos algo.

Hoy ya no. Para cada puesto de telefonista en un call center pedorro hay cien candidatas. Demasiada competencia en un mercado contraído y Mili, con los clasificados en la cartera, que sigue dando vueltas sin conseguir nada.

Hace unas semanas, consiguió trabajo como asistente en un estudio contable en el microcentro. La frase de bienvenida de su flamante jefe fue: "la chica que estaba antes, al menos estaba buena". Duró cuatro días. En el día número tres el contador le dijo que era fea y tenía mal gusto para vestir. El cuarto día le pagó el escasísimo tiempo que pasó en la oficina y la dejó nuevamente en la calle. Y llorando. Pablo se encargó de que yo no vaya a buscar al tipo con un bate de baseball y de darle intervención al INADI en el tema. Igual, nada cambia: Mili sigue sin trabajo.

En un intento más o menos desesperado por poner las cosas en orden, le he empezado a encargar a mi novia algunas tareas menores que tienen que ver con mi trabajo independiente: hacer cobranzas y depósitos, procesar algún material, mantenerme los papeles ordenados. Le pago lo que puedo, que no es mucho, pero al menos la mantiene relativamente entretenida mientras continúa su gira por las entrevistas inconducentes, con los clasificados marcados con resaltador violeta.

Pero lo más problemático de todo esto es que el trabajo -en realidad, su falta- se ha empezado a infiltrar en nuestra relación. Es una chica independiente, que sabe valerse por sí misma, y no le gusta un carajo la idea de ser una mantenida. Ni siquiera en un caso como este, que podría catalogar como una "emergencia" sin dudarlo un segundo.

Hemos tenido un par de discusiones bastante agrias al respecto.

- Y bueno, Mili -le he llegado a decir, tratando absurdamente de convencerla, o más bien de intimidarla- es esto o volverte a Mar del Plata.
- Y bueno, Esteban - me contestó - por ahí debería volverme.

Encima, las confrontaciones permanentes con Carolina no ayudan en lo más mínimo.

220 - Lost in translation

El día que mi amiga Ara se casó con Joe -un norteamericano enorme que había empezado a perder el pelo en forma prematura- llovía lo suficiente como para que más de uno contemplara la idea de construir un arca. Siempre me sentí un poco culpable por esa relación. Porque, si bien se conocían desde hacía un par de años, fue el día de mi propio casamiento el que los llevó, bastante pasados de copas, a terminar enredados en el asiento de atrás de un auto, dándole el puntapié inicial a una aventura que acabaría con boda en Buenos Aires, luna de miel en Shanghai y residencia permanente en un pueblo de Kansas que a duras penas figura en los mapas.

Se casaron en una iglesia en Belgrano -me encantaría recordar el nombre exacto para recomendar a los cuatro vientos que no intenten llegar ahí- que queda en un barrio donde la mitad de las calles son cortadas por vías de dos ferrocarriles distintos. Los pasos a nivel no abundan y perderse es algo de lo más normal.

Llegué rápido, desde el centro, gracias a la pericia de un taxista experimentado. Pero Valeria -con la que aún estaba infelizmente casado-, que venía manejando desde casa, se perdió.

La ceremonia religiosa empezó sin ella y, a los pocos minutos, mi celular empezó a vibrarme en el bolsillo. Salí a la vereda lo más discretamente que pude y atendí el llamado.

- No tengo ni puta idea de dónde estoy -un principio de ataque de histeria vibraba en la voz de Valeria.
- No te preocupes, yo tampoco - contesté risueño.
- No te hagás el chistoso y ayudame a llegar.
- Bueno, hacé una cosa, tomátelo con calma y buscá una esquina. Decime el nombre de la calle y la altura, a ver si te puedo orientar.
- Estoy en Avenida Pindonga al 4000.
- Perfecto. No tengo ni la menor idea de dónde queda eso.
- Ah, vamos bárbaro.
- No te procupes, que voy a conseguir ayuda, quedate ahí, que te llamo en dos minutos.

En la esquina holgazaneaba un oficial de la Policía Federal que escuchó atentamente mi problema y me dio instrucciones de lo más precisas: "dígale que siga por la avenida, son unas diez cuadras hasta chocar con las vías, dobla a la izquierda hasta el paso a nivel, cruza, dobla a la derecha, la segunda a la izquierda y ya estamos". Tomé nota mental del procedimiento y se lo repetí por teléfono a Valeria.

Diez minutos después, volvió a llamarme.

- ¡Voy más de veinte cuadras y la vía no aparece! - gritó.
- Bueno, tranquilizate y haceme un favor: decime nuevamente a dónde estás.
- ¿Otra vez? ¿Pero vos sos tarado? Estoy sola como un perro, en un barrio que no conozco, manejando abajo de la lluvia y vos pretendés que sepa a dónde estoy.
- Si no me decís a dónde estás, no te puedo ayudar.
- Es todo tu culpa, por traerme a este casamiento de mierda, en el culo del mundo.
- Si no me decís a dónde estás, no te puedo ayudar - repetí monocorde.
- Avenida Pindonga al 2300.
- Ok, ahora sacá de la guantera la guía de calles y buscá tu localización.
- ¡Pero no puedo! ¡Es de noche! ¡No veo! ¡No traje los lentes!
- Mirá, Valeria - me puse firme - si tuviera el teletransportador de Star Trek, te traigo acá en un segundo. Pero no lo tengo y estoy haciendo lo mejor que puedo para ayudarte, así que no jodas más y cooperá conmigo.
- ¡Qué insolente! ¿Esa es manera de tratar a tu mujer?
- ¡Valeria! ¡Concentrate! Si seguís peleándome por cualquier boludez, te vas a quedar a vivir por siempre en esa esquina.
- Bueno, esperame que busco.

Escuché el ruido del teléfono apoyado sobre el tablero del auto, el ruido de la puertita de la guantera y el claro sonido de páginas que pasaban febrilmente.

- Listo, ya encontré mi lugar en el mapa. Pero poner el dedito en el mapa no soluciona nada, querido ¿Qué mierda hago?
- Buscá las vías del tren - respondí.
- Ya las encontré.
- ¿A qué altura de Pindonga pasan las vías?
- Como al 5000. Sos un pelotudo.
- ¿Y ahora qué hice?
- Me orientaste mal, imbécil.
- Ah, no, querida. Yo las instrucciones te las di bien. Que vos estés circulando exactamente en sentido contrario, te lo juro, no es mi culpa.

219 - La verdad de la milanesa

Desde que Mili se vino a vivir conmigo, se ha visto atrapada entre el amor incondicional de Natalia y el odio acérrimo de Carolina. El que venía siendo un misterio de imparcialidad, una apatía amaestrada, un personaje que se abstenía de considerarse con voz y voto en la materia, era Martín. Pero eso cambió hace unos pocos días.

Era de noche, los chicos estaban en casa, yo tenía una pila de trabajo para resolver y Mili, en su mejor intento de cooperar con las alocadas rutinas de este cuasi-hogar, se había ofrecido a cocinar.

Desde que se conocieron, Martín no le había dirigido la palabra a mi chica más allá de lo estrictamente necesario. Por eso, que él iniciara una conversación con una sonrisa y en forma espontánea me llamó la atención al punto que, si bien simulé seguir trabajando y estar absorto en la pantalla de la computadora, paré el mundo para poder escucharlos.

- ¿Hiciste milanesas? - le preguntó Martín, con los ojos abiertos como un dos de oro.
- Sí ¿Te gustan? - sonrió Mili.
- Mirá... si las hacés a la napolitana, sos mi nueva mejor amiga.

Mili se subió inmediatamente a un banquito y empezó a revolver mi escueta alacena en forma alocada.

Con gesto triunfal, retiró del último estante su ansiado trofeo: una lata de tomates.

218 - Teoría y práctica de los cuernos

Los hombres que engañan a sus mujeres se dividen en dos categorías: los que lo hacen por placer -por diversión, por sexo, por adicción a la adrenalina- y los que lo hacen porque se han enamorado de otra mujer.

Jorge fue, durante toda su vida de casado, un especímen de la primera categoría: el aventurero, el pirata. Estos tipos de infieles, sin son inteligentes, jamás son descubiertos. Porque sus relaciones son eventuales y descartables; y en cuanto se vuelven riesgosas, las desechan. Porque aman a su familia -dentro de sus propios patrones psicológicos- y no van a poner en riesgo las estructuras. Los piratas no suelen dejar a sus mujeres, salvo honrosas excepciones, como fue el caso de Jorge, cuya relación se desgastó al punto de ignorarse mutuamente. Sin embargo, se retiró de su hogar conyugal con el gesto triunfal de jamás haber sido pescado en un revés.

Pablo, en cambio, pertenece al segundo grupo. Mi abogado empezó volteándose a su secretaria por gusto y se terminó enamorando de su amante. Luego, la relación no prosperó, pero fue la puerta de salida de su matrimonio. Porque el tipo que se enamora de su amante, tarde o temprano es descubierto por su esposa. Pese a que suena caprichoso, esto tiene una razón de ser. Porque el hombre que se ha enamorado de otra, traicionado por su subconciente, siempre deja pistas. Busca que lo descubran y que le den una monumental patada en el culo.

Hay que tener muchos huevos para sacarse el anillo y decirle a la esposa "me enamoré de otra". En cambio, provocar una ruptura -permitiendo que el otro descubra el engaño- es mucho más fácil. Es, en el fondo, un gran acto de cobardía, pero ciertamente más fácil. Y aquí no hay inteligencia que valga. Por astuto que sea el hombre, por exquisitas que sean sus coartadas, el maldito subconciente no perdona y siempre dejará algún cabo suelto.

Por eso, el tramposo ha de ser humilde, nunca confiarse demasiado y cuidar al máximo los detalles. Pero el tipo enamorado de otra, lo que necesita es el valor para hacerse hombre, ponerse los pantalones y dejar de engañar.

Sobre todo, a sí mismo.

217 - Latodamta

- Papá... ¿Qué quiede dezid latodamta? - preguntó Natu.
- ¿Qué cosa, hijita?
- Latodamta, papá.
- No sé, amor... ¿Dónde lo escuchaste?
- Lo dijo mami: "Zegudo que tu padddre eztá con latodamta eza".
- Mirá, Natu, es un poco difícil de explicar - traté de salir del paso, al tiempo que contenía la furia.
- ¿Mili ez una latodamta?
- No, Mili no es una atorranta, de ninguna manera.
- ¿Y podqué mami dize que ez latodamta?
- Ay, hija... si tan sólo entendiera todo lo que dice tu madre...
- Ez algo feo ¿Verdad?
- Sí, es feo, no lo digas ¿Ok?
- Nuimpodta papá. Mili noez latodamta. Mili ez limda y sho la quiedo.

216 - Mi primera novia

Fui un chico precoz. Tuve mi primera novia formal en salita celeste, a los cinco años. Se llamaba Miriam y tenía rulitos. Era linda, aunque un poco tonta, y yo -con tan sólo un lustro de edad- ya tenía planes serios al respecto. Inclusive, había llegado a discutir con mi abuela la posibilidad de mudarnos a su cuarto de huéspedes cuando nos casáramos, a más tardar en cuanto nos graduáramos del kinder.

Pero no hubo boda después de la graduación. Un compromiso mucho más grande, la escuela primaria, nos esperaba. Ella decidió concentrarse en su carrera y destrozó mi corazón el primer día de clases de primer grado, cuando me dijo que quería cortar conmigo.

Para cuando llegamos a la escuela secundaria, Miriam se había convertido en una escultura viviente, llena de curvas y de pretendientes, en su gran mayoría mucho más agraciados que yo. Nunca más volvió a darme bola y, debo admitirlo, me dejó un poco resentido.

Cuando cumplimos los diez años de egresados, el viejo Quesada, el que solía ser nuestro profesor de educación física, ya entrado en canas y feliz portador de tremenda barriga llena de cerveza, nos organizó una cena de reencuentro.

No me entusiasmaba sobremanera volver a encontrarme con ciertos personajes macabros de mi adolescencia, pero sí me interesaba ver a Miriam, alimentado por una curiosidad morbosa, plagada de resentimiento. En mi fantasía, Miriam aparecía avejentada, gorda, devastada, llena de hijos, con un par de malos divorcios a cuestas y un puesto de cajera en un supermercado que resultaría el hazmereír de las conchetitas del grupo.

Como era de esperarse, la muy perra estaba hecha una diosa absoluta. No había envejecido ni un minuto y, a juzgar por la ropa, los accesorios, el celular y el auto, estaba forrada en billetes de todos los colores.

Nada había cambiado. Incluyendo su política de no volver a darme bola.

215 - Mili y Carolina

- ¡Callate, que vos no sos mi mamá! - escuché a Carolina, a los gritos.
- ¿Pero se puede saber qué pasa acá? - intervine.
- Que me retó - dijo mi hija, haciendo pucherito y señalando a Mili.
- ¿Qué pasó, amor? - pregunté con la mejor sonrisa de la que fui capaz.
- Pasó que quería sacar algo, no sé qué, de aquel estante - explicó mi chica, señalando un estante altísimo - y había apilado una silla arriba de la otra, se estaba subiendo...
- Y vos le dijiste que se baje ¿Verdad? - intervine.
- ¡Y ella no me puede dar órdenes, porque no es ni mi mamá, ni mi tía, ni nada! ¡Ella no es nadie! - Caro empezaba a ponerse colorada.
- Ella sí es alguien - me puse firme.
- Seh... Es la noviecita de papá - respondió, sacándome la lengua.
- Mirá, nena - la fulminé con la mirada - sea o no la "noviecita" de papá, Milagros es un adulto
- ¿Y?
- Y vos sos una pendeja insolente, que te estás jugando la vida trepándote a una torre de Pisa que armaste con mis muebles.
- ¿Y?
- Y que si Milagros, el portero, la Policía Federal o cualquier ser más o menos humano que mida más de un metro cincuenta te da una orden, vos obedecés, y punto.
- Pero...
- ¡Pero nada, carajo! - había logrado sacarme.
- ¡Así no se puede vivir! - me gritó, y se encerró a llorar en el baño.

Desde que Mili y Carolina tropezaron la una con la otra han tenido más enfrentamientos que Israel y Palestina. El mentado "vos no sos mi mamá" lo he escuchado demasiadas veces en demasiados pocos días. Mili pone buena voluntad, trata de no ser invasiva, trata de no ocupar un rol que -sabe- no le corresponde. Pero no puede evitar comportarse como un adulto y, si ve a un chico mandándose una cagada monumental, llamarle la atención. Carolina, por su parte, no hace ni el más mínimo esfuerzo para congeniar. Y tampoco puede evitar comportarse como una nena de nueve años.

Jorge tiene una teoría un tanto particular al respecto: "Esto es así... Caro te admira, sos su héroe. Lo que vos hagas, para ella está bien. El tema es que, aunque a Valeria se le haya escapado la tortuga, sigue siendo su mamá y la ama, es normal. Y vos, sin embargo, elegiste a Milagros por sobre Valeria. ¿Entendés la dicotomía, adentro de la cabecita de la propia nena? Ella se siente 'obligada' a querer a Mili, porque vos la querés... ¡Pero eso desplaza a su propia madre!". Exageradamente psicoanalítico, no me pareció, sin embargo, del todo descabellado.

Martín, por su parte, tiene una explicación bastante más sencilla: "dejalas, papá... son minas".

Y yo, en el medio, hago lo mejor que puedo. Sólo que, quizás, algunas veces me olvido que tengo de un lado a una damita lidiando con el exilio y los mambos heredados de su nuevo novio y, del otro, a otra damita, lidiando con el hecho de que papá tiene una nueva novia.

214 - Guille y Marina

Guillermo finalmente confesó. Le gusta Marina y quiere que le "arregle" una cita. No es fácil hacer de Celestina, menos a esta edad, menos con gente que ha pasado tanto tiempo en el fondo de la cueva, lamiéndose las heridas. Sin embargo, cuando Guille anunció, a mitad de una mesa de poker, su interés por la ex amiga de mi ex, celebramos el evento con la misma algarabía que si la Selección hubiera ganado el mundial.

A Brasil.

Después de dos rondas de cerveza, con brindis incluído y deseos estrambóticos, después de una mano de poker abierto para conmemorar el magno evento de que Guillermo hubiera decidido volver a vivir de una puta vez, discutimos ampliamente cuáles serían las mejores estrategias para unir a estos dos personajes.

No hay cosa más incómoda -sobre todo, llegada cierta edad- que las "presentaciones", el armarle a alguien una cita. Los dos se sienten bajo la inmensa presión social de que el entorno los considera aptos para aparearse, en la obligación de que "deben gustarse", tan sólo porque Esteban, Nacho, Pablo y Jorge así lo dictaminaron. En el otro extremo, siempre está la posibilidad de "provocar el encuentro" y que parezca un "accidente", invitarlos a ambos al mismo evento, forzarlos a compartir un espacio, sin que sea tan brutalmente obvio que todo fue orquestado para que se evalúen mutuamente, con miras a un buen revolcón. A la larga, organizar este tipo de encuentros casuales requiere de todo un planteo logístico que resulta un incordio.

Después de debatir largamente sobre posibilidades y opciones, opté, por mi propia cuenta y sin siquiera pedir la aprobación de la asamblea, por un método riesgoso, pero terminante.

Celular en mano, le mandé un mensaje de texto a Marina:

"Mi amigo Guille dice que estás buena ¿Le puedo dar tu teléfono?"

Evidentemente, se tomó un minuto para pensarlo, porque fue más o menos eso, unos sesenta segundos, lo que tardó en contestar: "sí, dale".

213 - Undo

"Con la vieja y querida excusa de 'estaba demasiado borracho, no me acuerdo de lo que hice', el alcohol se ha convertido en el CTRL+Z de la vida" (Jorge, con resaca)

212 - Pleased to meet you

- La verdad, nunca me hubiera esperado esto de vos - dijo Carolina, con su cara de orto característica.
- ¿Qué cosa, hija?
- Que tuvieras novia.
- Disculpame, pero... ¿Qué pretendías? ¿Que me quede solo para el resto de mi vida?
- Y, sí.

Mi hija la del medio no respondió de la manera más favorable del mundo al hecho de que decidiera llevarlos a todos a comer pizza y aprovechara la ocasión para presentarles a Mili. Aunque, debo admitirlo, de alguna manera me lo esperaba. Carolina tiene con Valeria una de las relaciones madre-hija más espantosas que he visto en mi vida pero, sin embargo, se aferra con uñas y dientes a las estructuras. Sé que, en el fondo, ella preferiría, como decía mi abuela, "mal casados, pero casados". Sé también que el tema es "carne de diván", como diría Pablito y me intriga muchísimo -porque Caro es hermética al respecto- cómo será su relación con Marcelo, si es que ha logrado desarrollar algún tipo de relación.

Martín tampoco me sorprendió demasiado. Reaccionó a una frase tan espectacular como "chicos, les presento a mi Novia", con un "ah, hola" y una cierta apatía preadolescente. Tincho vive en su mundo y, me da la impresión, su gran objetivo en la vida es que lo dejen hacer la suya y no lo jodan. Supongo que el mayor no va a representar un problema, siempre y cuando se mantengan ciertas distancias prudentes, pero tampoco espero una gran cooperación de su parte.

La que no deja de fascinarme es Natalia. La enana miró toda la escena con gran curiosidad y comió pizza como una desaforada -es una de sus debilidades- aguardando el momento preciso para hablar conmigo a solas.

Amontonados en el monoambiente, esperó a que sus hermanos se fueran a la cama para acorralarme en la cocina y darme su veredicto:

- ¿Te puedo dezid un zecdeto, papá? - preguntó con una sonrisa.
- Sí, mi amor, decime - le respondí acercando la oreja.
- Mili ez re-limda.

211 - Gaucho malo

Cuando recién nos casamos, Valeria trajo a nuestro sagrado hogar un gaucho horrible. Una talla en madera, para colgar de la pared, a modo de supuestamente autóctona decoración, regalo de su madre, que representaba la cabeza de un hombre de campo tomando mate. "Qué lindo para prender un asado", me reí en su momento, aunque ver ese cachivache colgado de la pared de mi living en los años subsiguientes no me causaría absolutamente ninguna gracia.

Pocas cosas lucen tan mal como la decoración gauchesca en un lugar que poco y nada tiene de campo, de pampa, ni siquiera de rústico. Y el gaucho de marras, colgado de un clavito muy cerca de un cuadro con nudos náuticos no sólo no pegaba ni con mierda, sino que era definitiva e irremediablemente feo.

Una noche, Martín era chiquito, no debería haber cumplido ni tres años, vino corriendo a mi, llorando desesperado. Había pasado por el living en penumbras y había tropezado su inocente mirada infantil con la efigie de este Segundo Sombra cincelado en algarrobo.

"Zeñod malo, zeñod feo, atuta a Tincho", decía, entre lágrimas y mocos. Me tomó un rato entender de qué señor feo y malo podía estar hablando el enano hasta que, en un acto de valentía, me llevó de la mano y, con un dedito índice tembloroso, lo señaló, mientras se escondía detrás de mi pierna.

- ¿Podemos sacar esa porquería de la pared, que al chico le da miedo? - le pregunté a mi mujer.
- ¡De ninguna manera! Es un regalo de mamá y a mí me encanta.

Un domingo cualquiera, en que Valeria había salido al supermercado con Martín, se me ocurrió pasar el plumero y, accidentalmente, el gaucho se cayó al piso. Apenas tenía una muesca en la base, por el golpe, por lo que lo volví a colgar.

Y volví a pasarle el plumero. Y se volvió a caer.

Repetí el procedimiento unas ocho o nueve veces. Hasta que, finalmente, se rompió al medio con un sonoro "crack".

Accidentalmente, por supuesto.

210 - Mili y Sauron

Nunca había visto a Sauron hacer una cosa así. Nunca lo había visto comportarse como un dálmata. De golpe, sus cuarenta kilos de masa muscular estaban todos desparramados en el piso. Jadeaba y movía la cola, rogando, con el abdomen mirando al techo, que alguien le rascara la panza.

"Ay, pero qué ternura de perro", disparó Mili, dejando el pesado bolso en el piso y abalanzándose sobre la bestia infernal. Con las dos manos le hizo caricias en la panza, en el lomo, le tocó la cabeza. Sauron, feliz de la vida, parecía un cachorrito.

Hasta que, de repente, hizo un movimiento brusco, que me asustó. Se enderezó, irguió el cuello y, en un segundo, su poderosa quijada estaba frente a frente con la cara de inocencia y la sonrisa a prueba de balas de Mili.

Las dos criaturas se miraron profundamente a los ojos, a menos de un centímetro de distancia el uno del otro.

Entonces, Sauron hizo algo que jamás hubiera esperado de él: en un rápido y certero movimiento, le encajó un tremendo lengüetazo que le llenó la cara de baba canina.

"Tu perro es un divino", disparó Mili, acariciándole la cabeza. Con los ojos desorbitados y la mandíbula por el suelo de la sorpresa, no pude más que asentir en silencio.

209 - Soluciones mágicas

"¿Tan mal está tu matrimonio?", me había preguntado Alberto, aquella vez. Con Valeria ya estábamos quemando los últimos cartuchos y a mí se me empezaba a notar en la cara.

No suelo compartir andanzas personales en ambiente de laburo, pero en esos tiempos estaba tan caído, que fue inevitable embarcarme en una conversación con Alberto, uno de mis superiores, donde básicamente le conté la historia de mi vida. Me escuchó pacientemente, mientras tomaba mate cocido de un tazón enorme.

- Sí, así de mal está mi matrimonio - concluí.
- ¿Y no pensaron en volverlo a intentar?
- Ya probamos de todo, Alberto... ¡Nada funciona!
- Ah... pero yo sé de algo que los puede salvar - exclamó, con una sonrisa triunfal - Algo que en su momento salvó mi propio matrimonio, un método que te renueva la comunicación en la pareja como ningún otro.
- ¿De qué estás hablando?
- Mirá... pertenezco a un grupo de la iglesia que...
- ¡Dale! - interrumpí - ¡Decime que sos encuentrista!
- ¡Sí! ¿Cónocés encuentros?
- ¡Sí! - respondí con falso entusiasmo - ¡Y no sirve para una mierda!

Tiempo después tropecé con él en la esquina de Suipacha y Lavalle: salía, todo colorado, a media tarde, de las mismísimas entrañas del ABC.

208 - Lejos, en Berlín

Tengo una vieja amiga que se enamoró, hace muchos años, de un alemán. Pero no de un inmigrante, sino de un alemán de allá, de la tierra del chucrut y la cerveza, de un ciudadano y residente permanente de la ciudad de Berlín.

En esos tiempos no había telefonía celular, ni emails, ni webcams, ni Facebook. Las cartas certificadas tardaban una semana y las llamadas internacionales -además de que valían un ojo, un brazo, una pierna y un huevo- había que pedirlas a la operadora discando triple cero y esperar a que la buena fortuna de las comunicaciones analógicas bendijera con una conexión llena de ruidos, frituras y ecos, que sonaba como si el otro tuviera la cabeza dentro del inodoro y algún maniático tirara de la cadena cada medio minuto.

Así y todo, prehistóricos en materia de tecnología pero muy enamorados, Karina y Boris mantuvieron un año de romance epistolar. Durante esos casi cuatrocientos días, ella se dedicó a trabajar absolutamente de cualquier cosa -recuerdo claramente, inclusive, varios "disfraces" de promotora- para comprar un pasaje de ida en Lufthansa. Él, mientras tanto, de su lado del océano, sacaba Marcos de abajo de las piedras (sí, porque no existían ni los Euros, en esa época) para alquilar, amoblar y equipar un departamento poco más grande que un closet en el cincuenta y pico de la calle Cauestrasse.

Hasta que una tarde de septiembre, con lágrimas en los ojos, lágrimas de emoción por ir al encuentro de su gran amor, y lágrimas de tristeza por dejar la patria, la abracé por última vez en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza.

Mili y yo tuvimos muchísima menos paciencia.

Es que vivimos en otra época, de otra manera. Con Mili venimos de meses de vernos las caras todos los días, en un cuadrito en el monitor de la computadora. Somos claros exponentes de un tiempo en el cual uno puede intercambiar dos docenas de mensajes de texto al día por costos prácticamente irrisorios. Nos criamos sabiendo que el correo electrónico mataba a la carta convencional.

Pero, además, teníamos una gran ventaja: nos separaban sólo 400 kilómetros, no 16.000.

Así fue que una noche, chateando con Mili, le hice un planteo que, de tan absolutamente lógico, era absurdo:

- Mirá... estás sin laburo, en una ciudad que, fuera de temporada, se muere, y tenés menos chances aún de conseguir algo. Encima, nos vemos con suerte cada quince días y, no sé vos, pero yo te extraño - le dije.
- Yo también te extraño - me contestó - ¿Pero qué querés que haga?
- Mudate.
- ¿Cómo? - la agarré con la guardia baja.
- Que te mudes. Acá, a Buenos Aires, conmigo.
- ¿No te parece un poco apresurado?
- No, no me parece apresurado - me arriesgué - Me parece un completo disparate. Pero también me parece de lo más lógico. Entre estar desempleada y lejos, mejor desempleada y cerca. Además, acá hay más posibilidades de conseguir laburo y, de paso, puedo abrazarte todos los días.

Al otro lado del monitor se puso muy colorada y la mirada se le volvió vidriosa. Me miró un minuto en silencio, mientras trataba de entender la magnitud de lo que acabábamos de discutir.

Y, después de eso, tomó una decisión tan tierna como dificil: Hizo una valija y sacó un pasaje de ida a Buenos Aires.

207 - Love and marriage

"El matrimonio es esa relación de dos en la cual una persona tiene siempre razón y la otra es el marido" (Pablo)

206 - Celularizame esta

"¡¿Por qué él sí y yo no?!". Le escuché decir la frase, siempre al borde de un llanto forzado, unas mil veces en un semestre. A mi hija Carolina se le había antojado que, porque Martín tenía celular, ella -con sólo nueve añitos- también debía tener. Y yo, como un buen padre, no tenía ni la más mínima intención de satisfacerle el capricho. Pero mi logiquísima explicación de "vos tenés nueve, él tiene trece" de poco servía ante la granítica tosudez de mi hija, que continuaba intentándolo, e intentándolo, e intentándolo.

Se supone que tanto va el cántaro a la fuente que, al final, se rompe. El mío no se rompió. Pero el cántaro que sí acabó por estallar fue el de Valeria que -quizás intentando diferenciarse de mi, o quizás porque sólo necesitaba una excusa- decidió comprarse un iPhone y cederle su viejo celular, por supuesto que sin mi consentimiento, a nuestra hija, la del medio, la rompebolas que lloró, gritó y pataleó hasta que la madre le dio un celular.

- Es una línea prepaga - le explicó la madre a la hija de manera muy didáctica - así que vas a tener que cargarla con tarjetas.
- Está bien ¿Me comprás?
- No, que te las compre tu padre.

205 - Ese cuerpito

- Decime la verdad - dijo Valeria, mientras se miraba su propio escote, recién hecho a nuevo - Te morís de ganas de verme desnuda.
- La verdad que sí - le respondí.
- ¿En serio? - se sorprendió.
- Sí, Valeria, me encantaría verte desnuda y acostada.
- ¿Pero... en serio lo decís?
- Sí, me encantaría ir a reconocer tu cadáver a la morgue.

204 - Amor klingon

"No se nos concede el lujo de elegir la mujer de la cual nos enamoramos. ¿Cree que Sirella tiene algo que ver con la mujer que pensé que tendría como esposa? Es una orgullosa, arrogante y belicosa mujer que comparte mi cama demasiado infrecuentemente para mi gusto. Y sin embargo, la amo profundamente. Nosotros los Klingon normalmente nos vanagloriamos de nuestro poder en la batalla, nuestro deseo de gloria y honor por sobre todas las cosas ¿Pero cuán vacío es el sonido de la victoria sin alguien con quien compartirlo? El honor le da poco bienestar a un hombre solo en su casa y en su corazón".

General Martok
"You Are Cordially Invited"
Star Trek: Deep Space 9

203 - Rechazo

- Hola... ¿Cómo te llamás, bombón? - le pregunto en un boliche, a esta rubia curvilínea con pinta de extranjera.
- Hola... Mi nombrrre ehs Vanya - responde con una sonrisa y un inconfundible acento ruso.
- Chau, Vanya... Que te vaya lindo.

202 - Lord of the rings

Dicen que cuando a una persona le cortan una mano, por no sé qué yeite incomprensible de las terminales nerviosas, a veces siente como si aún la mano estuviera ahí.

En ciertas ocasiones, aún siento el anillo.

201 - La pañalera

Mi prima Marcela está embarazada. Del tercero. De tres maridos diferentes. Sí, bastante putarras resultaron mis primitas. Me pidió que sea el padrino del cachorro por venir, lo cual me llena de orgullo, pero también de miedo.

No, no es miedo a la responsabilidad. Soy padre de tres, ya sé lo que es levantarse a mitad de la noche a calentar una mamadera o salir corriendo a la guardia porque la fiebre no baja. No sé si he sido el padre más eficiente del mundo, pero es innegable que conozco el oficio. Así que ayudar a mi primita con su vástago no es algo que realmente me preocupe.

Lo que me aterra es la charla pañalera. Todas las mujeres lo hacen, sin distinción de edad, condición social, nacionalidad o pedigree. Entre el segundo mes de embarazo y el fin del primer año de vida del nuevo retoño, se vuelven monotemáticas.

He visto mujeres brillantes, mujeres de letras, ingenieras, licenciadas con MBAs en el exterior, artistas y viceministras de alguna cartera importante arruinar completamente su repertorio de temas de conversación en el exacto momento en que el Evatest da positivo.

No sé lo que se siente un embarazo, soy nene, la naturaleza decidió que no me corresponde. Pero supongo que debe ser algo tremendamente invasivo, tener a ese Alien que se mueve adentro, crece, patea y empuja para salir, convirtiendo a cada embarazada en un pichón de Sigourney Weaver. ¿Será por esto que, cuando una mujer se embaraza, la charla pañalera lo invade todo?

Una mujer embarazada o con un hijo de menos de un año, por razones que no he logrado determinar, acaba por limitar sus tópicos de conversación a los siguientes temas: pañales, óleo calcáreo, toallitas húmedas para limpiar el culo del bebé, estudio comparativo entre marcas de mamaderas y chupetes (incluyendo relaciones costo-beneficio y estadísticas sobre los gustos personales de su infante), papillas -caseras o artificiales, marcas, variedades y recetas-, lactancia, leche materna versus leche medicamentosa, eructos, diarreas, pis, mocos, reflujos, vómitos y "cómo crece este chico, le tengo que comprar ropa una vez por semana, porque no le entra nada".

Sí, damas y caballeros, la charla pañalera.

Me aterra pensar que tengo por delante alrededor de un año y medio durante el cual ya no habrá más cine debate, ni café literario, ni agarradas de los pelos sobre los grandes temas de política internacional, ni crítica discográfica, ni filosofía barata y zapatos de goma.

Porque, hasta que mi ahijado haya cumplido un año, sólo podremos hablar de pañales cagados, vómitos coloridos y papillas con aspecto de efectos visuales de cine clase B.

200 - Proposal

Mili dice: ¿Cómo se dice -en una sola palabra- que sos lo mejor que me pasó en la vida, que te amo como nunca había amado, que me gustás mucho, que sos increíble y que quiero pasar el resto de mi vida a tu lado?
Esteban dice: Se dice "marido".
Mili dice: Eso. Quiero.
Esteban dice: ¿Entonces vos sos mi marido?
Mili dice: Al revés, no te hagas el idiota.
Esteban dice: ¿Al revés? ¿Entonces yo sería tu esposa?
Mili dice: Me desespera que un tipo tan inteligente diga semejantes pelotudeces.
Esteban dice: Mirá... Si te calienta que me vista de mina para satisfacer alguna perversa fantasía lésbica, no tenés más que pedirlo.
Mili dice: LOL ¡Sos muy turro! Pero, si así fuera, yo debería proponerte matrimonio.
Esteban dice: Me encantaría que me propusieras matrimonio. ¿Hay zapatos de taco aguja talle 43?
Mili dice: Pero me interrumpís mi "proposal" para perturbarme con eso. Ahora, ni me esfuerzo :( Y no, los tacos aguja vienen hasta el 40.
Esteban dice: OK. No propongas nada. Propongo yo. ¿Te casarías conmigo?
Mili dice: Por supuesto que sí, mi amor.
Esteban dice: Would you be my lovely wedded HUSBAND?
Mili dice: ¡HDP! Hacés todo esto para vestirte de blanco y usar taco aguja. No jodamos.
Esteban dice: ¡Diablos! ¡Me descubriste!
Mili dice: Me preocupan nuestros diálogos :P
Esteban dice: A mi no ;)

199 - Cuestionamiento

- Che... ¿Te puedo hacer una preguntita? - me dijo Valeria por teléfono, haciéndose la curiosa.
- Decime.
- ¿Qué mierda hacías en Mar del Plata?
- Te voy a contestar tu "preguntita" con otra "preguntita": ¿Y a vos qué te importa?
- ¡Me debés una explicación!
- Lo único que te debo es la cuota alimentaria, pero según la sentencia de divorcio, aún tengo tres días más antes de entrar en mora, así que no jodas, que no te debo nada.
- ¡Sos un inconciente! ¡No podés borrarte de la ciudad sin que lo sepa! ¿Y si tus hijos te necesitan?
- Si mis hijos me necesitan, tengo celular.
- ¡Dejate de joder y decime qué carajo hacías en Mar del Plata!
- ¿Querés saber qué hacía? ¡Lo mismo que vos en Cariló!
- Eh... - se hizo un silencio incómodo, al otro lado de la línea.
- Y decile a tu tío Nestor que es un botón.

¡CLACK!

198 - Tres son multitud

Con los años he notado que, por razones antropológicas completamente fuera de mi alcance, la gente tiende a juntarse guiada por parámetros un tanto insólitos. Hombres que, de otro modo, por ejemplo, no tendrían absolutamente nada en común, se autoconvocan cada domingo -como si de una misa se tratara- para adorar al dios de los treinta y seis gajos. Mujeres que sólo tienen en común, por ejemplo, el hecho de trabajar juntas, vivir en el mismo barrio o haber compartido un curso de porcelana en frío, se reúnen a tomar el té, unidas por un lazo tan endeble como caprichoso.

Sucede lo mismo con las parejas. Cuando dos personas se entregan a los sagrados lazos del matrimonio, guiados por una especie de instinto que les indica que eso es lo correcto y a la vez lo más natural del mundo, empiezan a juntarse únicamente con otras parejas.

Esto provoca dos efectos catastróficos. Por un lado, el presupuesto del asadito con amigos se va al carajo, porque ahora, que todos son casados, hay que multiplicar por dos, cuando no por tres, con el advenimiento de los cachorros. Y, por otro lado, provoca la segregación de los solitarios.

Esta situación -la de ser el que está solo entre tantos que están acompañados- genera equívocos permanentes y multiplicidad de situaciones francamente incómodas.

Quiero suponer que gran parte del asedio, de la presión que los casados generan sobre los solitarios -sean estos solteros o divorciados- se debe al hecho de que el matrimonio, al menos en sus primeros años, es como el yoga.

A todos nos ha sucedido alguna vez: un pariente, amigo, vecino o compañero de trabajo empieza a practicar yoga. De repente, este ser, tan mediocre y sedentario como cualquiera de nosotros, empieza a sentirse bien. Realmente bien. Como nunca se había sentido en la vida. Y tan bien está haciendo el Saludo al Sol sobre el parquet mugriento de un gimnasio del microcentro, que simplemente no puede resistirse a salir y evangelizar. Porque, desde que practica hata-yoga tradicional con un tipo que se hace poner la palabra "gurú" delante del nombre se siente tan pleno, que no puede aguantarse las ganas de compartirlo con el universo. De hecho, en el pico tóxico de su flamante pasión, en su momento de mayor embelesamiento, pasa directamente a no poder entender cómo el resto del mundo puede vivir sin hacer ejercicios de respiración sentados en posición de loto.

Pues con la gente casada pasa exactamente lo mismo.

Sobre todo con los matrimonios más o menos recientes. Lisa y llanamente no conciben que un ser humano -por opción o por circunstancias de la vida- pueda vivir sin pareja. Esto último tiene sólo dos consecuencias posibles: o bien la exclusión absoluta de la manada del que es distinto o, lo que es muchísimo peor, la inclusión forzosa.

Muchas mujeres creen -y lo digo porque las he escuchado decirlo- que un solterón (o solterona) infiltrado entre sus amistades es un factor de riesgo. Porque, si llegó soltero a los treinta, algo malo debe tener ¿No? Pero si el solterón es problemático, el divorciado es directamente la encarnación de Satanás. Es "ese tipo", como suelen apodarlo, que resulta un mal ejemplo social y que, seguramente, con su filosofía libertina y su estilo de vida descontrolado, se dedicará intempestivamente a "meterle ideas raras en la cabeza" a su santo maridito, que acabará por abandonarla por una oxigenada de pechos siliconados.

Pero, así y todo, ser discriminado por ser soltero -o "new bachelor", como me gusta decir, para darle un toque glamoroso a mi divorcio- es el problema menor.

El problema grave es NO ser discriminado, ser incluido a la fuerza.

Ser el que está disponible en una salida de parejas tiene varias consecuencias nefastas posibles. Para empezar, se siente muy incómodo ese momento de la noche en que todos se ponen románticos -como si de un complot se tratase, porque lo hacen todos al mismo tiempo- y empiezan los arrumacos. La última vez que me sucedió, lo único que había a lo que podía abrazarme era una botella de tequila a medio tomar. Como no quería ser menos que los demás, cuando todos empezaron a los besos, yo también. Del pico de la botella. No recuerdo quién tuvo el buen gusto de llevarme a casa.

Me ha sucedido mil veces, en este tipo de situaciones sociales, que las mujeres casadas, en general, mostraran una actitud piadosa y solidaria; una actitud de palmadita en la espalda, como si la soltería fuera una enfermedad de la que necesito curarme. En general, la charla complaciente de estas damas -que siempre acaban prometiendo presentarnos a una prima soltera o recién separada- puede ser compensada con una buena dosis de cinismo atorrante y humor negro que, si bien no siempre neutraliza a la que viene a querer "consolarnos", al menos convierte sus monólogos de telenovela venezolana en algo razonablemente divertido.

Lo malo, lo serio, lo realmente grave, es cuando traen a la prima, amiga o compañera de laburo disponible para que te conozca, poniendo a ambas partes en el compromiso de confraternizar.

Dos veces me sucedió esto de que me organizaran una cita a mis espaldas. Una de las muchachas estaba realmente muy buena. Pero con ninguna de las dos surgió nada ni remotamente parecido a onda y ambos nos sentimos extremadamente incómodos con la idea de la charla forzada.

Creo que, en el fondo, todos estos vicios que las parejas tienen con respecto a los solteros -a estrenar o de segunda mano- son los responsables de que, a la larga, me termine juntando siempre con mis amigotes, los decadentes, los solitarios.

Porque, en ese círculo, nadie sobra ni nadie fuerza a otro a tomar una postura determinada.

Pero, ante todo, porque -como decía al principio- la gente tiende a reunirse de manera algo caprichosa con otros de su propia especie.

197 - ¿Cuánto vale tu fé?

Esteban: ¿Hay algo en el cuaderno de comunicados?
Carolina: Sí, hay una nota de Cáritas
Esteban: ¿De Cáritas?
Carolina: Sí, papá. Dice que si creés en Dios tenés que darles plata.

196 - Psicología del automotor

Mar del Plata se había llenado de turistas. Era fin de semana largo y todos habíamos huído a robarnos el último rayo de sol, las últimas olas, el viento, sucum dum sucum dum y el frío del mar, sha la la la la la. Mar del Plata estaba absolutamente insoportable, por lo que, ni bien llegué, cargué a Mili en el auto y huimos a pasar el día en la mucho más pacífica Sainte Claire Sur Mer (pongámosle un poco de clase a la vieja y querida Santa Clara del Mar).

Santa Clara tiene algunas claras ventajas, válgame la repetición. Es un pueblo tranquilo y medio pedorro, donde no es necesario matarse a punta de sombrilla -la punta afilada, un arma mortal- para conseguir medio metro cuadrado de arena en una playa céntrica. Tiene una oferta gastronómica limitada pero no hay que hacer cola para comer y un puñado de pubs sobre la costa son buen refugio para noches tranquilas o tardes lluviosas. Pero la mayor ventaja es que está a sólo veinte minutos de auto de La Feliz, lo cual amplía el panorama.

Y allí íbamos, Mili y yo, a bordo del auto, del pueblito a la ciudad y vuelta, a ver una obra de teatro en la ciudad de los Havanna, a tomar una cerveza en algún lugar sobre las playas santaclarences, a caminar por La Rambla de noche, a buscar el último tugurio abierto de Sainte Claire para un trago más y un rato extra de charla.

El problema durante toda la estadía fue el auto. Porque, básicamente, andaba bien. Era robusto y confiable. Siempre que yo andaba solo arriba del auto, se comportaba como una Ferrari recién salida de la fábrica.

Las crisis mecánicas, sin embargo, se suscitaban -indefectiblemente- cada vez que ella se subía al temperamental vehículo.

La tercera noche seguida que tuve dificultades para poner el motor en marcha, tras mis sucesivas puteadas en klingon, ella diagnosticó el desperfecto con una frase lapidaria:

"Lo que pasa es que tu auto está celoso"

Desde ese día, creo en la existencia -al mejor estilo "Herbie"- de una psicología del automotor.

Los autos son posesivos con uno (como los relojes cortazarianos) y, en cuanto empezamos a demostrar que dejaron de ser nuestro objeto de deseo, nos juegan alguna mala pasada, como para cobrarnos el favor de habernos llevado de joda.

Justo lo que me faltaba.

195 - Encuentros cercanos del tercer tío

Llegué a Mar del Plata de noche, con la última gota de nafta y el sabor amargo de haber discutido violentamente con Valeria, en la puerta de la casa de su "amiga" en Cariló, que no era otra que su novio, quien al menos tuvo el buen gusto de dejarnos pelear en paz, sin intentar hacerse el héroe. Lo cual, conociendo a Valeria, seguramente le debe haber costado alguna represalia.

Pero, ante todo llegué con unas ganas desesperantes de abrazar a Mili, de sentir la seguridad de que todo iba a estar bien. Y de clavarme un grosero lenguado a la crema.

Pasé a buscarla por la casa y nos fuimos al puerto a comer pescado. Nunca voy a tener del todo claro cuál de todos los boliches del puerto marplatense es mi favorito: son todos más o menos iguales. En temporada, las chicas -y, a veces, señoras entradas en años- te acosan con volantes y discursitos repetitivos que te invitan a pasar y degustar sus manjares "a los mejores precios de todo Mar del Plata". Adentro abundan la decoración pseudonáutica, los mozos con moñito y las cartas con los precios corregidos, temporada tras temporada tras temporada.

Sin embargo, la verdadera sorpresa de la noche me esperaba afuera, cuando decidimos hacer nuestra romántica caminata por la banquina de pescadores. En mitad de la semioscuridad, alguien gritó mi nombre. No reconocí la voz masculina que me saludaba. Miré en dirección al lugar de donde provenía -la cubierta de un pesquerito anaranjado- y no reconocí tampoco al hombre que hacía ampulosos gestos con los brazos e intentaba, a las apuradas y a riesgo de irse al agua, bajarse para saludarme.

Cuando lo tuve más cerca y a la luz de un farol, distinguí, escondido detrás de una tupida barba, a Nestor, el tío de mi ex.

- ¡Esteban, querido! ¿Como estás, tanto tiempo? - aulló al tiempo que intentaba abrazarme.
- Eh... todo bien... todo bien... - dudé mientras intentaba que el fraternal abrazo se prolongara lo menos posible.
- ¿Qué hacés por acá, nene? - inquirió.
- Paseando un poco, Nestor ¿Y vos? ¿No te habías ido a Puerto Madryn?
- Sí, sí... estuve un tiempo en Madryn, pero no había buen laburo, así que me vine para acá. Saqué la cédula de embarque y estoy laburando de pescador.

Mili se había retirado unos pasos hacia atrás, escapándole a la luz del farol. La busqué con la vista, como para cumplir con la mínima cortesía de presentarlos, pero la distinguí en la penumbra, haciéndome señas con la cabeza de que ni se me ocurriera.

Improvisé una excusa insulsa para que Nestor volviera a su barco sin entretenerme más y continué mi caminata, a la luz de la luna, abrazado a mi chica.

194 - Vacaciones forzadas

Toqué bocina. Toqué timbre. Hice todos los ruidos posibles. De casa de Valeria no salía ni una mísera señal de vida. Eran las 11 de la mañana de un sábado, tenía que pasar a buscar a mis hijos pero, en apariencia, no había nadie en casa.

Sin dudarlo un segundo, llamé al celular.

- Hola, Valeria... ¿Dónde cazzo están?
- En Cariló - respondió con naturalidad
- ¿Cómo? ¡Es mi día de visita! ¡Estoy en la puerta de tu casa, esperando a mis hijos!
- Ah, pero el clima está tan lindo, que nos vinimos para acá, a casa de... de una amiga.
- ¿Y yo? ¿Cuándo veo a mis hijos?
- Y, no sé... a la vuelta, supongo...
- No, ninguna vuelta. Voy para allá. Deciles a los chicos que en cuatro horas los paso a buscar para ir a la playa un rato y tomar un helado.
- No, pero...

Nunca escuché el final de la frase. Corté violentamente, a las puteadas y me subí al auto hecho una furia.

Pero a los pocos kilómetros tuve una idea brillante y decidí capitalizar de alguna manera esta pequeña tragedia y el inesperado despilfarro de combustible. Desde el celular, hice otro llamado:

"Hola Mili... estoy en camino a la costa... sí, digamos que fue "inesperado"... ¿Cenamos juntos?"

Tuve que insistirle a Valeria unas catorce veces hasta que accedió a darme la dirección del lugar a donde se había llevado a mis hijos. Llegué en un estado bastante deplorable a la puerta de un chalet que lucía razonablemente nuevo y toqué timbre. Un tipo barbudo y ligeramente excedido de peso, en bermudas floreadas y con el torso desnudo salió a la puerta.

- ¿Valeria está acá? - fue la mejor forma que se me ocurrió de encararlo.
- Eh... sí ¿Quién la busca? - parecía desconcertado.
- Esteban
- Ah... Así que vos sos el famoso Esteban - desplegó una sonrisa socarrona.
- Y vos vendrías a ser...
- Marcelo.
- Agach... - me interrumpí a mitad de la frase, tentado de la risa, y me corregí - Ah, bueno... decile a Valeria que me traiga a los chicos, por favor.

Marcelo desapareció en el interior de la casa. Pasaron unos tres minutos más o menos eternos hasta que mi ex salió, en bikini y despeinada.

- ¿Qué mierda hacés acá? - fue su saludo de bienvenida.
- Te dije que venía a buscar a los chicos.
- No creí que fueras a hacerlo.
- Bueno, lo hice. Soy el padre, es mi día de visita y acá estoy. Quedan unas cuantas horas de luz, así que me llevo a los chicos a la playa un ratito, después tomamos un helado y te los devuelvo.
- Los chicos ya estuvieron hoy en la playa y están muy cansados - intentó una negativa.
- Me importa cuatro carajos - levanté el tono.
- ¿Pasa algo, querida? - preguntó la voz de Marcelo desde adentro.
- Sí... pasa que mi ex mujer no me quiere entregar a mis hijos y voy a llamar ya a la policía - disparé en un tono que fuera lo suficientemente audible desde adentro.
- Bueno... a ver si nos tranquilizamos... - respondió Marcelo, ya asomándose a la vereda.
- Me tranquilizo si se me canta el orto, flaco - le grité, en su propia cara, en su propia casa - Ahora, con Valeria hacé lo que te de la gana, pero si retenés un segundo más a mis hijos, llamo a la cana, así que no te hagas el héroe.
- Mirá, pedazo de hijo de p... - empezó Valeria.

Pero Marcelo, que evidentemente me vio lo suficientemente sacado como para hacer que las cosas terminaran muy mal, la paró susurrándole un "dejalo así" y se la llevó para adentro. Medio minuto más tarde, Martín, Carolina y Natalia abandonaban la casa en fila india, felices de ir un rato a mojarse los pies en el mar con su papá.

193 - El explorador

Comencé de chiquito, recorriendo mi casa de arriba a abajo y de izquierda a derecha. Fui preciso y exhaustivo; y llegué a conocerla como a la palma de mi mano. Luego fue la cuadra, con el quiosco, la farmacia y Natalia, aquella vecinita de los rulos platinados. La inquietud adolescente me llevó lejos y en poco tiempo dominé la ciudad, con sus calles y sus avenidas.

Entonces comencé con mi país. Primero cada ciudad y después las provincias enteras hasta que me fueron tan familiares como afeitarme cada mañana. Más tarde pude recorrer los continentes. Uno por uno, ciudad por ciudad, región por región, cultura por cultura; sin haber dejado de lado ni un segundo la minuciosidad de la niñez.

Y alguna vez tuve la suerte de recorrer el universo, ver las estrellas de cerca, husmear entre los planetas y estar cara a cara con Dios.

Pero en ninguna parte me sentí tan bien como entre tus brazos.

192 - Terapia académica

La tercera sesión con el Licenciado Menéndez, debería habérmela imaginado. Pero no. Hay veces que soy un tipo tan ingenuo, que no veo venir las cosas más obvias.

Astuto, el terapeuta recordaba su promesa de dejarme hablar a mí, por lo que disparó la primera pregunta a mansalva:

- Y dígame, Señor Q... ¿Qué es lo que más le molesta de su mujer?
- Uy, tengo una lista larga, licenciado.
- Bueno, empiece por una cosa.
- Mire, con total franqueza y haciendo de cuenta que no está acá, y con la esperanza de que cuando lleguemos a casa no se tome represalias, le voy a decir: lo que más me jode es que sea tan controladora.
- A ver... explíqueme un poco más eso de "controladora" - inquirió el especialista, que de reojo veía ya el fuego en la mirada de Valeria.
- Ella pretende tomar absolutamente todas las decisiones. Todo lo que no se hace según su santo capricho, está mal hecho. Es "juzgona" y condena todo lo que no le gusta. No respeta para nada mis inquietudes, sabotea mis intereses personales, no le da importancia a lo que opino sobre nada...
- ¡Eso no es cierto! - saltó mi exposa de una manera que a muchos les habría recordado a la explosión del Challenger.
- ¡Callate la boca, que hoy me toca hablar a mí! - le grité desaforado.
- Bueno, bueno, bueno - se interpuse el psicólogo - a ver si nos calmamos un poco los dos y hablamos por turnos.
- Está bien - dije, conciliador.
- Bueno, Señora de Q, cuénteme: ¿Por qué dice que lo que asevera acá su marido no es verdad?
- ¿Eh? - interrumpí - ¿Pero no era que hoy me tocaba hablar a mí? Mire que tengo unas cuaaantas cosas para decir.
- Bueno, pero también podemos dejar que se exprese la señora ¿Verdad? - intentó el profesional.
- ¡Que se exprese las pelotas! - perdí completamente el control - Si usted tiene tantas ganas de escucharla despellejarme y que, encima, le paguen por eso, es problema suyo. Pero yo tengo que escuchar esta mierda todos los putos días de mi vida. Si no me dejan hablar, me voy.
- ¡Sos un desubicado! - aulló Valeria.
- Si no me dejan hablar, me voy - repetí.
- Bueno, Señor Q, tranquilícese. Tenemos que tener un orden para poder abordar los temas y resolver las cosas.
- El orden lo teníamos, licenciado. Usted me dijo que hoy me tocaba hablar a mí y se está cagando olímpicamente en el bendito orden que usted mismo propuso. Así que, por si no la entendieron, si no me dejan hablar, me voy.
- Hable, hombre, hable - intentó mediar.
- ¿De qué quiere que hable? - a esa altura, ya estaba completamente perdido.
- De lo que quiera.
- ¿De lo que quiera? - inquirí - ¿Vio qué buena campaña está haciendo Racing?
- ¿Pero vos nos estás tomando a todos el pelo? - volvió a entrometerse Valeria.
- No, querida. El licenciado me dijo que podía hablar libremente de lo que me venga en gana y yo quiero discutir la posición de La Academia en el Apertura.
- Sos un grasa - sentenció ella.
- Licenciado, explíquele, por favor, que me dejan hablar en paz o me voy.
- Bueno, caballero, pero no se ponga así. Los requerimientos de atención de su mujer también son comprensibles y debe tener su espacio de expresión - a lo que agregó, dirigiéndose a Valeria - ¿A Usted le molesta que su marido hable de fútbol?

Nunca escuché la respuesta de Valeria. Para cuando empezó a articular una respuesta ponzoñosa, yo ya estaba en la vereda, preguntándome dónde estaría el bar más cercano.

191 - Choices

No podíamos parar de reírnos. Llegó un punto, inclusive, en que abandonamos la mano de póker sin terminarla, sin resolverla, sin importarnos quién ganaba, nada más que para escuchar a Jorge contar el diálogo que había tenido con su ex.

El mediodía lo encontró esperando en Florida y Lavalle, cuando lo sorprendió el celular:

Teresa (la ex): Mirá, sé que hemos tenido desencuentros, pero creo que esta es la oportunidad que buscamos. ¿Por qué no te venís esta noche a casa, a cenar conmigo?
Jorge: Me gusta que hablemos así, con franqueza, que volvamos a intentarlo.
Teresa: Bueno... te espero como a las nueve... uy, a ver... esperame un segundo, que me están tocando timbre, no cortes.

Y mientras Teresa atendía al sodero, que tocaba timbre, y Jorge esperaba en línea, contoneando las caderas por Lavalle apareció Rosa, enfundada en una minifalda celeste, con tacos altísimos y una remerita minúscula, según la detalladísima descripción de Jorge.

Al acercarse y aún antes de saludarlo, le susurró al oído: "Tengo puesta la ropa interior que me regalaste... ¿Vamos al telo?".

Pero antes de que mi amigo pudiera reaccionar, su ex apareció nuevamente en línea:

Teresa: Bueno... ¿Nos vemos esta noche, entonces?
Jorge: No, mejor no. Mejor andate al carajo.

190 - Mensajeame y llamame Marta

Hace unos días me pasó algo un tanto inusual. Era casi medianoche y estaba trabajando en casa, cuando me llegó un mensaje de texto de un celular que desconocía. "Gracias, yo le aviso a Karina", decía. Estuve a un segundo de ignorar el mensaje. Pero de algún lado se me escapó el buen samaritano. Pensé que, si no le advertía al remitente que había mensajeado al número equivocado, quizás se perdiera información valiosa.

El "diálogo", por llamarlo de alguna manera, que siguió tuvo ribetes por lo menos exóticos y al borde de lo bizarro:

YO: Disculpame, me parece que este mensaje no era para mí.
ELLA: Uh. Kien sos?
YO: Esteban. ¿Y vos?
ELLA: Marta. Te konosco?
YO: Me parece que no, que metiste mal los dedos.
ELLA: Jijiji. Perdona, Esteban.
YO: No hay problema.
ELLA: Kuantos anios tenes?
YO: 36
ELLA: Yo 30. Donde bibis?
YO: Capital.
ELLA: Aa... Yo en Lanus. Sos soltero?
YO: ¿Eh?
ELLA: Ke si tenés nobia
YO: Más de una.
ELLA: Jajajajaja. Yo soy casada, pero me yebo como el kulo con mi marido.
YO: Me lo imaginé.
ELLA: Y komo te imaginastes?
YO: Porque, si estuvieras bien, no estarías mandándome mensajes a mí, un completo desconocido que tranquilamente podría ser un asesino serial.

Se debe haber asustado, porque no escribió más.

189 - Suscripciones

Suscribí a marcelo@consultorapindonga.com a una lista de correo sobre sadomasoquismo, un foro de aficionados a la zoofilia, un newsletter de pornografía infantil y un feed de noticias sobre decoración que manda como diez actualizaciones al día.

Además, le proporcioné la dirección a un conocido que es spammer, que se alegró muchísimo de adicionarlo a su base de datos para venderle Viagra y métodos para alargar el pene.

188 - ¿Qué bicho les picó?

La ex mujer de Jorge dice que lo quiere "volver a intentar". Y, por alguna razón que no logro comprender, Jorge parece estar evaluando seriamente la idea, pese a que se lo ve muy enganchado con Rosa.

Honestamente, no sé qué prefiero: que vuelva con la ex -y abandone por siempre su vida alocada de soltero codiciado- o que siga ennoviadísimo con mi ex empleada doméstica.

187 - Secretito

"Vení, que te cuento un secreto: Papá tiene novia. Pero... shhhhh... No se lo digas a nadie, eh" (dicho al oído de Natalia, en mitad de la madrugada, mientras duerme profundamente)

186 - Estresantemente relajados

Lo primero que noté cuando me separé de Valeria fue que, en muchas ocasiones, me sobraba el tiempo. De movida, me sentí como un nene con chiche nuevo. Volví a tomar clases de karate. Abrí un blog. Empecé a componer música de nuevo. Salí unas cuantas veces con amigos que hacía mucho que no veía. Hice terapia. Retomé proyectos largamente abandonados.

Me dediqué sanamente al esparcimiento, a las actividades recreativas, a cosas que me alimentaran el alma.

Resultado: me terminé estresando. Acabé por involucrarme en tal cantidad de cosas, con tal de relajarme, que no tenía tiempo, justamente, para relajarme.

Porque a veces, relajarse estresa. Nos proponemos bajar un cambio y manejamos cuatro o cinco horas hasta un balneario plagado de gente tan chiflada como nosotros. Nos metemos en un shopping de precios exhorbitantes y luces que parecen el puente del USS Enterprise. ¡No nos atrevemos a apagar el celular! Así terminamos el fin de semana -o las vacaciones, o cualquier rato libre- más cansados de lo que las empezamos.

¡Y es tan lindo -y tan necesario- el tiempo para uno mismo! Lástima que seamos tan paparulos a la hora de buscarlo.

Bueno... ahora los dejo, porque acabo de volver de la reunión semanal del club de fans de "La Isla de los Wittis", ya estoy llegando tarde a mi clase de tejido punto crochet; y voy a tener que correr si quiero estar a tiempo para mi turno con el acupunturista.

185 - La preceptora

Puesta en escena: Esta mañana, 07:58 am. Ingreso -completamente adormilado por la falta de cafeína en el torrente sanguíneo- a la escuela de mis hijos con Carolina de la mano. Hay una exposición de arte producido por los chicos, que los padres podemos visitar, por lo que me mando derechito para dentro. Cruzando hacia el patio, soy interceptado por la preceptora, con quien se suscita el siguiente diálogo.

PRECEPTORA: ¿Sos el papá?
MI CEREBRO: No, soy Cosmo y Wanda, los Padrinos Mágicos, mirá cómo me convierto en pececito, pelotuda.
MI BOCA: Sí, soy el papá... Lo que pasa es que el parecido no se nota, porque ella se afeita todas las mañanas.

PRECEPTORA: Ji ji ji ji... Es que... No podés pasar...
MI CEREBRO: Esperá que busco la topadora y te paso por encima, la puta que te parió.
MI BOCA: Disculpame, pero... ¿No está abierta la exposición de arte?

PRECEPTORA: Ehhhh... Sí... Ji ji ji... Me había olvidado.
MI CEREBRO: ¡¡¡FORRA!!!
MI BOCA: (inserte aquí amplia sonrisa)

PRECEPTORA: Ay... Pero... ¿No podés esperar a que izen la bandera?
MI CEREBRO: ¿Vos te creés que yo tengo toda la mañana al pedo, chiquita?
MI BOCA: Mirá... La verdad es que me tengo que ir a laburar ¿No me dejás pasar dos minutos? (inserte aquí cara de Gato con Botas en Shrek II)

PRECEPTORA: Bueno, dale... Pero cinco minutos nomás.
MI CEREBRO: Ahhhhh... Se siente poderosa, la muy mierda.
MI BOCA: Muchas gracias.

(doce minutos más tarde, camino de salida)

MI CEREBRO: Ahí está otra vez la preceptora conchuda.
MI BOCA: Gracias, querida... Hasta luego.
PRECEPTORA: Hasta lueeeeego.

Algunas veces hago un trabajo bastante eficaz en cortar la conexión entre mi cerebro y mi lengua, pero... ¡Qué gente boluda que hay suelta, carajo!

184 - Registro civil

"Yo, si sigo así, voy a tener que ir a que me corrijan el DNI: que me cambien la 'A' del final por las letras 'ONA' en donde va el estado civil" (Marina)

183 - Brecha generacional

Mili dice: Conocí un colombiano que se llama Jefferson
Esteban dice: Y seguro el apellido es "Airplane"
Mili dice: Eh... no entendí

182 - El "amigo"

Este Marcos parece buen pibe. Pero si le rompe el corazón a mi amigo, va a tener que ir al dentista a que lo arreglen, porque no le dejo un solo diente en la boca.

181 - Viejos amores

Hace un par de noches, al pedo delante de la computadora, se me ocurrió facebooquear algunos amores del pasado.

Así me enteré que Mariela vive en New York. A juzgar por las fotos -mayoritariamente sacadas en boliches y clubes nocturnos- no la pasa tan mal, aunque su perfil no dice mucho sobre qué ha sido de su vida.

Marisa se mudó a Bernal, se casó con un remisero y tiene dos hijos.

Y es tan buena que hasta se puso contenta de saber de mí, después de tantos años.

180 - Remitente

No sé por qué me dio por volver a mirar aquellas estadísticas de inflación que me había mandado mi ex. Pero lo divertido, el gran descubrimiento, no estaba en los archivos adjuntos, en las tablas y gráficas prolijas, sino en el mismísimo email. Al pie, Valeria había olvidado eliminar los datos del remitente: marcelo@consultorapindonga.com.ar

179 - Combustible

Me voy a tener que comprar un equipo de GNC. Estas escapaditas a Mar del Plata están haciendo sangrar mi presupuesto.

178 - No podés ser así de rata

"Tuve que comprar un rollo de papel araña para forrar los cuadernos de Carolina. Me debés 25 centavos" (mensaje de texto de Valeria)

177 - Escena de cine nacional

"¿Dónde nos encontramos?", decía el mensaje de texto de Mili. Acababa de salir de la Ruta 2 y entraba a Mar del Plata por Avenida Constitución. "Te espero en la Rambla, al lado del lobo marino, como en una película de los '70", le contesté. Encontré un hueco para estacionar sobre la calle Buenos Aires -sí, el microcentro marplatense también es un quilombo- y caminé al sol hasta el punto de encuentro.

Un artista callejero tocaba la guitarra y graznaba un tango: "Canta, garganta con arena, tu voz tiene la pena que Malena no cantó". Le tiré una moneda de un mango en el sombrero y casi troté al encuentro de Mili, que sonreía en el exacto lugar que le había indicado, en el cliché de tantas postales, películas de Alberto Olmedo y malas fotos familiares. "Canta, la gente está aplaudiendo", ladraba el guitarrista, "y aunque te estés muriendo, no conocen tu dolor" cuando la abracé a la sombra del lobo marino.

Y ahí estábamos, el héroe y la chica, fundidos en un besazo, en un lugar que es un ícono de la ciudad, con música de Cacho Castaña de fondo.

Por un momento, me quedé esperando a que Armando Bo nos interrumpiera al grito de "¡Corten!". Pero el que interrumpió fue el celular.

- ¡Hola, papá! - gritó Carolina, al otro lado de la línea - ¿Dónde estás?
- Estoy a punto de almorzar en el centro - dudé un segundo, y luego mentí.
- Ah, no... entonces no... quería ver si me podías llevar a casa de Maru, porque mamá dice que no puede, pero estás muy lejos, no te preocupes, pa.

"A punto de almorzar en el centro", había dicho. No era del todo mentira, al fin y al cabo. Era mediodía. Tenía hambre. Y estaba en el centro. Sólo había omitido decir de qué ciudad.

Pero lo que me inquietaba no era la oportuna mentira piadosa. Sino el tomar conciencia, de golpe, de que en algún momento iba a tener que hablarle de Mili a mis hijos.

176 - Curiosity killed the waitress

- Ay... ¿Me das la dirección de tu blog? - preguntó risueña.
- No - respondí sin despegar los ojos de la pantalla de la computadora.

Creo que se ofendió. Y me parece que voy a tener que cambiar de bar, porque esta me va a escupir el café.

175 - El síndrome de Costanza

Estoy enfermo. Tengo el temible Síndrome de Costanza. Le pasa a George, el amigo de Seinfeld, el día que se pone un anillo de casado: de golpe, casi mágicamente, deja de ser un perdedor y las mujeres se arrojan a sus pies.

He asumido, muy a mi pesar, que me he vuelto a enamorar. Creo que Mili es ese amor, el que estaba esperando, el que me va a acompañar por el resto del viaje. Creo haber encontrado a la compañera. Y justo ahora, que me volví a enganchar, me pasa de todo.

Ayer me llamó Mónica, la fallida candidata a jefa, reclamándome que le debo una cerveza. Marina sigue aprovechando cada ocasión posible para dispararme alguna insinuación, Vilma insiste en invitarme a todos los after office, Vanessa me manda a cada rato mesajes de texto que juran que tiene entradas para el Turismo Carretera (como si me gustara) y hasta me escribió Viviana diciendo que tiene ganas de verme.

Pero el premio mayor se lo llevó Verónica, que pese a mi amenaza de denunciarla a la policía si volvía a acercase a mi auto, me llamó por teléfono:

- Voy a verte - me dijo, casi imperativamente.
- Ni se te ocurra.
- Pero mirá que llevo forros, eh - dijo, con una risita.
- Gracias, pero no.
- ¿Cómo que no? - sonaba alarmada.
- Estoy enamorado, Verónica.
- ¿Y? ¿Desde cuándo sos fiel, atorrante? - me desafió.
- Desde que descubrí que la fidelidad no es un principio moral. La fidelidad es un estado de ánimo. Hace unos meses atrás seguramente te hubiera dicho que sí. Hasta te habría perdonado lo del auto y todo. Pero... ¿Sabés qué? No tengo ganas.
- ¿De estar conmigo?
- Ni con vos ni con nadie.

Lo que no puedo evitar preguntarme es por qué cazzo no me pasaban estas cosas en aquel tiempo de gloria en que no tenía sentimientos que me impidieran comportarme como un conejo en celo.

174 - Un Sol para los chicos

Sol es rubia y tiene los ojos claros. Su cuerpo tiene las curvas necesarias como para hacerla una muchacha más que atractiva, sin necesariamente ser de una voluptuosidad exagerada. La expresión más usada por la gente que la conoce para definirla es: "¡ay, Sol es diviiinaaa!".

Sol es maestra jardinera -de hecho, la maestra de mi hija menor- y, pese a que tiene unos cuantos años de oficio, mantiene el entusiasmo del primer día. Adora a sus chicos y tiene un compromiso enorme con su tarea como educadora. Todo el tiempo anda con la cámara digital, sacándoles fotos a los pequeñuelos. Luego, tortura a su pobre novio para que las edite, armando videos con música de fondo y en formato DVD, que distribuye entre los padres babosos.

Sol prepara los mejores actos de fin de año y siempre llora, de la emoción de ver a sus niñitos crecer y de la tristeza por tener que dejarlos atrás cada vez que el ciclo lectivo termina.

Nadie puede ser tan absolutamente perfecto. Todo el tiempo. En todo lo que hace. Más bien, esta clase de gente me causa la mala impresión de que algo está ocultando.

Sol es divina. Pero seguro que, cuando nadie la ve, en las sombras, es aficionada a prácticas sadomasoquistas, se saca los mocos, mira pornografía lésbica en internet o es una candidata a convertirse en asesina serial.

Todos aman a Sol. A mí me da un poquito de miedo.

173 - Catástrofe

Maldita crisis, maldita recesión. A Mili la rajaron del laburo. La temporada marplatense fue un desastre, los números no cerraron y cortaron por el hilo más delgado: el personal. Sobre todo los más jóvenes y con menos antigüedad.

Sí, la indemnizaron. No, no voy a permitir que se gaste la indemnización en pasajes para venir a verme. Sí, ahora tiene mucha más disponibilidad de tiempo para vernos. No, no tiene perspectivas de conseguir algo pronto, con cómo está el mercado laboral en su ciudad.

Sí, estoy preocupado. No, no tengo idea de qué hacer.

172 - Lomo

Conocí a la abogada de mi ex. Le perdono a Pablito la mala praxis.

171 - El silencio de los inocentes

"Disculpe, licenciado", dije tímidamente, "¿A mí me toca hablar en algún momento?". Llevábamos ya treinta de los cuarenta y cinco minutos que duraba la primera sesión con el Licenciado Menéndez, el presunto experto en terapia de pareja al que nos había derivado la obra social, y Valeria no había parado de hablar un sólo segundo. Sé que los primeros diez minutos consistieron en un rosario de reproches y acusaciones. De lo que dijo entre el minuto once y el momento de mi humilde pregunta, no tengo registros: había dejado de escuchar.

"Déjela expresarse, a la señora", me ordenó Menéndez con mala cara, "después le toca a usted". Clavé la mirada en el vacío y me llevé mi mente a un lugar mucho más placentero, mientras un rumor como de tráfico en hora pico -el palabrerío de Valeria, al borde del llanto- me llegaba como a la distancia.

Por supuesto, pasaron los quince minutos restantes de sesión sin que me tocara meter un bocadillo, "pero no se preocupe, Señor Q, que en la próxima le toca a usted".

Sí, claro, seguro.

170 - Mutilación on line

Esteban dice: Y antes de volver a engancharme con una loca de mierda como esa, me la corto y la tiro al Océano Atlántico.
Mili dice: Si te la cortás y la tirás al mar, postealo. Seguro que alguna sale nadando a buscarla.
Esteban dice: No, mejor ponemos una webcam y lo transmitimos en directo por internet.
Mili dice: Eso fue 100% bizarro.
Esteban dice: Eso fue 100% bloggeable.

169 - Consuelo

Martín estaba tirado en mi cama. No decía nada, pero se le notaba en los ojos inyectados de sangre la amargura del llanto contenido. No habían pasado las primeras -y críticas- cuarenta y ocho horas desde que se había peleado con su noviecita emo. La herida aún ni amagaba con cicatrizar.

- ¿Y Matín? - escuché que Natalia le preguntaba a Carolina.
- Está triste, Natu - explicó en su didáctico tono de hermana mayor.
- ¿Ypoké?
- Porque se peleó con la novia.
- Ah...

Con sus pasos cortitos y veloces, Natalia cruzó el departamento y abrió su mochila de par en par. Hizo tremendo desparramo de ropa en el piso para encontrar lo que estaba buscando, mientras yo los observaba, divertido y en silencio, desde la puerta de la ínfima cocina.

- 'má, Matín - le dijo la enana a su hermano mayor, poniéndole su Ozo favorito entre los brazos.
- Gracias, Natu - contestó Martín.

Y, abrazado a Ozo, lloró por amor.

168 - Al regreso de Mar del Plata

"Che... ¿Quién es la pendeja a la que le llevé ese paquete en Mar del Plata? ¡Está bárbara!" (Jorge, con un hilito de baba chorreándole)

167 - Sábado a la noche, otra vez

El arreglo era de lo más sencillo: un fin de semana con papá y otro con mamá. Y ese fin de semana, a los chicos les tocaba estar con mamá. Era sencillo. Era práctico. Me dejaba liberadas unas 48 horas para manejar hasta Mar del Plata, ver a Mili y regresar a tiempo a Buenos Aires para cumplir con mis obligaciones de padre y laburante.

Pero no. Porque, con Valeria, todo es una sorpresa permanente. El jueves, un día antes del inicio oficial del fin de semana, me vino con un planteo que me tomó varios minutos decodificar. "Tengo una idea alternativa", dijo, "que nos puede beneficiar a todos: vos tenés a los chicos el sábado y yo el domingo".

¡Fantástico! No sólo los pobres pibes estaban conminados a ir y venir de un lado para el otro durante todo el fin de semana, sino que me impedía toda posibilidad de viajar a ver a Mili.

Pero temí segundas intenciones y decidí atacar:

- Bueno, está bien, hagamos eso, para variar - dije con cara de inocente - pero al revés, con vos el sábado y conmigo el domingo ¿Te parece?
- ¡No, de ninguna manera! - estalló Valeria - ¡Sábado con vos, domingo conmigo!
- ¿Y por qué?
- ¡Porque sí!
- ¿Eso te parece una justificación razonable?
- ¡Razonable las pelotas! Lo hacemos así y punto.

Que por alguna razón Valeria necesitaba el sábado a la noche libre se había hecho demasiado obvio. De hecho, si me lo hubiera pedido de onda, no habría tenido problema en arreglar las cosas para que ella hiciera la suya. Por eso, que intentara "forzarme", manipulando los horarios de nuestros hijos, me sacaba. Me incitaba a la pelea, a buscar revancha, a tratar por todos los medios de cagarle cualquier plan que pudiera tener. Pero no podía caer así de bajo. No podía sostener una pelea que, a la larga, iba a perjudicar a los chicos, sometiéndolos a un régimen que los tendría como nómades gitanos. Así que hice lo que todo buen padre y mal amante hubiera hecho en mi lugar:

- Mirá, Valeria... dejá... me llevo a los chicos el viernes a la tarde y los devuelvo en la escuela el lunes por la mañana.

Supongo que Valeria y Marcelo habrán estado felices.

Y que Mili se lo habrá bancado como una duquesa.

166 - Bombacha nupcial

Llevaba más de diez minutos parado ante el altar y el hecho de que Valeria no entrara a la iglesia comenzaba a alarmarme. Con un gesto que poco y nada tuvo de discreto, envié a mi hermana a averiguar qué pasaba. Dos minutos después, volvió desencajada.

- Dice que así no va a entrar - me susurró al oído, fingiendo una sonrisa patética para la cantidad obscena de gente que nos miraba.
- ¿"Así"? ¿Así cómo? - pregunté desconcertado.
- No sé, Esteban... "así", es todo lo que repite, mientras llora como una magdalena.
- Haceme un favor: encontrala a Marina y decile que me solucione esto antes de que tenga que mandar un par de tíos fornidos con una escopeta para hacerla entrar a la iglesia de una puta vez.

Sin decir palabra, mi hermana se desvaneció entre la gente. Diez eternos minutos más tarde, cuando la gente ya empezaba a murmurar de una forma bastante evidente, se me acercó Marina, enfundada en un vestido azul infartante.

- ¿Qué mierda le pasa a Valeria? - inquirí.
- La bombacha, le pasa - respondió con una risita nerviosa.
- ¿Qué le pasa a la bombacha?
- Que la que tiene es muy chiquita, es cola less. Y se acaba de dar cuenta -sí, ahora, a minutos de casarse- que la tela del vestido es re livianita y se le nota todo el culo.
- ¿Ehhhhhh? - estallé en una carcajada, ahí mismo, con el párroco a menos de un metro y en una catedral llena de gente.
- Tal como lo oís - Marina luchaba por contener la risa.
- Bueno... Haceme un favor.
- Decime.
- Solucioname esto.
- ¿Y cómo? - se asustó.
- No lo sé, pero algo se te va a ocurrir.

Marina pensó un segundo y luego, con una mueca triunfal, me ordenó: "conseguime un auto". Jorge y Marina salieron casi al trote. Poco más de veinte minutos más tarde, Valeria entraba a la iglesia, con la cara ligeramente alterada por el llanto.

Saludando en el atrio, vino a mí Marina. La abracé muy fuerte y aproveché para preguntarle al oído cómo había resuelto el problemita.

"Me fui a casa. Le robé una bombacha a mamá, ancha como una carpa de circo".

165 - You're cordially invited

Saqué el celular del bolsillo con la velocidad de un cowboy de película que desenfunda su Colt en pleno duelo. En una sola foto, improvisada con el teléfono, logré captar las caras de Guille y Jorge. Sus expresiones, al borde de lo atónito. Sus mandíbulas desencajadas por la sorpresa. Sus muecas de no entender. O de resistirse a entender.

Entramos a Casa Brandon y atravesamos el salón de la planta baja hacia la escalera.

El festejo era en la planta alta y no habíamos subido ni la mitad del recorrido, cuando Guille hizo su primer comentario comprometido: "che... nunca había visto tanto puto junto".

Jorge, todo un estratega, esperó a llegar arriba para evaluar la situación. En un rincón, una pareja de señoritas se besaban apasionadamente y Jorgito les clavó la mirada sin absolutamente ningún disimulo. "Qué zambullidita me pegaría ahí", babeo por un instante.

Las fiestas lulas tienen toda la onda. Será que la comunidad homosexual son un grupo de gente que ha pasado, primero que nada, una lucha para aceptarse a sí mismos -que luego se convierte, necesariamente, en una cruzada por ser aceptado por los otros- que se sienten tan increíblemente libres. Una fiesta en Casa Brandon, o en cualquier otro reducto de la ciudad en los que suelen convocarse los que decidieron vivir su sexualidad a contramano de los convecionalismos sociales, está plagada de esa música que ya no ponemos en nuestras fiestas, de tragos de colores con sombrillitas, de abrazos y amigos.

Y esta era una de esas ocasiones. Una celebración con todas las letras.

Con la mirada busqué al agasajado entre la multitud y cuando finalmente lo detecté me acerqué a saludar -vadeando entre la multitud- escoltado por mis dos homofóbicos amigos.

- ¡Hola, chicos! ¡Qué bueno que vinieron! - sonrió con los brazos muy abiertos, dispuesto a un abrazo grupal.
- Hola, hola, hola - saludamos en un coro desparejo, casi digno de Los Tres Chiflados.
- Les presento a Marcos... mi... amigo - dudó un poco, al tiempo que nos introducía con un muchacho fornido.
- Un gustazo, Marcos - le sacudí la mano enérgicamente.
- Bueno, chicos... siéntanse bien, siéntanse como en casa.
- Gracias y feliz cumple, Nachito.

164 - Me quedo más tranquilo

Martín se peleó con la novia. La tristeza le duró un par de días. Inclusive, lo he visto con los ojos rojos, señal de que estuvo llorando o fumándose alguna cosa extraña.

Me enternece esta primera tristeza, este primer corazón destrozado, sobre todo porque sé que no será el último y que la pre-adolescencia no es exactamente la etapa ideal para encontrar el gran amor, ese que nos acompañará hasta que la muerte o un ejército de abogados nos separe.

Sin embargo, pese a que odio ver triste a mi hijo mayor, me tranquiliza la conciencia, en cierta manera. Al menos no está repitiendo los patrones enfermizos de su padre. Al menos no se está enganchando con una chica que, ya desde tan pequeña, por ciertas actitudes, se perfilaba como una Valeria en potencia.

Además, lo que es más alentador aún, ha vuelto a usar jeans del talle que le corresponde y las zapatillas Nike que le traje de New York hace unos meses.

Lo que no entiendo es por qué, hace un par de días, se compró una remera de los Rolling Stones, si nunca le gustaron.

Algo se trae entre manos, este tipo.

163 - Romance 2.0

"¿Y cómo conociste al abuelo?
¡Por internet!
Ah, si... lo estudié en clase de historia"
(Mili)

162 - Un epílogo predecible

Ayer me crucé por la calle con Mariana, una de las chicas con la que compartimos el fin de semana y la fallida comunidad de Encuentro Matrimonial. Siempre me llamó la atención que Mariana y Eduardo, su marido, un enjuto empleado de cabina de peaje, se hubieran enrolado en Encuentros. Eran muy jovencitos y a duras penas llevaban un par de años de casados. Demasiado poco tiempo como para estar lo suficientemente mal ¿No?

Me saludó con un beso y un abrazo, realmente alegre por el encuentro casual.

- ¿Y qué es de tu vida? - pregunté
- Y... me separé del Edu - respondió avergonzada.
- ¡Yo también me separé de Valeria! - contesté a los gritos, mientras estallaba en una carcajada.
- ¡Qué bueno! ¡Aguante Encuentro Matrimonial, carajo!

161 - Luz, cámara...

Hacía varios días que Jorge estaba a las puteadas. Una convención a la que no tenía ningunas ganas de asistir le tenía reservados tres días en el Costa Galana de Mar del Plata. Yo, en cambio, estaba entusiasmado por un viaje que no era mío, pero podía serme de gran utilidad.

"Tomá, necesito que entregues este paquete en esta dirección", le dije a Jorge, dándole una cajita y un papel con un domicilio garabateado con mi caligrafía infantil.

Un día después, Mili tenía ya instalada en su computadora la webcam que le acababa de enviar -mi primer regalo, quizás no el más romántico del mundo, pero sí el primero- y, al menos, en un recuadrito en el monitor, podríamos vernos.

160 - Novia clonada

- ¿La noviecita de Martín? Ay, sí... Es diviiiiiina, esa chica.
- Y, sí... ¿Cómo no te va a parecer divina, si es un clon tuyo, lpqtp?

159 - Distancias

"Te extraño", decía un cartelito violeta en el monitor de mi computadora. Sé, a ciencia cierta, en plena conciencia, que al otro lado de ese cartelito está Mili. A 400 kms de distancia. Extrañándome.

Mis hijos nacieron y se criaron en un mundo hipercomunicado. Telefonía celular, internet, bluetooth, wifi, banda ancha movil, 3G (aún no sé qué diablos significa) y montones de juguetitos tecnológicos que, como dice mi amiga Mica, "acercan a los que están lejos y alejan a los que están cerca". He visto a Martín enfrascado ante su celular, "texteándose" -el neologismo lo aprendí de él- con vaya uno a saber cuánta gente. Comunicados e incomunicados. Hablándose sin verse las caras, sin poder tocarse, sin sentir el abrazo de un amigo, la vibración de una voz, el calor de una mirada. Carolina ya tiene su casilla de email, que maneja con maestría y reclama, cada vez que puede, que le compre su primer celular. Me resisto, pero supongo que en algún momento aparecerá Marcelo con un flamante iPhone para mi hija y no podré hacer nada para evitarlo. Naty es aún tecnológicamente virgen, pero nada me quita el insensato temor de que algún día le crezca un puerto USB en el culo. Sí, señoras y señores: la próxima generación, la de mis nietos, abandonará esa antigua costumbre que tenemos de llevar el apellido paterno y todos se llamarán @gmail.com.

La comunicación electrónica -el chat y el mensaje de texto en particular- me provocan una fuerte sensación de irrealidad. Es como si la persona se redujera, de un ser biológico e integral, de un cuerpo y un alma, a un puñado de impulsos eléctricos, que bien podrían estar siendo enviados por mi novia, por una forma de inteligencia artificial que lo hace en forma automática, un obeso pervertido que finge ser una bella señorita marplatense o un chimpancé, como creen los lectores de tusecreto.com.

Y, sin embargo, mi computadora dice que Mili dice que me extraña. Tímidamente, tipeo: "yo también". Hace unas dos semanas que no nos vemos y me pesa en el alma, la distancia -multiplicada por el tiempo- se me anuda en la garganta.

Entonces Mili escribe dos puntos, seguido de una comilla, seguido de un paréntesis abierto. Por un instante, me cuesta demasiado esfuerzo imaginármela llorando, al otro lado, frente a su pantalla.

Pero, de repente, siento la humedad en mi propia cara; la humedad de una lágrima gorda y perezosa que insiste en viajar de mi ojo a la comisura de mis labios. Tiene el sabor agrio y salado de las lágrimas que nacen de un dolor agudo y profundo.

Entonces, yo también escribo :'(

Y espero pacientemente el momento en que podamos salir de toda esta virtualidad casi inexistente y volvamos a abrazarnos.

158 - Prontuario

Mi primera novia se llamaba Mariela. Era rubia, tenía los ojitos claros y lindas tetas. Yo tenía 17 años y ella 19. Y me volvía completamente loco. Un verano se fue de vacaciones a Minas Gerais y no volvió nunca más. Su hermana Lucía llegó a confesarme que un tal Adilson -un brasilero pijudo- y cantidades industriales de marihuana habían tenido bastante que ver con la decisión.

Pasé un tiempo prolongado con el corazón hecho un trapo viejo, reticente a involucrarme en relaciones estables. Hasta que un día conocí a Marisa. Creo que la mejor forma de definirla es que era una mina buena. De sentimientos nobles, sin maldad, sin psicopatologías claramente identificables. Marisa venía de una familia italiana donde papá era un empleado con treinta años de carrera en la misma empresa y mamá era una de esas gordas a las que las tetas se le juntan con la panza formando un único bloque, que había pasado las últimas tres décadas fregando los pisos, amasando la pasta del domingo, criando hijos y lavando los calzones de su maridito.

El gran problema con Marisa era que su máxima aspiración en la vida era ser como su mamá. Yo, en cambio, estaba terminando la carrera, trabajaba en la redacción de un prominente semanario de actualidad y soñaba con ser escritor.

En situación social, Marisa se quedaba afuera de la mitad de las conversaciones. No podía seguirme el ritmo y siempre sospeché que, muchas veces, no terminaba de entender del todo ese torbellino que giraba en torno a mi vida.

Entonces conocí a Valeria, la antítesis de Marisa. Una mina con personalidad, con carácter, que no dudaba en discutir cualquier tema con sagacidad y una capacidad admirable para la ironía.

Valeria era un desafío, era adrenalina pura, era un poco de acción en medio de tanta monotonía. Y dejé a la apacible Marisa para irme con Valeria.

A lo largo del tiempo, Valeria me hizo sufrir mucho. Inclusive desde los primeros tiempos de noviazgo. Pero, con los antecedentes que tenía, empecé a creer que seguramente sería yo. Que no valía lo suficiente. Que no me merecía algo mejor. Con la autoestima por el suelo, acabé aceptando la triste irrealidad de que, si no me quedaba con Valeria, seguramente terminaría con el alma despedazada por otra Mariela o enredado en los lazos del sagrado matrimonio con una mina insulsa pero buena como Marisa.

Y me casé con Valeria.

157 - El viaje

Esteban Q dice: ¿Y ahora qué hacemos?
Mili dice: ¿Qué hacemos con qué?
Esteban Q dice: Con nosotros.
Mili dice: Ese beso lo cambió todo ¿Verdad?
Esteban Q dice: Ese fue el mejor beso de mi vida.
Mili dice: El mío también... ¿Pero... y ahora?
Esteban Q dice: Mirá, ahora es una montaña rusa. Vos sabés que mi vida es un quilombo. Tengo tres pibes, nunca tengo un mango y mi ex está loca. No tengo mucho para ofrecerte. De hecho, a mi lado te espera un viaje de mierda, lleno de altibajos, lleno de problemas.
Mili dice: Lo sé.
Esteban Q dice: La pelota está de tu lado de la cancha, Mili. Es un viaje de mierda y lo sabés. ¿Viajamos juntos?
Mili dice: Viajamos juntos.

156 - La admisión

- ¿Y por qué quieren hacer una terapia de pareja? - preguntó la entrevistadora de la obra social.
- Porque nos llevamos como el culo - respondí con una sonrisa falsa.
- Eh... Eso no es del todo correcto - intervino Valeria, ante las caras de estupor mía y de la psicóloga.
- ¿Y cómo es eso, señora? - preguntó la profesional.
- Necesitamos hacer una terapia de pareja porque mi marido es un irresponsable peligroso - se despachó mi exposa - Le importa más de sí mismo, de sus noches de poker con amigos, de su bandita de rock y de su trabajo más que de mí; mi marido no me da toda la atención del mundo, me tiene abandonada y es normal que yo engrane.
- Claro - respondí con naturalidad - porque, si no fuera por eso, nos llevaríamos bárbaro. Que vos seas autoritaria, prejuiciosa, engreída, controladora, caprichosa, rígida, grosera, cruel e intolerante no tiene naaada que ver ¿Verdad?
- Mirá, pedazo de hijo de puta... - empezó Valeria, que fue rápidamente interrumpida por la encargada de admisiones.
- Definitivamente necesitan una terapia de pareja - dijo, levantando un poquito la voz, para imponerse por sobre la andanada de insultos que Valeria ya tenía en la punta de la lengua - Pídanse un turno con el Licenciado Menéndez, acá les dejo la tarjeta... Y no se preocupen, que yo me voy a encargar personalmente de llamarlo y darle algunas "referencias" del caso.

155 - Estadísticas

El mail de Valeria parecía casual. Pero de casual no tenía nada. Contenía tablas con estadísticas, elaboradas por una consultora privada internacional, sobre los índices de inflación de los últimos dos años. Miré las tablas sin prestarles demasiada atención, porque me di cuenta en segundos de qué era lo que estaba pasando. Pero estaba de buen humor y tenía ganas de una estimulante peleíta, por lo que me conecté al MSN Messenger para ver si mi exposa estaba online.

Efectivamente, ahí estaba:

Esteban Q dice: ¿Y para qué me mandaste esas estadísticas?
Valeria dice: ¡¿Viste cómo están los índices de inflación?!
Esteban Q dice: Por supuesto que sí, querida. Pago mis cuentas, además de las tuyas, así que sé perfectamente cuánto ha aumentado todo.
Valeria dice: Qué bueno que tengas conciencia de la realidad, algo que te faltó bastante durante nuestros años de matrimonio.
Esteban Q dice: Andá a cagar, Valeria.
Valeria dice: Pero... ¿Y qué pensás hacer con esto?
Esteban Q dice: ¿Con qué?
Valeria dice: ¡¡¡Con la inflación!!!
Esteban Q dice: Y, seguir ajustándome el cinturón.
Valeria dice: Yo ya no puedo ajustar más de ningún lado, la plata no me alcanza.
Esteban Q: ¡Finalmente, algo en lo que estamos de acuerdo! A mí tampoco me alcanza. Pensé que ya no nos quedaba nada en común.
Valeria dice: A vos sí que te alcanza, si desde que te fuiste de esta casa te das la gran vida, vivís de joda.
Esteban Q dice: Vos estás en pedo, no tenés idea. Vos te olvidás que yo no sólo pago la cuota alimentaria que dictó el juez. También pago la escuela de los tres chicos, el club para Martín, las clases de piano de Caro, y una obra social premium, además de todo lo que consumen cuando están conmigo, que es la mayor parte del tiempo, porque vos te la pasás sacándotelos de encima. No entendés nada, nena.
Valeria dice: No, flaquito, el que no entiende nada sos vos. Necesito que me aumentes la cuota alimentaria.
Esteban Q dice: Dale, ahora contame uno de gallegos.
Valeria dice: Mirá que puedo ir al juez con esas estadísticas.
Esteba Q dice: Andá tranquila, que yo le llevo las del Indec y me terminás debiendo guita vos a mí.
Valeria dice: ¡Pero es que estoy desesperada! ¡No me alcanza! ¡Estamos hablando del bienestar de tus hijos!
Esteban Q dice: Bueno... Probá dejar de comparte zapatos... ¡O andá a laburar!

"Esteban Q aparece como no conectado y puede que no responda a sus mensajes"

154 - ¿Eh?

"Ah, mirá vos. Estás saliendo con alguien"

(y yo, que esperaba que Marina se alegrara con la noticia)

153 - Fugitivos

Entonces me regalaron un sticker. Tenía el logo de Encuentro Matrimonial -algo así como dos deformes corazones entrelazados- y me dieron una consigna: "pegalo en el auto... los encuentristas nos reconocemos por la calle y nos tocamos bocina mutuamente", me dijo un cordinador cuyo nombre ya no recuerdo.

"Esto es una fucking secta", pensé para mis adentros.

Haber pasado por la experiencia del fin de semana nos obligaba, según nos explicaron, a cumplir con ciertos rituales. Uno era seguir haciendo el 10/10 en casa, como un ejercicio de comunicación, lo cual -juro- intentamos, con resultados dispares. Además, debíamos asistir a una reunión al mes, una especie de "mantenimiento", donde básicamente se verificaba que estuviéramos poniendo en práctica lo aprendido y nos atiborrábamos de masitas y café con Chucker.

Fuimos a las "reuniones de comunidad" durante un tiempo, que por suerte no fue muy extenso. Pronto nos empezamos a aburrir. Otras parejas empezaron a desertar, con excusas más o menos creativas y, en menos de un semestre, éramos demasiado pocos como para justificar la mera existencia de la reunión.

Desesperados por no perder adeptos, intentaron incorporarnos a otra comunidad ya formada. Pero teníamos la excusa perfecta para hacer un mutis más o menos elegante y nunca más volvimos a aparecer.

No volvimos a hacer un 10/10 ni mejoramos en nada nuestra comunicación. Como me dijo en cierta ocasión el Padre Manuel, "encuentros es como una prótesis... si te cortan una gamba, podés caminar con una pata de palo, pero no es lo mismo... cuando la comunicación en la pareja se rompió, podés emparcharla, pero se va a seguir notando que está rota... a algunos les sirve, a otros no".

En lo personal, rescato una sola cosa positiva: huir despavoridos de esa pintoresca secta fue una de las últimas cosas en las que Valeria y yo estuvimos absolutamente de acuerdo.

152 - Seis a eme

Eran las cinco de la mañana y la fiesta de Guille agonizaba. Mili tenía pasaje para volver a Mar del Plata a las siete, y había que hacer tiempo.

- ¿Vamos a tomar un café? - propuse
- Dale, pero... ¿A esta hora? ¿Habrá algo abierto?
- Ah... conozco el lugar donde hacen el mejor café a cualquier hora: mi casa.

Entré al departamento primero, haciéndola esperar en el pasillo. Con un diestro manejo del collar de ahorque y el soborno de un hueso de cuero crudo, deposité a Sauron en el balcón y la hice pasar a mi pequeño universo.

Tomamos café, parados en la cocina, charlando trivialidades. Nos reímos un rato de los intentos fútiles de Jorge de levantarse a una damisela que a duras penas tendría la edad legal y comentamos sobre la urgencia de Nachito de salir del ropero.

Como a las seis -quizás fuera la hora, el cansancio o el efecto del Chivas de la fiesta- me dio por abrazarla. El calor de su cuerpo me hizo sentir bien. Seguro. En casa. Le acaricié el pelo. Le acaricié la espalda. Pasé mis manos por su cintura.

Y me di cuenta de que algo había cambiado. Su respiración tenía otro ritmo. Era mucho más audible. Era casi un gemido.

Me miré en sus profundísimos ojos color café y la besé. Primero con ternura. Después, con una pasión casi descontrolada.

- Me tengo que ir, pierdo el micro - me dijo.
- No te vayas - respondí.
- Tengo trabajo.
- Llamá mañana, decí que estás enferma.
- En serio, no puedo. Me quedaría para siempre, pero no puedo.
- Te llevo a Retiro - sonreí.
- Dale.

En el camino, nos besamos en cada semáforo. Nos acariciamos, nos reconocimos.

La dejé en la plataforma 58 después de un último abrazo y una promesa luminosa:

"Vengo a verte la semana que viene".

151 - El concert

El jardín donde va Natalia tiene algunas particularidades. Una de ellas es que el acto de fin de año no se llama "acto". Se llama "concert", como si se tratara de una superproducción de Broadway. Amo a mi hija con toda mi alma, pero un montón de enanitos jugando con aros y pelotas, disfrazados de vaya uno a saber qué cosa arriba de un escenario dista un poco de lo que se puede esperar de un término tan grandilocuente como "concert".

Sin embargo, voy todos los años. Saco trillones de fotos y babeo, como corresponde a todo padre, por las monerías que mi pequeña hace en escena.

En el jardín, hay que admitirlo, son muy organizados. Somos muchos padres para acomodar, sin contar el séquito de tíos y abuelos que este tipo de eventos suelen convocar. El año pasado, para que estuviéramos más cómodos, decidieron alquilar un pequeño teatro de barrio. Las primeras seis filas estaban reservadas exclusivamente para los padres y se asignaban dos localidades por familia, quedando el resto de la parentela relegada a las peores ubicaciones.

Lo cual no me pareció mal. Hasta que Valeria abrió la boca:

- Mirá... sobre el concert... - dudó
- ¿Qué pasa con el concert?
- Que mi abuela acaba de cumplir 92.
- ¿Y eso qué tiene que ver? - de golpe, empecé a imaginar hacia dónde iba el diálogo y alisté todas las armas.
- Que quizás no vea otro concert...
- Y... es probable - me puse cínico
- Y...
- Y... ¿Vamos al grano, Valeria?
- Y que creo que lo correcto sería que le cedas tu asiento.

Respiré profundo. Traté de relajarme. Hice mi mejor intento para evitar que el 14% de ADN italiano que llevo en la sangre no hiciera eclosión.

Pero todo fue inutil. Estallé:

- ¡¿Pero vos estás en pedo, flaca?! Pago una pequeña fortuna para que la nena vaya a ese jardín, me escapo a cada rato del laburo para ir a todos los actos insípidos y pedorros que hacen, por acompañar a mi hija. Encima, es diciembre, me voy a recagar de calor, voy a tener que hacer cola durante una hora para entrar y, para culminarla, le voy a terminar cediendo el asiento a TU abuela... Dejá de fumar cosas raras, nena, porque estás del tomate.
- ¡Sos un animal! - me gritó, al borde del llanto.
- ¡Y vos sos una desubicada, Valeria! - respondí, levantando aún más la voz - ¡Si querés un asiento de privilegio para tu abuelita, cedele el TUYO!

El día del concert, llegué temprano para evitarme la cola interminable. En el asiento que correspondía a mi exposa, la bisabuela de mi hijita desparramaba su ancianidad para los cuatro costados.

Por supuesto, se durmió a mitad del acto y roncó como una locomotora.

150 - Ahora sí que estamos hasta las tetas

"Estoy saliendo con la abogada de tu ex" (Pablo)

149 - Siglas

Tropecé con Vanina en un foro. No esperaba encontrármela, pero el nombre y apellido completos saltaron a la vista enseguida y no pude resistir la curiosidad de leer su perfil.

Lo había completado al detalle, incluyendo hobbies, gustos personales y montones de irrelevancias más. Pero un dato en particular llamó mi atención.

En el rubro "intereses personales", había puesto una sigla.

BDSM

Tuve que googlearlo.

148 - Por verte

"Es el cumple de Guille y no tengo ganas de ir", le dije a Mili, por chat. Había tenido una semana horrenda y, la verdad, sólo quería quedarme en mi casa a vegetar y mirar episodios viejos de Star Trek. Pero ella preguntó distraídamente por la fecha, lugar y hora del evento. Se tomó unos minutos -supongo que para hacer algún tipo de cálculo- y, finalmente, disparó en mi monitor una frase. Una sola frase que haría que me olvidara de que, en los últimos tres días, había peleado con Valeria por cuestiones de guita, había castigado a Martín por no ponerse a estudiar matemática -que se la llevó a Marzo- y se había pinchado una oportunidad importante con una editorial.

Mili escribió:

"No vas al cumpleaños de Guille:
VAMOS al cumpleaños de Guille,
voy para allá".

Y me cambió la tarde. Y me cambió la semana.

Y, dos noches después, me cambió la vida.

147 - Cuernos

- Papá... ¿Vos alguna vez le metiste los cuernos a mamá? - preguntó Carolina con aire festivo.
- No, hija. Jamás. ¿Eso te dijo?
- Sí: "tu padre me metió los cuernos toda la vida", dijo.
- Bueno, no.
- Ah, pero, papá... - volvió a la carga mi hija, ahora con tono avergonzado - ¿Qué significa meter los cuernos?
- Engañarla con otra mujer - no pude contener una carcajada explosiva.
- Ah... yo pensé que la habías pinchado con la cabeza de un toro, o algo así.

146 - No todo lo que brilla...

- Che, Natu... - pregunté, cizañero - ¿Y a vos no te regaló nada el tal Marcelo?
- Tí.
- ¿Y qué te regaló?
- Un munnnieco.
- Ay, qué lindo - falso como moneda de madera, el tipo - ¿Y cómo es?
- Feo
- ¿Feo? - estallé en una carcajada.
- Tí, papá. Un ozo feo. No ez como mi Ozo.

145 - Exhibiciones obscenas

Nacho dice que iban a salir con Lu. Nacho dice que la pasó a buscar por su casa. Nacho dice que ella le dijo "ay, esperame que me cambio". Nacho dice que Lu se sacó la remera y debajo no tenía corpiño. Nacho dice que sí, que efectivamente, hizo eso delante de él. Nacho dice que Lu, con total naturalidad, se puso otra remera y le dijo: "bueno, vamos".

Jorge, Guille y yo nos quedamos absolutamente mudos por unos segundos, mirando a Nacho de los pies a la cabeza. Hasta que estallamos.

- ¿Pero cómo no te le tiraste encima?
- ¿No le chupaste una teta?
- ¡Pero eso es un mensaje clarísimo!
- Yo, en tu lugar, la violo ahí mismo.
- ¡Por Dios, qué gomas tiene esa mujer!
- Dale, decime que no hiciste nada y te cago a bollos.

Quién dijo qué y en qué orden es irrelevante. Éramos una turba iracunda, desbordante de testosterona, rogándole a Nuestra Señora de la Promiscuidad que Nacho hubiera reaccionado ante tamaño acto de exhibicionismo, que se hubiera hecho cargo de un acto que sobrepasaba a todas luces los límites de la insinuación.

Cuando, finalmente, algo agitados, nos callamos la boca para esperar respuestas, Nacho respiró hondo. En vez de hablar, suspiró.

Y, tras un segundo más de silencio, nos dio la estocada final:

- ¿Es que no entienden que somos amigos?

144 - The way

Victoria se fue a Río Gallegos. Tras una intensa búsqueda -donde internet y las redes sociales tuvieron mucho que ver- logró encontrar al "negro", su gran cuenta pendiente con la vida, su amor imposible y no resuelto.

Un amigo en común me contó que largó al marido de un día para el otro, dejó la casa, los hijos, la vida entera y -con una mochila enorme y sin un mango- se fue a dedo a la Patagonia en busca de su adorado negrito, que según me dijeron, estaba instaladísimo en la tierra de los K, haciendo fortunas en una petrolera.

"Una vez me contó un amigo común que la vio donde habita el olvido", dice Sabina.

Y, en cierta oscura y enfermiza manera, me alegra que Victoria haya tomado esta decisión, al borde del absurdo.

Pero no porque haya decidido dejarlo todo por un amor, porque en ese dejar todo, no sólo queda un marido con el corazón destrozado, sino hijos, que no tienen la culpa de los mambos de su madre.

Lo que me alegra es que haya encontrado otro objeto sobre quien canalizar sus comportamientos obsesivos.

Sí. En el fondo, soy un hijo de puta.

143 - La mitad de nada

"¿Por qué carajo nunca le pregunté la edad?", la voz de mi conciencia me taladraba la cabeza mientras me acercaba, con una sonrisa.

Eran las diez de la mañana y yo estaba en Plaza Colón, frente al Casino de Mar del Plata, yendo a encontrarme por primera vez, en persona, con Mili.

Para mi sorpresa, era absolutamente hermosa. Pequeña, delicada y toda llena de curvas. Un pelo larguísimo -luego constataría que suelto le llegaba hasta el culo, en un momento en que la miré discretamente de atrás, no precisamente para mirarle el cabello- unas piernas torneadas, un escote notable y, sobre todo, lo que me llamó más la atención, unos ojos profundamente negros que, sin embargo, brillaban con la luz de la mañana.

Lo que sí, si alguien me hubiera preguntado en ese momento qué edad le daba, hubiera apostado a que eran 18 o 19.

Pero ya estaba ahí. Tras 400 tempraneros kilómetros de Ruta 2, tenía a un metro de distancia a la chica que me provocaba mariposas en el estómago y no iba a arruinar el momento preguntándole, en el primer minuto: "¿Pero vos, nena, cuántos años tenés?".

La llegada de internet -y, por ende, de las relaciones interpersonales que nacen en ese medio- ha provocado que ciertos protocolos queden anacrónicos y desubicados. Antes, en la era analógica, cuando te presentaban una chica, a una completa desconocida, la saludabas con un austero beso en la mejilla. Debía pasar un tiempo para que el besito se convirtiera en un besazo. Y debía nacer una amistad profunda -o, directamente, un noviazgo- para que uno pudiera hacerse acreedor del lujo de un abrazo.

Pero las relaciones nacidas por internet han logrado que un protocolo algo rígido pero fácil de seguir quedara perimido. A lo largo de mil sesiones de chat, habíamos compartido con Mili nuestras vidas. Sabíamos mucho el uno del otro. Casi podría decirse que nos conocíamos. Sin embargo, el hecho de que fuera la primera vez que nuestros cuerpos estaban a tan sólo unas pocas baldosas de distancia nos convertía en absolutos extraños, en dos personas que se veían, se conocían, se reconocían por primera vez.

Incómodo, tremendamente incómodo con esta idea, con este protocolo fracturado, con este no saber qué hacer ni cómo, me quedé congelado a un metro de distancia y la miré de arriba a abajo. Y, como todo un cobarde, le dejé a ella la decisión.

"¿Y? ¿No vas a venir a saludarme?", sonreí, mientras abría ligeramente los brazos, invitándola más bien a que me crucificara.

De un salto, se me colgó del cuello y me abrazó como se abraza en el aeropuerto a ese amigo que lleva un par de temporadas viviendo en el exterior, como se abraza a un hermano el día de su graduación, como se abraza a alguien que se extrañó, como se abraza en un momento especial.

"¿Vamos a caminar?", propuso ella. Y encaramos la costa, charlando de mil cosas con el ruido de las olas de fondo.

Caminamos más de dos horas, haciendo en vivo y en directo lo mismo que hacíamos por chat: contarnos cosas. Sólo que, esta vez, el relato tenía banda de sonido. Tenía el murmullo del mar y la voz de Mili, dulce y algo aniñada.

Nos dio hambre y paramos a comer en una cantina minúscula sobre la calle Arenales, donde nos sirvieron los mejores sorrentinos a la crema de los que la historia tenga registro. Insistió en invitar, quiso pagar ella la cuenta, "porque vos ya gastaste mucho, viniendo hasta acá". Pero su ocurrencia resultó una gran oportunidad para sacarme una duda. Cuando fue a pagar, con una tarjeta de crédito, le pidieron una identificación.

"A ver, dejame ver esa foto", le dije, manoteando la cédula de identidad. Me mofé de su cara de dormida en el patético retrato policial mientras aprovechaba la ocasión para leer un dato crítico: la fecha de nacimiento.

Marzo de 1982.

El tango dice que veinte años no es nada.

Supongo que diez es, entonces, la mitad de nada.

Y, al menos, no es ilegal.

142 - Despertar de una pesadilla

Durante la segunda tanda de charlas del macabro fin de semana de Encuentro Matrimonial, leyeron montones de cartas, a modo de ejemplo del infalible método de comunicación que proponen.

Tengo un recuerdo difuso, sin embargo. Toda esa charla está un poco borrosa en mis recuerdos. Sin embargo, hay una imagen muy nítida, que hasta el día de hoy no he podido borrar de mi cabeza: todas las miradas dirigidas a mi y un silencio sepulcral.

- Te dormiste, hijo de puta - decía la voz de Valeria.
- ¿Y qué? ¡Si esto es un embole!
- ¡Que tus ronquidos tapaban la voz del cura, pelotudo!

Esa misma tarde, cuando todo terminó, nos incitaron con un cierto aire de misterio a que regresáramos no a casa, sino a nuestras respectivas parroquias. "Ya que te dormiste y no entendiste ni la mitad de lo que estaba pasando, lo menos que podés hacer es seguir las instrucciones", me intimó Valeria. Accedí, aunque lo único que quería era salir de esa mala pesadilla, llegar a mi casa y abrazar a mis hijos.

Cuando llegamos, nos llevaron -siempre con un cierto halo de misterio- hasta uno de los salones detrás del templo.

Globos, guirnaldas, gaseosas de segunda marca y sanguchitos de miga acompañaban a un pasacalle enorme que, de lado a lado del salón, rezaba: "Bienvenidos, encuentristas".

Me tomó una hora salir de ese atolladero y volver a mi casa. Natu tenía sueño y estaba de un mal humor muy parecido al mío. Calenté una mamadera y me tiré en un sillón del living, a dársela.

Se quedó dormida sobre mi pecho, toda desparramada. Me costaba respirar, con ese peso sobre el torax, pero -finalmente- sentía que había vuelto a casa.

Cerré los ojos un segundo. Lo siguiente que recuerdo es que, por el ventanal del living, amanecía.

141 - Tengo miedo

Voy a manejar 400 kilómetros para encontrarme en Plaza Colón con una completa desconocida. Y debo admitir, aunque esto atente contra mi imagen de super-macho, que tengo un poco de cagazo.

¿Y si no me gusta? ¿Y si resulta ser que me enamoré de una mujer inexorablemente fea? ¿Y si resulta que le falta una pierna o tiene un ojo en la frente? ¿Y si es un monstruo ingobernable de 250 kilos, de esos que es más fácil saltarlos que pegarles la vuelta? ¿Y si le faltan la mitad de los dientes, tiene mal aliento o el tono de voz de Fran Drescher?

Pero, más allá del aspecto físico -lo cual, al fin y al cabo, es un gran gesto de frivolidad de mi parte, si se quiere- hay algo que francamente me aterra: ¿Y si es una psicótica obsesiva como Victoria? ¿O engreída como Verónica? ¿O groncha como Vanessa? ¿O aburrida como Viviana? ¿O fría como Vanina? ¿O una arpía como Vera? ¿O una alcohólica descocada como Vilma? ¿O si es una sexópata manipuladora como Virginia?

Y si Mili es, en realidad, otra Valeria, ¿yo de qué me disfrazo?

Porque ya está: ya empecé a sentir cosas por alguien que no conozco.

140 - Sweet Merciful Crap!

- ¿Y eso de dónde salió? - le pregunté a Martín, señalando el iPod Nano que llevaba colgado de la cintura y temiendo la respuesta.
- Y... bueno... es que... - empezó a tartamudear.
- Sí, ya sé - me resigné - Marcelo.
- ¡Agachate y conocelo!
- No es chistoso, nene.

139 - Pic-nic en el 4º B

El mantel está tendido en el suelo. Compré Coca Cola y una Fanta Light para Carolina, que dice que está gorda. Tenemos sanguchitos de miga -menos de los que quisiera, los que faltan se los robó Sauron- unas empanadas que llevaban un par de días en mi heladera, papitas, palitos, chizitos y unos snacks con forma cónica y presunto sabor a queso.

Mis hijos, sentados sobre el mantel, comen de manera un tanto desaforada, más guiados por la gula que por el hambre.

Prendo un cigarrillo, me sirvo un vaso de vino y, allá arriba, veo la luna brillar sobre mi balcón.

138 - Estoy decidido

Me voy a Mar del Plata a conocer a Mili.

137 - ¿Mi salvador?

- ¿Y eso? - le pregunto a Carolina, señalándole un collarcito que lleva al cuello, que no había visto antes.
- Me lo compró Marcelo.
- ¿Marcelo? ¿Qué Marcelo?
- ¡Agachate y conocelo! - gritó Martín, desde el otro lado del departamento, estallando en un carcajada.
- Tincho, no seas ordinario - protesté - y que alguien me explique quién es Marcelo, por favor.

Se hizo un silencio incómodo en el departamento. Martín clavó la mirada en la pantalla de la computadora y a Carolina le dieron unas ganas incontrolables de ir al baño.

Sólo Natalia -mi adorable y siempre leal Natu- tuvo el valor de responder con total naturalidad:

"Ez el nobbbio de mamá"

136 - Zoo

"El amor te provoca mariposas en el estómago, ratones en la cabeza y hormigas en los pantalones... ¡El amor es una cosa llena de bichos!" (Mili)

135 - Desencuentro

Era la hora de siempre. Era la puerta de esa casa que alguna vez fue mía. Tenía planes. No muchos, porque era fin de mes y no tenía plata. Pero estaba soleado y hacía calorcito. Pensaba comprar unas gaseosas y algunas de esas porquerías con escasísimo valor nutritivo -que les gustan tanto a los chicos- e improvisar un pic nic en algún lugar que tuviera mucho verde. Inclusive, de tan buen humor me ponía mi idea, que hasta había pensado en pasar por el departamento a buscar a Sauron y llevarlo con nosotros.

Toqué bocina. Cinco bocinazos cortos, como siempre. Los chicos ya saben que es mi código, mi identificación, y salen disparados a mi encuentro.

Pero nadie salió.

Pasaron cinco minutos eternos hasta que volví a tocar bocina. Nada. "Quizás no me escuchan", pensé, ingenuo.

Tres cigarrillos después, me bajé del auto y toqué timbre. Insistentemente.

Valeria se tomó unos tres minutos para llegar a la puerta, toda despeinada, arropada tan solo con una bata y una cara de resaca digna de Barney.

- ¿Qué querés? - ladró.
- A mis hijos.
- ¿Eh? - puso cara de no estar del todo conectada a la realidad.
- Que vengo a buscar a los chicos, deciles que salgan.
- Ah, no - titubeó.
- ¿Cómo que no? - levanté el tono.
- No, los chicos se fueron a dormir a lo de mi hermana.
- Bueno, voy para allá - respondí, mientras empezaba a darme vuelta en dirección al auto.
- No, no vayas.
- ¿¿¿Qué???
- Que no vayas, que no están. Se los llevó a dormir a la quinta.
- ¿A la quinta? ¿En MI día de visita? - ya estaba furioso.
- Bueno, si querés, andá a buscarlos allá.
- ¡Pero eso es en Moreno!
- Bueno, no sé, hacé lo que quieras - la voz le patinó un poco y se metió adentro dando un portazo.

Clavé el dedo en el timbre nada más que para hacerla salir y darme el lujo de putearla. Ni se asomó. La llamé desde el celular, pero no respondió.

Finalmente, me subí al auto. Tomé la Panamericana a 150 kilómetros por hora. Ahora, que lo veo en perspectiva, creo que al menos dos veces estuve demasiado cerca de ponerme el coche de sombrero.

Llegué a Moreno cuando atardecía. Los chicos estaban en la pileta y Virginia tomaba sol en tetas. Me invitaron a quedarme, pero decliné con toda la diplomacia de la que fui capaz, dadas las circunstancias. Acabé por musitarle a mis hijos un lacónico "vístanse, que nos vamos" y emprendí el regreso.

- ¿Y qué vamos a hacer hoy?- preguntó Carolina, una vez en la autopista.
- No tengo idea, hija - respondí - ¿Será un poco tarde para un pic nic?

134 - Duda

¿Es posible enamorarse a través del MSN? La única experiencia que tuve al respecto fue desastrosa y no quiero otra Victoria en mi vida (me salió un juego de palabras casi subconsciente de lo más interesante: mi vida amorosa necesita una victoria, pero no otra Victoria).

El asunto es que, desde hace un tiempo, vengo chateando con una simpática chica marplatense a la cual jamás le he visto la cara, ni en fotos -se niega a enviármelas, dice que es muy tímida- pero con la cual hemos hablado de tantas cosas, tan profundas, nos hemos contado las historias de nuestras vidas con tal nivel de detalle, que me están empezando a pasar cosas.

Me siento como un adolescente. Enciendo la computadora esperando a que ella esté conectada. La madrugada me asalta ante el teclado, contándole mis desventuras.

Nunca la vi, nunca la toqué, no es del todo real y, sin embargo, me despierta sensaciones que creí que ya no era capaz de experimentar.

Pero me asalta la duda: ¿Es esto posible?

133 - Fin de semana ¿salvaje?

Lo teníamos todo planeado. Guille había conseguido un departamento prestado en Mar del Plata, un penthouse sobre la Avenida Colón que supo ser un lujo de reyes en los alocados años '70. Jorge decía que conocía unas chicas "ligeras de cascos", en sus propios términos, y bien dispuestas para recibir al turista; y Pablo aportaba su 4x4 para que todos nos dirigiéramos cómodamente a la ciudad de los Havanettes en busca de un fin de semana de desenfreno.

Había ahorrado unas monedas para este viaje, como para poder comer todos los días, aportar para ponerle nafta a la camioneta y, de paso, tirar alguna ficha en el casino. Teníamos la fecha sincronizada a la perfección para que estuviera fuera de mi régimen de visita y todo parecía marchar sobre ruedas, las enormes ruedas de la Cherokee que nos llevaría a Mar del Plata a gastarnos los ahorros y, eventualmente, tener algo de sexo.

Hasta que apareció Valeria.

- Hay que pagar YA el adelanto del campamento de invierno de las Chicas Guía para tu hija Carolina - aulló.
- ¡Pero estamos en febrero! - protesté.
- Pero el adelanto hay que pagarlo AHORA, si no, no le guardan la vacante.
- OK ¿Cuánto es?
- 300 pesos
- Bien, te doy el 50% de adelanto, 150...
- No, no, no, queriiido -odio cuando dice "queriiido"- el campamento vale 600 mangos, 300 es el 50% del adelanto.
- ¿Pero están todos locos? - perdí el control- ¿A dónde los llevan de campamento? ¿Al puto Sheraton? ¡Por esa guita me voy un fin de semana a Mar del Plata con tres trolas! ¡Ni en pedo pongo toda esa plata!
- OK
- ¿OK? - me extrañó que Valeria respondiera tan calmada.
- Sí, OK, dale... Seguí dándole motivos a tu hija para que te odie. Sabés que no quiere ni hablarte porque te llevaste a su perro, ni te quieras imaginar cómo se va a poner cuando se entere que no va de campamento con las Guías porque su padre se anda patinando la guita en atorrantas.

Por supuesto, Pablo, Jorge y Guillermo se fueron a Mar del Plata sin mí.

132 - Cordón umbilical

"Loco, tenés que despegarte. Fijate esto: llevás años separado de Valeria y, sin embargo, te sigue rompiendo las pelotas. Verónica dice que quiere volver a verte. Vanessa te invita a ver turismo carretera. La loca de mierda de Victoria abrió un blog nada más que para decirle al mundo cuánto te ama. ¿Por qué no cortás de una vez el cordón umbilical con todas estas minas?"

(un análisis descarnado,
made in Jorgelandia)

131 - Oh my God!

Valeria se hizo las tetas.

130 - Año nuevo ¿Lu-na nueva?

Eran como las tres de la mañana del 1º de enero cuando el celular de Nacho sonó y su voz se volvió melosa al punto de dar asco.

Guille, Jorge y yo, instintivamente, hicimos silencio, para escuchar lo que estaba pasando, que fue, más o menos, en estos términos:

"Sí, sí... acá, en casa de Esteban... Nah, al pedo, comiendo un pan dulce... Bueno, dale, si no tenés nada que hacer, te paso a buscar en quince... Chau, chau... besitos"

A la conversación se sucedieron palmadas en la espalda, hurras de todo calibre y alusiones al descomunal tamaño de la delantera de la damita en cuestión, que ya me había hecho cargo de describir al detalle ante mis amigotes.

Pero la gran sorpresa la tuvimos al día siguiente:

- ¿Y? ¿Qué tal anoche? - preguntó Jorge con risita cómplice.
- Todo bien - respondió Nacho.
- Aha... sí, todo bien, pero... - intervino Guille.
- Todo bien, pero nada - dijo Nacho.
- ¿Cómo que nada? - preguntamos a coro.
- Miren... la pasé a buscar, fuimos a tomar algo cerca del río, caminamos un poco y la llevé de vuelta a la casa.
- ¿Y no le tocaste un pelo? - me desesperé.
- Nooo... ¿Cómo voy a hacer eso? ¡ustedes no entienden nada! ¡Lu y yo somos amigos! ¿Entienden? A-mi-gos.
- ¡Yo me la cojo como amiga! - gritó Jorge.
- No podés, nene, no podés - intervino Guille, con cara de profunda decepción.

Por unos segundos, se hizo un silencio incómodo. Las miradas bajas, las preguntas sin respuesta, la frustración ante la "nada" que Guille describía tan orgullosamente, amparándose en una supuesta amistad.

La amistad entre el hombre y la mujer es una cosa jodida. Y yo, encima, lo digo como si acabara de descubrir la pólvora, la penicilina y la fusión en frío.

Mi amigo Fede -que Dios lo tenga en la Gloria y no se le vaya a escapar- decía que la amistad entre personas de diferente sexo sólo es posible después de haber pasado por la cama. O, al menos, de no haber pasado por la cama tras una negativa demasiado rotunda de una de las dos partes. "Cogimos, nunca vamos a funcionar como pareja, seamos amigos", decía Fede, "o su variante: no me gustás ni a palos, seamos amigos". Pero, en su universo, no era posible la amistad legítima entre macho y hembra sin una cierta tensión sexual que los empujara, tarde o temprano, al menos hacia una propuesta de actividad horizontal.

Decidí romper el hielo, quebrar ese silencio incómodo, preguntando lo que, me pareció, era una trivialidad.

- ¿Y de qué hablaron con Lu? - pregunté.
- Bueno, básicamente, de sexo.

Guille y Jorge le saltaron a la yugular, preguntando detalles a los gritos, cagándose de la risa y empujándose como adolescentes. El griterío era tal que sólo pude recabar una frase mínimamente inteligible, que volvió a llamar a nuestro viejo amigo, el silencio incómodo.

- Ella dice que está siempre lista - dijo Nacho, en un momento.
- ¿Siempre lista? - preguntó el coro.
- Sí, si hasta abrió la cartera y me mostró una caja de forros... "Ves que siempre estoy preparada para todo?", me dijo.
- ¿Y no le tocaste un pelo? - otra vez, todos juntos, como en una tragedia griega.
- No, ya les dije... sólo somos amigos.

129 - With a little help from my friends

"Che... vos tenés un conocido en migraciones ¿Verdad? Pasame el dato, please, que tengo una amiguita que necesita regularizar su situación" (email de Jorge)

128 - Algo sobre Marina

- Che... ¿Y por qué vos y yo nunca nos fuimos a la cama? - me pregunta Marina, a mitad de un café.
- Eh... No sé - me desconcierta la pregunta - supongo que porque somos amigos.
- Dejate de joder, Esteban... ¡Si ustedes, los hombres, no creen en la amistad entre el hombre y la mujer!
- Bueno... Yo sí - puse mi mejor cara de Gato con Botas en Shrek II.
- Interesante... Ahora decime también que, por respeto a esa sagrada amistad, te privarías de hacerme de todo - arriesgó, mirándose su propio y prominente escote.
- Te haría de todo acá mismo, sobre la mesa del bar, delante de esas viejas que toman té con masitas.
- ¿Y? ¿Qué esperás?
- A que se vayan las viejas, que me da vergüenza.

127 - La pregunta

- Martincito - dije en mi tono más paternalista - Vení, que papá necesita hacerte una pregunta.
- ¿Qué pasa viejo? - contestó de mala gana y a la distancia.
- Vení, sentate...
- Ay, viejo, dale, que estoy en el chat.
- ¡Bueno, dejá de chatear y vení para acá, que tu padre te está llamando, carajo! - el paternalismo se me fue a la mierda y salió el macho alfa autoritario.
- Ufa - protestó Tincho mientras se sentaba a mi lado.
- Martín... Vos sabés que podés confiar en papá ¿Verdad?
- Msep
- Y sabés que, cuando quieras hablar, papá siempre está acá para vos.
- Mmmsep
- Y sabés que, con papá, podés hablar de cualquier cosa, sin vergüenza, que papá te va a querer igual, incluso si...
- Te estás poniendo pesado, viejo.
- Está bien, está bien... Decime la verdad, Martincito: ¿Sos...?
- ¿Soy...? - me miró intrigado.
- Si sos... - no podía decir la palabra en voz alta.
- ¿Gay? - arriesgó.
- No, no - estallé en una carcajada.
- ¿Entonces?
- ¿Sos EMO, nene?
- Ni en pedo, pa - ahora el que estallaba en carcajadas era él.
- Pero... ¿Y el "disfraz"? - me quedé atónito.
- Ah, eso...
- Sí, eso, Martín. Trescientos mangos gastados en una ropa espantosa.
- Eso... Es que hay una chica en la escuela que...
- Dejá, así está bien. Entiendo - sonreí cómplice.

Y desde esa noche dormí tranquilo.

126 - The clones wars

"Definitivamente tenés que abandonar tu obsesión con las morochas. En especial si su nombre empieza con 'V'. ¿No te das cuenta, tarado, que estás repitiendo un patrón? Valeria, Verónica, Vanessa, Victoria, Vanina, Vera, Vilma... ¡Hasta Virginia! ¡Todas iguales! Todas morochas, todas con buen orto, todas LOCAS, cada una a su manera. ¿Vos te buscás a propósito minitas que te lastimen? ¿Así de pelotudo sos, viejo? Dejate de joder, dejate de buscar fotocopias de Valeria, y enganchate con una MUJER" (Jorge, amigo y psicólogo de barrio)

125 - Desagendados

"Tomemos un café", me dijo Valeria, amigablemente, por teléfono, "tenemos que discutir qué vamos a hacer con respecto a los problemas de conducta de Martincito en el colegio". La excusa era buena y el hecho de juntarnos en un bar, en público y a la luz del día, me garantizaba que, al menos, no iba a hacer algún tipo de escándalo.

La esperé sentado en La Biela, afuera -hacía calor- tomándome una cerveza mientras miraba pasar a la gente. Llegó tarde, como de costumbre, y atacó con su característica ferocidad. "El chico es un desastre por culpa del padre que tiene, que es un mal ejemplo de todo en la vida", fue su primera frase.

El resto de su discurso fue sistemáticamente olvidado, dado que versaba sobre más de lo mismo. De hecho, creo que como al minuto y medio, dejé de escuchar.

Hasta que, en un momento, la cerveza ingerida empezó a ejercer una cierta presión sobre mi vejiga. Era la excusa perfecta para huir de la perorata valeriana, por lo que me excusé y desaparecí en el baño de caballeros por eternos cinco minutos.

Pero, en mi excursión a desagotar el cuerpo y la mente, cometí un error gravísimo: olvidé el celular arriba de la mesa.

A mi regreso, pagué la cuenta y me preparé para retirarme, no sin antes recordarle que, si tenía algún problema con la forma en que criaba a mis hijos, podía discutirlo cualquier día de estos con el Asesor de Menores en el juzgado.

De la masacre me di cuenta cuando ya me había alejado de La Biela unos doscientos metros y Valeria estaba fuera de mi campo visual. Durante mi prolongada excursión sanitaria, mi exposa había echado mano a mi teléfono.

Todos los contactos en la agenda que tenían nombre de mujer -incluyendo mi mamá, mi hermana y mi tía Martha- habían sido eliminados.

124 - Bancate ese defecto

"Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así", aullaba el Nano Serrat desde un grabador ochentoso y con pocas pilas, que hacía que la voz del catalán patinara ligeramente. La canción era brutalmente acompañada por una percusión de tapas de cacerola, en manos de los coordinadores del Fin de Semana de Encuentro Matrimonial. Sí, así nos despertaron el segundo día, casi de la misma forma que el Profe Ramírez -de educación física- nos sacaba de adentro de las carpas en esos interminables campamentos de invierno en San Antonio de Areco que hacíamos con la escuela.

Mi predisposición, luego de este despertar, era tan buena como la de Valeria a la hora de negociar alimentos. Y mi humor, completamente digno de Sauron.

Las charlas de la mañana incluyeron un ejercicio que, creo, no olvidaré jamás: había que poner por escrito qué era lo que nos había enamorado del otro.

Sobre Valeria escribí que tenía fuerza de espíritu, que no renunciaba a las cosas que se proponía, que se aferraba con uñas y dientes a aquello en lo que creía, que era mucho más organizada y disciplinada que yo y que era muy apegada a la familia.

Visto en perspectiva, aún no estoy seguro de si lo que hice fue una lista de lo que más me molestaba mostrándolo como si fueran virtudes cardinales o si, en su momento, no me habré enamorado de sus peores defectos.

123 - Adios a la violencia

¿Estaré destinado a que ninguna mina me dure? ¿O seré yo el subnormal, que después de tantos años con Valeria, ya no me banco ni la menor señal de neurosis? ¿O será que realmente están todas, todas, todas absolutamente del moño?

Mi relación con la profesora de aerobics, debería haberlo sabido, estaba condenada al fracaso. Simplemente, porque me exigía que resignara una parte de mi personalidad. No estoy seguro de ser el tipo cursi y empalagoso del que Vanina se quejó durante todo el tiempo que duró lo nuestro. Creo que más bien soy un "hombre sensible" en la acepción más doliniana del término. Una especie de romántico incurable, capaz de emocionarse, de sentir intensamente, de escribir -en consecuencia- este tipo de pavadas.

Pero a ella le gustaba la cosa hard. Y el sexo desenfrenado -experimental y bastante salvaje, dicho sea de paso- resultó una tentación demasiado grande. Sí, los hombres pensamos con el pito, nadie descubrió la pólvora, la penicilina, la cura contra el sida o la fusión en frío por proclamar esto.

Pero así como la cama era una especie de circo romano, donde el divertimento implicaba siempre un cierto grado de violencia, la convivencia fuera del polvódromo era horrible. Con Vanina todo era demasiado serio y estaba siempre al borde del melodrama.

Llegó un punto en que empecé a sentirme incómodo a su lado. Poco tiempo después ya no estaba incómodo. Sinceramente, estaba mal. Necesitaba cortar ese vínculo enfermo.

Terminar con una relación nunca es fácil, pero casi siempre recorre el mismo camino. Se empieza por explicar en forma remanida, aunque civilizada, que la cosa ha llegado a su fin. El empleo de frases como "ya no siento lo mismo", "ya no somos los mismos", "esto no da para más" o el clásico de clásicos "no sos vos, soy yo" siempre deja un halo de cordialidad y buen gusto, pese a las lágrimas.

Un par de veces en mi vida me ha pasado que alguna dama no entendiera un "se terminó" adulto y elegante, obligándome a usar frases un tanto más duras, en la línea de "tomátelas", "fuiste", "no te quiero volver a ver un pelo" o "yo creí que eras especial... y sí, estás especialmente loca", como le tocó oir a Verónica, en su momento.

El problema con Vanina fue que, cuando le expliqué por las buenas lo que sentía, obtuve una respuesta que jamás hubiera esperado: "ay, no hables pelotudeces, nene", me dijo. Cometí entonces el terrible error de pasar al plan b y tratarla como el culo.

Completamente contraproducente: me ensarcé en una discusión a los gritos y puteadas que sólo consiguió que su conteo hormonal se disparara por las nubes y todo acabó en un revolcón de antología.

Desesperado, intenté el último recurso. El más bajo de todos. La única forma que se me podía ocurrir de espantarla en forma definitiva.

Acabada la maratón sexual, abracé su cuerpo desnudo sobre la cama y acercándome a su oído, le susurré la frase maldita:

"Te amo, Vanina"

Se levantó, se vistió y se fue.

Y nunca más volví a saber de ella.

122 - Salven a las ballenitas

Cuando recién me casé, tiempos de vacas flacas, usaba unas camisas baratas que tenían las ballenitas del cuello cosidas adentro. No se podían cambiar, como en las buenas camisas de vestir, sino que estaban atrapadas dentro de la estructura del cuello de la camisa en forma permanente.

El mandato familiar de Valeria -heredado de su madre y, por carácter transitivo, de su abuela- indicaba que los cuellos de las camisas masculinas debían almidonarse hasta que tomaran la solidez de la roca volcánica y, muchas veces, la suave y acogedora textura del papel de lija. Así, se empeñaba mi exposa en rociar toneladas de apresto sobre mis prendas, para luego castigarlas con la plancha a una temperatura tal que seguramente podría derretir un iceberg.

El resultado era triste: no sólo las camisas quedaban rígidas como rulo de estatua sino que, ante el calor, el plástico taiwanés berreta de las ballenitas se deformaba salvajemente. No había llegado al primer año de casado cuando descubrí que absolutamente todas mis camisas tenían los cuellos combados por el plástico deforme, haciendo que simpáticamente miraran al cielo, como si se tratara del vestuario de un payaso de circo de barrio.

Hacerle a Valeria una "amable sugerencia" con respecto a la sobredosis de Robin y la temperatura adecuada de la plancha fue motivo suficiente para desencadenar una pelea que acabó en un sólo grito por parte de ella:

"Si tenés tanto problema, planchátelas vos"

Desde ese entonces y mientras duró mi matrimonio, planché a diario mis propias camisas, frustrando a mi exposa, que seguramente hubiera preferido que le pidiera perdón y rogara de rodillas por su excelso planchado.

Hoy -sobre todo desde que despedí a Rosa- ya no plancho. Como lavo a mano, a falta de lavarropas, simplemente cuelgo la ropa en perchas y dejo que el peso del agua y la ley de gravedad hagan el trabajo por mí.

No quedan como si las hubiera sacado recién de la tintorería, pero juro que, a la fecha, nadie se dio cuenta.

121 - Lu

Hacía rato que Nachito nos hablaba de Lu, sin que supiéramos del todo bien si se trataba de Lucrecia, Luciana o Luis Alberto. Pero se lo veía casi como involucrado en una relación que parecía exceder la mera amistad, por lo que -seguramente un poco por miedo- lo dejamos ser. Además, era reconfortante ver cómo se le iluminaba la mirada cada vez que mencionaba a Lu o cómo se le almibaraba la voz cada vez que un llamado de Lu al celular interrumpía nuestra partida de pocker.

Guille, ligeramente homofóbico, por mucho que se esfuerce en ocultarlo y parecer políticamente correcto, insistía por lo bajo en que, seguramente, se tratara de un fisicoculturista llamado Luciano o de un profesor de salsa llamado Luis.

Hasta que un día, quizás en una de esas situaciones a las que llamo "casualidad premeditada", pasó por casa a buscar unos libros que había prometido prestarle y "justo" estaba en el auto Lu.

Una sola cosa puedo decir al respecto: pocas veces había visto tetas así de grandes.

120 - Doble o nada

"Te voy a dar placer como nunca sentiste en tu vida, nena" (ay, las estupideces que uno dice, las promesas vanas que uno hace con tal de acarrear a una mujer a la catrera)

119 - Pegame y llamame encuentrista

La primera noche de Encuentro Matrimonial, el Padre Víctor, un santiagueño robusto y levemente apático, explicó que "lo que hacemos acá es de gran ayuda en la mayoría de los casos, salvo cuando hay violencia en la familia".

A la mañana siguiente, de los siete matrimonios originales, sólo quedábamos cinco.

118 - She comes in colors

- Papá... ¿Me das plata para ir a la peluquería? - dijo Carolina.
- ¿Eh? - me quedé estupefacto.
- ¿Qué parte de plata para la peluquería no entendiste, papá?
- No, mi amor... Lo que no entendí es para qué querés ir a la peluquería ¿Te vas a cortar? ¡Con el pelo hermoso que tenés!
- No, papá, no me voy a cortar - Carolina se estaba poniendo en misteriosa.
- Ahora sí que no entiendo - me puse firme - ¿Y si no te vas a cortar, para qué querés ir a la peluquería?
- Me quiero teñir.
- Eh... - silencio incómodo.
- Un mechón.
- Ah... - cara de sorpresa.
- De ROSA, papá.
- ¿Pero vos estás en pedo o tomaste cipermetrina, hijita?
- No, quiero teñirme un mechón rosa, está re-de-moda.
- No, hija.
- Pero, papá...
- Dije que no.
- Ppppe...
- ¡Que no! - levanté la voz.
- ¡Sos injusto! - ladró, rompiendo en llanto.
- ¿Injusto yooo?
- Sí, sí, sí, vos, vos, vos, injusto, injusto, injustooo.
- ¿Por qué?
- ¡Porque lo dejás a mi hermano ser emo y yo no puedo ser flogger en paz!

117 - Malas compañías

Jorge siempre hace cosas locas para su cumpleaños. Organiza fiestas temáticas, contrata catering de comida étnica, alquila lugares inusuales o consigue que una modelo salga de adentro del pastel. Es original, excéntrico y divertido, lo que convierte a su festejo en uno de los eventos del año, que todos esperamos preguntándonos qué tendrá entre manos.

Cuando cumplió 30, por ejemplo, hizo una fiesta mexicana, con mariachis, sobredosis de tequila y una cantidad de salsa tabasco de la que aún estoy intestinalmente arrepentido. Dos años después alquiló un salón de fiestas infantil y puso animadoras en ropa interior (y, aunque no le creemos mucho, Pablo aún habla del polvo que se echó con una de ellas adentro del pelotero, cumpliendo una antigua fantasía). Trescientos sesenta y cinco días más tarde alquiló el natatorio de un club, llenó la pileta de globos, instaló una barra, puso música setentosa y se despachó con un pool-party.

Pero lo de este año, definitivamente, no me lo esperaba.

Jorge alquiló un barco. Pero no un yate o uno de esos catamaranes que ofician de mal restaurant. Nos citó a todos, sin dar mayores explicaciones, en la Prefectura de Escobar, donde un remolcador de salvamento nos esperaba para remontar el Paraná, aguas arriba. "Esta fiesta termina mañana en Rosario", anunció rimbombante, y salimos a navegar.

La embarcación tenía un comedor razonablemente amplio, donde se había instalado un buffet más que bien surtido y, sobre cubierta, el DJ y la barra hacían el resto del trabajo. Llevaba ya un par de cervezas -quien dice un par dice media docena, seamos honestos- cuando la vi.

Enfundada en un vestido negro con lentejuelas, probablemente producto de la American Express Platynum de mi amigo, y con un peinado alto estilo Marge Simpson, ahí estaba ella, apostada sobre la banda de estribor, mirando las estrellas.

- ¿Se puede saber qué mierda hacés acá? - pregunté, tratando de imitar la mirada de Sauron.
- Eh...mmmme me me invitó Jorge - tartamudeó Rosa.
- Mirá, querida, si no fuera porque estamos en el medio del río, te sacaba de acá a patadas en el orto, por traicionera - respondí, intercalando dos hipos y un eructo en la frase.
- Ay, Señor Esteban, no se enoje conmigo.
- Si no querés que me enoje con vos, dejá en paz a mi amigo.
- Georgie es lo suficientemente grande como para juntarse con quien quiera - nunca supe de dónde había sacado el coraje para darme esa respuesta.
- Está bien, tenés razón - tomé impulso para darle la estocada final - Pero... ¿Sabés una cosa? Yo también me junto con quien me da la gana. Y, justamente, tengo un amigo en la Dirección Nacional de Migraciones al que le va a encantar ponerse al tanto de tu situación documental.
- Ay, no, Señor Esteban, que no puedo volver a Asunción - vi lágrimas y me sentí un tremendo hijo de puta, pero ya estaba jugado.
- Entonces borrate - respondí.
- Sí, Señor...

Nunca había visto a nadie -ni a Valeria- mirarme con tanto odio.

116 - Sepanlón

Mi ex tiene un blog.

115 - Tough love

Que Vanina me llamara "cursi" a cada minuto no era un problema serio. De hecho, en tren de evitarme cursilerías -y sus respectivos reproches- comencé a ahorrar un dinero considerable al prescindir de cenas románticas, entradas a espectáculos, flores, bombones y regalos. Cada vez que algún gesto romántico y telenovelesco de mi parte era tildado de cursi por la curvilínea profesora de aerobics, automáticamente se incorporaba a la lista de cosas que no debía hacer si quería conservar el buen humor de esta damisela.

Sin embargo, cuando empezó a quejarse del lenguaje, comencé a perder la paciencia. Bastaba con que la llamara por cualquier apodo -"linda", "dulce", "bombón", "princesa" o hasta "mi amor", que llegué a utilizar sólo un par de veces- para que enseguida saltara con un "me llamo Vanina y no seas cursi ¿Querés?".

Hasta que, un buen día, las pelotas se me acabaron por romper en forma definitiva.

- Tengo tantas ganas de verte - dije por teléfono.
- Ay, no seas cursi ¿Querés?
- Dejate de joder, nena. Para vos, todo es cursi.
- No, todo no. Sólo vos, que sos almibarado, empalagoso, sos un dulce de leche de segunda marca.
- ¡¿Pero por qué no te vas un poquito a la renegrida concha de la putísima madre que te parió?! - grité enfurecido.
- ¿Cómo? - algo en su voz sonaba raro, como si hubiera bajado un cambio, como si le hubiese tacleado la altanería.
- ¡Que te vayas a la reconcha de tu madre, forra! - grité aún más fuerte y corté.

Intentó llamarme, pero no la atendí. Sin embargo, la sorpresa me estaba esperando a la salida del trabajo: Vanina, enfundada en una minifalda cortísima y subida a unos tacos más largos que la pollera, me esperaba en la vereda.

Me puse en guardia para un escándalo en la vía pública con cachetazo incluido.

Obviamente, con esa actitud defensiva, el hecho de que se arrojara en mis brazos y me besara salvajemente me desarmó por completo.

"A veces necesito que me pongan los puntos", susurró, casi con humildad, mientras nos encaminábamos hacia el telo más cercano para involucrarnos en la que sería la sesión de sexo más salvaje de la que tengo memoria.

"De acá a la ropa interior de cuero con tachas, los látigos y la mostaza hay sólo un paso", pensé durante el cigarrillo post-coito, aunque no me atreví a decirlo en voz alta.

Un paso que no estaba seguro de estar dispuesto a dar.

114 - Karreras

"Hay pikada en el autódromo. Venís?" (mensaje de texto de Vanessa, el sábado a la noche)

113 - Campamento matrimonial

Catorce personas. Siete matrimonios. Sobreentendido, todos ellos en conflicto. Si no, no estarían amontonados en una habitación sin ventanas, una tarde de julio, en una casa de retiros espirituales en el culo del mundo. Los catorce se miran unos a otros sin entender del todo bien qué pasa, cuando uno de los coordinadores asoma la cabeza por la puerta y, con una sonrisa exagerada, les anuncia: "listo, ya pueden salir".

Al traspasar la puerta, una treintena de personas -todos absolutos desconocidos- forman una especie de pasillo por el cual los matrimonios, mayoritariamente asustados, caminan, buscando al menos alejarse del encierro de la primera habitación.

La banda de desconocidos que forman el túnel -me hacen temer un puente chino, por un momento- canta. Lo hacen desaforadamente, más como una hinchada de segunda división que como el coro de un monasterio. La canción dice así:

"Que lindo es vivir para amar
Que lindo es tener para dar
Dar alegría y felicidad
Darse a uno mismo, eso es amar"

"¿Dónde mierda nos metimos?", le pregunto por lo bajo a Valeria. "No tengo idea", me responde, "pero parecen de la secta Moon".

El fin de semana de Encuentro Matrimonial se parece más a una mala colonia de vacaciones que a una terapia de pareja alternativa. Las habitaciones de la casa de retiros espirituales son sombrías y mohosas. Están amobladas austeramente con cuchetas y acolchados baratos. En la puerta de nuestro cuarto, un cartel clavado con una chinche tiene un enorme corazón dibujado con marcador que dice: "Valeria & Esteban".

En la primera reunión nos explican cuestiones formales: horario para irse a dormir, horario para levantarse, prohibición de fumar en el interior -lo cual no le hará ningún bien a mis nervios, dado que lidio muy mal con la abstinencia de nicotina- y otras reglas internas un tanto exóticas que no logro memorizar. Me recuerda a los campamentos de la infancia y la idea me resulta divertida.

Sin embargo, cuando nos ordenan entregarle a los coordinadores nuestros relojes y teléfonos celulares, empiezo a sentirme como en un campo de concentración.

Encuentro matrimonial trata, básicamente, sobre la comunicación en la pareja. Tienen un método, que según ellos, es increíblemente efectivo. Lo llaman el 10/10. Parten de la premisa de que se puede fomentar la comunicación en la pareja con tan sólo veinte minutos diarios de trabajo, repartidos en diez y diez. Pero, para evitar la confrontación, proponen que, en vez de hablarse, se escriban. Así, durante este extraño fin de semana en esta especie de campo de concentración cristiano, nos pedirán varias veces que nos tomemos diez minutos para escribirle unas líneas a nuestra pareja y luego intercambiemos cartas, usando los diez minutos restantes para charlar con el otro qué fue lo que más nos impactó de su misiva.

Suena bien en la teoría, si no fuera porque en la práctica, cada sesión de diez minutos de conversación acaba por convertirse en un inconducente rosario de reproches mutuos.

La primera noche, sin embargo, es coronada por un diálogo tan esperazador como inusual:

- Vale... - llamo a mi exposa desde mi cucheta.
- ¡Qué! - responde malhumorada.
- Me quiero ir a casa.
- No lo digas dos veces.
- ¿Y si nos escapamos por la ventana? - disparo, en medio de una carcajada.
- De ninguna manera -contesta muy seria- Quizás todo esto sirva para algo: es la primera vez en mucho tiempo que logramos ponernos de acuerdo.

112 - Chisme de barrio

Se dice en el barrio que Doña Lourdes, la supuesta curandera que auguró mi divorcio, en sus años mozos solía ser "Lulú", en vez de Doña Lourdes, y que se ganaba el sustento con un oficio tan cuestionable como el que tiene ahora.

111 - Waiting by the phone

Y encontrábase Esteban a mitad de un polvo razonablemente bueno, cuando a esa máquina siniestra denominada teléfono celular ocurriósele sonar. La tentación resistir no pudo de echarle mano a la susodicha pieza de tecnología, sólo para recibir, en la pantalla exterior, la peor identificación de llamadas posible, aquella que reza "Valeria".

Sin dubitarlo ni un solo segundo, presionó Esteban el botón rojo, dando muerte al responsable de la tamaña osadía de interrumpirlo y continuó con su faena. En la lontananza, oyó al teléfono fijo repiquetear levemente, pero ignorolo en un par de ocasiones hasta que cesó en el fútil intento de llamar su atención.

Jamás tomose la molestia de volver a encender el adminículo movil hasta la mañana siguiente, para hallar un mensaje de voz de la susodicha exposa, que aullaba un "llamame urgenteeeee, pedazo de hijo de puta". En un acto de autoflagelación, decidió devolver el llamado.

- Hola ¿Qué querés? - dijo
- Ah... Apareciste, pedazo de forro.
- Tenés un minuto para decirme qué necesitas. Y una puteada más y vuelvo a apagar el teléfono.
- No, ahora no necesito nada.
- Bueno, chau.
- Ah, no, no, no, queriiiiido, ahora me vas a escuchar.
- Te quedan cincuenta segundos.
- Anoche tu hija tuvo fiebre y yo no tenía antitérmico.
- Problema tuyo, que no sos una madre previsora y no tenés el botiquín completo.
- Y yo, a esa hora, no podía salir a comprarlo y no te pude localizar para que fueras vos y me trajeras el remedio, porque no atendías en el departamento y apagaste el celular ¿Te parece bonito, abandonar así a tu pobre hijita?
- Disculpame, pero anoche estaba ocupado, no hubiera podido ir a la farmacia de todos modos.
- ¿Y por qué me apagás el teléfono, pedazo de sorete?
- Justamente, para que no me rompas las pelotas - en este punto de la conversación, había ya empezado a levantar la voz.
- ¡Pero vos sos un irresponsable de mierda! ¡Vos tenés que tener el teléfono encendido siempre, siempre, siempre! Después tus hijos te necesitan y no estás.
- Sí, claro... Tengo que ser tu cadete las 24 horas. ¿Por qué no llamaste al delivery, para que te trajeran el medicamento?
- Es que, al final, como vos no aparecías, eso hice.
- ¿Y entonces?
- Entonces sos un pedazo de hi...

Y cortole Esteban mucho antes de oir el final de la frase.

110 - Sono io il ultimo romantico?

- ¿Qué mirás, tarado? - me dijo, cuando se dio cuenta de que la estaba observando.
- Tus ojos - dudé por un segundo, sobre todo porque en realidad le estaba mirando las tetas - Son absolutamente hermosos.
- Ay, por favor, no seas cursi - me escupió en la cara, para luego darme la espalda y continuar la conversación con alguien más, que evidentemente le parecía mucho más interesante.

Así conocí a Vanina, a la que cariñosamente acabaría llamando "sporty spice", profesora de aerobics y portadora de un lomo infartante, en el cumpleaños de mi amigo Guille. Era amiga de una amiga de una prima de alguien y estaba en la fiesta completamente de casualidad, arrastrada por esos exóticos seis grados de separación que hacen que uno conozca gente que, quizás, no debería.

Su embestida había herido mi orgullo, por lo que reagrupé y fui a la carga nuevamente.

- Mejor si me das la espalda - le susurré por encima del hombro
- ¿Eh? - giró el cuello y me miró a los ojos, furiosa
- Porque tus ojos son divinos, pero tu culo es, definitivamente, una obra de arte, la perfección más absoluta.

Dejó salir una risita casi aniñada y se sonrojó violentamente. "Uno a Cero", me dije a mi mismo. La había hecho reír. Además -eso lo sabría mucho tiempo después- le había elogiado una de las partes de su anatomía que más se había esforzado, a lo largo de los años, en esculpir a fuerza de spinning, step, aeróbica y bicicleta. "Igual sos más cursi que un tema de Manzanero", me apuñalaron sus palabras. Pero había logrado superar la primera barrera y la charla continuó sobre temas triviales.

Se acercaba el final de la fiesta -ese momento en que las botellas empiezan a vaciarse y los invitados buscan excusas inverosímiles para irse- cuando decidí que era hora de un último ataque feroz:

- ¿Y si te invito a cenar? - propuse.
- Ay... dejame adivinar... ¿En un restaurant en Palermo Hollywood?
- Sí, podría ser.
- ¿Cocina gourmet, de autor, con un ligero pero sutil toque afrodisíaco?
- Si a vos te parece bien...
- ¿En un lugar hiper íntimo, muy bien atendido, con excelente decoración y luz de velitas?
- Por supuesto.
- ¿Me vas a pasar a buscar y me vas a comprar flores?
- Dale...
- ¡Ves que sos el colmo de la cursilería!

Esta vez me tocó ponerme colorado a mí, por la bronca de haberme dejado engatusar de esa manera, de haber entrado en el juego.

Tres días después, me pasó a buscar ella a mí. Con su auto. Manejando ella. Me llevó a comer a un lugar del centro cuya existencia desconocía, donde hacían pizza cuadrada -pidió una con pollo y crema arriba, juro que jamás se me hubiera ocurrido- y la música electrónica estaba a un decibel de estar demasiado fuerte.

Demasiado fuerte.

Como Vanina.

109 - Gastos eventuales

¿Qué diría mi mujer si se entera que gasté plata en esto? La primera vez que me hice esta pregunta, llevábamos dos años de casados. Había ido con Nacho a una de estas exposiciones de fantasía y ciencia ficción que solían ser populares en Buenos Aires hace unos años y, en uno de los stands, me había enamorado a primera vista de un muñeco de doce pulgadas del Señor Spock. Con su uniforme azul, sus orejitas puntiagudas, su phaser en la minúscula manito y el tricorder colgándole como si se tratara de una femenina cartera pasada de moda. No recuerdo el precio. Pero recuerdo los ojos de Nacho, abiertos por la sorpresa como un dos de oro, cuando el vendedor lo dijo en voz alta. Era demasiado caro.

Lo compré, preguntándome qué diría Valeria cuando le dijera que me había gastado ese dineral en un juguete. Y un juguete para mi, además.

Dejé a mi vulcano de plástico en el baúl del auto y, mientras volvía a casa, tomé una de esas decisiones que, muchos años después, sumarían argumentos cada vez que digo que, mi divorcio, era completamente predecible: decidí no decirle nada a Valeria.

El resto de ese mes no almorcé en horario de trabajo. Si hacía desaparecer todo ese dinero de casa, de una, mi exposa iba a sospechar algo. Con el tiempo, en la planilla de Excel donde llevábamos los gastos, inventé un asiento que llevaba el ridículo nombre de "gastos eventuales", donde, con discreción y cuentagotas, podía infiltrar algún dinero, podía "lavar" gastos que, si los declaraba, hubieran implicado un quilombo con Valeria.

Mi lugar de trabajo se convirtió entonces en el refugio de mi pequeña colección de fetiches. Era preferible ser objeto de burla de los colegas que víctima de un escandalete made-in-Valeryland. Con el tiempo y el advenimiento del divorcio, mis juguetes se mudaron a mi departamento de nuevo soltero. De hecho, al momento de escribir estas líneas, Spock me mira fijo, con su mirada negra de esmalte sintético. Está muy bien acompañado por un guerrero klingon que compré en una comiquería, un Batman enorme que Jorge me trajo de Miami, una alcancía con la forma de R2D2 que conseguí en un sitio de remates, un simpático Homero J. Simpson, sentado en el sillón, con el control remoto en la mano, y una media docena de naves espaciales en miniatura.

Y ya no tengo que darle explicaciones a nadie o falsear asientos contables de gastos eventuales.

108 - Desencuentro matrimonial

En el ridículo camino de tratar de salvar un matrimonio que estaba condenado as from day one, probamos de todo. Tras el estrepitoso fracaso con Magdalena, la consejera matrimonial, me encontraba ante el conflicto de buscar algo que pudiera ayudarnos sin que se pareciera en lo más mínimo a una terapia convencional, no fuera cosa de predisponer mal a mi mujercita y que acabara por avergonzarme en público nuevamente.

El padrino de Martín, un hombre de fe -que visita religiosamente la parroquia todos los domingos y el prostíbulo todos los lunes, a la hora del almuerzo- nos habló de Encuentro Matrimonial, un movimiento de la Iglesia Católica que "trata, sobre todo, los problemas de comunicación en la pareja", nos explicó, "creo que es justo lo que ustedes están necesitando, los voy a contactar con un coordinador amigo".

Si lo hubiera propuesto yo, seguramente Valeria se habría resistido. Pero la idea venía de boca de su mejor amigo de la infancia, lo cual la convertía en la mejor idea del mundo, que aceptó gustosa.

Unos pocos días después, nos llamaba por teléfono un tal Alberto, que nos explicaría en qué consistía: un fin de semana en una casa de retiros espirituales, junto con "otros matrimonios, como ustedes, que se aman, pero que necesitan mejorar la comunicación", donde, a través de una serie de charlas, dictadas por un sacerdote y otros matrimonios expertos, "van a aprender un método que les va a cambiar la forma de comunicarse... ¡y la vida!", remató entusiasmado.

Acepté la propuesta no del todo convencido. Sonaba demasiado bien, demasiado perfecto, algo tenía que fallar. Hice la reserva y dos semanas después llegábamos a la mentada casa de retiros, un edificio anticuado en las afueras de General Rodríguez.

107 - Cambio de perfil

- Che, Esteban... mirá, te llamaba, de onda, para avisarte que, finalmente, contratamos a otra persona.
- Uy, qué lástima - le respondí a ese inmenso par de ojos azules que bien podría haber sido mi jefa.
- Sí... no era mi decisión solamente y "de arriba" dijeron que había otro candidato que les gustaba más... pero bueno, me caíste bien y no quería dejar de avisarte.
- Está bien, no te hagas problema - y tras un segundo de silencio, disparé con munición más gruesa - ¿Sabés una cosa? Me hubiera encantado trabajar con vos.
- Ay, a mi también - contestó risueña, haciéndome adivinar que se acababa de sonrojar.
- ¿Y si te invito un café? - doble o nada, pensé.
- La cafeína me hace muy mal...
- Eh... - dudé, sumido en un silencio incómodo.
- Mejor invitame una cerveza.

106 - A traición

Esa tarde, tuvimos muy buen sexo. Me debería haber parecido sospechoso. Era domingo, el perro estaba en el country con Jorge. Los chicos, con Valeria, y yo, inmoralmente decidido a no atender ni el timbre ni el teléfono, no fuera cosa de que se muriera otro ex pariente político remoto o que el sexto sentido de mi ex le indicara que era buen momento de joderme la vida.

Era primavera, estábamos distendidos, nos divertimos, gozamos. Por primera vez, Victoria y yo bailábamos el tango horizontal decentemente. De hecho, en un momento, empecé a preguntarme por qué esta dama, semi divorciada, con hijos, con una cuenta pendiente de un amor de juventud, con domicilio legal en otra provincia y mil mambos más, había soportado casi sin chistar los escollos que se interpusieron entre ella, la catrera y yo.

Pero mi gran error no fue preguntármelo. Fue preguntárselo. A ella. En voz alta.

- La verdad, no entiendo cómo me soportás - dije, divertido, mientras abrazaba su piel desnuda.
- Es que te amo - contestó ella con la naturalidad de quien predice lluvia porque le duelen los juanetes.
- Eh... - me quedé mudo, mientras todo un episodio de Seinfeld acudía a mi mente.
- ¿"Eh" qué? ¡Te amo, nene!

Tuve que permitirme unos segundos, una pausa incómoda, un silencio desnudo, para responder.

- Eso no es lo que habíamos pactado.
- ¿Cómo? - preguntó al tiempo que la sonrisa se esfumaba.
- Que "te amo" no es lo que habíamos acordado ¿Cómo era eso de que estaba bueno tener un "amigo con privilegios"?
- Eh... - la del silencio incómodo fue, ahora, Victoria.
- ¿A qué hora sale tu micro?

105 - Dios bendiga la acitromicina

Hacer pis duele. El roce de los calzoncillos arde. Encima, vas a la guardia y te atiende una mujer. Tomar una muestra, a punta de isopo, para mandarla al laboratorio, es una tortura de un grado de dolor francamente indescriptible. Esperar 24 horas a que el laboratorio te dé los resultados es una eternidad aletargada y pastosa, una ansiedad con cuentagotas.

Pero, bendita sea la Azitromicina, que en unas tremendas pastillotas de un gramo, elimina todo rastro de la infección en unas 72 horas.

Lo único que queda, después del tratamiento médico, es LA GRAN PREGUNTA:

¿Y cómo le digo que me pegó una venérea?

104 - Curiosa

- ¿Qué escribís? - me pregunta la chica del bar, espiando ligeramente sobre mi hombro hacia la pantalla de la laptop.
- Un blog - respondo con una sonrisa que no oculta del todo mi reticencia a que me espíen.
- ¿Un blog? Uh, grosso... Yo también tengo uno.

103 - Puf

Yo tenía un puf. Me encantaba tirarme a mirar tele. Lo mágico de estos artefactos es cómo se amoldan a la forma del culo, como el sillón de Homero; cómo se ajustan a cada caprichoso cambio de posición, cómo se adaptan camaleónicamente a mis necesidades de vaguear frente a la pantalla.

Yo tenía un puf. Pero ahora sólo tengo una bolsa de cuerina negra hecha jirones y una cuenta pendiente con el veterinario, que tuvo que tratar a Sauron tras la indigestión que le provocó la ingesta indiscriminada de bolitas de telgopor.

Un día de estos me voy a hacer un flor de asado de rottweiler.

102 - La princesa en la torre del ogro

Tenía que remontar de alguna manera la situación, luego del papelonazo con Victoria, provocado por el perro. Por eso, la siguiente vez que me mandó un email avisando que venía a Buenos Aires, intimé a Jorge para que se llevara a Sauron a la casa del country, al menos por un día, para liberarme el bulo. Mi amigo se resistió ferozmente a ser la niñera de mi mascota. Tuve que recurrir a argumentos fuertes -incluyendo evocación de la amistad a través de los años, pase de factura sobre favores del pasado y chantaje sobre oscuros secretos de su vida- para convencerlo de que realmente necesitaba una noche libre de ex esposa, hijos y -sobre todo- perros salidos de una novela de Stephen King.

Todo resultó razonablemente según lo planeado hasta el cigarrillo post coito, cuando Victoria, espontáneamente, empezó a hablar, a contarme una historia melodramática y aburrida sobre "el negro", su primer novio.

Me relató con lujo de detalles su tórrido romance pueblerino, cuando ella era sólo una niñita de 14 y él, un muchachote de 18. De cómo ambas familias, muy tradicionales, optaron por jugar a Montescos y Capuletos, oponiéndose a la unión, lo cual no hizo más que avivar el fuego. Me esforzaba por no bostezar cuando me contó cómo la había desvirgado cerca de las vías del tren, la noche antes de viajar a Bahía Blanca, a cumplir con la colimba en Puerto Belgrano.

Dicen que, cuando uno desea algo con mucha intensidad, se cumple. A Victoria se le habían empezado a llenar los ojos de lágrimas, mientras me contaba su telenovela personal, cuando yo empecé a desear, con cada fibra de mi ser, que algo -el teléfono, el timbre, un trueno o la explosión de una central nuclear- la interrumpiera.

Tan fuerte fue mi deseo que, cuando el lagrimeo amenazaba con irrumpir en la conversación, sonó el timbre.

Virtualmente salté de la cama para atender al portero eléctrico. Al otro lado del chillido metálico del aparato, la voz de Valeria era inconfundible:

- ¡Se murió el tío Constantino! - gritaba desaforada, desde la vereda.
- ¿Y a mi qué mierda me importa, flaca?
- Que se murió, pelotudo... Mi tío favorito se murió.
- Valeria, no jodas, tenía 92 años, como que ya era hora. ¿Qué mierda querés?
- Que te quedes con los chicos, forro, que tengo que ir a velar a mi tío.
- Ni en pedo... Estoy ocupado, arreglate.
- Ah, no, viejito... A los pibes te los quedás igual.
- ¿Pero qué parte de "ni en pedo" no entendiste?
- Estoy abajo, con los chicos ¡Bajá a abrirles ya, hijo de puta!
- ¡NO! - le grité, y colgué el auricular del portero.

Por primera vez, le estaba ligeramente agradecido a mi ex. Al menos me había sacado del sopor insípido de Victoria y su primer gran amor, ese que la había marcado. Sólo un par de minutos más tarde, me disponía a volver a la cama y, quizás, intentar un segundo round, cuando el portero volvió a sonar.

- ¿Qué carajo querés ahora? - atendí a los gritos.
- Estamos acá abajo, pa - Martín sonaba ligeramente angustiado.
- ¿Y tu madre?
- Se fue.
- Ok, ahora bajo.

101 - Aclaración

"Pará, boludo, pará... a tu EX MUCAMA me cogí" (Jorge, aclarando, cuando volví del desmayo)

100 - Terapias alternativas

- Me parece que, después de los últimos incidentes, ustedes necesitan "otro tipo de terapia" - me dijo Magdalena, algo tímida, al otro lado del teléfono.
- Sí, seguro - respondí, agregando un silencio dramático - ¡Electroshock!

099 - La borrachera anual

Mi relación con Vilma habrá de estar, evidentemente, marcada por las borracheras.

No había vuelto a verla desde aquel incidente del happy hour, pero tropecé con ella -literalmente hablando, me la choqué y le volqué una copa de Mumm Extra Brut en el escote- en una fiesta de fin de año de las tantas a las que fui invitado en las pasadas tres semanas.

Las fiestas de fin de año de las empresas son todas más o menos iguales. Como los casamientos, las fiestas de 15 y los actos del 25 de Mayo de la escuela, las fiestas empresarias de fin de año tienen una serie de códigos propios que -salvo honrosísimas excepciones- se repiten de un evento al otro, como si los "planners" estuvieran todos clonados entre sí y no se les cayera una idea original ni a palos.

Ahora, mientras que en un barmitzvah el eje central de la organización es la sobreabundancia de comida, y en una fiesta de 15 todas las expectativas están puestas sobre la capacidad del DJ para armar un buen baile, en las fiestas empresarias todo está orientado al escabio. A una empresa se le puede perdonar que el lugar de la fiesta quede lejos, que la gastronomía sea berreta, que el discurso del Director sea demasiado largo, siempre y cuando haya suficiente para beber.

El resto, es una mera cuestión de tamaños. He ido a fiestas de fin de año de microemprendimientos que consistían en amontonarse en una mesa larga, en un chino libre del barrio, tomar demasiada cerveza para empujar los springrolls y terminar abrazados al micrófono de un karaoke con un pedo para catorce. He ido también a eventos de pymes pujantes, con cuarteto de jazz, canapés y vino de segunda marca de alguna bodega reconocida; como también he sido invitado a algún que otro megaevento, megacorporativo, organizado en el Luna Park, regado de Chandon y Chivas Regal, y musicalizado por La Portuaria, ahí, en vivo y en exclusiva para los invitados.

En todos los casos hubo discurso, ya fuera a viva voz desde la punta de una mesa larga, desde un estrado escueto con micrófono o desde un escenario con presentación multimedia en pantalla gigante.

Porque, a la larga, todos los eventos son iguales, y los tres elementos predominantes -la música en vivo, el discurso presidencial y la borrachera faraónica- están en todos lados, sin distinción de origen, tamaño, facturación anual o pedigree.

A Vilma no le importó mucho que le volcara el champagne encima. Al fin y al cabo, tenía más, mucho más, en el torrente sanguíneo.

Sé que terminamos en los bosques de Palermo, adentro de mi auto.

Me encantaría contar más. Pero, francamente, no me acuerdo.

098 - Sauron y Victoria

Fue la peor noche de sexo de mi vida. Victoria estaba en Buenos Aires, pero los fondos escaseaban -tanto los de ella como los míos- y no daba para pagar un hotel, por lo que se me ocurrió la ridícula idea de llevarla a mi departamento.

Entramos besándonos, chocando contra el marco de la puerta, contra una silla, contra casi todo lo que había en nuestro camino y, sin soltarnos, sin dejar de besarnos, sin parar de manosearnos salvajemente, sin siquiera encender la luz, nos dirigimos hacia la cama.

Cuando, de repente, en mitad de la oscuridad y la pasión, un ruido extraño nos detuvo en seco.

Desde arriba de la cama, los dientes de Sauron brillaban en la oscuridad. En la penumbra pude distinguir cómo Victoria se ponía pálida y le mentí: "quedate tranquila, que no pasa nada".

Solté a la dama y, en un movimiento veloz, tomé al perro por el collar de ahorque. Chilló un poco al sentir las púas en el cuello y me miró con unos ojos que sólo he visto en películas clase zeta. Pero no estaba dispuesto a negociar, y menos con el perro. Con la mano libre, abrí el ventanal que daba al pequeñísimo balcón y expulsé al rottweiler del lado de afuera, cerrando con un estruendo.

Llevábamos unos quince minutos en la cama, cuando Victoria interrumpió con un lastimero "así no se puede". Y tenía razón. Los aullidos y arañazos del can contra el vidrio, pugnando por entrar, hacían un ruido que atentaba severamente contra el clima.

En un acto de desesperación, tomé un pedazo de cuadril completamente congelado del freezer y lo arrojé a las fauces de mi demoníaca mascota, creyendo que eso lo iba a mantener entretenido por un buen rato. Unos quince minutos después, de la carne petrificada por el frío, sólo quedaba el recuerdo, y Sauron había vuelto a la carga contra la ventana.

"Dejá, nos vemos otro día", dijo Victoria, abrochándose el jean a las apuradas.

Y sin siquiera un beso de despedida, se perdió en la noche.

097 - Noche... ¿Buena?

La Noche Buena fue uno de los eventos más bizarros que viví en los últimos tiempos. Por razones que aún no he logrado explicarme a mí mismo, accedí a la invitación de Valeria de pasar la fiesta con sus parientes. "Todo sea por estar con los chicos", me dije. Que fue lo que, a fin de cuentas, terminé haciendo: estar con mis hijos.

La familia de mi ex tiene un concepto un tanto particular con respecto al asado. Como son muchos, no sólo necesitan mantener los costos razonablemente bajos, sino que, además, tienen que preparar un asado de modo que sea sencillo para el asador cuando los comensales son más de medio centenar. Así, cuando en mi cultura, el asado incluye al menos dos cortes de carne -mínimamente, asado y vacío- y al menos cuatro tipos de achuras -chorizo, morcilla, salchicha parrillera y molleja, entre mis favoritas-, además de alguna provoletita, en la de esta gente el asado se reduce a algo casi minimalista.

Cuando voy al supermercado a abastecerme de materia prima para un asado, compro una bandejita de chorizos. Ellos van al mayorista y compran un gancho. Completito, con todos sus cincuenta chorizos. Por supuesto que, en estas tan magnas cantidades, poner en la parrilla más de un tipo de achura se vuelve una tarea compleja, por lo que sólo compran chorizos. Lo mismo sucede con la carne, un sólo corte para todo el mundo, estandarización a pleno. Los combos favoritos son costillar y chorizos o, directamente, lo que ellos llaman el "asado redondo": chorizos y hamburguesas.

La Noche Buena era una noche especial, por lo que al menos me ahorraron la amargura del "asado redondo". Compraron un gancho, como siempre, y varias piezas de vacío enteras, que regaron con vino en damajuanas, debidamente trasvasado a unas simpáticas botas.

Armaron una mesa larga, con caballetes y tablones, en el patio. Comí en silencio, sentado en un rincón, tratando de evitar la charla cargosa de un par de tías gordas y la polémica futbolera de los machotes recios de mi ex familia política. A mi lado, haciéndome la más grata compañía, mi hija Carolina desplegaba una cara de ojete tan contundente como la mía. Comí como el orto y me aburrí soberanamente.

A eso de las once de la noche, Natalia se quedó dormida en mis brazos. Resultó la excusa perfecta usarla como un escudo que me protegiera de Virginia, que superada por el efecto devastador de la bota, estaba completamente decidida a abrazarme y explicarme, con su fétido aliento a tinto barato demasiado cerca de mi cara, cuánto me quería.

Me refugié en el interior de la casa, desparramé a Natu en un sillón del living y prendí la tele. Cartoon Network, la única forma de sobrevivir a esa atrocidad de fiesta. Un minuto después, descubrí a Carolina sentada al lado mío, mirando a Tom & Jerry.

A la medianoche, el estruendo de gritos, botellas de Ananá Fizz descorchado y petardos estallando nos sobresaltó ligeramente.

- Feliz Navidad, pa - dijo Caro
- Feliz Navidad, hijita - contesté, al tiempo que me inclinaba para besarle la cabeza.

Y seguimos ambos mirando al gato y al ratón corretearse por la casa.

Por alguna razón, esta gente intuyó que la pasé fantásticamente, porque repitieron la invitación para año nuevo. Decliné amablemente, alegando "otros compromisos".



En la parrilla, agonizan los restos de vacío, asado, colita de cuadril, pollo, chorizo, morcilla, molleja, chinchulín, salchicha parrillera, tripa gorda y provoleta, sobre una brasas que apenas se atreven a arder. En la mesa, Jorge pelea contra una botella de Chandon mientras Pablo abre un Mantecol enorme, Guille rompe nueces con un martillo y Nacho inmortaliza la escena con su sempiterna cámara de video.

Y yo los dejo por hoy, deseándoles un 2009 glorioso, y me voy a brindar.

096 - Confesión

"Me cogí a tu ex" (dijo mi amigo Jorge con total naturalidad... y yo me desmayé)

095 - El amor en los tiempos del corralito

Mi generación se está divorciando. Lentamente, desde el comienzo del nuevo milenio, los que nacimos a principios de los '70 hemos estado volviendo a la soltería. No tengo ninguna estadística seria y confiable al respecto, pero no deja de asombrarme la cantidad de separaciones, abandonos y divorcios entre coetáneos cercanos que se han sumado, digamos, desde el 2000 hasta hoy.

Los nacidos en los turbulentos '70, los de Cámpora, los de Perón, los de Isabelita, los de la Junta, caímos en los temibles y sagrados lazos del matrimonio en tiempos de Menem. Y quizás, sólo quizás, nuestras vidas conyugales no sean más que un reflejo de los avatares sociopolíticos y económicos del país. Nacimos con el rodrigazo, nos criamos con la hiperinflación, nos casamos con la convertibilidad y nos divorciamos con la devaluación.

Vinimos al mundo en tiempos duros y violentos, hijos de beatniks frustrados, candidatos al psicoanálisis as from day one. Nos criamos en una de las épocas más inestables de la historia vernácula, con precios que cambiaban todos los días, amenazas de golpe de estado, la irrupción del SIDA y la explosión del Challenger. El nacimiento turbulento y la infancia en una montaña rusa nos terminaron por escupir a las puertas de la edad adulta con unos mambos con los cuales un freudiano se haría un festín, ciudadanos y futuros maridos golpeados desde antes de empezar.

Entonces llegaron los tiempos felices de Carlos Saúl y Domingo Felipe, donde un peso valía un dólar y un puñado de dólares -que no eran tan difíciles de ganar, al fin y al cabo- te llevaban de vacaciones a Cancún o de luna de miel a París. Teníamos media docena de tarjetas de crédito en la billetera y una capacidad de endeudarnos en pos del buen vivir que no conocieron ni nuestros padres los hippones, ni nuestros abuelos los tangueros, ni nuestros bisabuelos los inmigrantes.

El límite de compra de Mastercard y los créditos hipotecarios baratos parecían no tener fin.

Y nos casamos.

La crisis del 2001 sorprendió a muchos en plena comezón del séptimo año. Con índices de desempleo crecientes, contratos de trabajo precarizados, industrias paradas, panorama económico con pronóstico reservado, plazos fijos congelados, corralito, devaluación y matrimonios desgastados.

Y así nos fue.

El gobierno del Presidente Pingüino -con todos sus defectos, quizás demasiados para nombrarlos todos- trajo consigo, no se puede negar, un crecimiento económico que hacía años que no se veía. Y muchos de nosotros, los divorciados de la generación De la Rua, decidimos salir a rehacer nuestras vidas. Pero pronto vino Cristina, las huelgas del agro, la caída de las bolsas y la debacle mundial.

Como para recordarnos amablemente que nuestras economías están signadas por la inestabilidad, por el misterio de lo impredecible, por la adrenalina de la falta de rumbo, por el miedo a la oscuridad.

Igualito que nuestras vidas amorosas.

094 - Autodiagnóstico

La mejor definición de la palabra "terror" la aprendí en los ojos de Magdalena, la consejera matrimonial.

La segunda vez que fuimos a verla, todo terminó de una manera tan violenta como inusual. Con su sonrisa de siempre, la especialista nos hizo una sugerencia que, en el momento, me sonó por lo menos curiosa: "Ustedes son tan diferentes y encaran las cosas de una manera tan distinta, que me parece que lo mejor va a ser que tengamos algunos encuentros en conjunto, pero también charlas individuales, como para que puedan expresarse con más libertad, con más tranquilidad".

Asentí, seguí el juego. Me dejé llevar por la opinión de la profesional. Si ella lo decía, eso seguramente fuera lo mejor.

- Entonces, la semana que viene, empiezo por vos - le dijo a Valeria, mirándola directamente a los ojos.
- ¿Y por qué yo? - respondió en pie de guerra mi exposa.
- Porque me parece lo más atinado a efectos terapéuticos.
- Claro, entiendo - replicó Valeria - Lo que vos me querés decir es que yo estoy más loca que él, pedazo de hijadeunagranputa, peroquientecreesquesos.

En el momento en que se puso de pie, tuve miedo de que golpeara a la consejera y la tomé del brazo. Seguía puteando, ahora ya con un vocabulario digno de un show de Jorge Corona, mientras se ponía más y más colorada. Magdalena, en cambio, se ponía cada vez más pálida. En sus ojos vi terror.

Me llevé a Valeria a la rastra.

Las huellas de mis dedos en su brazo duraron un par de días.

093 - Un regalo de Navidad

No sé cuándo fue que noté el primer bollo. Pero me empezó a llamar la atención que, más o menos cada dos días, mi auto aparecía con un bollito nuevo. En lugares distintos. Siempre a primera hora de la mañana. O, al menos, a esa hora yo los notaba, lo que me hacía suponer que algo o alguien me abollaba el auto por la noche o mucho más temprano de lo que suelo salir de la cama.

"Don Esteban, Don Esteban", me gritó Rubén, el portero, esta mañana, "¡No sabe lo que vi!". El encargado del edificio se mostraba realmente alterado, por lo que lo hice sentarse sobre los escalones del frente del edificio y le rogué que, con la mayor calma de la que fuera capaz, me relatara lo que había visto. Así fue como me contó que hacía varios días que notaba, cada tanto, cerca de las siete de la mañana, a una morochita, "flacucha y de patas largas", en sus propios términos, que se acercaba a mi auto.

- Hasta que, esta mañana, me acerqué para ver qué hacía - contó emocionado.
- ¿Y qué hizo? - el portero había logrado despertar mi interés.
- ¡Le pateó el auto, Don Esteban!
- ¿¿¿Eh???
- Sí, tal como lo oye, jefe. Esa yegua pasa cada dos o tres días y le da una patada de burro a su auto, le clava el taco en la chapa, la muy hijaepú.

El relato me desconcertó. Pero Rubén era un tipo confiable -y chismoso- así que pregunté más. La descripción no era de gran ayuda: podría haber sido cualquiera, de Valeria en adelante. Pero un dato sutil me reveló la identidad: "Esta mañana, que me acerqué bastante, vi que tenía un tatuaje de un hada en el hombro".

Flacuchas de pelo oscuro y patas largas había muchas en el historial. Pero sólo Verónica estaba tatuada.

Lo siguiente que hice fue llamar a mi abogado.

092 - Telo prometo

Hacía mil años que no iba a un telo. Y debo admitir que, pese a que los albergues transitorios de la capital parecen no haber cambiado mucho en los últimos veinte años -de hecho, algunos parecen no haber cambiado ni las sábanas- me sentí ligeramente perdido en este ambiente.

Sonaba Ricardo Montaner y el ambiente olía a desodorante de segunda marca, ligeramente floral y algo irritante para las fosas nasales. Un televisor de 14 pulgadas que tendría, seguramente, la edad de mi hijo mayor, adornaba uno de los rincones, empotrado a la pared con un soporte de hierro que vale menos de 50 pesos en el Easy más cercano.

Pero lo que más llamó mi atención fueron las sábanas. De un violeta furibundo, no había visto este tipo de sábanas desde los veranos de mi infancia en la casa que mi abuela tenía en Mar del Plata. No me pidan que nombre la tela, porque no sé nada de telas. Pero seguramente sabrán de qué hablo si les digo que se trata de una cosa suave, brillante, como una especie de mala imitación de la seda, sobre la cual es imposible quedarse quieto, dado que resbala para todos lados.

Las luces -que no eran muchas- desplegaban mayoritariamente colores azules y rojos. Como si hubiera algo que ocultar. Como si la penumbra, sumada al narcotizante aroma del desodorante berreta y a la música pastosa -que, luego de Montaner, reencarnaría en Luis Miguel, Alejandro Sanz, Miguel Bosé y hasta Alejandro Lerner- crearan el clima propicio para que no se note un kilo de más, para que no se tenga en cuenta un centímetro de menos, para que nos veamos lo menos posible y eso nos ayude a entregarnos a la pasión.

De todos modos, dudo mucho que Victoria haya reparado en todos estos detalles. Era tal el grado de calentura de esta simpática damita que, literalmente hablando, me tiró sobre la cama y se hizo cargo de todo el trabajo.

Pero quizás lo más interesante del primer encuentro haya sido su reflexión final, que me soltó alegre, cuando salíamos del hotel, caminando abrazados:

"Está bueno esto de tener un 'amigo con privilegios' en Buenos Aires".

La idea sonaba a mucho sexo y poco compromiso.

Así que me gustó.

091 - Benditas redes sociales

La Jefa went from being "in a relationship" to "single"

090 - Perspectivas

Diálogo 1 - Llama Valeria
Valeria:
¿Compraste los materiales que pidieron de la escuela de Carolina?
Esteban: La verdad que no, tuve un día de mierda en el trabajo y me olvidé
Valeria: ¿Ves? ¡Sos un irresponsable de mierda! ¡Sos un mal padre! ¡Ma' que día de laburo ni día de laburo! Seguro que te entretuviste con alguna de esas trolas con las que salís vos, por eeeeeeso te olvidastesss (sic) Pero quedate tranquilo, que yo de todo esto tomo nota. Ya te las vas a tener que ver con el juez, cuando te haga juicio para quitarte la patria potestad, pedazo de hijo de puta.

Diálogo 2 - Llama Esteban
Esteban: Disculpame, pero no encuentro las zapatillas en el bolso de Martín y no lo puedo mandar a futbol con los mocasines de la escuela ¿Me las mandaste?
Valeria: Oia... Meolvidé... ¿Las venís a buscar?

089 - Yo romperé tus fotos

Según Valeria, las fotos de nuestra boda son "un desastre". Pero, como era de esperarse, yo creo que las fotos son sencillamente geniales. Al menos algunas.

Cuando nos casamos, Valeria quería cumplir con todos los lugares comunes: el vestido blanco con una cola muy larga, el novio de frac, la Catedral llena de flores, la limousine al salón, el vals, la torta con cintitas, las ligas, el revoleo del ramo y las fotos.

Ante todo, las fotos.

Tanto empeño había puesto en los detalles superfluos de nuestro casamiento, que pretendía que todo fuera debidamente documentado. No había momento de tan magna celebración que no fuera digno de ser inmortalizado en papel mate.

Yo, en cambio, no quería saber nada con ser asediado toda la noche por un aspirante a paparazzi; y mucho menos con posar junto a la fuente que tiene un "manequin pis", tomando a mi amada de la mano y poniendo cara de telenovela mexicana.

Discutimos bastante -inclusive en el transcurso de la fiesta- por el tema de las fotos. Al final, cuando miramos el álbum, pareció dividirse por su propia cuenta en dos clases de fotos: las de Valeria y las de Esteban.

En las fotos favoritas de Valeria estamos tomados de la mano con telones carmesí de fondo, estamos abrazados dentro de la limousine, mirando hacia atrás por el parabrisas, estamos mirándonos a los ojos mientras ella sostiene una rosa, aparecemos posando -como un equipo de fútbol de segunda- junto a todas y cada una de las mesas, plagadas de invitados. En todas esas fotos, ella sonríe feliz. En todas ellas, mi cara de orto es tan rotunda que logró despertar el comentario procaz de más de una tía gorda.

En mis imágenes favoritas, en cambio, aparezco medio de costado, tomado de lejos, abrazado a Jorge y cagado de la risa. En las mías, se me ve bailando canciones de Los Auténticos Decadentes con mi cuñada, con la camisa fuera del pantalón. Entre las fotos que más me impactaron, aparecen mis amigos revoleándome en el aire, mis hermanos completamente borrachos, mis sobrinos tratando de treparse arriba mío. Son todas fotos espontáneas, sacadas con zoom, en un acto de creatividad de nuestro Man Ray de barrio; o quizás en un gran acto de resignación, intuyendo que sería la única forma de sacarme sonriente.

Las fotos quedaron, como decía, divididas en dos: las que estaban vistas a través del ojo de Valeria y las que tenían mi visión de lo que una boda -y un matrimonio- debían ser.

Igual que todo el resto de las cosas de la vida.

088 - La consejera

Nunca fui muy amigo del psicoanálisis. Y la sola expresión "terapia de pareja" me hacía correr un frío por la espalda. Pero hubo un tiempo -que fue hermoso, diría Sui Generis- en que estaba dispuesto a todo por salvar mi matrimonio, inclusive probar distintos tipos de terapia.

Así, renegando de los tratamientos convencionales, logré que la parroquia del barrio me recomendara a una "asistente terapéutica", una "councillor" que, según me dijo el Padre Manuel, tenía experiencia en parejas que "se llevan como católicos y evangelistas".

Magdalena -una señora cincuentona, madre de seis- vivía en una casona cerca del río y tenía una de las habitaciones destinada a funcionar como "consultorio": Sillones cómodos, un amplio ventanal al jardín y una réplica de Monet colgando de la pared. Un ambiente cálido y acogedor, que invitaba a desnudar el alma.

Fuimos a visitarla un sábado por la tarde. Me corrijo: arrastré a Valeria hasta el escondite de esta consejera un sábado por la tarde. Desde el primer minuto, me inspiró confianza y le conté a grandes rasgos, nuestra historia de peleas, entredichos, discusiones y platos voladores.

Debo haber hablado ininterrumpidamente durante unos veinte minutos, comportándome, en general, como un caballero, aunque sin poder resistirme a -de vez en cuando- dispararle a mi exposa con munición gruesa. Tras escucharme pacientemente, Magdalena miró a Valeria por sobre sus lentes y le hizo una sola pregunta:

- ¿Y vos?
- Yo, nada.

La experta hizo un par de intentos corteses por motivar a Valeria a hablar, con pobres resultados. Agotada de la cara de culo in-crescendo de su flamante paciente, se dio amablemente por vencida y nos agendó para vernos al sábado siguiente.

Me fui con un sabor amargo, pero con la esperanza de que una semanita de reflexión le sirviera a Valeria para recapacitar y disponerse a abrir la boca en la sesión siguiente.

Me cobró una pequeña fortuna.

087 - El estigma del sobre

Recibir invitaciones para una boda puede ser un hecho feliz o una experiencia aterradora. Suele ser motivo de alegría en el momento en que uno se regodea con la idea de tomarse hasta la presión, con buenas bebidas espirituosas, pagadas por algún otro; o ante la perspectiva de levantarse a alguna prima tercera medio borracha.

Pero el mentado sobre con la invitación a un casamiento puede ser una puñalada en la autoestima tan sólo por leer su lado externo.

Cuando era jóven y soltero, los sobres venían a mi nombre únicamente, y ese era un detalle que no me preocupaba. Con el tiempo, cuando empecé a tener un noviazgo serio, las invitaciones empezaron a llegar a nombre de "Esteban y Valeria". Más adelante vinieron los hijos y la inscripción en el sobre se redujo a "Esteban & Flía", como para ahorrar tinta.

El problema se suscita cuando, llegada cierta edad y dudoso estado civil, las participaciones son recibidas con patéticas inscripciones como "Esteban & acompañante", que en buen cristiano se traduce como "sabemos que no te quiere ni tu rottweiler, así que decile a tu mejor amiga -esa que te quiere voltear- o a una compañera de laburo que se ponga un vestido más o menos decente y te haga de escolta".

La forma de nombrar al invitado en el sobrecito malévolo estigmatiza al tío solterón o a la treintañera solitaria de la familia, dejando además en evidencia la lástima que le tienen los felices contrayentes.

Pero el colmo del patetismo fue la última invitación que recibí.

El impoluto papelito dice:


"Esteban & V"

Estoy pensando seriamente en no ir y quedarme en casa aburriéndome con dignidad -como dice Pablo- deglutiendo chocolates y leyendo "Ciega a Citas"

086 - Cien metros llanos

Estaba firmemente decidido a rechazar a Victoria. Su comportamiento, ligeramente obsesivo, me asustaba un poco. Y el hecho de que -en forma más o menos directa- se me hubiera ofrecido para un revolcón por email no terminaba de convencerme. Además, debo admitir mi lado más frívolo y pedorro: tampoco me convencían las fotos.

Hasta que se bajó del micro.

Era mucho más alta -y por lejos más bonita- de lo que la foto mostraba. Había perdido algunos kilos y se había aclarado un poco el pelo. Repentinamente, la idea de terminar durmiendo una siesta a cuatro piernas no me pareció del todo descabellada.

Fuimos a un bar y tomamos un café. Primero, atravesando la mesa por arriba, me acarició una mano. Luego, atravesando la mesa por debajo, me hizo notar que se había sacado un zapato y que su pie tenía un verdadero espíritu explorador, completamente dispuesto a llegar "where no foot has gone before".

Cuando salimos del bar, anochecía. La arrinconé contra una pared y su lengua decidió explorar qué había yo desayunado.

A sólo cien metros del bar, había un telo. Creo que batimos el record olímpico.

085 - La Virginia, café, café

- Acabemos con esta farsa - me dijo Virginia, mi ex cuñada, desde el otro lado de la mesa de un bar, mientras revolvía un café con leche.
- ¿De qué estás hablando, nena? - me sorprendí.
- Me calentás, te caliento, lo sabemos ¿Qué esperamos?
- Eh... Hoy no... Estoy... indispuesta - le dije, mientras me levantaba de la mesa y, virtualmente, corría hacia la puerta, dejándola ahí, sentada, mirándome con cara de asombro y sin haber pagado mi café con crema y mis dos medialunas de manteca.

La duda es si realmente querrá algo conmigo, si lo estará haciendo como una clase de absurdo espionaje en nombre de Valeria o si estará tan neurótica como para hacer esto para lastimar a su hermana.

084 - Luces de bar

Suelo sentarme a escribir en un bar. Siempre el mismo. No uso un cuaderno de estudiante, como usaba Jean Paul Sartre, uso una MacBook. Pero mantengo esa ritualidad del que no tiene una oficina y puede instalarla, wi-fi mediante, en cualquier bolichito que le resulte más o menos placentero.

Le había sido fiel a mi barcito de Recoleta hasta que, hace unos días, fui al microcentro a cobrar una factura. En la recepción de mi cliente, una chica con el mejor culo del que la historia tenga registros entregaba el delivery del almuerzo de parte del staff.

"¿Tenés un volante?", le pregunté, tímido, simulando interés por la comida entregada a domicilio. Me dio una fotoduplicación pálida con los platos del día, la dirección y el teléfono del bar. Exactamente en la vereda opuesta a donde estábamos.

Al salir, crucé la calle. Me senté cerca de la ventana, pedí un tostado mixto y una Coca; y encendí la computadora.

Instantáneamente, había cambiado para siempre de bar.

083 - La segunda entrevista

Me citó para una nueva entrevista, que renovó mis esperanzas de carrera y despedazó mis expectativas de Don Juan urbano. Arriba de su escritorio había algo que no estaba antes, el día del primer y excitante encuentro: una laptop. El fondo de pantalla estaba inundado por la foto de una nena de unos cinco años. La misma forma de nariz. El mismo azul intenso en los ojos. Con el ADN no se jode, la filiación era obvia:

- ¿Y quién es esa belleza? - pregunté haciéndome olímpicamente el otario.
- Mi hija Lucía, respondió con una sonrisa de mamá orgullosa.

Estuve a un segundo de preguntar si había un padre involucrado y, de haberlo, si a ella le molestaría que apareciera tirado en un callejón, con unas cuantas puñaladas y tras haber sido sodomizado salvajemente por la barra brava de algún club del ascenso.

Pero consideré que probablemente la actitud me comprometiera a nivel profesional, por lo que me limité a hablar de laburo, tratando de convencer a esta madre (¡mamita!) que era el candidato ideal para el puesto y rezando en mi fuero más íntimo para que el padre de la nena tropezara accidentalmente con la hinchada de Lanús tras una derrota 8 a 0 contra Banfield.

082 - Lealtades

"Yo te voy a explicar algo: en la época que yo estaba mal, tu mujer no me daba bola. Trabajaba a seis cuadras de tu casa; mil veces le dije de ir a tomar unos mates a la salida de la oficina y siempre era 'sí, sí, dale, un día de estos arreglamos', pero nunca arreglábamos nada. En cambio vos, que no eras mi amigo, que eras solamente el marido de mi amiga, estuviste ahí cuando te necesitaba ¿O no te acordás cuando estaba de novia con Eduardo, que me pegaba? ¿Quién me fue a rescatar? ¿Quién me recomendó un abogado? ¿Quién me llevó al psicólogo? ¿Quién me salvó? ¿Valeria? Nah..." (Marina, explicando por qué se cambió de bando)

081 - Algo contigo

Me porté como un chico obediente y respondí el mail de Victoria con una sola frase:

"Sos linda"

No era absolutamente hermosa. No estaba para tapa de la revista Maxim. Pero no era fea. Era una gordita de barrio más, con un escote prominente y una sonrisa llena de dientes. "Con dos litros de cerveza encima, me la volteo", habría sido el juicio de valor de Jorge, que calificaba a las mujeres según cuánto alcohol en sangre fuera necesario para soportarlas.

Por supuesto que jamás me hubiera esperado la reacción. Porque ese "sos linda" casi inocente, casi parte de un juego que habíamos empezado, desencadenó el email más inusual que una mujer me ha escrito en la vida:

"¿Hace falta que te diga
que me muero por tener algo contigo?"

A la cita del primer verso de "Algo contigo" seguía una parrafada que ni me atrevo a transcribir, donde básicamente Victoria decía que yo le gustaba, que necesitaba un hombre, que con el marido no daba para más y que estaba dispuesta a bailar conmigo el tango horizontal cuando yo así lo dispusiera.

No tengo nada contra Chico Novarro y menos contra un buen bolero. Pero aún para mí, el mensaje era demasiado directo. Sobre todo viniendo de alguien a quien no conocía personalmente. Mi respuesta fue algo tibia, tratando de rechazarla elegantemente, sin ser maleducado y sin herir su endeble autoestima.

Pero, contrariamente al efecto deseado, lo único que logré fue que inventara una excusa más o menos decente para tomarse un micro y venir a Buenos Aires.

080 - Home for Christmas?

No sé qué hacer. Valeria me propuso pasar la Nochebuena en casa de su abuela, con todos los parientes catalanes.

Ventaja: Pasar la Nochebuena con los chicos (y que, de paso, se diviertan con sus primos, en vez de embolarse conmigo en el monoambiente).

Desventaja: Valeria.

Doble desventaja: Virginia, completamente borracha.

Aún tengo unos días para pensarlo, pero ni idea de cómo resolver este intríngulis.

079 - Crueldades

Hubo un tiempo difícil en que Valeria me tenía a los chicos prácticamente secuestrados. Cualquier excusa era buena, cualquier enojo era suficiente para esgrimir el grito de guerra: "a tus hijos no los ves". Pablo, mi abogado, me había aconsejado que fuera a buscarlos siempre según el régimen de visitas estipulado por el juzgado y que, si no me los entregaba, que llamara al 911 y pidiera la intervención de la fuerza del orden público.

Me parecía escandaloso caer a buscar a mis hijos con un patrullero. No por cómo pudiera afectar a mi exposa -o a su imagen ante el barrio- sino por los chicos. Así me tuvo varios meses, usando esta arma para demostrar poder y granjearse pequeñas concesiones.

Hasta que un día, mi amigo Nacho me dio una idea tan cruel como efectiva, y a la vez mucho más discreta que aparecerme escoltado por señores de uniforme.

Era sábado. Eran las siete de la tarde. Y yo debería haber retirado a los chicos a las seis, pero estaba en mi departamento, tirado en la cama, viendo una película.

El llamado telefónico enardecido de Valeria no se hizo esperar:

- ¿Se puede saber a qué puta hora pensás pasar a buscar a tus hijos, pedazo de imbécil?
- No voy a ir.
- ¿¿¿Cómo que no vas a venir???
- No, no voy a ir, no quiero verlos - respondí monocorde y tratando de mantener una calma que no tenía.
- ¿Pero a vos se te escapó la tortuga, chiquito? ¿Cómo que no querés verlos? ¡Es tu obligación!
- Disculpame que te corrija la aberración jurídica - intervine - pero según la sentencia de divorcio, vos tenés la tenencia de los chicos y yo tengo un régimen de visitas. Por lo tanto, VOS tenés la obligación de vivir con ellos y yo tengo el DERECHO a verlos, pero nada me obliga.
- ¿Pero vos sos loco o comiste pintura? ¡Vení a buscar a tus hijos YA!
- Mirá... últimamente, me has hecho la vida tan difícil con el tema de dejarme ver a los chicos, que perdí la motivación, perdí las ganas de pasar tiempo con ellos. Porque, si cada vez que me los llevo, voy a tener una pelotera con vos, prefiero no verlos.

Corté el teléfono abruptamente y no volví a atender, pese a que me llamó ocho veces en cinco minutos. Acababa de hacer algo tan terrible como necesario y no podía permitirme el lujo de ceder. Estaba triste, pero era necesario.

Sólo me sacó de mi tristeza un mensaje de texto de Martín:

"Mamá está cancelando su cita de esta noche. Felicitaciones, viejo ;)"

078 - El encuentro

Me crucé por la calle con Virginia, la hermana de Valeria. Mi ex cuñada. Veníamos por veredas opuestas, así que no la vi. Pero ella se encargó de llamar mi atención a los gritos en pleno microcentro. Cruzó la calle gambeteando un colectivo de una forma casi suicida y me abrazó al grito de "cómoestástantotiempooo".

La saludé con la mayor cortesía que mi apuro me permitió y, dado que no había tenido tiempo de contarle qué era de mi vida, insistió en que nos juntáramos "cualquier día de estos, a tomar un cafecito, y nos ponemos al día", dijo sin dejar nunca de sonreír.

Me dejó una tarjeta personal, recalcando al menos tres veces que ahí figuraban su email y celular actualizados, que la contactara cuando quisiera.

Se despidió con una frase de lo más extraña:

"Estás lindo, guachito, ahora que ya no somos parientes..."

077 - La suspensión

A Martín lo suspendieron en la escuela. Sentó de culo a un compañerito con un certero puño en la mandíbula que hizo que el otro perdiera un par de dientes.

No es la primera vez que Tincho resuelve algo a los golpes. Muchas veces tiene razón. Pero es como en los accidentes de tránsito: si no hay testigos, el que impacta es el culpable, aunque el otro se haya pasado una luz roja en estado de ebriedad. Ante la duda, el que golpea paga.

Las primeras veces que mostró problemas de conducta -sobre todo, reacciones violentas- me dediqué a investigar su grado de "culpa", si había sido provocado o si era una reacción extemporánea de él. Creo que, en el fondo, lo que buscaba era una justificación para el orgullo troglodita que me provocaba ver que mi cachorro era perfectamente capaz de defenderse.

Con el tiempo, dejé de perder tiempo en atenuantes y empecé a castigar a Martín cada vez que hacía cagada. Porque "sentar de culo a un tipo está mal, aunque tengas razón", fue la explicación que le di para que entendiera por qué el hecho de que lo hubieran suspendido por una inconducta le iba a costar un mes sin salir, sin acceso a la computadora, sin recargas de crédito en el celular por mi cuenta y con una mensualidad reducida a la mitad.

Sin embargo, tuviera Tincho razón o no en darle una paliza a alguien, todos sus incidentes de conducta tuvieron un elemento en común: la reacción de la madre.

"Y, claro... ¡Cómo no va a ser un sorete, el chico, con ese padre que tiene! No me extraña para nada que se mande una cagada atrás de la otra... ¡Viene con los genes! ¡Todos los hombres de la familia Q son iguales!"

Porque, por supuesto, ella no tuvo nada que ver.

076 - La entrevista

"Lo que haces es muy bueno, pero le falta un poco más de criterio comercial", me dijo mirándome desde sus profundos ojos azules, desde el otro lado de un escritorio demasiado grande para una mujer bastante pequeña, "pero le tengo fe; con algunos ajustes, podría funcionar".

Jerry Seinfeld dice que una cita es algo así como una entrevista laboral, sólo que en la entrevista hay menos chances de terminar desnudo. Sin embargo, pasar por una entrevista laboral con una mujer atractiva, que además conoce el oficio y tiene el carácter para criticar mi trabajo, me provocó un sólo pensamiento: terminar desnudos.

Automáticamente bajé la vista. Pero no era vergüenza. Buscaba las manos. Quería verle los dedos. Y no, no es algún tipo de fetichismo, aunque pasaron unos segundos hasta que me di cuenta de por qué curioso camino pretendía llevarme mi subconciente. Estaba verificando si llevaba o no un anillo de casada.

Me asombré de mí mismo. No tanto por el comportamiento de vieja chismosa como por el hecho de que mi cerebro, por su propia cuenta y sin acto de conciencia de por medio, se había encendido algunas alarmas ante esta mujer que -si todo salía bien- podría acabar siendo mi jefa. Hacía tiempo que no estaba tan alerta y eso me hizo sentir joven.

Y no. No tenía anillo

075 - Hasta la Victoria, siempre

Victoria tenía un blog. Uno de tantos. Personal, melancólico y con una plantilla rosa. Un blog que ya no está, como tantos otros que desaparecen, día a día. Yo leía su blog y le comentaba. Ella respondía mis comentarios y, con el tiempo, empezamos a generar uno de esos vínculos endebles y complejos que se forman entre quien lee un blog y quien lo escribe. Empezamos a creer que nos conocíamos.

Y nos agregamos mutuamente al MSN Messenger.

Victoria era de Santa Rosa, La Pampa, y estaba en vías de divorciarse de un tal Mariano. Se conectaba de madrugada, cuando su marido dormía y nos hemos llegado a pasar casi la noche entera conversando sobre cualquier cosa.

Hasta que un día, decidió enviarme una foto, para que la conociera. Su email tenía como referencia la frase "decime que soy linda".

La foto adjunta era una típica foto familiar, en un lugar que parecía algún tipo de parque. Aparecía con los hijos.

Y era bastante obvio que la foto había sido "croppeada" para eliminar del cuadro al marido.

074 - In the mood

- ¿A que no sabés lo que me dijo tu ex? - me preguntó Marina, por teléfono, en un tono tal que me hizo adivinar una contenidísima carcajada maliciosa.
- A ver, soy todo oídos.
- ¡Que le soltaste los perros por chat! - gritó, al tiempo que liberaba la carcajada contenida en todo su maligno esplendor.

Cuando estaba casado con Valeria, no solía chatear con ella. Cuando me separé, el chat, el email y el mensaje de texto se volvieron una forma maravillosa de coordinar detalles menores -sobre todo los que tuvieran que ver con los chicos- sin obligarnos a oirnos mutuamente las voces. Jamás había guardado los historiales de chats, ni con Valeria ni con nadie, hasta que mi abogado me lo aconsejó. "Carece de valor jurídico", sentenció la voz profunda de Pablo, "pero siempre sirve para pegar una apretadita, llegado el caso".

Por primera vez los historiales de chats parecían tener alguna utilidad. Porque ni de casualidad recordaba haberle "soltado lo perros" a mi ex, menos por chat, dejando una evidencia escrita. Para peor, Marina no me había podido precisar cuál era la frase que, según mi ex, delataría mis intenciones, aunque sí me había dicho que la conversación habría sucedido, según mi exposa, durante ese mes.

Llamado por la curiosidad -y, quizás, algo de obsesivo paranoide- me aboqué, en una tarde muerta de domingo, a releer historiales. Me tomó poco más de una hora encontrar la frase clave y recordé el momento como si estuviera sucediendo.

Habíamos peleado con Valeria, por teléfono, por la mañana. Ya ni recuerdo por qué. Seguramente por plata, el tiempo que paso con los chicos, libros, zapatos o alguna otra historia enfermizamente recurrente. Inclusive, recuerdo haber dejado de atender sus llamados, con tal de que me dejara trabajar en paz. Hasta que, a la noche, apareció en el MSN, pretendiendo coordinar algo sobre un campamento al que Tincho estaba por ir.

A diferencia de las conversaciones de la mañana, se había mostrado alegre y cortés. Inclusive, se había ofrecido, de motu proprio, a resolver ciertas compras que había que hacer para el mentado campamento, para las que yo no tenía tiempo. Esta actitud, positiva y colaboradora, en tan alto contraste con la de esa mismísima mañana, me llevó a decir:

"Cuando estás de buen humor, sos adorable"

Me descolgué el celular de la cintura y envié un mensaje de texto a Marina:

"Ya encontré lo de los perros. Alguna gente no entiende la ironía".

073 - Diez cosas estúpidas que hice por Vera

1) Salir del trabajo a las 6 de la tarde y manejar 3 horas a 120 km/h hasta Rosario para invitarla a cenar.

2) Entrar a una disquería y pedir en voz alta "el último de Madonna".

3) Comer pizza con pollo.

4) Llamar a un corresponsal en Rosario, pedirle que compre una rosa roja y darle la dirección de la oficina de ella para que se la lleve.

5) Salir de Rosario, de regreso para Buenos Aires, a 120 km/h por la Ruta 9, a las 5 de la mañana. Llegar a casa a las 8, darme una ducha y reportarme puntualísimo a las 9 a laburar.

6) Comprar la colección completa de libros de Dan Brown, ponerlos en un paquete con un moño enorme, irme a Retiro y subirlo en un micro de El Rosarino para que le lleguen a tiempo para su cumpleaños.

7) Escribir todo un blog dedicado a ella y componerle una canción.

8) Amarla.

9) Decírselo

10) Pretender que me ame.

072 - Monsters

Nunca fui un tipo putañero. Nunca me cerró del todo la onda de pagar por sexo. Pero, debo admitirlo, mis primeros tiempos como "new bachellor" fueron un tanto alocados. Y mi amigo Jorge no colaboró en lo más mínimo en mantenerme en mi cabales.

Una noche apareció en casa, sin previo aviso, como suele hacer, pateando la puerta, porque traía las manos ocupadas con una docena de empanadas de carne picante y cuatro litros de cerveza negra.

- Hoy, juerga, papurri - me gritó, mientras le abría.
- ¿Hoy? ¿Un martes? - pregunté desconcertado.
- Sí, hoy ¿Y por qué no?

La lógica del "y por qué no" era implacable, por lo que abrí el paquete de las empanadas y busqué unos chops vacíos para servir la birrita. Debemos haber tardado unos veinte minutos en liquidar la docena de empanadas, salomónicamente mitad y mitad, y otro tanto en hacer que al menos tres de los cuatro litros de oscuro néctar fuera candidato a convertirse pronto en un meo feroz.

Entonces, cuando el aburrimiento empezaba a asomar, a Jorgito se le ocurrió la brillante idea: "llamemos unas trolas".

¡Ah, internet que me hiciste mal y sin embargo te quiero! Los sitios de escorts parecían el coto de caza ideal para satisfacer la concupiscencia de mi amigo a la cual, tras la cerveza consumida, no estaba dispuesto a oponerme. Elegimos un sitio que proponía un "nivel VIP" y discutimos un rato sobre si llamar a "la rubia tetona", "la morocha esa del orto divino" o "la paraguayita de los ojos claros".

Finalmente, optamos por llamarlas en ese orden. La rubia se hacía llamar Venus. Su celular estaba desconectado. Intentamos entonces con Daiana, la morocha: "Ay, no, mi amor", se excusó, "hoy ya tengo todo reservado". La meretriz del país vecino se mostró alegre y bien dispuesta. Habíamos empezado a ilusionarnos cuando dijo en voz alta la tarifa: "el regalito son cuatrocientos pesos por cada uno más viáticos".

Desolados, volvimos al sitio de internet, sólo para descubrir, en una media docena de llamados más -ya inclusive a chicas que a duras penas nos gustaban- que todas tenían la agenda completa o directamente no atendían el teléfono (y las pocas que lo hacían pedían montos tan exhorbitantes que explicaban por sí solos por qué justamente esas chicas estaban disponibles).

- Ni las putas quieren laburar en esta ciudad - sentenció Jorge, dándose por vencido cuando ya era casi medianoche - ¿No tenés, al menos, alguna película?
- No, che... Los DVD se los quedó Valeria... Pero tengo algunas películas que trajeron los chicos.

Y así, eructando el picante de las empanadas, terminamos nuestra noche de lujuria tirados en el piso, viendo una película:

Monsters Inc.

071 - Native americans

Dios existe. La mayor prueba de esto es que, usualmente, los compromisos laborales suelen mantenerme alejado de los actos escolares. Sobre todo porque el colegio a donde van los chicos tiene la bendita costumbre de conmemorar sucesos históricos, por ejemplo, un martes a las dos de la tarde, un horario completamente inaccesible para cualquier miembro de la población económicamente activa.

Sin embargo, cuando a alguno de mis hijos le toca actuar, no sólo me pega el cholulismo de padre baboso y el morbo de ver a Tincho vestido de Cornelio Saavedra recitando a desgano un guión ridículo, sino que también me siento ligeramente culpable si no voy. Por eso, hago todos los malabares posibles, reprogramo reuniones y hasta he llegado a cancelar o demorar viajes con tal de asistir a estos eventos.

El único problema es que, usualmente, me tengo que topar con Valeria.

Para el acto del Día de la Raza, le tocó actuar a Carolina. La más morochita del clan, obviamente, es condenada a actuar de nativo, recibir a Cristobal Colón e intercambiar espejitos de colores, lo cual le cayó -de más está decir- como el reverendo ojete. Creo que si los aborígenes hubieran recibido a Colón con esa cara de culo, el tipo habría pegado la vuelta inmediatamente.

Para peor, Valeria estaba empecinada -supongo que por competir conmigo- en que su hija notara que su mamita estaba ahí, omnipresente. A medida que la absurda teatralizacón iba avanzando, mi exposa no paraba de moverse de modo de estar cada vez más cerca del precario proscenio, ametrallando a los pobres chicos con el flash de su cámara y saludándola permanentemente con una sonrisa idiota.

Tras el saludo final -una reverencia carente de coordinación por parte de la totalidad del elenco- los chicos salieron al encuentro de sus padres. Me encaminé entonces a saludar a mi hija, a darle una palmadita de hipocresía en la espalda, jurándole que había estado espectacular y que me había encantado.

Pero, entonces, la madre me vio. Y decidió que ella, la fan número uno, tenía que saludar a Carolina primero. Entonces corrió. Torpemente. Desesperadamente. Tambaleando sobre sus tacos, corrió hacia su hija con los brazos abiertos, en un gesto de abrazo más aterrador que cariñoso.

Logró su cometido: abrazó a mi hija antes que yo. En el camino, en su alocada carrera, atropelló a una mamá embarazada, pateó una monja y -básicamente- le pasó por encima a toda la Salita Rosa del kinder, que estaban ahí, tan felices, sentados en el piso, mirando el acto.

Tratando de evitar una masacre, me quedé unos pasos más atrás. Cuando finalmente la pobre chica logró soltarse del abrazo feroz de su madre, me miró con cara de cachorrito lastimado y, gambeteando habilmente a su progenitora, se acercó a saludarme.

Le apunté con la cámara de fotos y automáticamente se tapó la cara, como si se tratara de un encuentro desafortunado entre una diva en offside y un paparazzi.

- No me saques, papá, estoy horrible - protestó
- La verdad, hija... ¡Tenés razón!

Por primera vez en muchísimo tiempo vi una sonrisa espontánea en la cara de mi hija, la del medio, la conflictiva, la difícil, la del absurdo disfraz de Pocahontas suburbana y vincha con plumas recién sacadas de un plumero viejo.

"Vení", le dije, "sacate ese plumero espantoso de la cabeza y vamos a tomar un helado".

Afuera, el sol de octubre le iluminaba la mirada. O quizás sólo fuera la sonrisa.

070 - Los auténticos decadentes

Jugamos al poker una vez cada dos semanas. Jorge, Pablo, Guillermo, Nacho y yo. Cinco perfiles distintos, cinco realidades, cinco mundos y -sin embargo- dos conexiones, dos pasiones, muy fuertes: el poker y las mujeres.

Jorge es el típico divorciado feliz. Tras descubrir que su matrimonio había sido el gran error de su vida, decidió no volver a atarse. Las chicas respetables se sienten algo intimidadas por la pata de palo, el garfio, el parche en el ojo y el lorito parado en el hombro. Pero, sin embargo, es de nosotros el que tiene sexo con más frecuencia. Pablo, en cambio, tiene una visión completamente distinta de su propio fracaso matrimonial: en el fondo es un romántico que crée en el destino y añora a la mujer de sus sueños que, de un momento a otro, habrá de llegar a su vida para curarle las heridas de una ex psicótica y tramposa.

Guille fue cornudo y no es joda reponerse de eso. Hizo una valija y dejó a su mujer el día que la encontró en la cama con otro tipo. Pero, evidentemente, la amaba seriamente -de una forma en que yo nunca pude amar a Valeria- porque aún hoy, casi cinco años después, sigue tan destrozado como el primer día. No volvió a formar pareja estable y creo que, en el fondo, sueña con que alguna vez su ex se arrastrará a sus pies rogando perdón y pidiéndole que "todo vuelva a ser como antes". Algo que, sabemos, jamás sucederá.

El único que no acarrea un fracaso en sus espaldas es Ignacio. Sólo que Nachito es gay. Pero aún no lo sabe. De todos modos, a juzgar por estas amistades enfermizas que frecuenta, no me cabe la menor duda que, el día que finalmente decida salir del closet, no dudará en encontrar un caballero que le despedace el corazón.

Muchas veces los miro como de lejos. Con sus cigarrillos en la boca y sus cartas en la mano. Despotricando contra sus respectivas ex parejas, o contra las actuales, o contra las futuras."Mis amigos son unos atorrantes", suelo pensar, citando a Serrat.

Pero muchas veces me pregunto si esta patológica capacidad de fracasar en el amor -además de la timba- no será lo único que tenemos en común.

Y, créanme, me preocupa.

069 - El error

Uno de mis más grandes errores fue que, al casarme, migré de la casa de mis viejos, directamente al hogar conyugal, sin nunca haber vivido solo. Es decir, pasé de tener una madre a vivir con una mujer que -indefectiblemente y muy probablemente por el hecho de que soy muy infantil- me trataba como si fuera mi madre.

Poco antes de casarme, solía idealizar la vida matrimonial. Para mi, era un sueño de libertad, era desprenderme de la opresión materna para poder hacer lo que se me cantara la reverenda gana, incluyendo mirar tele hasta horas insensatas, tirarme pedos, comer chatarra, dejar la toalla mojada sobre la cama... ¡Y que encima alguien cocinara para mi!

En el primer año de casado, sin embargo, noté cómo a Valeria le molestaba, entre tantas otras cosas, que yo pasara más de una hora delante del televisor. Ni hablar de su reacción si, por ejemplo, me enganchaba un sábado a la tarde con una maratón de alguna serie vieja. Las protestas escalaban de un mero reproche a un escándalo de proporciones maurovialescas.

Y no fue solo la tele. Fue todo. Antes tenía que pedir el consentimiento de mis progenitores para traer amigos a comer a casa. Después de casado, necesitaba la aprobación de mi mujercita para emprender tamaño disparate. Ni hablemos de volver tarde, pasearse por la casa en ropa interior o tomar del pico de la botella.

Todo lo que había estado prohibido con mi madre, seguía prohibido con mi esposa y al diablo con mi sueño de libertad.

En una época, Universal Channel solía pasar "Star Trek" todos los sábados por la tarde, un capítulo de cada una de las cuatro series que la franquicia tenía hasta el momento, correlativamente ordenados de una semana a otra. Durante un tiempo considerable, fue un ritual profano verme las aventuras de James Kirk, Jean Luc Picard, Benjamin Sisko y Katherine Janeway (en ese orden y cuando aún no existía Jon Archer) durante cuatro horas consecutivas, todos los sábados por la tarde.

Uno de los tantos terapeutas que intentó ponerme los patitos en línea -sin ningún éxito, por supuesto- identificó mi adicción a esta serie como un síntoma depresivo: según el especialista, yo no estaba conforme con mi matrimonio y, por ende, me "escapaba hacia una realidad más confortable".

Pero la verdad es que, en esas tardes de sábado, yo era inmensamente feliz, aún con Valeria ladrándome al oído.

Por eso, cuando me separé, me evité el mal trago de volver vencido a la casita de mis viejos y, con mucho esfuerzo, logré alquilar la caverna infesta en la que habito.

Una de las paredes está decorada con un poster enorme del USS Enterprise.

068 - Tratando de crecer

Los cumpleaños de los chicos no son fáciles. Y, cuanto más grande se hacen, más dificultosos son aún. Hay una edad temible, sin embargo, más compleja que ninguna otra: la de Martín. Entre los 10 y los 15 años, los chicos -sobre todo los varones- son complicados de festejar. Porque ya no da para animadora y pelotero; pero tampoco están listos aún para cerveza y chicas bailando en el caño.

Tras una intensa negociación, cuando Martín cumplió 13, lo celebramos en una pista de bowling, más que nada como una manera de poder tener controlados a unos 18 púberes durante un par de horas sin demasiado esfuerzo.

Como de costumbre, llegué tarde, corriendo desde el laburo.

- Ah, llegaste - dijo mi ex con una cara de orto notable.
- Sí, lo más rápido que pude.
- Bueno, hacete cargo de tus hijas, que no me las banco más - aulló al tiempo que prácticamente me arrojaba a Natalia y Carolina por la cabeza.

Busqué una mesa tranquila, pedí nachos con queso y gaseosas, esperando bajarles la guardia. Natu se entusiasmó enseguida, pero Carolina permanecía cruzada de brazos, con una cara de ojete sólo comparable a la de la madre que la parió, sin decir palabra, sin tocar la comida y mirando con cara de odio hacia la pista de bowling.

-¿Qué te anda pasando, Carito? - me atreví a preguntar tras un eterno e incómodo silencio.
- ¡Que quiero jugar al bowling y no me dejan! - me gritó, como si fuera yo el culpable de tamaña felonía.
- ¿Cómo que no te dejan?
- Sí, papá... Martín y los amigos no me dejan, dicen que no es un juego para "nenas" - respondió, sacando la lengua a modo de burla en la última palabra de la frase.
- Bueno... - improvisé - es que son más grandes que vos, mi amor.
- No, papá. Solamente tienen cinco años más que yo. Pero se portan como HOMBRES... ¡Y no me tratan como una MUJER!

Hice un esfuerzo desmedido por contener la carcajada.

"Y ojalá siga así por mucho, mucho tiempo", le contesté.

067 - Every time we say goodbye

Hacía ya demasiados fines de semana que mis salidas con Viviana se habían reconvertido en no-salidas. Mentalmente agotado de inventar posibles actividades en busca de algo que realmente la apasionara, había empezado a optar por la rutina absurda del "mejor pidamos una pizza y veamos una peli en casa". Así transcurrieron varios sábados por la noche de Woody Allen, grande de mozzarella y sexo mediocre, durante los cuales me aburrí intempestivamente.

Pero ese fin de semana iba a ser diferente. Mi amigo Andrés -un guitarrista de jazz francamente impresionante- tocaba con su cuarteto en un pub del circuito y estaba totalmente decidido a, al menos esa noche, no morir del embole.

Asistir a un concierto es, en cierta forma, una experiencia individual. Aunque se comparta el espacio con otros -inclusive, muy intimamente, en el apretujamiento de un cesped en cancha de River- cada cual recibe el espectáculo y lo vive a su propia manera. Entones... ¿Por qué buscamos compañia? Porque, admitámoslo, es raro ir a un concierto en solitario.

Personalmente, creo que buscamos compartir la música -o el teatro, o el cine- con otros en busca de alguien con quien comparar notas. Lo mejor de una película compartida con amigos no es la proyección en sí misma, sino la pizza posterior, donde hasta la comedia más pochoclera se hace centro de debate.

Erradamente, llevé a Viviana a ver a Andrés tocar la guitarra. Más erradamente aún, al terminar el espectáculo, se me ocurrió preguntar: "¿Y? ¿Qué te pareció?".

Al otro lado, sólo obtuve un inescrutable silencio que se mantuvo durante todo el viaje de regreso.

La dejé en la puerta de la casa apenas pasada la medianoche.

Y nunca más volví a saber de ella.

066 - Shout!

"Papá, no grites. Parecés mamá"
(Martín, 13 años)

065 - Acontecimientos inexplicables

Me encantaría que alguien me explique esto. Salimos a un after office con un grupo de compañeros de trabajo. A la hora de volver a casa, le ofrecí a Vilma, de legales, acercarla hasta la casa, un poco porque me quedaba de paso y otro poco porque me dio lástima imaginármela tratando de meter la monedita en la máquina expendedora del colectivo, con las dos o tres cervezas de más que tenía en el torrente sanguíneo.

Al llegar a la entrada de su edificio, se acercó para saludarme. Y me enchufó un tremendo pico en medio de la trompa. No fue un accidente, no fue un error de cálculo provocado por los excesos de la tarde.

Fue completamente intencional. Los hombres somos medio boludos, pero nos damos cuenta de esas cosas.

Desde ese entonces no ha vuelto a hablarme.

Que alguien me regale una explicación.

064 - Duos

"Tu ex está desesperada por salir", me dice Marina por teléfono, cagada de la risa de lo que está a punto de contar.

Las mujeres disponibles siempre salen de a dos. Salir de a muchas aumenta la competencia. Salir sola es gesto de desesperación por enganchar un candidato a marido, cuando no de alguna neurosis severa. O, en el peor de los casos, es clara señal de que la dama pretenderá se le oble un jugoso arancel, una vez finalizada la excursión al telo más cercano, por lo que salir sola empaña la imagen de una fémina en cuestión. Pero dos es un buen número: favorable para compartir un taxi, ocupar una mesa pequeña sin que luzca desolada o aprovechar algún cupón de descuento 2x1.

Pero el verdadero problema no es la cantidad, sino la configuración. Porque las chicas solteras que arman equipo para salir de cacería un sábado por la noche siempre están desparejas entre sí. Más desparejas que Jack Lemmon y Walter Mathau.

En cualquier pub, en cualquier boliche, en cualquier restaurant, en cualquier concierto, en cualquier baile del Club Comunicaciones, todo dama solitaria espectacularmente buena estará indefectiblemente acompañada por un escracho. Es axiomático.

La relación es, a la larga, una simbiosis: la linda atrae a los machos (lo que aumenta las chances que la fea tendría en solitario, beneficiándola) y la fea maximiza el impacto de la belleza de su amiga, generando un contraste y haciéndola lucir espectacular, como una especie de patético sideshow.

Marina es hermosa. Mide 1.75, tiene los ojos verdes y unas tetas así (inserte aquí un gesto con las manos, como tratando de abrazar el mundo). Y cuando me contó que Valeria la andaba llamando desesperada para organizar una salida juntas, no pude más que reflexionar brevemente sobre el fenómeno de las mujeres saliendo de cacería en parejas y estallar en una sonora carcajada.

063 - Regreso sin gloria

- Voy a verte
- Si venís, es para coger. Si no, no vengas.
- Pero quiero hablar con vos.
- Y yo te quiero coger. Por las buenas o por las malas.
- Bueno... Voy. Si da, nos vamos a la cama.
- Dale, vení. Si da, nos vamos a la cama. Y si no da, te violo.
- Ay, no me digas eso. Me das miedo.
- Vos a mi me das un dolor de huevos monumental.
- ¡Maleducado!
- ¡Chiflada!
- (tras una pausa incómoda) Entonces... ¿Voy?
- Sí, vení. Traé forros.
- Entonces no voy.
- Mejor así.

Clack

062 - Hasta las recontra remanos

"Conocí personalmente a la abogada de Valeria. Está MUY buena. Demasiado buena. Increíblemente buena. Absurdamente buena. Más buena que mirar Fórmula 1 en calzones el domingo a la mañana. Más buena que el Stacker Cuádruple de Burger King. Más buena que el cine de Tarantino. Más buena que 'Abbey Road'. Más buena que 'El Aleph'... Creo que me enamoré, boludo"

(Pablo, mi abogado, en un flagrante intento de provocarme un infarto masivo)

061 - Irish

Cuando los Irish Bars se pusieron de moda en Buenos Aires, yo era un solemne hombre casado y, salvo por un asado cada tanto en lo de Jorge, había dejado de salir, con tal de no tener que escuchar las brutales protestas de mi exposa. Había probado cervezas artesanales en la costa, pero siempre me había quedado la duda de cómo sería el ambiente de esos boliches, además de servir birras exóticas, recreaban el estilo del país que es rey indiscutido de la dorada bebida.

"Vayamos a un Irish", le propuse a Viviana, quien aceptó con el desgano habitual y accedió a encontrarse conmigo, esa misma tarde, al salier del trabajo, en la puerta de un reconocidísimo lugar del microcentro.

No puedo decir que, al entrar, el lugar me haya causado una mala impresión. De hecho, la oscuridad reinante en el lugar hizo que no me causara ninguna impresión. Ni buena ni mala. Una impresión hubiera tenido, en todo caso, si hubiera sido capaz de ver lo que estaba sucediendo. Elegimos una mesa enclenque, de madera, desnuda, en un rincón que parecía más o menos pacífico y una mesera con un jean que definitivamente debería estar afectándole la circulación sanguínea, nos dio unas pesadas cartas de cuerina, con el logo del lugar grabado en la tapa.

Debo admitirlo: elegir una cerveza en uno de estos lugares es casi tan difícil com o dar con el yogurt indicado en el supermercado. Porque el clásico lácteo -que en mi infancia se vendía en envases de vidrio retornables- hoy tiene más variedades que los panqueques de Carlitos: con frutas, con cereales, con lactopindonga equis, para transito lento, para tránsito pesado, para aumentar las defensas, para bajar las defensas, para poner al arquero suplente, firme, muy firme, hiper firme, bebible, inyectable. Pues elegir una cerveza de la carta de este lugar se me hizo tan angustiante como comprar yogurt. Demasiadas posibilidades, demasiado pocas especificaciones, diferencias demasiado sutiles entre una y otra. Ni quiero imaginarme el calvario que debe ser para las mujeres comprar toallitas íntimas.

Acabé eligiendo un lagger al azar, que decía contener miel, esperando un sabor dulce. Con honestidad, encontré una cerveza común y corriente, aunque ligeramente más espesa y bastante más colorada de lo usual. Ante mi pregunta inquisidora, la mesera de los jeans pintados sobre el cuerpo -que resultó ser una barilochense experta en la elaboración de cerveza artesanal- acabó por explicarme que la miel no era un "condimento" para alterar el sabor, sino una parte del proceso de fermentación que lo que hacía era elevar la graduación alcohólica.

Otra cosa que me llamó poderosamente la atención fue que el lugar estuviera "decorado", por decirlo de alguna manera, con un par de enormes pantallas de plasma. Pero más llamativo aún me resultaría notar que el audio que escupían los parlantes del local no coincidían con la imagen en las pantallas (de hecho, mientras una pantalla mostraba a Blink 182 por MTV, la otra daba un partido de rugby por ESPN mientras en los parlantes sonaba Aerosmith). Bajo otras circunstancias, me hubiera molestado muchdisimo el volumen de la música. De hecho, estaba tan oscuro que no se podía ver y la música estaba tan alta que no se podía oir ni el propio pensamiento, mucho menos conversar.

Pero no me molestó. Al fin y al cabo, estaba con Viviana, una mina con una charla tan aburrida que era mejor dejarse reventar los tímpanos por un Steven Tyler pasado de decibeles.

060 - El ozo contraataca

"Vos sabés cómo es tu hija N