Contra todos mis pronósticos -y contra todos mis intentos de sabotaje- la relación entre Jorge y Rosa ha prosperado casi en un noviazgo saludable, el primero del que tengo noticias, desde que se divorció de Teresa.
Pablo, por su parte -lo sé, está completamente chiflado- insiste en casarse en septiembre con su colega, la abogada de mi ex. Pese a que francamente me preocupa la relación, lo veo a Pablito tan embobado, tan feliz, reiniciando su vida de pareja con tanto entusiasmo, que no puedo más que alegrarme, pese a mis reservas.
Entre tanto, Nacho y Marcos continúan una relación hermosa. De hecho -me pregunto si será alguna clase de componente discriminatorio- Marcos es la única pareja de alguno de nosotros que ha sido admitido, eventualmente, al santuario de nuestra mesa de poker. Otros que también hablan de boda.
Guillermo, a instancia de toda la barra, finalmente se atrevió a invitar a salir a Marina. En esta etapa de la relación, aún no se puede ni remotamente hablar de amor o de proyectos. Pero sí de que se están frecuentando, conociéndose y fifándose sin mayor compromiso, lo cual ha mejorado el estado de ánimo general de Guille en un 200%.
¡Hasta Valeria y Marcelo vienen durando juntos! ¡Hasta Natalia me habló de un nene del jardín al que llama "mi novio"!
Mili y yo, a pesar de todos los traspiés recientes -mayoritariamente económicos- seguimos juntos y muy enamorados.
En fin, todo parece indicar que es temporada de amores. De juntarse. De vivirse.
¿Será este el final feliz que todos estábamos esperando?
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235 - E.R.
Tengo una atracción especial por las guardias de los hospitales y los quirófanos. Siempre, de una u otra manera, acabo con alguno de mis hijos en alguna de estas macabras circunstacias.
Cuando Martín tuvo amigdalitis y hubo que operarlo -debería tener unos seis años- en la clínica nos explicaron que sólo uno de los padres podía entrar al quirófano con el chico. Con Valeria, con quien ya en esa época empezábamos a competir de manera infame y a disputarnos el amor de nuestro hijo mayor como si se tratara de un coto de caza, decidimos que lo más justo sería que Tincho mismo decidiera.
Me eligió a mí y terminé con una bata descartable azul, cofia y barbijo, sosteniéndole una mascarilla de goma enorme que le administraría la anestesia.
Al poco tiempo de habernos separado, una tarde que los chicos estaban conmigo, Carolina se tropezó -nunca supe por qué- y fue a dar al piso, aterrizando sobre la pera. El tajo se solucionaba fácilmente con tres puntos de sutura, de las manos expertas del cirujano plástico de guardia. Pero hasta que la tranquilicé, le limpié la herida, cargué los tres chicos en el auto y llegué a la guardia más cercana, había dejado un reguero de sangre que parecía una película de Wes Craven o "un comercial de plasma", como hubiera dicho Boogie el Aceitoso.
Al día siguiente, cuando fui a dejar a los chicos con su madre, le relaté los pormenores del incidente y cómo se había solucionado. Le expliqué con lujo de detalles cómo limpiar y cuidar la herida y le dejé los datos del cirujano, para que la llevara, tres días después, a sacarse los puntos. Hasta le devolví el vestido que Caro llevaba puesto en el momento del incidente, lavado y todo. Esa tarde, me fui de lo de Valeria con una cierta y egocéntrica sensación de orgullo: el pobre padre soltero había lidiado con una emergencia médica que involucraba litros de sangre, exitosamente y sin ayuda de nadie.
Ayer a la tarde estábamos con Mili, tirados en la cama, viendo "Bee movie" por vez número mil, cuando sonó el celular. Detuve la película y atendí a Valeria, esperando la andanada de reproches e insultos usuales.
- Si no es una emergencia, llamame más tarde - le dije.
- Es una emergencia - lloraba mi exposa al otro lado del teléfono - Natalia rompió una botella sin querer y se cortó las manos con los vidrios.
- Ok, tranquilizate y decime a dónde estás.
- En la guardia de la Clínica Santo Cesario.
- ¿Ya la están atendiendo?
- Sí, le tienen que dar un punto en cada mano, pobrecita, mi chiquita.
- Bueno, pero ya está todo bajo control.
- Sí, pero...
- ¿Sí, pero qué, Valeria?
- Que ya que me abandonaste, ya que me dejaste sola en la vida, lo menos que podrías hacer es venir acá y hacerte cargo.
Corté el teléfono, apagué el televisor y me puse las zapatillas. Le expliqué a Mili brevemente la situación y, antes de irme, se me ocurrió dejarle la anécdota, de regalo.
- ¿Sabés lo que me dijo mi ex?
- ¿Qué te dijo?
- "Ya que me abandonaste, ya que me dejaste sola en la vida, lo menos que podrías hacer es venir acá y hacerte cargo" - cité con tono melodramático digno de una telenovela de Migré.
- Ah... ya me parecía.
- ¿Qué cosa te parecía, amor?
- Ya me preguntaba en qué momento esto iba a pasar a ser culpa tuya.
Cuando Martín tuvo amigdalitis y hubo que operarlo -debería tener unos seis años- en la clínica nos explicaron que sólo uno de los padres podía entrar al quirófano con el chico. Con Valeria, con quien ya en esa época empezábamos a competir de manera infame y a disputarnos el amor de nuestro hijo mayor como si se tratara de un coto de caza, decidimos que lo más justo sería que Tincho mismo decidiera.
Me eligió a mí y terminé con una bata descartable azul, cofia y barbijo, sosteniéndole una mascarilla de goma enorme que le administraría la anestesia.
Al poco tiempo de habernos separado, una tarde que los chicos estaban conmigo, Carolina se tropezó -nunca supe por qué- y fue a dar al piso, aterrizando sobre la pera. El tajo se solucionaba fácilmente con tres puntos de sutura, de las manos expertas del cirujano plástico de guardia. Pero hasta que la tranquilicé, le limpié la herida, cargué los tres chicos en el auto y llegué a la guardia más cercana, había dejado un reguero de sangre que parecía una película de Wes Craven o "un comercial de plasma", como hubiera dicho Boogie el Aceitoso.
Al día siguiente, cuando fui a dejar a los chicos con su madre, le relaté los pormenores del incidente y cómo se había solucionado. Le expliqué con lujo de detalles cómo limpiar y cuidar la herida y le dejé los datos del cirujano, para que la llevara, tres días después, a sacarse los puntos. Hasta le devolví el vestido que Caro llevaba puesto en el momento del incidente, lavado y todo. Esa tarde, me fui de lo de Valeria con una cierta y egocéntrica sensación de orgullo: el pobre padre soltero había lidiado con una emergencia médica que involucraba litros de sangre, exitosamente y sin ayuda de nadie.
Ayer a la tarde estábamos con Mili, tirados en la cama, viendo "Bee movie" por vez número mil, cuando sonó el celular. Detuve la película y atendí a Valeria, esperando la andanada de reproches e insultos usuales.
- Si no es una emergencia, llamame más tarde - le dije.
- Es una emergencia - lloraba mi exposa al otro lado del teléfono - Natalia rompió una botella sin querer y se cortó las manos con los vidrios.
- Ok, tranquilizate y decime a dónde estás.
- En la guardia de la Clínica Santo Cesario.
- ¿Ya la están atendiendo?
- Sí, le tienen que dar un punto en cada mano, pobrecita, mi chiquita.
- Bueno, pero ya está todo bajo control.
- Sí, pero...
- ¿Sí, pero qué, Valeria?
- Que ya que me abandonaste, ya que me dejaste sola en la vida, lo menos que podrías hacer es venir acá y hacerte cargo.
Corté el teléfono, apagué el televisor y me puse las zapatillas. Le expliqué a Mili brevemente la situación y, antes de irme, se me ocurrió dejarle la anécdota, de regalo.
- ¿Sabés lo que me dijo mi ex?
- ¿Qué te dijo?
- "Ya que me abandonaste, ya que me dejaste sola en la vida, lo menos que podrías hacer es venir acá y hacerte cargo" - cité con tono melodramático digno de una telenovela de Migré.
- Ah... ya me parecía.
- ¿Qué cosa te parecía, amor?
- Ya me preguntaba en qué momento esto iba a pasar a ser culpa tuya.
232 - Inquilinos
- Me mudo, papá -me dijo Carolina, muy seria, por teléfono.
- ¿Eh? -definitivamente me había agarrado con la guardia baja.
- Ayer se mudó Marcelo acá y no me lo banco, papá, me voy a vivir con vos.
- Bueno, dale -respondí, disfrutando del pequeño triunfo.
- ¿Me venís a buscar?
- Dale... En un rato voy. Dame un rato, que hago un par de llamados -quería hablar con mi abogado, por supuesto- y mientras, le pido a Mili que te haga lugar en el placard.
- ¡Ah, no! -exclamó mi hija.
- ¿No qué?
- Que con Mili no.
- ¿Que con Mili no qué cosa, hija? ¡No te entiendo!
- Que yo me quiero ir a vivir con vos, no con esa. Ni loca.
- ¿Y qué pretendés que haga, Caro? Por ahora, Milagros vive acá. Y punto.
- Sacátela de encima, no la quiero ver nunca más, papá.
- Mirá, hija... Eso no va a suceder. Soy grande y tomo mis propias decisiones. En todo caso, decile a tu madre que...
Nunca terminé la frase.
Me cortó.
- ¿Eh? -definitivamente me había agarrado con la guardia baja.
- Ayer se mudó Marcelo acá y no me lo banco, papá, me voy a vivir con vos.
- Bueno, dale -respondí, disfrutando del pequeño triunfo.
- ¿Me venís a buscar?
- Dale... En un rato voy. Dame un rato, que hago un par de llamados -quería hablar con mi abogado, por supuesto- y mientras, le pido a Mili que te haga lugar en el placard.
- ¡Ah, no! -exclamó mi hija.
- ¿No qué?
- Que con Mili no.
- ¿Que con Mili no qué cosa, hija? ¡No te entiendo!
- Que yo me quiero ir a vivir con vos, no con esa. Ni loca.
- ¿Y qué pretendés que haga, Caro? Por ahora, Milagros vive acá. Y punto.
- Sacátela de encima, no la quiero ver nunca más, papá.
- Mirá, hija... Eso no va a suceder. Soy grande y tomo mis propias decisiones. En todo caso, decile a tu madre que...
Nunca terminé la frase.
Me cortó.
Expediente:
Carolina (la del medio),
Marcelo (agachate y conocelo),
Mili,
Textuales
212 - Pleased to meet you
- La verdad, nunca me hubiera esperado esto de vos - dijo Carolina, con su cara de orto característica.
- ¿Qué cosa, hija?
- Que tuvieras novia.
- Disculpame, pero... ¿Qué pretendías? ¿Que me quede solo para el resto de mi vida?
- Y, sí.
Mi hija la del medio no respondió de la manera más favorable del mundo al hecho de que decidiera llevarlos a todos a comer pizza y aprovechara la ocasión para presentarles a Mili. Aunque, debo admitirlo, de alguna manera me lo esperaba. Carolina tiene con Valeria una de las relaciones madre-hija más espantosas que he visto en mi vida pero, sin embargo, se aferra con uñas y dientes a las estructuras. Sé que, en el fondo, ella preferiría, como decía mi abuela, "mal casados, pero casados". Sé también que el tema es "carne de diván", como diría Pablito y me intriga muchísimo -porque Caro es hermética al respecto- cómo será su relación con Marcelo, si es que ha logrado desarrollar algún tipo de relación.
Martín tampoco me sorprendió demasiado. Reaccionó a una frase tan espectacular como "chicos, les presento a mi Novia", con un "ah, hola" y una cierta apatía preadolescente. Tincho vive en su mundo y, me da la impresión, su gran objetivo en la vida es que lo dejen hacer la suya y no lo jodan. Supongo que el mayor no va a representar un problema, siempre y cuando se mantengan ciertas distancias prudentes, pero tampoco espero una gran cooperación de su parte.
La que no deja de fascinarme es Natalia. La enana miró toda la escena con gran curiosidad y comió pizza como una desaforada -es una de sus debilidades- aguardando el momento preciso para hablar conmigo a solas.
Amontonados en el monoambiente, esperó a que sus hermanos se fueran a la cama para acorralarme en la cocina y darme su veredicto:
- ¿Te puedo dezid un zecdeto, papá? - preguntó con una sonrisa.
- Sí, mi amor, decime - le respondí acercando la oreja.
- Mili ez re-limda.
- ¿Qué cosa, hija?
- Que tuvieras novia.
- Disculpame, pero... ¿Qué pretendías? ¿Que me quede solo para el resto de mi vida?
- Y, sí.
Mi hija la del medio no respondió de la manera más favorable del mundo al hecho de que decidiera llevarlos a todos a comer pizza y aprovechara la ocasión para presentarles a Mili. Aunque, debo admitirlo, de alguna manera me lo esperaba. Carolina tiene con Valeria una de las relaciones madre-hija más espantosas que he visto en mi vida pero, sin embargo, se aferra con uñas y dientes a las estructuras. Sé que, en el fondo, ella preferiría, como decía mi abuela, "mal casados, pero casados". Sé también que el tema es "carne de diván", como diría Pablito y me intriga muchísimo -porque Caro es hermética al respecto- cómo será su relación con Marcelo, si es que ha logrado desarrollar algún tipo de relación.
Martín tampoco me sorprendió demasiado. Reaccionó a una frase tan espectacular como "chicos, les presento a mi Novia", con un "ah, hola" y una cierta apatía preadolescente. Tincho vive en su mundo y, me da la impresión, su gran objetivo en la vida es que lo dejen hacer la suya y no lo jodan. Supongo que el mayor no va a representar un problema, siempre y cuando se mantengan ciertas distancias prudentes, pero tampoco espero una gran cooperación de su parte.
La que no deja de fascinarme es Natalia. La enana miró toda la escena con gran curiosidad y comió pizza como una desaforada -es una de sus debilidades- aguardando el momento preciso para hablar conmigo a solas.
Amontonados en el monoambiente, esperó a que sus hermanos se fueran a la cama para acorralarme en la cocina y darme su veredicto:
- ¿Te puedo dezid un zecdeto, papá? - preguntó con una sonrisa.
- Sí, mi amor, decime - le respondí acercando la oreja.
- Mili ez re-limda.
189 - Suscripciones
Suscribí a marcelo@consultorapindonga.com a una lista de correo sobre sadomasoquismo, un foro de aficionados a la zoofilia, un newsletter de pornografía infantil y un feed de noticias sobre decoración que manda como diez actualizaciones al día.
Además, le proporcioné la dirección a un conocido que es spammer, que se alegró muchísimo de adicionarlo a su base de datos para venderle Viagra y métodos para alargar el pene.
Además, le proporcioné la dirección a un conocido que es spammer, que se alegró muchísimo de adicionarlo a su base de datos para venderle Viagra y métodos para alargar el pene.
Expediente:
Marcelo (agachate y conocelo)
180 - Remitente
No sé por qué me dio por volver a mirar aquellas estadísticas de inflación que me había mandado mi ex. Pero lo divertido, el gran descubrimiento, no estaba en los archivos adjuntos, en las tablas y gráficas prolijas, sino en el mismísimo email. Al pie, Valeria había olvidado eliminar los datos del remitente: marcelo@consultorapindonga.com.ar
Expediente:
Marcelo (agachate y conocelo)
167 - Sábado a la noche, otra vez
El arreglo era de lo más sencillo: un fin de semana con papá y otro con mamá. Y ese fin de semana, a los chicos les tocaba estar con mamá. Era sencillo. Era práctico. Me dejaba liberadas unas 48 horas para manejar hasta Mar del Plata, ver a Mili y regresar a tiempo a Buenos Aires para cumplir con mis obligaciones de padre y laburante.
Pero no. Porque, con Valeria, todo es una sorpresa permanente. El jueves, un día antes del inicio oficial del fin de semana, me vino con un planteo que me tomó varios minutos decodificar. "Tengo una idea alternativa", dijo, "que nos puede beneficiar a todos: vos tenés a los chicos el sábado y yo el domingo".
¡Fantástico! No sólo los pobres pibes estaban conminados a ir y venir de un lado para el otro durante todo el fin de semana, sino que me impedía toda posibilidad de viajar a ver a Mili.
Pero temí segundas intenciones y decidí atacar:
- Bueno, está bien, hagamos eso, para variar - dije con cara de inocente - pero al revés, con vos el sábado y conmigo el domingo ¿Te parece?
- ¡No, de ninguna manera! - estalló Valeria - ¡Sábado con vos, domingo conmigo!
- ¿Y por qué?
- ¡Porque sí!
- ¿Eso te parece una justificación razonable?
- ¡Razonable las pelotas! Lo hacemos así y punto.
Que por alguna razón Valeria necesitaba el sábado a la noche libre se había hecho demasiado obvio. De hecho, si me lo hubiera pedido de onda, no habría tenido problema en arreglar las cosas para que ella hiciera la suya. Por eso, que intentara "forzarme", manipulando los horarios de nuestros hijos, me sacaba. Me incitaba a la pelea, a buscar revancha, a tratar por todos los medios de cagarle cualquier plan que pudiera tener. Pero no podía caer así de bajo. No podía sostener una pelea que, a la larga, iba a perjudicar a los chicos, sometiéndolos a un régimen que los tendría como nómades gitanos. Así que hice lo que todo buen padre y mal amante hubiera hecho en mi lugar:
- Mirá, Valeria... dejá... me llevo a los chicos el viernes a la tarde y los devuelvo en la escuela el lunes por la mañana.
Supongo que Valeria y Marcelo habrán estado felices.
Y que Mili se lo habrá bancado como una duquesa.
Pero no. Porque, con Valeria, todo es una sorpresa permanente. El jueves, un día antes del inicio oficial del fin de semana, me vino con un planteo que me tomó varios minutos decodificar. "Tengo una idea alternativa", dijo, "que nos puede beneficiar a todos: vos tenés a los chicos el sábado y yo el domingo".
¡Fantástico! No sólo los pobres pibes estaban conminados a ir y venir de un lado para el otro durante todo el fin de semana, sino que me impedía toda posibilidad de viajar a ver a Mili.
Pero temí segundas intenciones y decidí atacar:
- Bueno, está bien, hagamos eso, para variar - dije con cara de inocente - pero al revés, con vos el sábado y conmigo el domingo ¿Te parece?
- ¡No, de ninguna manera! - estalló Valeria - ¡Sábado con vos, domingo conmigo!
- ¿Y por qué?
- ¡Porque sí!
- ¿Eso te parece una justificación razonable?
- ¡Razonable las pelotas! Lo hacemos así y punto.
Que por alguna razón Valeria necesitaba el sábado a la noche libre se había hecho demasiado obvio. De hecho, si me lo hubiera pedido de onda, no habría tenido problema en arreglar las cosas para que ella hiciera la suya. Por eso, que intentara "forzarme", manipulando los horarios de nuestros hijos, me sacaba. Me incitaba a la pelea, a buscar revancha, a tratar por todos los medios de cagarle cualquier plan que pudiera tener. Pero no podía caer así de bajo. No podía sostener una pelea que, a la larga, iba a perjudicar a los chicos, sometiéndolos a un régimen que los tendría como nómades gitanos. Así que hice lo que todo buen padre y mal amante hubiera hecho en mi lugar:
- Mirá, Valeria... dejá... me llevo a los chicos el viernes a la tarde y los devuelvo en la escuela el lunes por la mañana.
Supongo que Valeria y Marcelo habrán estado felices.
Y que Mili se lo habrá bancado como una duquesa.
Expediente:
Marcelo (agachate y conocelo),
Mili,
Régimen de visitas,
Valeria (mi ex)
159 - Distancias
"Te extraño", decía un cartelito violeta en el monitor de mi computadora. Sé, a ciencia cierta, en plena conciencia, que al otro lado de ese cartelito está Mili. A 400 kms de distancia. Extrañándome.
Mis hijos nacieron y se criaron en un mundo hipercomunicado. Telefonía celular, internet, bluetooth, wifi, banda ancha movil, 3G (aún no sé qué diablos significa) y montones de juguetitos tecnológicos que, como dice mi amiga Mica, "acercan a los que están lejos y alejan a los que están cerca". He visto a Martín enfrascado ante su celular, "texteándose" -el neologismo lo aprendí de él- con vaya uno a saber cuánta gente. Comunicados e incomunicados. Hablándose sin verse las caras, sin poder tocarse, sin sentir el abrazo de un amigo, la vibración de una voz, el calor de una mirada. Carolina ya tiene su casilla de email, que maneja con maestría y reclama, cada vez que puede, que le compre su primer celular. Me resisto, pero supongo que en algún momento aparecerá Marcelo con un flamante iPhone para mi hija y no podré hacer nada para evitarlo. Naty es aún tecnológicamente virgen, pero nada me quita el insensato temor de que algún día le crezca un puerto USB en el culo. Sí, señoras y señores: la próxima generación, la de mis nietos, abandonará esa antigua costumbre que tenemos de llevar el apellido paterno y todos se llamarán @gmail.com.
La comunicación electrónica -el chat y el mensaje de texto en particular- me provocan una fuerte sensación de irrealidad. Es como si la persona se redujera, de un ser biológico e integral, de un cuerpo y un alma, a un puñado de impulsos eléctricos, que bien podrían estar siendo enviados por mi novia, por una forma de inteligencia artificial que lo hace en forma automática, un obeso pervertido que finge ser una bella señorita marplatense o un chimpancé, como creen los lectores de tusecreto.com.
Y, sin embargo, mi computadora dice que Mili dice que me extraña. Tímidamente, tipeo: "yo también". Hace unas dos semanas que no nos vemos y me pesa en el alma, la distancia -multiplicada por el tiempo- se me anuda en la garganta.
Entonces Mili escribe dos puntos, seguido de una comilla, seguido de un paréntesis abierto. Por un instante, me cuesta demasiado esfuerzo imaginármela llorando, al otro lado, frente a su pantalla.
Pero, de repente, siento la humedad en mi propia cara; la humedad de una lágrima gorda y perezosa que insiste en viajar de mi ojo a la comisura de mis labios. Tiene el sabor agrio y salado de las lágrimas que nacen de un dolor agudo y profundo.
Entonces, yo también escribo :'(
Y espero pacientemente el momento en que podamos salir de toda esta virtualidad casi inexistente y volvamos a abrazarnos.
Mis hijos nacieron y se criaron en un mundo hipercomunicado. Telefonía celular, internet, bluetooth, wifi, banda ancha movil, 3G (aún no sé qué diablos significa) y montones de juguetitos tecnológicos que, como dice mi amiga Mica, "acercan a los que están lejos y alejan a los que están cerca". He visto a Martín enfrascado ante su celular, "texteándose" -el neologismo lo aprendí de él- con vaya uno a saber cuánta gente. Comunicados e incomunicados. Hablándose sin verse las caras, sin poder tocarse, sin sentir el abrazo de un amigo, la vibración de una voz, el calor de una mirada. Carolina ya tiene su casilla de email, que maneja con maestría y reclama, cada vez que puede, que le compre su primer celular. Me resisto, pero supongo que en algún momento aparecerá Marcelo con un flamante iPhone para mi hija y no podré hacer nada para evitarlo. Naty es aún tecnológicamente virgen, pero nada me quita el insensato temor de que algún día le crezca un puerto USB en el culo. Sí, señoras y señores: la próxima generación, la de mis nietos, abandonará esa antigua costumbre que tenemos de llevar el apellido paterno y todos se llamarán @gmail.com.
La comunicación electrónica -el chat y el mensaje de texto en particular- me provocan una fuerte sensación de irrealidad. Es como si la persona se redujera, de un ser biológico e integral, de un cuerpo y un alma, a un puñado de impulsos eléctricos, que bien podrían estar siendo enviados por mi novia, por una forma de inteligencia artificial que lo hace en forma automática, un obeso pervertido que finge ser una bella señorita marplatense o un chimpancé, como creen los lectores de tusecreto.com.
Y, sin embargo, mi computadora dice que Mili dice que me extraña. Tímidamente, tipeo: "yo también". Hace unas dos semanas que no nos vemos y me pesa en el alma, la distancia -multiplicada por el tiempo- se me anuda en la garganta.
Entonces Mili escribe dos puntos, seguido de una comilla, seguido de un paréntesis abierto. Por un instante, me cuesta demasiado esfuerzo imaginármela llorando, al otro lado, frente a su pantalla.
Pero, de repente, siento la humedad en mi propia cara; la humedad de una lágrima gorda y perezosa que insiste en viajar de mi ojo a la comisura de mis labios. Tiene el sabor agrio y salado de las lágrimas que nacen de un dolor agudo y profundo.
Entonces, yo también escribo :'(
Y espero pacientemente el momento en que podamos salir de toda esta virtualidad casi inexistente y volvamos a abrazarnos.
146 - No todo lo que brilla...
- Che, Natu... - pregunté, cizañero - ¿Y a vos no te regaló nada el tal Marcelo?
- Tí.
- ¿Y qué te regaló?
- Un munnnieco.
- Ay, qué lindo - falso como moneda de madera, el tipo - ¿Y cómo es?
- Feo
- ¿Feo? - estallé en una carcajada.
- Tí, papá. Un ozo feo. No ez como mi Ozo.
- Tí.
- ¿Y qué te regaló?
- Un munnnieco.
- Ay, qué lindo - falso como moneda de madera, el tipo - ¿Y cómo es?
- Feo
- ¿Feo? - estallé en una carcajada.
- Tí, papá. Un ozo feo. No ez como mi Ozo.
Expediente:
Marcelo (agachate y conocelo),
Naty (la menor),
Ozo,
Textuales
140 - Sweet Merciful Crap!
- ¿Y eso de dónde salió? - le pregunté a Martín, señalando el iPod Nano que llevaba colgado de la cintura y temiendo la respuesta.
- Y... bueno... es que... - empezó a tartamudear.
- Sí, ya sé - me resigné - Marcelo.
- ¡Agachate y conocelo!
- No es chistoso, nene.
- Y... bueno... es que... - empezó a tartamudear.
- Sí, ya sé - me resigné - Marcelo.
- ¡Agachate y conocelo!
- No es chistoso, nene.
Expediente:
Marcelo (agachate y conocelo),
Martín (el mayor),
Textuales
137 - ¿Mi salvador?
- ¿Y eso? - le pregunto a Carolina, señalándole un collarcito que lleva al cuello, que no había visto antes.
- Me lo compró Marcelo.
- ¿Marcelo? ¿Qué Marcelo?
- ¡Agachate y conocelo! - gritó Martín, desde el otro lado del departamento, estallando en un carcajada.
- Tincho, no seas ordinario - protesté - y que alguien me explique quién es Marcelo, por favor.
Se hizo un silencio incómodo en el departamento. Martín clavó la mirada en la pantalla de la computadora y a Carolina le dieron unas ganas incontrolables de ir al baño.
Sólo Natalia -mi adorable y siempre leal Natu- tuvo el valor de responder con total naturalidad:
"Ez el nobbbio de mamá"
- Me lo compró Marcelo.
- ¿Marcelo? ¿Qué Marcelo?
- ¡Agachate y conocelo! - gritó Martín, desde el otro lado del departamento, estallando en un carcajada.
- Tincho, no seas ordinario - protesté - y que alguien me explique quién es Marcelo, por favor.
Se hizo un silencio incómodo en el departamento. Martín clavó la mirada en la pantalla de la computadora y a Carolina le dieron unas ganas incontrolables de ir al baño.
Sólo Natalia -mi adorable y siempre leal Natu- tuvo el valor de responder con total naturalidad:
"Ez el nobbbio de mamá"
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