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209 - Soluciones mágicas

"¿Tan mal está tu matrimonio?", me había preguntado Alberto, aquella vez. Con Valeria ya estábamos quemando los últimos cartuchos y a mí se me empezaba a notar en la cara.

No suelo compartir andanzas personales en ambiente de laburo, pero en esos tiempos estaba tan caído, que fue inevitable embarcarme en una conversación con Alberto, uno de mis superiores, donde básicamente le conté la historia de mi vida. Me escuchó pacientemente, mientras tomaba mate cocido de un tazón enorme.

- Sí, así de mal está mi matrimonio - concluí.
- ¿Y no pensaron en volverlo a intentar?
- Ya probamos de todo, Alberto... ¡Nada funciona!
- Ah... pero yo sé de algo que los puede salvar - exclamó, con una sonrisa triunfal - Algo que en su momento salvó mi propio matrimonio, un método que te renueva la comunicación en la pareja como ningún otro.
- ¿De qué estás hablando?
- Mirá... pertenezco a un grupo de la iglesia que...
- ¡Dale! - interrumpí - ¡Decime que sos encuentrista!
- ¡Sí! ¿Cónocés encuentros?
- ¡Sí! - respondí con falso entusiasmo - ¡Y no sirve para una mierda!

Tiempo después tropecé con él en la esquina de Suipacha y Lavalle: salía, todo colorado, a media tarde, de las mismísimas entrañas del ABC.

192 - Terapia académica

La tercera sesión con el Licenciado Menéndez, debería habérmela imaginado. Pero no. Hay veces que soy un tipo tan ingenuo, que no veo venir las cosas más obvias.

Astuto, el terapeuta recordaba su promesa de dejarme hablar a mí, por lo que disparó la primera pregunta a mansalva:

- Y dígame, Señor Q... ¿Qué es lo que más le molesta de su mujer?
- Uy, tengo una lista larga, licenciado.
- Bueno, empiece por una cosa.
- Mire, con total franqueza y haciendo de cuenta que no está acá, y con la esperanza de que cuando lleguemos a casa no se tome represalias, le voy a decir: lo que más me jode es que sea tan controladora.
- A ver... explíqueme un poco más eso de "controladora" - inquirió el especialista, que de reojo veía ya el fuego en la mirada de Valeria.
- Ella pretende tomar absolutamente todas las decisiones. Todo lo que no se hace según su santo capricho, está mal hecho. Es "juzgona" y condena todo lo que no le gusta. No respeta para nada mis inquietudes, sabotea mis intereses personales, no le da importancia a lo que opino sobre nada...
- ¡Eso no es cierto! - saltó mi exposa de una manera que a muchos les habría recordado a la explosión del Challenger.
- ¡Callate la boca, que hoy me toca hablar a mí! - le grité desaforado.
- Bueno, bueno, bueno - se interpuse el psicólogo - a ver si nos calmamos un poco los dos y hablamos por turnos.
- Está bien - dije, conciliador.
- Bueno, Señora de Q, cuénteme: ¿Por qué dice que lo que asevera acá su marido no es verdad?
- ¿Eh? - interrumpí - ¿Pero no era que hoy me tocaba hablar a mí? Mire que tengo unas cuaaantas cosas para decir.
- Bueno, pero también podemos dejar que se exprese la señora ¿Verdad? - intentó el profesional.
- ¡Que se exprese las pelotas! - perdí completamente el control - Si usted tiene tantas ganas de escucharla despellejarme y que, encima, le paguen por eso, es problema suyo. Pero yo tengo que escuchar esta mierda todos los putos días de mi vida. Si no me dejan hablar, me voy.
- ¡Sos un desubicado! - aulló Valeria.
- Si no me dejan hablar, me voy - repetí.
- Bueno, Señor Q, tranquilícese. Tenemos que tener un orden para poder abordar los temas y resolver las cosas.
- El orden lo teníamos, licenciado. Usted me dijo que hoy me tocaba hablar a mí y se está cagando olímpicamente en el bendito orden que usted mismo propuso. Así que, por si no la entendieron, si no me dejan hablar, me voy.
- Hable, hombre, hable - intentó mediar.
- ¿De qué quiere que hable? - a esa altura, ya estaba completamente perdido.
- De lo que quiera.
- ¿De lo que quiera? - inquirí - ¿Vio qué buena campaña está haciendo Racing?
- ¿Pero vos nos estás tomando a todos el pelo? - volvió a entrometerse Valeria.
- No, querida. El licenciado me dijo que podía hablar libremente de lo que me venga en gana y yo quiero discutir la posición de La Academia en el Apertura.
- Sos un grasa - sentenció ella.
- Licenciado, explíquele, por favor, que me dejan hablar en paz o me voy.
- Bueno, caballero, pero no se ponga así. Los requerimientos de atención de su mujer también son comprensibles y debe tener su espacio de expresión - a lo que agregó, dirigiéndose a Valeria - ¿A Usted le molesta que su marido hable de fútbol?

Nunca escuché la respuesta de Valeria. Para cuando empezó a articular una respuesta ponzoñosa, yo ya estaba en la vereda, preguntándome dónde estaría el bar más cercano.

171 - El silencio de los inocentes

"Disculpe, licenciado", dije tímidamente, "¿A mí me toca hablar en algún momento?". Llevábamos ya treinta de los cuarenta y cinco minutos que duraba la primera sesión con el Licenciado Menéndez, el presunto experto en terapia de pareja al que nos había derivado la obra social, y Valeria no había parado de hablar un sólo segundo. Sé que los primeros diez minutos consistieron en un rosario de reproches y acusaciones. De lo que dijo entre el minuto once y el momento de mi humilde pregunta, no tengo registros: había dejado de escuchar.

"Déjela expresarse, a la señora", me ordenó Menéndez con mala cara, "después le toca a usted". Clavé la mirada en el vacío y me llevé mi mente a un lugar mucho más placentero, mientras un rumor como de tráfico en hora pico -el palabrerío de Valeria, al borde del llanto- me llegaba como a la distancia.

Por supuesto, pasaron los quince minutos restantes de sesión sin que me tocara meter un bocadillo, "pero no se preocupe, Señor Q, que en la próxima le toca a usted".

Sí, claro, seguro.

162 - Un epílogo predecible

Ayer me crucé por la calle con Mariana, una de las chicas con la que compartimos el fin de semana y la fallida comunidad de Encuentro Matrimonial. Siempre me llamó la atención que Mariana y Eduardo, su marido, un enjuto empleado de cabina de peaje, se hubieran enrolado en Encuentros. Eran muy jovencitos y a duras penas llevaban un par de años de casados. Demasiado poco tiempo como para estar lo suficientemente mal ¿No?

Me saludó con un beso y un abrazo, realmente alegre por el encuentro casual.

- ¿Y qué es de tu vida? - pregunté
- Y... me separé del Edu - respondió avergonzada.
- ¡Yo también me separé de Valeria! - contesté a los gritos, mientras estallaba en una carcajada.
- ¡Qué bueno! ¡Aguante Encuentro Matrimonial, carajo!

156 - La admisión

- ¿Y por qué quieren hacer una terapia de pareja? - preguntó la entrevistadora de la obra social.
- Porque nos llevamos como el culo - respondí con una sonrisa falsa.
- Eh... Eso no es del todo correcto - intervino Valeria, ante las caras de estupor mía y de la psicóloga.
- ¿Y cómo es eso, señora? - preguntó la profesional.
- Necesitamos hacer una terapia de pareja porque mi marido es un irresponsable peligroso - se despachó mi exposa - Le importa más de sí mismo, de sus noches de poker con amigos, de su bandita de rock y de su trabajo más que de mí; mi marido no me da toda la atención del mundo, me tiene abandonada y es normal que yo engrane.
- Claro - respondí con naturalidad - porque, si no fuera por eso, nos llevaríamos bárbaro. Que vos seas autoritaria, prejuiciosa, engreída, controladora, caprichosa, rígida, grosera, cruel e intolerante no tiene naaada que ver ¿Verdad?
- Mirá, pedazo de hijo de puta... - empezó Valeria, que fue rápidamente interrumpida por la encargada de admisiones.
- Definitivamente necesitan una terapia de pareja - dijo, levantando un poquito la voz, para imponerse por sobre la andanada de insultos que Valeria ya tenía en la punta de la lengua - Pídanse un turno con el Licenciado Menéndez, acá les dejo la tarjeta... Y no se preocupen, que yo me voy a encargar personalmente de llamarlo y darle algunas "referencias" del caso.

153 - Fugitivos

Entonces me regalaron un sticker. Tenía el logo de Encuentro Matrimonial -algo así como dos deformes corazones entrelazados- y me dieron una consigna: "pegalo en el auto... los encuentristas nos reconocemos por la calle y nos tocamos bocina mutuamente", me dijo un cordinador cuyo nombre ya no recuerdo.

"Esto es una fucking secta", pensé para mis adentros.

Haber pasado por la experiencia del fin de semana nos obligaba, según nos explicaron, a cumplir con ciertos rituales. Uno era seguir haciendo el 10/10 en casa, como un ejercicio de comunicación, lo cual -juro- intentamos, con resultados dispares. Además, debíamos asistir a una reunión al mes, una especie de "mantenimiento", donde básicamente se verificaba que estuviéramos poniendo en práctica lo aprendido y nos atiborrábamos de masitas y café con Chucker.

Fuimos a las "reuniones de comunidad" durante un tiempo, que por suerte no fue muy extenso. Pronto nos empezamos a aburrir. Otras parejas empezaron a desertar, con excusas más o menos creativas y, en menos de un semestre, éramos demasiado pocos como para justificar la mera existencia de la reunión.

Desesperados por no perder adeptos, intentaron incorporarnos a otra comunidad ya formada. Pero teníamos la excusa perfecta para hacer un mutis más o menos elegante y nunca más volvimos a aparecer.

No volvimos a hacer un 10/10 ni mejoramos en nada nuestra comunicación. Como me dijo en cierta ocasión el Padre Manuel, "encuentros es como una prótesis... si te cortan una gamba, podés caminar con una pata de palo, pero no es lo mismo... cuando la comunicación en la pareja se rompió, podés emparcharla, pero se va a seguir notando que está rota... a algunos les sirve, a otros no".

En lo personal, rescato una sola cosa positiva: huir despavoridos de esa pintoresca secta fue una de las últimas cosas en las que Valeria y yo estuvimos absolutamente de acuerdo.

142 - Despertar de una pesadilla

Durante la segunda tanda de charlas del macabro fin de semana de Encuentro Matrimonial, leyeron montones de cartas, a modo de ejemplo del infalible método de comunicación que proponen.

Tengo un recuerdo difuso, sin embargo. Toda esa charla está un poco borrosa en mis recuerdos. Sin embargo, hay una imagen muy nítida, que hasta el día de hoy no he podido borrar de mi cabeza: todas las miradas dirigidas a mi y un silencio sepulcral.

- Te dormiste, hijo de puta - decía la voz de Valeria.
- ¿Y qué? ¡Si esto es un embole!
- ¡Que tus ronquidos tapaban la voz del cura, pelotudo!

Esa misma tarde, cuando todo terminó, nos incitaron con un cierto aire de misterio a que regresáramos no a casa, sino a nuestras respectivas parroquias. "Ya que te dormiste y no entendiste ni la mitad de lo que estaba pasando, lo menos que podés hacer es seguir las instrucciones", me intimó Valeria. Accedí, aunque lo único que quería era salir de esa mala pesadilla, llegar a mi casa y abrazar a mis hijos.

Cuando llegamos, nos llevaron -siempre con un cierto halo de misterio- hasta uno de los salones detrás del templo.

Globos, guirnaldas, gaseosas de segunda marca y sanguchitos de miga acompañaban a un pasacalle enorme que, de lado a lado del salón, rezaba: "Bienvenidos, encuentristas".

Me tomó una hora salir de ese atolladero y volver a mi casa. Natu tenía sueño y estaba de un mal humor muy parecido al mío. Calenté una mamadera y me tiré en un sillón del living, a dársela.

Se quedó dormida sobre mi pecho, toda desparramada. Me costaba respirar, con ese peso sobre el torax, pero -finalmente- sentía que había vuelto a casa.

Cerré los ojos un segundo. Lo siguiente que recuerdo es que, por el ventanal del living, amanecía.

124 - Bancate ese defecto

"Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así", aullaba el Nano Serrat desde un grabador ochentoso y con pocas pilas, que hacía que la voz del catalán patinara ligeramente. La canción era brutalmente acompañada por una percusión de tapas de cacerola, en manos de los coordinadores del Fin de Semana de Encuentro Matrimonial. Sí, así nos despertaron el segundo día, casi de la misma forma que el Profe Ramírez -de educación física- nos sacaba de adentro de las carpas en esos interminables campamentos de invierno en San Antonio de Areco que hacíamos con la escuela.

Mi predisposición, luego de este despertar, era tan buena como la de Valeria a la hora de negociar alimentos. Y mi humor, completamente digno de Sauron.

Las charlas de la mañana incluyeron un ejercicio que, creo, no olvidaré jamás: había que poner por escrito qué era lo que nos había enamorado del otro.

Sobre Valeria escribí que tenía fuerza de espíritu, que no renunciaba a las cosas que se proponía, que se aferraba con uñas y dientes a aquello en lo que creía, que era mucho más organizada y disciplinada que yo y que era muy apegada a la familia.

Visto en perspectiva, aún no estoy seguro de si lo que hice fue una lista de lo que más me molestaba mostrándolo como si fueran virtudes cardinales o si, en su momento, no me habré enamorado de sus peores defectos.

119 - Pegame y llamame encuentrista

La primera noche de Encuentro Matrimonial, el Padre Víctor, un santiagueño robusto y levemente apático, explicó que "lo que hacemos acá es de gran ayuda en la mayoría de los casos, salvo cuando hay violencia en la familia".

A la mañana siguiente, de los siete matrimonios originales, sólo quedábamos cinco.

113 - Campamento matrimonial

Catorce personas. Siete matrimonios. Sobreentendido, todos ellos en conflicto. Si no, no estarían amontonados en una habitación sin ventanas, una tarde de julio, en una casa de retiros espirituales en el culo del mundo. Los catorce se miran unos a otros sin entender del todo bien qué pasa, cuando uno de los coordinadores asoma la cabeza por la puerta y, con una sonrisa exagerada, les anuncia: "listo, ya pueden salir".

Al traspasar la puerta, una treintena de personas -todos absolutos desconocidos- forman una especie de pasillo por el cual los matrimonios, mayoritariamente asustados, caminan, buscando al menos alejarse del encierro de la primera habitación.

La banda de desconocidos que forman el túnel -me hacen temer un puente chino, por un momento- canta. Lo hacen desaforadamente, más como una hinchada de segunda división que como el coro de un monasterio. La canción dice así:

"Que lindo es vivir para amar
Que lindo es tener para dar
Dar alegría y felicidad
Darse a uno mismo, eso es amar"

"¿Dónde mierda nos metimos?", le pregunto por lo bajo a Valeria. "No tengo idea", me responde, "pero parecen de la secta Moon".

El fin de semana de Encuentro Matrimonial se parece más a una mala colonia de vacaciones que a una terapia de pareja alternativa. Las habitaciones de la casa de retiros espirituales son sombrías y mohosas. Están amobladas austeramente con cuchetas y acolchados baratos. En la puerta de nuestro cuarto, un cartel clavado con una chinche tiene un enorme corazón dibujado con marcador que dice: "Valeria & Esteban".

En la primera reunión nos explican cuestiones formales: horario para irse a dormir, horario para levantarse, prohibición de fumar en el interior -lo cual no le hará ningún bien a mis nervios, dado que lidio muy mal con la abstinencia de nicotina- y otras reglas internas un tanto exóticas que no logro memorizar. Me recuerda a los campamentos de la infancia y la idea me resulta divertida.

Sin embargo, cuando nos ordenan entregarle a los coordinadores nuestros relojes y teléfonos celulares, empiezo a sentirme como en un campo de concentración.

Encuentro matrimonial trata, básicamente, sobre la comunicación en la pareja. Tienen un método, que según ellos, es increíblemente efectivo. Lo llaman el 10/10. Parten de la premisa de que se puede fomentar la comunicación en la pareja con tan sólo veinte minutos diarios de trabajo, repartidos en diez y diez. Pero, para evitar la confrontación, proponen que, en vez de hablarse, se escriban. Así, durante este extraño fin de semana en esta especie de campo de concentración cristiano, nos pedirán varias veces que nos tomemos diez minutos para escribirle unas líneas a nuestra pareja y luego intercambiemos cartas, usando los diez minutos restantes para charlar con el otro qué fue lo que más nos impactó de su misiva.

Suena bien en la teoría, si no fuera porque en la práctica, cada sesión de diez minutos de conversación acaba por convertirse en un inconducente rosario de reproches mutuos.

La primera noche, sin embargo, es coronada por un diálogo tan esperazador como inusual:

- Vale... - llamo a mi exposa desde mi cucheta.
- ¡Qué! - responde malhumorada.
- Me quiero ir a casa.
- No lo digas dos veces.
- ¿Y si nos escapamos por la ventana? - disparo, en medio de una carcajada.
- De ninguna manera -contesta muy seria- Quizás todo esto sirva para algo: es la primera vez en mucho tiempo que logramos ponernos de acuerdo.

108 - Desencuentro matrimonial

En el ridículo camino de tratar de salvar un matrimonio que estaba condenado as from day one, probamos de todo. Tras el estrepitoso fracaso con Magdalena, la consejera matrimonial, me encontraba ante el conflicto de buscar algo que pudiera ayudarnos sin que se pareciera en lo más mínimo a una terapia convencional, no fuera cosa de predisponer mal a mi mujercita y que acabara por avergonzarme en público nuevamente.

El padrino de Martín, un hombre de fe -que visita religiosamente la parroquia todos los domingos y el prostíbulo todos los lunes, a la hora del almuerzo- nos habló de Encuentro Matrimonial, un movimiento de la Iglesia Católica que "trata, sobre todo, los problemas de comunicación en la pareja", nos explicó, "creo que es justo lo que ustedes están necesitando, los voy a contactar con un coordinador amigo".

Si lo hubiera propuesto yo, seguramente Valeria se habría resistido. Pero la idea venía de boca de su mejor amigo de la infancia, lo cual la convertía en la mejor idea del mundo, que aceptó gustosa.

Unos pocos días después, nos llamaba por teléfono un tal Alberto, que nos explicaría en qué consistía: un fin de semana en una casa de retiros espirituales, junto con "otros matrimonios, como ustedes, que se aman, pero que necesitan mejorar la comunicación", donde, a través de una serie de charlas, dictadas por un sacerdote y otros matrimonios expertos, "van a aprender un método que les va a cambiar la forma de comunicarse... ¡y la vida!", remató entusiasmado.

Acepté la propuesta no del todo convencido. Sonaba demasiado bien, demasiado perfecto, algo tenía que fallar. Hice la reserva y dos semanas después llegábamos a la mentada casa de retiros, un edificio anticuado en las afueras de General Rodríguez.

100 - Terapias alternativas

- Me parece que, después de los últimos incidentes, ustedes necesitan "otro tipo de terapia" - me dijo Magdalena, algo tímida, al otro lado del teléfono.
- Sí, seguro - respondí, agregando un silencio dramático - ¡Electroshock!

094 - Autodiagnóstico

La mejor definición de la palabra "terror" la aprendí en los ojos de Magdalena, la consejera matrimonial.

La segunda vez que fuimos a verla, todo terminó de una manera tan violenta como inusual. Con su sonrisa de siempre, la especialista nos hizo una sugerencia que, en el momento, me sonó por lo menos curiosa: "Ustedes son tan diferentes y encaran las cosas de una manera tan distinta, que me parece que lo mejor va a ser que tengamos algunos encuentros en conjunto, pero también charlas individuales, como para que puedan expresarse con más libertad, con más tranquilidad".

Asentí, seguí el juego. Me dejé llevar por la opinión de la profesional. Si ella lo decía, eso seguramente fuera lo mejor.

- Entonces, la semana que viene, empiezo por vos - le dijo a Valeria, mirándola directamente a los ojos.
- ¿Y por qué yo? - respondió en pie de guerra mi exposa.
- Porque me parece lo más atinado a efectos terapéuticos.
- Claro, entiendo - replicó Valeria - Lo que vos me querés decir es que yo estoy más loca que él, pedazo de hijadeunagranputa, peroquientecreesquesos.

En el momento en que se puso de pie, tuve miedo de que golpeara a la consejera y la tomé del brazo. Seguía puteando, ahora ya con un vocabulario digno de un show de Jorge Corona, mientras se ponía más y más colorada. Magdalena, en cambio, se ponía cada vez más pálida. En sus ojos vi terror.

Me llevé a Valeria a la rastra.

Las huellas de mis dedos en su brazo duraron un par de días.

088 - La consejera

Nunca fui muy amigo del psicoanálisis. Y la sola expresión "terapia de pareja" me hacía correr un frío por la espalda. Pero hubo un tiempo -que fue hermoso, diría Sui Generis- en que estaba dispuesto a todo por salvar mi matrimonio, inclusive probar distintos tipos de terapia.

Así, renegando de los tratamientos convencionales, logré que la parroquia del barrio me recomendara a una "asistente terapéutica", una "councillor" que, según me dijo el Padre Manuel, tenía experiencia en parejas que "se llevan como católicos y evangelistas".

Magdalena -una señora cincuentona, madre de seis- vivía en una casona cerca del río y tenía una de las habitaciones destinada a funcionar como "consultorio": Sillones cómodos, un amplio ventanal al jardín y una réplica de Monet colgando de la pared. Un ambiente cálido y acogedor, que invitaba a desnudar el alma.

Fuimos a visitarla un sábado por la tarde. Me corrijo: arrastré a Valeria hasta el escondite de esta consejera un sábado por la tarde. Desde el primer minuto, me inspiró confianza y le conté a grandes rasgos, nuestra historia de peleas, entredichos, discusiones y platos voladores.

Debo haber hablado ininterrumpidamente durante unos veinte minutos, comportándome, en general, como un caballero, aunque sin poder resistirme a -de vez en cuando- dispararle a mi exposa con munición gruesa. Tras escucharme pacientemente, Magdalena miró a Valeria por sobre sus lentes y le hizo una sola pregunta:

- ¿Y vos?
- Yo, nada.

La experta hizo un par de intentos corteses por motivar a Valeria a hablar, con pobres resultados. Agotada de la cara de culo in-crescendo de su flamante paciente, se dio amablemente por vencida y nos agendó para vernos al sábado siguiente.

Me fui con un sabor amargo, pero con la esperanza de que una semanita de reflexión le sirviera a Valeria para recapacitar y disponerse a abrir la boca en la sesión siguiente.

Me cobró una pequeña fortuna.