113 - Campamento matrimonial

Catorce personas. Siete matrimonios. Sobreentendido, todos ellos en conflicto. Si no, no estarían amontonados en una habitación sin ventanas, una tarde de julio, en una casa de retiros espirituales en el culo del mundo. Los catorce se miran unos a otros sin entender del todo bien qué pasa, cuando uno de los coordinadores asoma la cabeza por la puerta y, con una sonrisa exagerada, les anuncia: "listo, ya pueden salir".

Al traspasar la puerta, una treintena de personas -todos absolutos desconocidos- forman una especie de pasillo por el cual los matrimonios, mayoritariamente asustados, caminan, buscando al menos alejarse del encierro de la primera habitación.

La banda de desconocidos que forman el túnel -me hacen temer un puente chino, por un momento- canta. Lo hacen desaforadamente, más como una hinchada de segunda división que como el coro de un monasterio. La canción dice así:

"Que lindo es vivir para amar
Que lindo es tener para dar
Dar alegría y felicidad
Darse a uno mismo, eso es amar"

"¿Dónde mierda nos metimos?", le pregunto por lo bajo a Valeria. "No tengo idea", me responde, "pero parecen de la secta Moon".

El fin de semana de Encuentro Matrimonial se parece más a una mala colonia de vacaciones que a una terapia de pareja alternativa. Las habitaciones de la casa de retiros espirituales son sombrías y mohosas. Están amobladas austeramente con cuchetas y acolchados baratos. En la puerta de nuestro cuarto, un cartel clavado con una chinche tiene un enorme corazón dibujado con marcador que dice: "Valeria & Esteban".

En la primera reunión nos explican cuestiones formales: horario para irse a dormir, horario para levantarse, prohibición de fumar en el interior -lo cual no le hará ningún bien a mis nervios, dado que lidio muy mal con la abstinencia de nicotina- y otras reglas internas un tanto exóticas que no logro memorizar. Me recuerda a los campamentos de la infancia y la idea me resulta divertida.

Sin embargo, cuando nos ordenan entregarle a los coordinadores nuestros relojes y teléfonos celulares, empiezo a sentirme como en un campo de concentración.

Encuentro matrimonial trata, básicamente, sobre la comunicación en la pareja. Tienen un método, que según ellos, es increíblemente efectivo. Lo llaman el 10/10. Parten de la premisa de que se puede fomentar la comunicación en la pareja con tan sólo veinte minutos diarios de trabajo, repartidos en diez y diez. Pero, para evitar la confrontación, proponen que, en vez de hablarse, se escriban. Así, durante este extraño fin de semana en esta especie de campo de concentración cristiano, nos pedirán varias veces que nos tomemos diez minutos para escribirle unas líneas a nuestra pareja y luego intercambiemos cartas, usando los diez minutos restantes para charlar con el otro qué fue lo que más nos impactó de su misiva.

Suena bien en la teoría, si no fuera porque en la práctica, cada sesión de diez minutos de conversación acaba por convertirse en un inconducente rosario de reproches mutuos.

La primera noche, sin embargo, es coronada por un diálogo tan esperazador como inusual:

- Vale... - llamo a mi exposa desde mi cucheta.
- ¡Qué! - responde malhumorada.
- Me quiero ir a casa.
- No lo digas dos veces.
- ¿Y si nos escapamos por la ventana? - disparo, en medio de una carcajada.
- De ninguna manera -contesta muy seria- Quizás todo esto sirva para algo: es la primera vez en mucho tiempo que logramos ponernos de acuerdo.