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144 - The way

Victoria se fue a Río Gallegos. Tras una intensa búsqueda -donde internet y las redes sociales tuvieron mucho que ver- logró encontrar al "negro", su gran cuenta pendiente con la vida, su amor imposible y no resuelto.

Un amigo en común me contó que largó al marido de un día para el otro, dejó la casa, los hijos, la vida entera y -con una mochila enorme y sin un mango- se fue a dedo a la Patagonia en busca de su adorado negrito, que según me dijeron, estaba instaladísimo en la tierra de los K, haciendo fortunas en una petrolera.

"Una vez me contó un amigo común que la vio donde habita el olvido", dice Sabina.

Y, en cierta oscura y enfermiza manera, me alegra que Victoria haya tomado esta decisión, al borde del absurdo.

Pero no porque haya decidido dejarlo todo por un amor, porque en ese dejar todo, no sólo queda un marido con el corazón destrozado, sino hijos, que no tienen la culpa de los mambos de su madre.

Lo que me alegra es que haya encontrado otro objeto sobre quien canalizar sus comportamientos obsesivos.

Sí. En el fondo, soy un hijo de puta.

134 - Duda

¿Es posible enamorarse a través del MSN? La única experiencia que tuve al respecto fue desastrosa y no quiero otra Victoria en mi vida (me salió un juego de palabras casi subconsciente de lo más interesante: mi vida amorosa necesita una victoria, pero no otra Victoria).

El asunto es que, desde hace un tiempo, vengo chateando con una simpática chica marplatense a la cual jamás le he visto la cara, ni en fotos -se niega a enviármelas, dice que es muy tímida- pero con la cual hemos hablado de tantas cosas, tan profundas, nos hemos contado las historias de nuestras vidas con tal nivel de detalle, que me están empezando a pasar cosas.

Me siento como un adolescente. Enciendo la computadora esperando a que ella esté conectada. La madrugada me asalta ante el teclado, contándole mis desventuras.

Nunca la vi, nunca la toqué, no es del todo real y, sin embargo, me despierta sensaciones que creí que ya no era capaz de experimentar.

Pero me asalta la duda: ¿Es esto posible?

106 - A traición

Esa tarde, tuvimos muy buen sexo. Me debería haber parecido sospechoso. Era domingo, el perro estaba en el country con Jorge. Los chicos, con Valeria, y yo, inmoralmente decidido a no atender ni el timbre ni el teléfono, no fuera cosa de que se muriera otro ex pariente político remoto o que el sexto sentido de mi ex le indicara que era buen momento de joderme la vida.

Era primavera, estábamos distendidos, nos divertimos, gozamos. Por primera vez, Victoria y yo bailábamos el tango horizontal decentemente. De hecho, en un momento, empecé a preguntarme por qué esta dama, semi divorciada, con hijos, con una cuenta pendiente de un amor de juventud, con domicilio legal en otra provincia y mil mambos más, había soportado casi sin chistar los escollos que se interpusieron entre ella, la catrera y yo.

Pero mi gran error no fue preguntármelo. Fue preguntárselo. A ella. En voz alta.

- La verdad, no entiendo cómo me soportás - dije, divertido, mientras abrazaba su piel desnuda.
- Es que te amo - contestó ella con la naturalidad de quien predice lluvia porque le duelen los juanetes.
- Eh... - me quedé mudo, mientras todo un episodio de Seinfeld acudía a mi mente.
- ¿"Eh" qué? ¡Te amo, nene!

Tuve que permitirme unos segundos, una pausa incómoda, un silencio desnudo, para responder.

- Eso no es lo que habíamos pactado.
- ¿Cómo? - preguntó al tiempo que la sonrisa se esfumaba.
- Que "te amo" no es lo que habíamos acordado ¿Cómo era eso de que estaba bueno tener un "amigo con privilegios"?
- Eh... - la del silencio incómodo fue, ahora, Victoria.
- ¿A qué hora sale tu micro?

102 - La princesa en la torre del ogro

Tenía que remontar de alguna manera la situación, luego del papelonazo con Victoria, provocado por el perro. Por eso, la siguiente vez que me mandó un email avisando que venía a Buenos Aires, intimé a Jorge para que se llevara a Sauron a la casa del country, al menos por un día, para liberarme el bulo. Mi amigo se resistió ferozmente a ser la niñera de mi mascota. Tuve que recurrir a argumentos fuertes -incluyendo evocación de la amistad a través de los años, pase de factura sobre favores del pasado y chantaje sobre oscuros secretos de su vida- para convencerlo de que realmente necesitaba una noche libre de ex esposa, hijos y -sobre todo- perros salidos de una novela de Stephen King.

Todo resultó razonablemente según lo planeado hasta el cigarrillo post coito, cuando Victoria, espontáneamente, empezó a hablar, a contarme una historia melodramática y aburrida sobre "el negro", su primer novio.

Me relató con lujo de detalles su tórrido romance pueblerino, cuando ella era sólo una niñita de 14 y él, un muchachote de 18. De cómo ambas familias, muy tradicionales, optaron por jugar a Montescos y Capuletos, oponiéndose a la unión, lo cual no hizo más que avivar el fuego. Me esforzaba por no bostezar cuando me contó cómo la había desvirgado cerca de las vías del tren, la noche antes de viajar a Bahía Blanca, a cumplir con la colimba en Puerto Belgrano.

Dicen que, cuando uno desea algo con mucha intensidad, se cumple. A Victoria se le habían empezado a llenar los ojos de lágrimas, mientras me contaba su telenovela personal, cuando yo empecé a desear, con cada fibra de mi ser, que algo -el teléfono, el timbre, un trueno o la explosión de una central nuclear- la interrumpiera.

Tan fuerte fue mi deseo que, cuando el lagrimeo amenazaba con irrumpir en la conversación, sonó el timbre.

Virtualmente salté de la cama para atender al portero eléctrico. Al otro lado del chillido metálico del aparato, la voz de Valeria era inconfundible:

- ¡Se murió el tío Constantino! - gritaba desaforada, desde la vereda.
- ¿Y a mi qué mierda me importa, flaca?
- Que se murió, pelotudo... Mi tío favorito se murió.
- Valeria, no jodas, tenía 92 años, como que ya era hora. ¿Qué mierda querés?
- Que te quedes con los chicos, forro, que tengo que ir a velar a mi tío.
- Ni en pedo... Estoy ocupado, arreglate.
- Ah, no, viejito... A los pibes te los quedás igual.
- ¿Pero qué parte de "ni en pedo" no entendiste?
- Estoy abajo, con los chicos ¡Bajá a abrirles ya, hijo de puta!
- ¡NO! - le grité, y colgué el auricular del portero.

Por primera vez, le estaba ligeramente agradecido a mi ex. Al menos me había sacado del sopor insípido de Victoria y su primer gran amor, ese que la había marcado. Sólo un par de minutos más tarde, me disponía a volver a la cama y, quizás, intentar un segundo round, cuando el portero volvió a sonar.

- ¿Qué carajo querés ahora? - atendí a los gritos.
- Estamos acá abajo, pa - Martín sonaba ligeramente angustiado.
- ¿Y tu madre?
- Se fue.
- Ok, ahora bajo.

098 - Sauron y Victoria

Fue la peor noche de sexo de mi vida. Victoria estaba en Buenos Aires, pero los fondos escaseaban -tanto los de ella como los míos- y no daba para pagar un hotel, por lo que se me ocurrió la ridícula idea de llevarla a mi departamento.

Entramos besándonos, chocando contra el marco de la puerta, contra una silla, contra casi todo lo que había en nuestro camino y, sin soltarnos, sin dejar de besarnos, sin parar de manosearnos salvajemente, sin siquiera encender la luz, nos dirigimos hacia la cama.

Cuando, de repente, en mitad de la oscuridad y la pasión, un ruido extraño nos detuvo en seco.

Desde arriba de la cama, los dientes de Sauron brillaban en la oscuridad. En la penumbra pude distinguir cómo Victoria se ponía pálida y le mentí: "quedate tranquila, que no pasa nada".

Solté a la dama y, en un movimiento veloz, tomé al perro por el collar de ahorque. Chilló un poco al sentir las púas en el cuello y me miró con unos ojos que sólo he visto en películas clase zeta. Pero no estaba dispuesto a negociar, y menos con el perro. Con la mano libre, abrí el ventanal que daba al pequeñísimo balcón y expulsé al rottweiler del lado de afuera, cerrando con un estruendo.

Llevábamos unos quince minutos en la cama, cuando Victoria interrumpió con un lastimero "así no se puede". Y tenía razón. Los aullidos y arañazos del can contra el vidrio, pugnando por entrar, hacían un ruido que atentaba severamente contra el clima.

En un acto de desesperación, tomé un pedazo de cuadril completamente congelado del freezer y lo arrojé a las fauces de mi demoníaca mascota, creyendo que eso lo iba a mantener entretenido por un buen rato. Unos quince minutos después, de la carne petrificada por el frío, sólo quedaba el recuerdo, y Sauron había vuelto a la carga contra la ventana.

"Dejá, nos vemos otro día", dijo Victoria, abrochándose el jean a las apuradas.

Y sin siquiera un beso de despedida, se perdió en la noche.

092 - Telo prometo

Hacía mil años que no iba a un telo. Y debo admitir que, pese a que los albergues transitorios de la capital parecen no haber cambiado mucho en los últimos veinte años -de hecho, algunos parecen no haber cambiado ni las sábanas- me sentí ligeramente perdido en este ambiente.

Sonaba Ricardo Montaner y el ambiente olía a desodorante de segunda marca, ligeramente floral y algo irritante para las fosas nasales. Un televisor de 14 pulgadas que tendría, seguramente, la edad de mi hijo mayor, adornaba uno de los rincones, empotrado a la pared con un soporte de hierro que vale menos de 50 pesos en el Easy más cercano.

Pero lo que más llamó mi atención fueron las sábanas. De un violeta furibundo, no había visto este tipo de sábanas desde los veranos de mi infancia en la casa que mi abuela tenía en Mar del Plata. No me pidan que nombre la tela, porque no sé nada de telas. Pero seguramente sabrán de qué hablo si les digo que se trata de una cosa suave, brillante, como una especie de mala imitación de la seda, sobre la cual es imposible quedarse quieto, dado que resbala para todos lados.

Las luces -que no eran muchas- desplegaban mayoritariamente colores azules y rojos. Como si hubiera algo que ocultar. Como si la penumbra, sumada al narcotizante aroma del desodorante berreta y a la música pastosa -que, luego de Montaner, reencarnaría en Luis Miguel, Alejandro Sanz, Miguel Bosé y hasta Alejandro Lerner- crearan el clima propicio para que no se note un kilo de más, para que no se tenga en cuenta un centímetro de menos, para que nos veamos lo menos posible y eso nos ayude a entregarnos a la pasión.

De todos modos, dudo mucho que Victoria haya reparado en todos estos detalles. Era tal el grado de calentura de esta simpática damita que, literalmente hablando, me tiró sobre la cama y se hizo cargo de todo el trabajo.

Pero quizás lo más interesante del primer encuentro haya sido su reflexión final, que me soltó alegre, cuando salíamos del hotel, caminando abrazados:

"Está bueno esto de tener un 'amigo con privilegios' en Buenos Aires".

La idea sonaba a mucho sexo y poco compromiso.

Así que me gustó.

086 - Cien metros llanos

Estaba firmemente decidido a rechazar a Victoria. Su comportamiento, ligeramente obsesivo, me asustaba un poco. Y el hecho de que -en forma más o menos directa- se me hubiera ofrecido para un revolcón por email no terminaba de convencerme. Además, debo admitir mi lado más frívolo y pedorro: tampoco me convencían las fotos.

Hasta que se bajó del micro.

Era mucho más alta -y por lejos más bonita- de lo que la foto mostraba. Había perdido algunos kilos y se había aclarado un poco el pelo. Repentinamente, la idea de terminar durmiendo una siesta a cuatro piernas no me pareció del todo descabellada.

Fuimos a un bar y tomamos un café. Primero, atravesando la mesa por arriba, me acarició una mano. Luego, atravesando la mesa por debajo, me hizo notar que se había sacado un zapato y que su pie tenía un verdadero espíritu explorador, completamente dispuesto a llegar "where no foot has gone before".

Cuando salimos del bar, anochecía. La arrinconé contra una pared y su lengua decidió explorar qué había yo desayunado.

A sólo cien metros del bar, había un telo. Creo que batimos el record olímpico.

081 - Algo contigo

Me porté como un chico obediente y respondí el mail de Victoria con una sola frase:

"Sos linda"

No era absolutamente hermosa. No estaba para tapa de la revista Maxim. Pero no era fea. Era una gordita de barrio más, con un escote prominente y una sonrisa llena de dientes. "Con dos litros de cerveza encima, me la volteo", habría sido el juicio de valor de Jorge, que calificaba a las mujeres según cuánto alcohol en sangre fuera necesario para soportarlas.

Por supuesto que jamás me hubiera esperado la reacción. Porque ese "sos linda" casi inocente, casi parte de un juego que habíamos empezado, desencadenó el email más inusual que una mujer me ha escrito en la vida:

"¿Hace falta que te diga
que me muero por tener algo contigo?"

A la cita del primer verso de "Algo contigo" seguía una parrafada que ni me atrevo a transcribir, donde básicamente Victoria decía que yo le gustaba, que necesitaba un hombre, que con el marido no daba para más y que estaba dispuesta a bailar conmigo el tango horizontal cuando yo así lo dispusiera.

No tengo nada contra Chico Novarro y menos contra un buen bolero. Pero aún para mí, el mensaje era demasiado directo. Sobre todo viniendo de alguien a quien no conocía personalmente. Mi respuesta fue algo tibia, tratando de rechazarla elegantemente, sin ser maleducado y sin herir su endeble autoestima.

Pero, contrariamente al efecto deseado, lo único que logré fue que inventara una excusa más o menos decente para tomarse un micro y venir a Buenos Aires.

075 - Hasta la Victoria, siempre

Victoria tenía un blog. Uno de tantos. Personal, melancólico y con una plantilla rosa. Un blog que ya no está, como tantos otros que desaparecen, día a día. Yo leía su blog y le comentaba. Ella respondía mis comentarios y, con el tiempo, empezamos a generar uno de esos vínculos endebles y complejos que se forman entre quien lee un blog y quien lo escribe. Empezamos a creer que nos conocíamos.

Y nos agregamos mutuamente al MSN Messenger.

Victoria era de Santa Rosa, La Pampa, y estaba en vías de divorciarse de un tal Mariano. Se conectaba de madrugada, cuando su marido dormía y nos hemos llegado a pasar casi la noche entera conversando sobre cualquier cosa.

Hasta que un día, decidió enviarme una foto, para que la conociera. Su email tenía como referencia la frase "decime que soy linda".

La foto adjunta era una típica foto familiar, en un lugar que parecía algún tipo de parque. Aparecía con los hijos.

Y era bastante obvio que la foto había sido "croppeada" para eliminar del cuadro al marido.