106 - A traición

Esa tarde, tuvimos muy buen sexo. Me debería haber parecido sospechoso. Era domingo, el perro estaba en el country con Jorge. Los chicos, con Valeria, y yo, inmoralmente decidido a no atender ni el timbre ni el teléfono, no fuera cosa de que se muriera otro ex pariente político remoto o que el sexto sentido de mi ex le indicara que era buen momento de joderme la vida.

Era primavera, estábamos distendidos, nos divertimos, gozamos. Por primera vez, Victoria y yo bailábamos el tango horizontal decentemente. De hecho, en un momento, empecé a preguntarme por qué esta dama, semi divorciada, con hijos, con una cuenta pendiente de un amor de juventud, con domicilio legal en otra provincia y mil mambos más, había soportado casi sin chistar los escollos que se interpusieron entre ella, la catrera y yo.

Pero mi gran error no fue preguntármelo. Fue preguntárselo. A ella. En voz alta.

- La verdad, no entiendo cómo me soportás - dije, divertido, mientras abrazaba su piel desnuda.
- Es que te amo - contestó ella con la naturalidad de quien predice lluvia porque le duelen los juanetes.
- Eh... - me quedé mudo, mientras todo un episodio de Seinfeld acudía a mi mente.
- ¿"Eh" qué? ¡Te amo, nene!

Tuve que permitirme unos segundos, una pausa incómoda, un silencio desnudo, para responder.

- Eso no es lo que habíamos pactado.
- ¿Cómo? - preguntó al tiempo que la sonrisa se esfumaba.
- Que "te amo" no es lo que habíamos acordado ¿Cómo era eso de que estaba bueno tener un "amigo con privilegios"?
- Eh... - la del silencio incómodo fue, ahora, Victoria.
- ¿A qué hora sale tu micro?