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175 - El síndrome de Costanza

Estoy enfermo. Tengo el temible Síndrome de Costanza. Le pasa a George, el amigo de Seinfeld, el día que se pone un anillo de casado: de golpe, casi mágicamente, deja de ser un perdedor y las mujeres se arrojan a sus pies.

He asumido, muy a mi pesar, que me he vuelto a enamorar. Creo que Mili es ese amor, el que estaba esperando, el que me va a acompañar por el resto del viaje. Creo haber encontrado a la compañera. Y justo ahora, que me volví a enganchar, me pasa de todo.

Ayer me llamó Mónica, la fallida candidata a jefa, reclamándome que le debo una cerveza. Marina sigue aprovechando cada ocasión posible para dispararme alguna insinuación, Vilma insiste en invitarme a todos los after office, Vanessa me manda a cada rato mesajes de texto que juran que tiene entradas para el Turismo Carretera (como si me gustara) y hasta me escribió Viviana diciendo que tiene ganas de verme.

Pero el premio mayor se lo llevó Verónica, que pese a mi amenaza de denunciarla a la policía si volvía a acercase a mi auto, me llamó por teléfono:

- Voy a verte - me dijo, casi imperativamente.
- Ni se te ocurra.
- Pero mirá que llevo forros, eh - dijo, con una risita.
- Gracias, pero no.
- ¿Cómo que no? - sonaba alarmada.
- Estoy enamorado, Verónica.
- ¿Y? ¿Desde cuándo sos fiel, atorrante? - me desafió.
- Desde que descubrí que la fidelidad no es un principio moral. La fidelidad es un estado de ánimo. Hace unos meses atrás seguramente te hubiera dicho que sí. Hasta te habría perdonado lo del auto y todo. Pero... ¿Sabés qué? No tengo ganas.
- ¿De estar conmigo?
- Ni con vos ni con nadie.

Lo que no puedo evitar preguntarme es por qué cazzo no me pasaban estas cosas en aquel tiempo de gloria en que no tenía sentimientos que me impidieran comportarme como un conejo en celo.

105 - Dios bendiga la acitromicina

Hacer pis duele. El roce de los calzoncillos arde. Encima, vas a la guardia y te atiende una mujer. Tomar una muestra, a punta de isopo, para mandarla al laboratorio, es una tortura de un grado de dolor francamente indescriptible. Esperar 24 horas a que el laboratorio te dé los resultados es una eternidad aletargada y pastosa, una ansiedad con cuentagotas.

Pero, bendita sea la Azitromicina, que en unas tremendas pastillotas de un gramo, elimina todo rastro de la infección en unas 72 horas.

Lo único que queda, después del tratamiento médico, es LA GRAN PREGUNTA:

¿Y cómo le digo que me pegó una venérea?

099 - La borrachera anual

Mi relación con Vilma habrá de estar, evidentemente, marcada por las borracheras.

No había vuelto a verla desde aquel incidente del happy hour, pero tropecé con ella -literalmente hablando, me la choqué y le volqué una copa de Mumm Extra Brut en el escote- en una fiesta de fin de año de las tantas a las que fui invitado en las pasadas tres semanas.

Las fiestas de fin de año de las empresas son todas más o menos iguales. Como los casamientos, las fiestas de 15 y los actos del 25 de Mayo de la escuela, las fiestas empresarias de fin de año tienen una serie de códigos propios que -salvo honrosísimas excepciones- se repiten de un evento al otro, como si los "planners" estuvieran todos clonados entre sí y no se les cayera una idea original ni a palos.

Ahora, mientras que en un barmitzvah el eje central de la organización es la sobreabundancia de comida, y en una fiesta de 15 todas las expectativas están puestas sobre la capacidad del DJ para armar un buen baile, en las fiestas empresarias todo está orientado al escabio. A una empresa se le puede perdonar que el lugar de la fiesta quede lejos, que la gastronomía sea berreta, que el discurso del Director sea demasiado largo, siempre y cuando haya suficiente para beber.

El resto, es una mera cuestión de tamaños. He ido a fiestas de fin de año de microemprendimientos que consistían en amontonarse en una mesa larga, en un chino libre del barrio, tomar demasiada cerveza para empujar los springrolls y terminar abrazados al micrófono de un karaoke con un pedo para catorce. He ido también a eventos de pymes pujantes, con cuarteto de jazz, canapés y vino de segunda marca de alguna bodega reconocida; como también he sido invitado a algún que otro megaevento, megacorporativo, organizado en el Luna Park, regado de Chandon y Chivas Regal, y musicalizado por La Portuaria, ahí, en vivo y en exclusiva para los invitados.

En todos los casos hubo discurso, ya fuera a viva voz desde la punta de una mesa larga, desde un estrado escueto con micrófono o desde un escenario con presentación multimedia en pantalla gigante.

Porque, a la larga, todos los eventos son iguales, y los tres elementos predominantes -la música en vivo, el discurso presidencial y la borrachera faraónica- están en todos lados, sin distinción de origen, tamaño, facturación anual o pedigree.

A Vilma no le importó mucho que le volcara el champagne encima. Al fin y al cabo, tenía más, mucho más, en el torrente sanguíneo.

Sé que terminamos en los bosques de Palermo, adentro de mi auto.

Me encantaría contar más. Pero, francamente, no me acuerdo.

065 - Acontecimientos inexplicables

Me encantaría que alguien me explique esto. Salimos a un after office con un grupo de compañeros de trabajo. A la hora de volver a casa, le ofrecí a Vilma, de legales, acercarla hasta la casa, un poco porque me quedaba de paso y otro poco porque me dio lástima imaginármela tratando de meter la monedita en la máquina expendedora del colectivo, con las dos o tres cervezas de más que tenía en el torrente sanguíneo.

Al llegar a la entrada de su edificio, se acercó para saludarme. Y me enchufó un tremendo pico en medio de la trompa. No fue un accidente, no fue un error de cálculo provocado por los excesos de la tarde.

Fue completamente intencional. Los hombres somos medio boludos, pero nos damos cuenta de esas cosas.

Desde ese entonces no ha vuelto a hablarme.

Que alguien me regale una explicación.