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149 - Siglas

Tropecé con Vanina en un foro. No esperaba encontrármela, pero el nombre y apellido completos saltaron a la vista enseguida y no pude resistir la curiosidad de leer su perfil.

Lo había completado al detalle, incluyendo hobbies, gustos personales y montones de irrelevancias más. Pero un dato en particular llamó mi atención.

En el rubro "intereses personales", había puesto una sigla.

BDSM

Tuve que googlearlo.

123 - Adios a la violencia

¿Estaré destinado a que ninguna mina me dure? ¿O seré yo el subnormal, que después de tantos años con Valeria, ya no me banco ni la menor señal de neurosis? ¿O será que realmente están todas, todas, todas absolutamente del moño?

Mi relación con la profesora de aerobics, debería haberlo sabido, estaba condenada al fracaso. Simplemente, porque me exigía que resignara una parte de mi personalidad. No estoy seguro de ser el tipo cursi y empalagoso del que Vanina se quejó durante todo el tiempo que duró lo nuestro. Creo que más bien soy un "hombre sensible" en la acepción más doliniana del término. Una especie de romántico incurable, capaz de emocionarse, de sentir intensamente, de escribir -en consecuencia- este tipo de pavadas.

Pero a ella le gustaba la cosa hard. Y el sexo desenfrenado -experimental y bastante salvaje, dicho sea de paso- resultó una tentación demasiado grande. Sí, los hombres pensamos con el pito, nadie descubrió la pólvora, la penicilina, la cura contra el sida o la fusión en frío por proclamar esto.

Pero así como la cama era una especie de circo romano, donde el divertimento implicaba siempre un cierto grado de violencia, la convivencia fuera del polvódromo era horrible. Con Vanina todo era demasiado serio y estaba siempre al borde del melodrama.

Llegó un punto en que empecé a sentirme incómodo a su lado. Poco tiempo después ya no estaba incómodo. Sinceramente, estaba mal. Necesitaba cortar ese vínculo enfermo.

Terminar con una relación nunca es fácil, pero casi siempre recorre el mismo camino. Se empieza por explicar en forma remanida, aunque civilizada, que la cosa ha llegado a su fin. El empleo de frases como "ya no siento lo mismo", "ya no somos los mismos", "esto no da para más" o el clásico de clásicos "no sos vos, soy yo" siempre deja un halo de cordialidad y buen gusto, pese a las lágrimas.

Un par de veces en mi vida me ha pasado que alguna dama no entendiera un "se terminó" adulto y elegante, obligándome a usar frases un tanto más duras, en la línea de "tomátelas", "fuiste", "no te quiero volver a ver un pelo" o "yo creí que eras especial... y sí, estás especialmente loca", como le tocó oir a Verónica, en su momento.

El problema con Vanina fue que, cuando le expliqué por las buenas lo que sentía, obtuve una respuesta que jamás hubiera esperado: "ay, no hables pelotudeces, nene", me dijo. Cometí entonces el terrible error de pasar al plan b y tratarla como el culo.

Completamente contraproducente: me ensarcé en una discusión a los gritos y puteadas que sólo consiguió que su conteo hormonal se disparara por las nubes y todo acabó en un revolcón de antología.

Desesperado, intenté el último recurso. El más bajo de todos. La única forma que se me podía ocurrir de espantarla en forma definitiva.

Acabada la maratón sexual, abracé su cuerpo desnudo sobre la cama y acercándome a su oído, le susurré la frase maldita:

"Te amo, Vanina"

Se levantó, se vistió y se fue.

Y nunca más volví a saber de ella.

115 - Tough love

Que Vanina me llamara "cursi" a cada minuto no era un problema serio. De hecho, en tren de evitarme cursilerías -y sus respectivos reproches- comencé a ahorrar un dinero considerable al prescindir de cenas románticas, entradas a espectáculos, flores, bombones y regalos. Cada vez que algún gesto romántico y telenovelesco de mi parte era tildado de cursi por la curvilínea profesora de aerobics, automáticamente se incorporaba a la lista de cosas que no debía hacer si quería conservar el buen humor de esta damisela.

Sin embargo, cuando empezó a quejarse del lenguaje, comencé a perder la paciencia. Bastaba con que la llamara por cualquier apodo -"linda", "dulce", "bombón", "princesa" o hasta "mi amor", que llegué a utilizar sólo un par de veces- para que enseguida saltara con un "me llamo Vanina y no seas cursi ¿Querés?".

Hasta que, un buen día, las pelotas se me acabaron por romper en forma definitiva.

- Tengo tantas ganas de verte - dije por teléfono.
- Ay, no seas cursi ¿Querés?
- Dejate de joder, nena. Para vos, todo es cursi.
- No, todo no. Sólo vos, que sos almibarado, empalagoso, sos un dulce de leche de segunda marca.
- ¡¿Pero por qué no te vas un poquito a la renegrida concha de la putísima madre que te parió?! - grité enfurecido.
- ¿Cómo? - algo en su voz sonaba raro, como si hubiera bajado un cambio, como si le hubiese tacleado la altanería.
- ¡Que te vayas a la reconcha de tu madre, forra! - grité aún más fuerte y corté.

Intentó llamarme, pero no la atendí. Sin embargo, la sorpresa me estaba esperando a la salida del trabajo: Vanina, enfundada en una minifalda cortísima y subida a unos tacos más largos que la pollera, me esperaba en la vereda.

Me puse en guardia para un escándalo en la vía pública con cachetazo incluido.

Obviamente, con esa actitud defensiva, el hecho de que se arrojara en mis brazos y me besara salvajemente me desarmó por completo.

"A veces necesito que me pongan los puntos", susurró, casi con humildad, mientras nos encaminábamos hacia el telo más cercano para involucrarnos en la que sería la sesión de sexo más salvaje de la que tengo memoria.

"De acá a la ropa interior de cuero con tachas, los látigos y la mostaza hay sólo un paso", pensé durante el cigarrillo post-coito, aunque no me atreví a decirlo en voz alta.

Un paso que no estaba seguro de estar dispuesto a dar.

110 - Sono io il ultimo romantico?

- ¿Qué mirás, tarado? - me dijo, cuando se dio cuenta de que la estaba observando.
- Tus ojos - dudé por un segundo, sobre todo porque en realidad le estaba mirando las tetas - Son absolutamente hermosos.
- Ay, por favor, no seas cursi - me escupió en la cara, para luego darme la espalda y continuar la conversación con alguien más, que evidentemente le parecía mucho más interesante.

Así conocí a Vanina, a la que cariñosamente acabaría llamando "sporty spice", profesora de aerobics y portadora de un lomo infartante, en el cumpleaños de mi amigo Guille. Era amiga de una amiga de una prima de alguien y estaba en la fiesta completamente de casualidad, arrastrada por esos exóticos seis grados de separación que hacen que uno conozca gente que, quizás, no debería.

Su embestida había herido mi orgullo, por lo que reagrupé y fui a la carga nuevamente.

- Mejor si me das la espalda - le susurré por encima del hombro
- ¿Eh? - giró el cuello y me miró a los ojos, furiosa
- Porque tus ojos son divinos, pero tu culo es, definitivamente, una obra de arte, la perfección más absoluta.

Dejó salir una risita casi aniñada y se sonrojó violentamente. "Uno a Cero", me dije a mi mismo. La había hecho reír. Además -eso lo sabría mucho tiempo después- le había elogiado una de las partes de su anatomía que más se había esforzado, a lo largo de los años, en esculpir a fuerza de spinning, step, aeróbica y bicicleta. "Igual sos más cursi que un tema de Manzanero", me apuñalaron sus palabras. Pero había logrado superar la primera barrera y la charla continuó sobre temas triviales.

Se acercaba el final de la fiesta -ese momento en que las botellas empiezan a vaciarse y los invitados buscan excusas inverosímiles para irse- cuando decidí que era hora de un último ataque feroz:

- ¿Y si te invito a cenar? - propuse.
- Ay... dejame adivinar... ¿En un restaurant en Palermo Hollywood?
- Sí, podría ser.
- ¿Cocina gourmet, de autor, con un ligero pero sutil toque afrodisíaco?
- Si a vos te parece bien...
- ¿En un lugar hiper íntimo, muy bien atendido, con excelente decoración y luz de velitas?
- Por supuesto.
- ¿Me vas a pasar a buscar y me vas a comprar flores?
- Dale...
- ¡Ves que sos el colmo de la cursilería!

Esta vez me tocó ponerme colorado a mí, por la bronca de haberme dejado engatusar de esa manera, de haber entrado en el juego.

Tres días después, me pasó a buscar ella a mí. Con su auto. Manejando ella. Me llevó a comer a un lugar del centro cuya existencia desconocía, donde hacían pizza cuadrada -pidió una con pollo y crema arriba, juro que jamás se me hubiera ocurrido- y la música electrónica estaba a un decibel de estar demasiado fuerte.

Demasiado fuerte.

Como Vanina.